Finalissima cancelada: la “deuda moral” de la UEFA, la falsa neutralidad y las verdaderas razones de este fracaso
A la AFA no le molestaba, en otros tiempos, la ausencia de neutralidad. Tampoco era un inconveniente para los europeos. Decir que una guerra les vino bien es demasiado fuerte entre tanto dolor. Per...
A la AFA no le molestaba, en otros tiempos, la ausencia de neutralidad. Tampoco era un inconveniente para los europeos. Decir que una guerra les vino bien es demasiado fuerte entre tanto dolor. Pero la gravedad del caso fue la razón perfecta para cancelar un duelo que, irónicamente, puede presentarse en los dieciseisavos de la Copa del Mundo. Desde que los Estados Unidos e Israel atacaron Irán, el partido se puso en duda. Ahora, el entrenador Lionel Scaloni sintió alivio en horas tan decisivas, cerca del Mundial. Su colega Luis de la Fuente siempre expresó su acuerdo con el partido, aunque con tanto manoseo, a la distancia se le puede adivinar un gesto de aprobación ante la noticia confirmada este domingo.
¿La UEFA quería jugar? Sin duda. El compromiso económico con Qatar y los vínculos de ese convenio tienen lazos estratégicos y de lealtad que van más allá de este partido.
¿La Conmebol quería jugar? Si, pero... Aunque no se conocen datos oficiales del contrato, se estima que UEFA y Conmebol se repartían entre 15 y 20 millones de dólares por el match. Las selecciones recibían 3,5 millones por el duelo, cada uno. La AFA ingresaba 1,5 millón extra si jugaba Lionel Messi. Y el ganador del partido se llevaba otros dos millones de dólares.
Pero Alejandro Domínguez sabe que esto es una demora y no una cancelación definitiva. El flujo de dinero podría reactivarse después del Mundial y con más fuerza. Si el partido se jugaba en Europa, se perdía el canon extra de Qatar, de unos 10 millones de dólares. Los costos organizativos dejaban de estar a cargo de Qatar y pasaban a la cuenta de las federaciones. La recaudación bajaba notablemente.
¿La selección argentina quería jugar? No. Lionel Scaloni lo dijo de todas las maneras posibles. “Prefiero que no sea en marzo”, comentó sin dudarlo en varias oportunidades.
¿La selección española quería jugar? Si, pero... A diferencia de Scaloni, su amigo De la Fuente no expresó incomodidad o disconformidad por el duelo. Sin embargo, tampoco le hacía tanta gracia tener un adversario tan complejo a menos de tres meses del Mundial.
¿Cuáles eran las dificultades deportivas? Los futbolistas que se desempeñan en el fútbol europeo se encuentran en un momento nodal de la temporada. Justo cuando comienzan los partidos definitorios en todas las competencias: copas locales, ligas y Champions League. En un calendario que afecta tanto a los músculos, agregarle un título oficial de selecciones -no para la FIFA, sí para UEFA y Conmebol- es una carga de tensión demasiado intensa. De esas que pueden dejar huellas en lo físico, pero fundamentalmente en lo anímico.
El campeón del mundo no quería verse como perdedor de un partido oficial ante el campeón europeo justo en este momento. Y viceversa.
La palabra es miedo. Miedo a perder. Sabemos mucho en la Argentina de ese tipo de miedo deportivo. Tanto que hasta se eliminaron aquellos torneos de verano que generaban una atracción muy particular. Boca y River sufrieron esos “amistosos” que alguna vez los dejaron sin técnico apenas empezaba el año y los obligaron a reestructurar toda la temporada. No es la caída, es la exageración de la derrota. La falta de tolerancia a la frustración, la intolerancia del ambiente.
Lo curioso es que aquellos torneos supieron jugarse en Mar del Plata, donde la Argentina ganó por primera vez esta copa Artemio Francchi, ahora renombrada Finalissima por los nuevos contratos. Antes del recordado triunfo de la Argentina sobre Italia en 2022, en Londres, se jugaron dos ediciones de este trofeo.
La primera, en París, fue para la Francia de Platini, que venció a Uruguay por 2-0, en 1985. La segunda, en Mar del Plata, fue para la Argentina de Maradona, que venció a Dinamarca por 5 a 4 en los penales, después de empatar 1 a 1, en 1993.
Por entonces no se pensaba en la neutralidad. La localía se alternaba y se jugaba a un solo partido. Un año para la selección de la UEFA, un año para el de la Conmebol. Sin sentimientos de desventajas o victimismos. Luego dejó de jugarse. La FIFA se quedó con el negocio con la Copa de las Confederaciones, que se disputó entre 1995 y 2017. Hubo una edición previa, en 1992, que luego la FIFA asumió como oficial, pero que fue organizada por Arabia Saudita: la Copa Rey Fahd.
¿Por qué tanta presión de la UEFA por jugar? Nasser Al-Khelaifi es qatarí, pero eso no le impide ser miembro de la UEFA. Es presidente y CEO de PSG. También presidente del Qatar Investment Authority, el grupo que compró PSG. Y, por supuesto, es el presidente de beIN Media Group, la empresa del estado qatarí que posee los derechos de televisación de todas las competencias europeas. Champions League, Europa League, Conference League para Medio Oriente, Asia y Francia. También de la Eurocopa en Francia.
Como miembro de la UEFA y CEO de beIN, exploró esos convenios como protagonista interesado... de ambas partes. El presidente de la UEFA, el esloveno Aleksander Ceferin, formó una alianza estratégica con él basada en la confianza que se ganaron cuando PSG fue el único equipo de los grandes que se mantuvo al margen de la creación de la Superliga en 2021. Hoy siente que tiene una deuda de lealtad con Al Khelaifi.
Todo se trata del dinero. El grupo beIN tenía contratos para recaudar cerca de 30 millones de dólares por la venta de los derechos de TV del partido.
Ahora la UEFA habla mal de la AFA. La AFA esgrime un trato indigno para un campeón del mundo y dice que hizo todo lo posible por jugar. Demasiado bla bla y poca gente con ganas de decir las verdaderas razones por las que algunos están tan interesados y otros tan poco.