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Francia no tuvo revancha y CR7 perdió el último tren para alcanzar a Messi

Aunque en el mundo del fútbol no existe como concepto, el de la “olimpíada” podría aplicarse, en cierta forma, al tiempo que transcurre entre Mundiales. Si se entendiera así, la Copa del Mu...

Francia no tuvo revancha y CR7 perdió el último tren para alcanzar a Messi

Aunque en el mundo del fútbol no existe como concepto, el de la “olimpíada” podría aplicarse, en cierta forma, al tiempo que transcurre entre Mundiales. Si se entendiera así, la Copa del Mu...

Aunque en el mundo del fútbol no existe como concepto, el de la “olimpíada” podría aplicarse, en cierta forma, al tiempo que transcurre entre Mundiales. Si se entendiera así, la Copa del Mundo vendría a ser el momento en el que se saldan las cuentas abiertas durante cuatro años, se confirman o desechan expectativas, se cierran viejas eras y se abren nuevas. Un Mundial, entonces, puede verse como el mojón para salir de las discusiones abstractas y apoyarse en hechos concretos para valorar equipos y jugadores.

Desde hoy, muchas cosas van a verse de una manera diferente a cómo se las veía hasta el 11 de junio. Lo que ocurrió en Estados Unidos, Canadá y México en estos últimos 39 días obliga a recategorizaciones, empezando por el orden jerárquico entre las potencias, que visualizaba a Francia –más allá de la formalidad del ranking FIFA- levantando la copa ayer, en Nueva Jersey. Las razones estaban a la mano de cualquiera: por un lado, el currículum de un equipo que venía gobernando la escena mundial desde hace ocho años, con un título (Rusia 2018) y un subtítulo (Qatar 2022); por el otro, y principalmente, la sobreabundancia y variedad de talento individual potencialmente superiores a las del resto.

Por si eso fuera poco, la figura que desde que pisó por primera vez un campo en un Mundial parece haber sido hecha para este torneo: Kylian Mbappé es una fiera en cualquier competición, pero la Copa saca de él su versión más temible. Campeón y figura con apenas 19 años, nuevamente finalista y subcampeón a los 23, vino a su tercer Mundial con 27 y un hambre voraz por recuperar lo perdido. Esta vez, rodeado de una sinfonía de cracks ofensivos pocas veces reunida: Dembelé, Olise, Doué, Cherki, Barcola, más buena parte de la base de estos últimos años.

Pero los mundiales tienen sus propias leyes y arbitrariedades. La revancha codiciada por los franceses desde aquel 18 de diciembre de 2022, cuando en Qatar los destronó la Argentina, quedó para otra ocasión. Francia avanzaba imparable desde la etapa de grupos y en los primeros choques eliminatorios, hasta que España, su verdugo moderno, otra vez le mostró su límite. El ciclo de Didier Deschamps al frente de Les Bleus, 14 años que arrancaron en julio de 2012, se cerró con una cuenta pendiente, y tal vez fue esa herida lo que, al final, hasta disparó algún cortocircuito en el vestuario. A Mbappé, que siguió engrosando su número de goles, le queda bastante tela para seguir haciendo historia individual en la Copa del Mundo.

Este Mundial, por si hacía falta, le puso también la última palabra al duelo personal más publicitado de las últimas décadas y tal vez de toda la historia. Para la mayor parte del mundo del fútbol esa discusión se había acabado hace tres años y medio en Qatar, pero Cristiano Ronaldo nunca lo creyó así. Muchos de los que lo habían visto irse de la cancha solo y llorando tras aquella caída con Marruecos en los cuartos de final de 2022 pensaron que ahí se terminaba su sueño de ser campeón del mundo. Pero el orgullo lastimado en su carrera obsesiva con Lionel Messi por ser el mejor de la historia le diseñó un nuevo plan: mantenerse vigente y goleador en una liga menor como la árabe hasta volver a intentarlo a los 41 años. Su ambición tenía sustento porque llegaba rodeado de, probablemente, el mejor plantel portugués en la historia de los mundiales.

El técnico Roberto Martínez nunca dejó de llamarlo, a contramano de una corriente de opinión en aumento que veía al muy veterano Cristiano como un tapón a la vitalidad creativa del equipo, más que como un impulso. Al fenomenal goleador se lo vio estático, encajonado en las áreas rivales, con participación casi nula en el circuito de un equipo que estuvo por debajo de las expectativas.

Y mientras Messi, casi ajeno una rivalidad que nunca se tomó tan en serio, asombraba con goles e influencia en el juego inesperadas para sus 39 años, CR7 solo se sostenía por su terquedad y el poder de su nombre. La eliminación ante España esta vez sí parece sentenciar su destino en los Mundiales, y así lo aseguró él mismo antes del regreso a Portugal, pero… ¿será así? Quién lo sabe.

A la mayor marca del fútbol mundial, la selección brasileña, esta Copa le dejará el sinsabor de un retroceso que se hace ya muy largo, con el agravante de una marca negativa histórica. Con la eliminación temprana en los octavos de final, el máximo ganador de mundiales completará su ciclo más largo sin coronarse: de aquí a la próxima cita serán, como mínimo, 28 años sin títulos, cuatro más que los transcurridos entre el tricampeonato de 1970 y el tetra de 1994.

A una generación impropia de sus laureles, casi vacía de supercracks de no ser por Vinicius Jr., no la despertó el revulsivo de una conducción no brasileña, algo que en épocas mejores podía sonar a blasfemia para un fútbol tan autosuficiente. El aura ganadora de Carlo Ancelotti le dio al scratch una fantasía endeble, con fecha de caducidad. Se la mostró el gigante noruego Erling Haaland, un verdugo indiferente al peso de la camiseta que tenía adelante. La larga crisis de la mayor potencia del mundo, de por sí, tal vez también nos habla de un cambio de era.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/futbol/francia-no-tuvo-revancha-y-cr7-perdio-el-ultimo-tren-para-alcanzar-a-messi-nid19072026/

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