Fumar en el cine: entre el tabú y la fotogenia
Jean-Luc Godard, gran fumador, alguna vez declaró que para hacer una película le bastaba con una pistola y una chica, pero hay quienes alegan que a esa receta le estaría faltando un ingrediente:...
Jean-Luc Godard, gran fumador, alguna vez declaró que para hacer una película le bastaba con una pistola y una chica, pero hay quienes alegan que a esa receta le estaría faltando un ingrediente: el cigarrillo. Omnipresente ya en su primer largometraje, Sin aliento, donde un recio Jean-Paul Belmondo lo prende, lo olvida, enciende otro, ya sea para darse coraje o para llenar silencios hasta el último minuto, cuando se desploma en la vereda y -cómo no- exhala una bocanada de humo. ¿Estaría fumando Susan Sontag cuando apuntó que Godard era “un destructor deliberado del cine”, no el primero, pero sí “el más tenaz, prolífico y oportuno”? Quién sabe, pero sin duda pensaba en este legendario film que narra las tribulaciones amorosas de un gánster fugitivo.
Jean-Luc Godard, gran fumador, alguna vez declaró que para hacer una película le bastaba con una pistola y una chica, pero hay quienes alegan que a esa receta le estaría faltando un ingrediente: el cigarrillo
Una de las películas más influyentes de la historia del cine, cuyo rodaje en 1959 estuvo cargado de prisas e inventiva febril, de certezas -romper con las normas de decoro gramatical cinematográfico-, de dudas -cómo lograrlo-. Y, naturalmente, de nicotina, como se puede apreciar en el trailer de Nouvelle Vague, de Richard Linklater, que reconstruye la mítica realización de Sin aliento evidenciando el riesgo que representó y el desastre que pudo haber sido; además, claro, de la afición al tabaco de Godard y su pandilla. Ovacionada en el último Festival de Cannes, la cinta de Linklater llegará el 1 de enero a cines locales, precedida la semana anterior, 25 de diciembre, por el reestreno de la versión original de Sin aliento (1960), un acontecimiento para gente cinéfila que permitirá apreciar en simultáneo la cinta y la historia de su rodaje.
Más allá de estos regalos de Santa Claus, hay que decir que el revival del humo no se limita al homenaje de Linklater: el cigarrillo ha vuelto a encenderse en pantalla con una chispa francamente sorpresiva. Cuando lo dábamos por desvanecido, el New York Times advierte sobre la tendencia en una nota reciente: mientras el tabaquismo real sigue en picada (enhorabuena), las películas están regresando a la nicotina con una naturalidad que parecía archivada. Nueve de las diez nominadas al Oscar el año pasado, por ejemplo, la incluyen en escenas, como observaron también referentes de la comunidad médica, que aprovecharon la ocasión para recordar los efectos nocivos del tabaquismo.
Y la moda sobrepasa recreaciones de otras épocas como Oppenheimer, Maestro, A Complete Unknown u otras biopics. Sin excusa histórica, habemus combustión de tabaco en: el thriller Anatomía de una caída, la comedia Friendship, la última con Julia Roberts -Cacería de brujas-, o bien, la romcom de Celine Song, Amores materialistas, donde el hábito de fumar no hará a la casamentera profesional Dakota Johnson, pero ciertamente sirve de atajo elegante para afinar gestos, dibujar pausas, condensar en una pitada sus deseos y dudas.
El cigarrillo puede matar lentamente, eso no hay quien lo discuta, y ciertas costumbres han quedado saludablemente erradicadas (en otras épocas, no tan lejanas, el probable humo del proyectorista era acompañado por el de cientos de pequeñas brasas del público, como la encendida por el psicópata Robert De Niro en Cabo de miedo mientras ejecuta sus planes destructivos en una sala de cine). Es un mal que uno se provoca a sí mismo con plena consciencia. Entonces, ¿qué lo vuelve tan tremendamente atractivo para el séptimo arte?
Una perenne seducciónEl francés Adrien Gombeaud, periodista y crítico de cine, arrima una pista: “El tabaco permite dar vida a la imagen, insertar movimiento en planos estáticos. El humo, con sus volutas indómitas, es una forma cambiante, como también lo es el cine. Además, hace posible captar lo imperceptible; es decir, la respiración de actores y actrices, algo que les otorga una presencia extraordinaria, incomparable”. Pese a no haber fumado en su vida, el hombre subraya una encantadora paradoja: cómo un momento efímero, que solo deja cenizas, suspende el tiempo y da sustancia al cine. Especialmente en el blanco y negro, añadimos, donde mejor se luce. Y si de algo sabe este señor, es de esta voluble materia: Gombeaud es autor de Clopes en scope. Tabac et cinéma (2024), ponderado ensayo sobre la estrecha relación entre las películas y uno de sus accesorios favoritos; cuando no, en ocasiones, coprotagonista…
Después de todo, hay films que han convertido al cigarrillo en su eje temático; tal el caso de Bright Leaf (1950, “Semillas de venganza”), de Michael Curtiz, melodrama ambientado en el Lejano Oeste de fines del XIX, principios del XX, muy ligeramente inspirado en la bío de un ranchero devenido magnate por apostar a la máquina de liar, que le permitió producir cigarrillos industriales a una velocidad -hasta ese momento- imposible. O bien, Gracias por fumar (2006), sátira acidísima en la que Aaron Eckhart oficia de portavoz de la industria tabacalera, defendiendo con uñas y simpatía el derecho de los fumadores de incurrir en el hábito. Químicamente incentivado, como denuncia El informante (1999, Michael Mann), acerca de un arrepentido que devela los aditivos que las corporaciones negaban haber añadido a los cigarrillos.
Fumar o no fumar es el dilema de la protagonista de Smoking / No Smoking, díptico de Alain Resnais sobre las diferentes posibilidades de futuro a partir de aceptar o no un cigarrillo. Y Smoke (1995, “Cigarros”) se titula la memorable peli dirigida por Wayne Wang y escrita por Paul Auster: coral y luminosa, orbita alrededor de una tabaquería de Brooklyn, cruzando pequeñas grandes historias. En Coffee and Cigarettes (2004), Jim Jarmusch propone un mosaico de sketches donde personajes discurren sobre teorías conspiranoicas, té inglés, Nikola Tesla o insecticidas, entre ceniceros rebosantes y tazas de café humeante.
¡Bajen los humos!Justamente un pucho, un café y un poco de charla resumen las aspiraciones de Ethan Hawke en Reality Bites (1994, “Generación X”), interpretando a un romantizado holgazán antisistema que, por nihilista grunge, conquista a la chica Winona Ryder. Actriz que, dicho sea de paso, fue tildada de amenaza nacional por el ministro de Salud Joseph Califano, que en 1997 la acusó de hacer daño a las adolescentes por fumar reiteradamente delante y detrás de cámara. Ella, lejos de apichonarse, se negó categóricamente a pedir disculpas en una década en la que recrudecía la cruzada antitabaco en Estados Unidos, con posterior veda en el XXI: admisible beber, drogarse, timar o matar en pantalla, no tanto fumarse un puchito. Por esas fechas, Julia Roberts era reprendida por Hillary Clinton: la Primera Dama le reprochó que fumase como una descosida en La boda de mi mejor amigo en una columna publicada… el mismo día en el que el Servicio Postal de EE.UU. presentaba una estampilla con la imagen de Humphrey Bogart, el más conspicuo fumador en pantalla (Casablanca, El halcón maltés, Tener o no tener, aquí dándole fuego a otra insaciable, su futura esposa Lauren Bacall, debajo de una mesa).
Una nueva estampilla, por cierto, causó fastidio en el célebre crítico Roger Ebert: aquella que, en 2008, celebró a Bette Davis a 100 años de su nacimiento… con el faso desaparecido por arte de corrección política. “¡Lo próximo será John Wayne con un ramo de flores en vez de un Winchester!”, recuperó el lamento de un lector igualmente indignado frente a la imperdonable omisión en esta fumadora full time que, en La malvada (1950), tira una espesa nube en el rostro de sus admiradores como evidente gesto de desprecio. El fotógrafo Victor Skrebneski, que había frecuentado y retratado a la estrella, fue aún más tajante respecto de esta imagen: “¿Quién es esta impostora?”. Y tenía un punto: si casi todas las actrices clásicas fumaban (Ingrid Bergman, Joan Crawford, Marlene Dietrich…), la Davis fumaba más que todas ellas juntas.
Es que, en la época dorada de Hollywood, mucho antes de que Virginia Slims se subiera a la segunda ola feminista con aquel recordado eslogan “Has recorrido un largo camino, muchacha”, el cigarrillo ya era sinónimo de libertad y modernidad en ellas. Un ejemplo entre muchos: Three on a Match (1932, Marvin Le Roy), donde Bette despunta el vicio en compañía de Joan Blondell y Ann Dvorak. Ojo, además de camaradería, también denota erotismo y peligrosa independencia cuando está en boca de las vampiresas del noir, las femme fatales. La interpretación posmoderna del género, Bajos instintos (1992, Paul Verhoeven), no deja mentir: la famosa escena del interrogatorio, ausencia de ropa interior aparte, ¿hubiese pegado tanto sin el sugerente pitillo entre los dedos de Sharon Stone? Finalmente, como cantaba Sara Montiel en El último cuplé (1957, Juan de Orduña), fumar es un placer genial, sensual...
Reinas y reyes de la nicotinaA veces “basta una cerilla para que nazca un mito”, arriesga Gombeaud, convencido de que la nicotina ha sido esencial para que las stars de antaño alcanzaran su potencial máximo. ¿Podemos imaginar el rostro del detective Bogart sin la nube de humo que lo envuelve?, ¿el de Groucho Marx sin su puro?, ¿el de Jacques Tati sin su pipa?, ¿el de Audrey Hepburn sin su boquilla?, se pregunta. Ni qué decir de la expresión de Clint Eastwood, mordiendo la colilla con una mueca clara de disgusto; en parte, porque la marca provista por Sergio Leone en la popular trilogía del spaghetti western no era precisamente de su gusto. “El tabaco realzaba a la estrella, y la estrella transformaba el tabaco en un objeto de deseo: el del policía al acecho, el vigilante insomne, el intelectual con bloqueo creativo… Pedir fuego, ofrecer un cigarrillo, era ya escribir parte del guion”, anota el ensayista galo sobre el asimismo complemento viril de rudos vaqueros y consumados detectives del cine en blanco y negro. Inolvidable, por caso, el fumador en cadena Robert Mitchum en Retorno al pasado (1947).
Claro que, como advierte Gombeaud, “en las películas el tabaco no apesta, no irrita los ojos, no impregna la pilcha, no da mal aliento, no mancha los dientes, muy rara vez te liquida…”. Lo que sí hace, o ha hecho mientras se lo han permitido, es contribuir a la gramática del cine: ¿En cuántos amantes se prendió la chispa al pedir lumbre?, ¿o una certeza frente a la llama? Calamos la fría templanza de Al Pacino en El padrino cuando no le tiembla el pulso para encenderse un pucho en un momento decisivo. Reconocemos la ansiedad de Jane Fonda -interpretando a la autora Lillian Hellman en el film Julia- por encontrar la frase justa, fumando uno tras otro frente a la máquina. Vemos la victoria de Diane Keaton, Bette Midler y Goldie Hawn reflejada en los puros celebratorios que saborean al final de El club de las divorciadas, previos a mandarse un numerito musical de antología. Somos testigos del jugarse el destino a todo o nada cuando, cigarro en boca, Thelma y Louise aprietan el acelerador en la carretera.
En los labios del Rebelde con causa James Dean, el tabaco acentúa la desobediencia. Es glamour erotizado en los de Gilda; rito de pasaje a la adultez en Los 400 golpes; transgresión en el filtro manchado de rouge de Anne Bancroft cual devoradora señora Robinson. Es además el fiel compañero al que recurren aterrorizados condenados a muerte mientras caminan hacia la guillotina (Alain Delon en Dos contra la ciudad, de José Giovanni), o hacia la silla eléctrica (Ben Gazzara en Cuatro convictos, rara joya carcelaria noire de Millard Kaufman). Puede también expresar las ansias porque la muerte llegue cuanto antes: tal el expreso deseo del esqueleto carbonizado que fuma como un bellaco en la sala de espera del más allá en Beetlejuice. O connotar cuna: podríamos intuir los orígenes aristócraticos del capitán y los humildes del teniente de La gran ilusión, de Renoir, solo por la forma en que maniobran sus cigarrillos… En fin, a pesar de su pequeño tamaño, según las épocas y quién lo sostenga, ha sugerido multitud de sensaciones e intenciones, tanto para hombres como para mujeres.
Muerte al cigarrillo que mataLos villanos fuman el doble que los héroes, se midió hace un par de décadas. Y ese código —el pucho como abreviatura de malas intenciones— acompañó la trayectoria de Cruella de Vil, desde el film de animación 101 dálmatas (de 1961, adaptación de la homónima novela de Dodie Smith) hasta el live action del ‘96, con Glenn Close exhibiendo su acentuada debilidad por las pieles perrunas y el humo. Si había un personaje cuya identidad parecía soldada a una boquilla kilométrica, era Cruella. Y sin embargo, el reino de Disney apagó todo atisbo nicotínico, incluso para sus primeras villanas, en este siglo. Taxativa orden que, naturalmente, alcanzó la precuela, de 2021, donde Emma Stone ni ama el tabaco ni detesta a los perritos. Una traición en toda la regla para los amantes del mal bien hecho.
Demonizado por décadas, ¿será la nostalgia la que lo está trayendo de regreso? Quizás se trata una manera de plantar calma a las prisas que demanda este mundo moderno tan acelerado. Porque, íntimamente ligado a la espera, el cigarrillo también representa paciencia, meditación, memoria. Una pausa en el día, en la vida.