Graciela
Graciela, Graciela Fernánadez Meijide, cumple hoy 95 años. Un dato cronológico que se articula con otra cronología: los cincuenta años del golpe de estado del 24 de marzo de 1976. Puede que la...
Graciela, Graciela Fernánadez Meijide, cumple hoy 95 años. Un dato cronológico que se articula con otra cronología: los cincuenta años del golpe de estado del 24 de marzo de 1976. Puede que las fechas y los aniversarios sean convenciones, pero por debajo del barniz late el rumor de la vida. En este caso con una melodía lúgubre, a Graciela, el dolor y una ausencia irremediable le enseñaron a pensar la vida. Los hombres jamás lograremos saber -en el sentido más apasionado de la palabra- lo que representa para una madre la muerte de un hijo a mano de esbirros y canallas. Graciela lo supo en carne propia.
“Pablo tiñe de gris el paisaje”, me dijo una tarde conversando en un bar hace más de treinta años. Y en efecto, ella presentía que más allá de satisfacciones políticas y sociales, siempre convivirá con una ausencia, un indefinido sentimiento de vacío, una inquieta brisa de tristeza revoloteando por las inmediaciones de su corazón.
El pudor, la decencia, el respeto, le han impedido hablar de Pablo. Siempre se opuso a usar el nombre de su hijo en las campañas políticas y se negó a recurrir al recurso tramposo de despertar sospechosos sentimientos de solidaridad con su propia tragedia. Es extraño. Graciela nunca dijo que hizo política en nombre de su hijo, pero no somos pocos los que sabemos que el motivo decisivo de su pasión pública obedece a ese manojo de ternura que un día los sicarios arrancaron de su casa.
Curiosas sinuosidades del destino. Los asesinos matan a un adolescente de 16 años para sembrar el terror en la Argentina, sin saber que su acto criminal pondrá en movimiento una voluntad y una sensibilidad que se levantarán como un elocuente y eficaz testimonio contra la muerte. Hace unos días, un amigo hablaba de los residuos autoritarios de la dictadura que aún sobreviven en nosotros: policías corruptos, impunidad, prepotencia. Alguna vez habrá que hablar también de aquello que resistió a la dictadura y que supo representar los sentimientos más nobles que inspiran a una sociedad cuando transita por el fango de una tragedia.
Graciela es un excelente pretexto para reflexionar acerca de las duras encrucijadas de la vida. El soplo es de Pablo, lo demás es de Graciela. A Pablo le pertenece la ausencia, el recuerdo que interpela desde algún lugar replegado en el misterio. Ella es la dueña del presente y de aquella decisión de comenzar a militar en los derechos humanos, de reclamar por su hijo en un gesto solidario que abraza a todos los hijos muertos por la dictadura más feroz de nuestra historia.
Como toda madre colocada en esa dolorosa encrucijada, es posible imaginar que al enterarse de la desaparición de su hijo se precipitó por los territorios de la angustia. Quizás como toda madre al principio alentó vanas ilusiones. Conocemos por relatos la temperatura de ese dolor infinito que significa imaginarse que a esa hora y en tal lugar el hijo está sufriendo las atrocidades de la tortura. Nos hemos informado sobre las fantasías que forja una madre pensando que el hijo se pudo escapar de la prisión clandestina, que los verdugos a último momento decidieron perdonarle la vida o que un día cualquiera el chico abrirá la puerta de su casa y sin decir una palabra, como cuando salía de la escuela, correrá a refugiarse en los brazos de la madre.
Sabemos lo que sintieron los que recorrieron esa temporada en el infierno. Sabemos de aquellas noches de insomnio, de los autorreproches y de las culpas. Sabemos lo que se siente cuando el paso de las semanas, los meses y los años revelan que esos ojos llenos de vida, esa sonrisa traviesa, ese mechón de pelo caído sobre la frente y esa voz que recién estaba asumiendo sus tonos graves, no regresarán nunca más.
Lo más duro son las pequeñas evocaciones y despedidas. El esfuerzo por retener un gesto -tal vez el último- la ansiedad con se mira una foto, se escucha un tema musical, se contempla la sombra de un árbol, la melodía de Sui Generis flotando en el aire, un poema de Paul Éluard leído en voz baja… son pequeños datos, huellas casi invisibles pero persistentes de un pasado que cada vez que se insinúa nubla los ojos o dibuja una delgada y temblorosa línea de tristeza en los labios.
A Graciela la recuerdo conversando en el local de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos en avenida Callao. Ya entonces se parecía mucho a la mujer que luego le ganará las elecciones a Duhalde y a su esposa en el distrito más importante del peronismo y que soportará con enterezas los agravios y las infamias de un gobernador peronista hoy devenido en analista político.
Yo sostengo la imagen de aquella mujer que conocí luchando por causas nobles. Afectiva, sin dramatismo; sensata, pero, imaginativa; segura. sin prepotencia; inteligente, sin pedantería. Es la misma imagen de las mujeres que hoy mantienen intactas las convicciones y, sobre todo, las esperanzas en una sociedad más libre y más justa. Esas virtudes, esa sensibilidad, Graciela las desarrolló conviviendo con el dolor y la expectativa de que la política pueda llegar a ser en el futuro un oficio decente y lúcido.
Los que murmuraron que Graciela en nombre del conformismo y la resignación borró sus convicciones más íntimas, ignoran o pretenden ignorar, el origen de una militancia que se templó en los rigores del dolor, las contrariedades de la adversidad y un insaciable y doloroso reclamo de justicia. Graciela no es el producto de una operación de marketing publicitario, ni su nombre se suma a la farandulización de la política o a tortuosas mistificaciones. Su origen está vinculado a uno de los fragmentos más dramáticos de nuestra historia y su práctica política se forjó alrededor de una de las causas más nobles de nuestra vida pública: la democracia y los derechos humanos.
Acá no hay señoras exitosas, ni hazañas deportivas, ni triunfos estelares, ni miserables frivolidades. Ella no transitó por los rituales de la farsa, la frivolidad o la manipulación de causas justas. Por el contrario, los latidos de su corazón se templaron en la militancia solidaria y dramática y sus nervios adquirieron la flexibilidad y la consistencia de quienes durante horas infinitas aguardaban un retorno querido sin dejarse dominar por los salvajes dictados del instinto.
Sólo la ignorancia o la mala fe pueden afirmar que Graciela es el producto de la alienación de un fin de siglo cansado o de los inicios de un siglo que no encuentra un rumbo. Lo que hay es una mujer que, sin dejar de ser ella misma, fue capaz de crecer alimentada por una pasión que siempre estuvo presente, pero que ella supo recluir con decoro en el lugar que le correspondía. Su grandeza reside, precisamente, en ese esfuerzo por arrancarle al dolor chispas de sobriedad y lucidez. Su presencia es un testimonio, una esperanza y un desafío. Son mujeres como Graciela las que logran otorgarle sentido a la existencia, las que logran expresar a través de los rasgos de su rostro nuestras contrariedades más nobles: la convicción y la duda; el coraje y el temor; la inspiración y la sensatez; la débil luz de la esperanza y los dolorosos despojos del pasado.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/graciela-nid27022026/