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Guardapolvos “térmicos” y visitas de pingüinos: así se estudia en la escuela más austral de la Argentina y del mundo

En medio de uno de los escenarios más extremos e inhóspitos del planeta, con temperaturas bajo cero, vientos huracanados, días sin fin en verano y noches eternas en invierno, hay una sola escuel...

Guardapolvos “térmicos” y visitas de pingüinos: así se estudia en la escuela más austral de la Argentina y del mundo

En medio de uno de los escenarios más extremos e inhóspitos del planeta, con temperaturas bajo cero, vientos huracanados, días sin fin en verano y noches eternas en invierno, hay una sola escuel...

En medio de uno de los escenarios más extremos e inhóspitos del planeta, con temperaturas bajo cero, vientos huracanados, días sin fin en verano y noches eternas en invierno, hay una sola escuela y es argentina. La Escuela Provincial N° 38 “Presidente Raúl Alfonsín”, la única que funciona en todo el territorio antártico, está ubicada en la Base Conjunta Antártica Esperanza, donde residen familias completas durante todo el año, algo único a nivel mundial.

El pasado 24 de febrero tuvo lugar ahí el inicio del ciclo lectivo 2026. El acto marcó mucho más que la vuelta a clases: volvió a ratificar la presencia permanente de la Argentina en el continente blanco.

Esta escuela, conocida como la más austral del mundo, tiene varias particularidades. Una es que los dos docentes elegidos para dirigirla cambian todos los años, y son siempre matrimonios legalmente constituidos o unidos de hecho de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.

El proceso de selección, a cargo del gobierno fueguino, es riguroso y consta de varias etapas. La pareja de docentes debe pasar exámenes psicológicos y físicos, además de demostrar una gran capacidad de adaptación. Los dos educadores elegidos se encargan del nivel inicial y del primario, mientras que el secundario se dicta de manera virtual.

Para el ciclo lectivo 2026 fueron seleccionados los docentes Gustavo Olivera y Susana Alegre, un matrimonio de Formosa que hace 13 años vive en la ciudad fueguina de Río Grande. Tienen 3 hijos: Lisi, de 19 años; Mía, de 15, y Jero, de 7.

“Este no fue un sueño improvisado: lo venimos buscando, como familia y como profesionales, desde hace ocho años. Llegar aquí es la concreción de un anhelo compartido, construido con esfuerzo, perseverancia y amor por la educación”, cuenta Alegre a LA NACION.

Desde la Base Esperanza, la docente explica que la principal motivación suya y de su marido para postularse a ese puesto fue “el deseo profundo de enseñar en un contexto único, con nuevos desafíos y aprendizajes que trascienden lo académico”. “Sentíamos la necesidad de crecer profesional y humanamente, de poner nuestra vocación al servicio de una comunidad especial”, dice.

Al llegar a Antártida se viven emociones intensas y, a veces, difíciles de explicar, cuenta. “Hay alegría, orgullo, asombro… y también una sensación de no dimensionar completamente el lugar en el que estamos. Cuando vimos la escuela en la querida Antártida argentina, entendimos que ese sueño tan buscado finalmente era realidad. No es solo un edificio: es historia, es presencia argentina, es infancia creciendo en el lugar más austral. Para nosotros, fue un momento profundamente movilizador”, describe.

Los estudiantes de la escuela son chicos de todo el país, hijos de científicos, de personal de las fuerzas armadas, de técnicos y de civiles que viven transitoriamente por un año en la Base Esperanza.

La cantidad de alumnos varía según las familias que integran la dotación anual de esta base antártica. En promedio, cada año suelen ser entre 10 y 15. El ciclo 2026, que recién empieza, tiene nueve estudiantes: cinco en su nivel primario, cuatro en el secundario y cero en el inicial. Los del secundario estudian a través del Seadea (Sistema de Educación a Distancia del Ejército Argentino). Comparten espacio escolar con el resto de los estudiantes, pero no están a cargo de los docentes designados a esta escuela, sino de los docentes que enseñan a través de esta plataforma desde el continente.

Antiparras y visitas de pingüinos

En un territorio con condiciones extremas, muchos podrían pensar que lo más difícil es el clima, el viento o las bajas temperaturas. Alegre, sin embargo, cree que estos no son los principales desafíos. “Si bien los factores climáticos están siempre presentes, venimos de vivir muchos años en Río Grande, donde el clima comparte características similares con el de acá. Tal vez esa experiencia nos dio herramientas para adaptarnos con naturalidad”, dice la docente. Y destaca: “El verdadero desafío es sostener la tarea educativa en un contexto tan particular, donde todo requiere organización, compromiso y trabajo en equipo”.

Si bien los chicos usan el clásico guardapolvo blanco, suelen llevar debajo capas de ropa térmica y una muda de ropa extra. Llegan a la escuela con guantes, calzado especial y antiparras para protegerse —según el clima— del resplandor del sol, del viento o de la nieve. Las clases no se suspenden por lluvia, pero sí por “viento excesivo”, condición que hace que caminar entre los pabellones de la base se vuelva peligroso.

El establecimiento cuenta con internet, calefacción central, biblioteca y laboratorio. Si el tiempo lo permite, los recreos son al aire libre, entre la nieve y, a veces, con la visita de algún pingüino o el avistaje de lobos marinos u otras especies.

Los alumnos hacen videoconferencias con otras escuelas del país, acortando los miles de kilómetros de distancia que los separan. “Ser docentes en la Antártida es mucho más que enseñar contenidos. Es acompañar, escuchar, abrazar, construir comunidad y sostener la educación argentina en uno de los lugares más únicos del planeta. Cada día confirmamos que los sueños, cuando se trabajan con convicción, pueden hacerse realidad”, afirma Alegre.

El nacimiento de la única escuela en la Antártida

La historia de esta escuela comenzó el 14 de mayo de 1978, cuando fue inaugurada bajo el nombre “Manuel Belgrano”. Su creación fue un paso fundamental para consolidar la presencia civil en la Antártida, permitiendo que las familias de los científicos y militares destinados en la base pudieran permanecer juntas durante la campaña anual.

En 1997, la institución pasó a depender de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, y en 2012 recibió su nombre actual en honor al expresidente Alfonsín. A lo largo de las décadas, sobrevivió a incendios y climas extremos. Fue reconstruida y, en varias ocasiones, modernizada para ofrecer las comodidades de una escuela continental en plena Antártida.

Esta es la única escuela argentina que mantuvo sus puertas abiertas y dictó clases presenciales de manera ininterrumpida durante el confinamiento estricto de 2020, en plena pandemia. La Antártida fue, en ese momento, uno de los pocos lugares del planeta libres de COVID-19.

Desafíos

En esta escuela no hay directivos. La organización del día a día depende directamente de la pareja de docentes de grado que el Ministerio de Educación de la provincia elige cada año.

Para Alegre, una de las particularidades de esta escuela es que exige trabajar en plurigrado. “Esto nos permite una enseñanza más personalizada, donde cada estudiante avanza a su ritmo y desarrolla autonomía con mayor rapidez. Trabajar en un mismo espacio con diferentes edades y niveles es una experiencia profundamente enriquecedora. Implica enseñar a estudiar, acompañar procesos diversos al mismo tiempo, planificar de manera flexible y ser creativos permanentemente”, dice la educadora. “Los mayores muchas veces guían a los más pequeños, y los más pequeños aprenden observando y compartiendo. Se genera una dinámica colaborativa muy valiosa que fortalece tanto lo académico como lo humano”, agrega.

Como docentes, el trabajo es exigente. “Nuestro día comienza temprano. Nos levantamos, nos preparamos y llegamos a la escuela unos minutos antes. Nos gusta ambientar el espacio, poner algo de música suave y preparar el aula para recibir a los estudiantes. Los esperamos siempre con una sonrisa y, muchas veces, con un abrazo. Iniciamos la jornada saludando a nuestra bandera, compartiendo novedades y luego pasamos al salón para comenzar las actividades”, cuenta Alegre.

“Durante la mañana realizamos una pausa para el desayuno y tenemos dos recreos, espacios que también son momentos de encuentro y juego. Por la tarde regresamos a las 15 horas. Tenemos un recreo donde compartimos la merienda y continuamos con las propuestas pedagógicas hasta acercarnos al final de la jornada. Antes de las 18 horas volvemos a reunirnos para saludar a nuestra bandera, cerrando el día con ese mismo sentido de comunidad con el que lo comenzamos”, resume la docente.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/guardapolvos-termicos-y-visitas-de-pinguinos-asi-se-estudia-en-la-escuela-mas-austral-de-la-nid10032026/

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