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Guillermo Martínez: “Siempre aparece en mi obra la tensión entre un pensamiento científico y otros relativamente mágicos”

En su nueva novela, Un crimen dialéctico (Seix Barral, $ 26.900), ...

Guillermo Martínez: “Siempre aparece en mi obra la tensión entre un pensamiento científico y otros relativamente mágicos”

En su nueva novela, Un crimen dialéctico (Seix Barral, $ 26.900), ...

En su nueva novela, Un crimen dialéctico (Seix Barral, $ 26.900), Guillermo Martínez plantea una encrucijada acerca de las vicisitudes revolucionarias: ¿es mejor morir o matar por una causa? El narrador y protagonista, un joven científico que integra una agrupación política (el Partido), recibe el encargo de asesinar a un militar retirado que pondría en riesgo el triunfo en las elecciones de un candidato político en apariencia intachable (bautizado arquetípicamente el Candidato).

En simultáneo, debe responder las dudas suscitadas por un informe que pone en duda la existencia del libre albedrío y, ante sus anfitriones (y víctimas), simular que ha regresado al país para conocer las virtudes de una planta alucinógena. “Mentir con la verdad: que lo auténtico sea el disfraz de lo falso”, se propone. El “policial filosófico” está ambientado en un pueblo de un país latinoamericano que deja atrás una dictadura.

Este año, Seix Barral lanzó la Biblioteca Guillermo Martínez, cuyo plan incluye la reedición de quince libros de ficción y de ensayo del escritor nacido en Bahía Blanca en 1962. “Empecé con Acerca de Roderer en 1992 y me quedé dentro del Grupo Planeta –recuerda–. Me gusta que toda mi obra esté en una misma editorial”. Un crimen dialéctico está dedicada a su padre, Julio Martínez (1928-2002). El autor viajó esta semana como invitado a la 32ª edición de la Feria Internacional del Libro de Pekín; varias novelas suyas fueron traducidas al chino.

–¿Es tu primera novela en la que la política tiene tanto peso?

–Si bien aparece la cuestión política, traté de hacer algo relativamente genérico o abstracto. Sabemos que hay una dictadura en la que hubo desaparecidos y una transición a la democracia con un candidato socialdemócrata y otro del partido militar. Todo lo demás es un conflicto humano. Eso en parte lo tomé de Las manos sucias, de Jean-Paul Sartre, en donde él inventa un país que no es ninguno de los países que estaban cerca del bloque del Este, pero todos estaban atravesando la misma situación política con el Partido Comunista y la burguesía socialdemócrata local. En América Latina, casi todos tuvimos dictaduras y casi todos hicimos transiciones a la democracia. Tomé esa matriz y también que al personaje lo compromete un juramento y el hecho de haber compartido un entrenamiento guerrillero con otros jóvenes. Hubo una especie de ola, que no era solo nacional, una idea de revolución social en América Latina. Con sus peculiaridades, todos intentaron llegar al poder mediante vías insurreccionales.

–Como la novela se publicó en el 50° aniversario del golpe de Estado de 1976, permite una lectura “situada”.

–Sí, una especie de identificación con los argentinos. Algo de eso hay, porque el candidato hace un saludo que recuerda al que hacía Raúl Alfonsín en campaña. Pero quise mantener una especie de ambigüedad. O sea, se podría identificar parcialmente con la Argentina, pero las fechas no coinciden. Por ejemplo, en la novela se usa mucho el mail y se habla de países de Alemania Oriental que ya no existen. Es como si fuera una situación que está en la bruma de la historia.

–¿Por qué elegiste a un militante como narrador y protagonista?

–En ese tipo de militancia, uno era muy consciente de la posibilidad de perder la vida y no tan consciente, a veces, de la necesidad de quitar vidas. No es lo mismo dar la vida que quitar una vida. Esa es una de las líneas importantes. Pero la respuesta del cubano también da que pensar porque dice que ninguna revolución se hace con puro martirio. Si solamente nos matan, no vamos a ningún lado. Ese era el dilema humano que me interesaba explotar, y sobre todo, en una persona que ya no siente esa especie de pasión de la revolución que te lleva en andas, como un viento de época. Para los jóvenes de los años 70 resultaba casi natural esa clase de opciones, de modelos para sus vidas, mientras que el protagonista ya está fuera de eso, con otra edad. Se siente afuera, pero aún obligado por un juramento que tomó diez años atrás. La leyó Carlos Chernov, que es un amigo querido, y me dijo que el joven es más poderoso que el adulto, porque el juramento del joven obliga al adulto.

–Para colmo, la víctima es un personaje bonachón.

-Claro, no es un genocida, sino un tipo honorable que se había ido de las Fuerzas Armadas. Además, quise plantear el dilema del libre albedrío, porque el narrador se propone convertirse en la red de causalidades que permitan que esta persona muera sin su intervención, porque no quiere matar, mancharse las manos. Hay todo un ajedrez por debajo de la novela que él trata de seguir de acuerdo a un plan.

-¿Cuánto de tu historia personal se filtra en la novela?

-Militancia política tuve en la adolescencia pero nunca en la lucha armada, no me da la edad. Lo máximo que hice fueron unas pintadas por Nicaragua en su momento, cuando estaba en la Federación Juvenil Comunista, y después participé en la reunificación de los centros de estudiantes. Tenía esa clase de militancia estudiantil, pero conocí gente que tuvo adiestramientos ideológicos en niveles superiores, internacionales. Eso me dio la idea esta de que en el entrenamiento militar el personaje hubiera asumido un nivel mayor de compromiso.

-¿Qué relación existe entre esa comunidad ideológica y la indígena?

-Me interesaba mucho la cuestión del ritual indígena que, por un lado, le da la excusa para viajar a ese lugar pero, a la vez, a medida que conoce algo de esta gente, siente la curiosidad e incluso después la necesidad de intentar hablar con su padre, que ha muerto y es su referente moral. Hay algo ahí como un salto de fe, mediado por un escepticismo con respecto a la religión. Siempre aparece en mi obra la tensión entre un pensamiento científico y pensamientos relativamente mágicos.

-¿Qué pensás de la juventud actual?

-No tienen ideales y predomina el individualismo en general, la idea de que mientras yo esté bien, todo lo demás no importa. Se quebraron los lazos sociales. Hay cierta mezquindad de lo propio que con las ideas de este gobierno libertario se volvió más mezquina, porque lo único que importa es que el otro no tenga un beneficio que yo no tengo. Eso se ve en muchas instancias. ¿Por qué alguien va a ir a la universidad gratuita si yo no voy a la universidad? ¿Por qué yo voy a pagar por los remedios de un discapacitado si yo no soy discapacitado? Ese tipo de razonamiento es absolutamente individualista. Hay un pensamiento de corto plazo que no alcanza a ver las consecuencias de lo que es esta política.

-¿En tus novelas prevalece el erotismo más que el amor?

-No creo que esta novela llegue a ser erótica, pero siempre hay una línea de tensión sexual, más sexual que amorosa, pero no sé si están tan separadas las dos cosas. El enamoramiento tiene una componente sexual. Esa separación fue un poco histórica, ¿no? De la censura de lo sexual, se creó esa división entre el amor romántico y el amor sexual. Lo interesante es que se note que en mis novelas hay algo de sexo, porque es algo que está casi ausente de las novelas en la época contemporánea; el sexo es el gran omitido de la literatura.

-¿Te parece?

-Sí, no solo omitido, sino que además está mal visto el sexo en las novelas. A la mirada masculina se la considera cosificadora; es como si ya no se pudiera discernir entre lo que es el deseo sexual y lo que es la violencia sexual.

-Desde el título, la filosofía está presente en Un crimen dialéctico.

-Es lo que más me gusta de esta novela, la idea de que, que a partir de cierto punto, el narrador se da cuenta de que su plan solo puede funcionar si logra convertir a estas personas que acaba de conocer en lo opuesto de lo que son. Me gustaba mucho esa idea de personajes convertidos en sus opuestos, un detalle original dentro de lo que es la idea de la novela. Uno está acostumbrado a tener personajes que tienen cierta continuidad, pero acá él se da cuenta de que tiene que invertirlos. Entonces ahí aparece la idea de la inversión que se vincula con varias novelas: Teorema, Cosmos, Las relaciones peligrosas.

-¿La imprevisibilidad forma parte del plan de escritura de una novela?

-Hay cosas que uno no puede saber si va a ser o no va a ser hasta que no estás en la situación. En la escritura de una novela también pasa eso. Tengo algunas cosas pensadas y luego muchas se transforman porque también de la propia escritura se abren posibilidades. Al escribir uno tiene que tener una actitud de vigilia: sabés algunas de las cosas que querés hacer, pero tenés que estar atento a lo que va surgiendo del propio texto. Es una pulseada. Muchas veces aparecen dificultades que después uno agradece, porque te permite dar rodeos más sutiles, incorporar elementos en los que no habías pensado. Valoro mucho y cada vez más la dificultad en los textos.

-¿Y en este caso cuál fue la dificultad?

-Una de las dificultades más grandes era decidir hasta qué punto insertar la discusión científica. Me parecía que era muy importante, pero a la vez requería un desdoblamiento del lector porque tenía que leer con otro paso y otra atención. Estaba seguro de que muchos lectores la iban a pasar por alto, así que tuve que lograr que fueran breves, que tuvieran algún elemento de humor y el elemento dramático que hay en las discusiones científicas, donde existen orgullos, rencores, sobradas. Otra dificultad fue imaginar qué iba a pasar durante el ritual con el cebil. Traté de imaginar algo que fuera algo en lo que creyera y que además me permitiera llegar al núcleo, cuando el padre muerto invierte la frase de Goethe “gris es toda teoría y verde el árbol dorado de la vida”.

-¿Qué opinión tenés de este momento político en el país?

-Siempre tuve un pensamiento marxista, siempre creí que la única manera de cambiar realmente la sociedad sería a través de una revolución, más allá de que se pueda hacer o no en la época que me toca vivir. Vi todo lo que fue la degradación de la democracia en estos cincuenta años, así que este gobierno no es algo que me provoque extrañeza. Vi cómo la democracia estaba atada ya en el gobierno de Alfonsín a la deuda del Fondo Monetario Internacional, vi cómo se tramitó eso, vi las claudicaciones sucesivas de los gobiernos siguientes alrededor de esa cuestión; las complicidades de la Justicia, esta especie de farsa de que es un poder independiente. Entonces, no me extraña que hayamos llegado a esta última estación. Ya no puedo imaginar algo peor que este Presidente.

-¿Y cómo ves el ámbito literario?

-Desde hace años estamos en un gran momento para la literatura argentina. Un gran momento en el sentido de que hay muchísimos escritores que se traducen en el mundo, que son referentes, que están haciendo una obra variada, escritoras sobre todo. Lo veo bien, con algunas cuestiones que extraño, que es, por ejemplo, la desaparición de la figura de la crítica literaria. Es como si no hubiera una segunda mirada sobre aquello que se escribe y que todo pasara en una especie de marea incesante donde ningún libro es del todo un acontecimiento. ¿Por qué? Porque no hay o desaparecieron algunas de las jerarquías que antes, con mayor o menor justicia, seleccionaban algo de lo que se escribía. Había algunos debates, algunas discusiones, algunas entronizaciones, algunos entierros, pero había algo que podíamos llamar crítica.

-¿Pero no protagonizaban los escritores esos debates?

-Es cierto y en su momento critiqué eso. Yo estoy hablando de una clase de crítica con la que tuve también mis discusiones internas, por así decir, porque muchas veces había amiguismos, capillas, linchamientos. Aun con esas prevenciones, lo último que hubiera querido es que desapareciera. La crítica es necesaria, es importante, es en sí un problema intelectual difícil.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/guillermo-martinez-siempre-aparece-en-mi-obra-la-tension-entre-un-pensamiento-cientifico-y-otros-nid19062026/

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