Hamnet: el arte y la expiación del dolor, en un bello retrato sobre la complejidad de la experiencia humana
Hamnet (Reino Unido/Estados Unidos/2025). Dirección: Chloé Zhao. Guion: Chloé Zhao, Maggie O’Farrell. Fotografía: Lukasz Zal. Edición: Chloé Zhao, Affonso Gonçalves. Elenco: Jessie Buckley...
Hamnet (Reino Unido/Estados Unidos/2025). Dirección: Chloé Zhao. Guion: Chloé Zhao, Maggie O’Farrell. Fotografía: Lukasz Zal. Edición: Chloé Zhao, Affonso Gonçalves. Elenco: Jessie Buckley, Paul Mescal, Emily Watson, Joe Alwyn, David Wilmot, Bodhi Rae Breathnach, Jacobi Jupe, Olivia Lynes. Calificación: Apta para mayores de 13 años con reservas. Distribuidora: UIP – Universal. Duración: 125 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
Pocas esperanzas habían quedado respecto del rumbo de Chloé Zhao luego del desastre de Eternals (2021). En Nomadland (2020), Zhao había demostrado su destreza para conciliar el retrato de una comunidad en tránsito entre los residuos de la globalización y esa errancia indefinida que parecía detentar el mundo del presente, con una vocación autoral en formación, algo new age para los suspicaces, un poco condescendiente para los más críticos (su benevolencia con el tipo de empleo propuesto por Amazon fue un eje de controversia), pero prometedora al fin. Además, su pisada fuerte en los Oscars de pandemia, la inclusión de una actriz de trayectoria como Frances McDormand en un reparto de actores no profesionales, y la raigambre documental de la textura fílmica le daban suficientes créditos. Sin embargo, Eternals echó todo por la borda: una película atenazada por los dictámenes del estudio -donde la mirada de visos espirituales quedaba reducida a un cocoliche entre lo banal y lo místico- demostraba que no todos los directores que vienen de la periferia de la industria pueden sostenerse con astucia en ella, y que no todas las películas exitosas aseguran una inteligencia con futuro por detrás.
Hamnet pone en suspenso muchas de aquellas afirmaciones. Quizás el primer interrogante sea, esta vez, cuál el verdadero mérito de Chloé Zhao en una película en la que se combinan la robusta novela de Maggie O’Farrell, la producción de Steven Spielberg -que resultó ser el primer convencido de que ella debía dirigirla-, y un elenco casi perfecto, que no solo destaca por la labor extraordinaria de Jessie Buckley, sino también de Paul Mescal, uno de los actores más talentosos del presente. Ahora bien, hay algo en el abordaje de Zhao que marca la distinción, y que quizás fue el punto de partida de mucha de la reciente controversia sobre la “pornografía del dolor” de la que se acusa a la película. Es que justamente eso es lo que interesa a la directora, la forma humana de lidiar con un sufrimiento que no tiene razón o sentido, que sacude los cimientos de la vida conocida, y para el que el arte -casi en convivencia con la espiritualidad, religiosa o no- ofrece una experiencia sublime.
Hamnet es el nombre de un muerto. Eso lo sabemos de entrada, porque la historia del joven William Shakespeare en su camino al reconocimiento es conocida, como los registros de su vida familiar en Stratford-upon-Avon, junto a su esposa Agnes (o Anne) Hathaway y sus dos hijas mujeres, Susanna y Judith. Pero Hamnet es también la exploración del germen de una creación, la fábula sobre el origen de un mito, el destello de una presencia que no se agota en su vida material, sino que perdura en la obra más trascendente del famoso escritor. Esa línea de unión está implícita ya en la novela, al igual que la apertura a la figura de Agnes como pieza clave en el despegue del joven William, las dificultades de ese amor contravenido, y los esfuerzos de ser artista en la madura era isabelina. En ese terreno que combina documento histórico y melodrama familiar, Zhao enfatiza el origen de la tragedia de Hamlet en una experiencia secreta y humana, difícil de traducir en las palabras justas, cuya única e íntima expiación está en el arte que lo revela.
Al comienzo, la historia es la de Agnes (Jessie Buckley), huérfana a cargo de una indolente madrastra que la tilda de bruja y promiscua. Agnes conoce a William (Paul Mescal) cuando el joven erudito viene a dar lecciones a sus pequeños hermanos para pagar deudas de su padre. Esquivo a las tareas manuales de imposición familiar, William anhela un reconocimiento en las letras que nunca llega. El amor de ambos es al comienzo una ardiente contravención, luego el origen de una familia, y finalmente el impulso para un viaje hacia Londres y los recovecos del teatro. Los viajes de William entre Stratford-upon-Avon y la capital tiñen la maternidad de Agnes de esa profunda soledad que había conocido en su orfandad: en la comunión con una naturaleza indómita, el arrullo del bosque tras la muerte de su madre y la conexión con el halcón y las estampas premonitorias de alguna despedida, se cifra su respuesta visceral al destino, que será primero el del amor y luego el de su irremediable pérdida.
Pero Zhao y O’Farrell no buscan hacer una exégesis de la inspiración de Hamlet en la experiencia del duelo de Shakespeare sino componer en el contrapunto con su esposa la complejidad de la experiencia humana. Y filmar de frente el dolor puede ser intolerable en un mundo en el que a menudo se eluden experiencias sensoriales y verdaderas, duraderas en tiempo y contagiosas en viscosidad, para ser reemplazadas por recreaciones virtuales, por la constante delegación de lo humano en su simulacro. Hamnet contiene la dimensión única del dolor en la duración de sus planos, en la imposible reacción ante lo inenarrable. Pero también es el mismo acto de éxtasis ante evocación de lo vivo y eterno en el arte, la aspiración a esos dioses que solo existen sobre el escenario.