Horror en Bahía Blanca: una inofensiva víctima, la crueldad, las redes y un hilo de esperanza
“Un animal no posee nada aparte de su vida, y aun así se la quitamos” (Marguerite Yourcenar)El coipo, comúnmente llamado la “nutria” de Sudamérica, es un roedor grande, de cola pe...
“Un animal no posee nada aparte de su vida, y aun así se la quitamos” (Marguerite Yourcenar)
El coipo, comúnmente llamado la “nutria” de Sudamérica, es un roedor grande, de cola peluda, vegetariano, que vive entre el agua y los juncales. Las hembras llevan sus crías arriba del lomo, adonde tiene sus mamas adaptadas, para que los pequeños puedan alimentarse mientras ellas se desplazan nadando.
No es un animal que habite espacios urbanos. Sin embargo, un ejemplar terminó hace pocos días en el asfalto, perdido, en el centro de Bahía Blanca, al sur de la provincia de Buenos Aires. ¿Por qué? Probablemente porque no le dejamos otra opción. No atacó, no rompió nada, seguramente solo estaba desorientado, buscando agua, un río, encandilado por las luces de la ciudad.
Pero en lugar de manos amorosas que le brindaran ayuda –esto es, capturarlo y llevarlo a un hábitat apropiado para él– encontró dos jóvenes que lo mataron a patadas, ante su mirada de incomprensión, terror e inocencia. No le deseo a nadie haber visto el video que, mientras lo golpeaban, filmaron para mostrar su “hazaña”; si no se publica, el hecho no existe.
El video del maltrato a un coipoAnte la viralización de la grabación, la ciudad de Bahía Blanca marchó ayer con el objetivo de repudiar el hecho, sucedido una semana antes, y de exigir una condena para estos dos jóvenes, que estudian carreras universitarias. Uno de ellos fue casi inmediatamente expulsado de su universidad, ambos tuvieron que cerrar las redes sociales, ocultar sus caras, abandonaron la ciudad y fueron denunciados ante la Justicia.
Cuando un animal aparece en una ciudad, casi siempre estamos ante un mensaje, ante un pedido de auxilio que suele tener diferentes motivos. Hoy por hoy, ante el avance de la actividad humana sobre cualquier espacio verde libre existente, casi siempre significa “Perdí mi casa”, el juncal no está más, el río fue desviado, los pastos fueron cortados, el humedal quedó cubierto con tosca. Infinitas posibilidades generadas por nosotros, los humanos, los seres sintientes más inteligentes, que deberíamos ser guardianes de nuestra Tierra.
También existe la posibilidad de que haya escapado de una casa en la que creció como mascota (otro tipo de maltrato, debido a ignorancia generalmente), tras ser capturado en un fin de semana al borde del río, de pequeño.
La crueldad se vuelve contenido en redes, pero la ternura también. Mirar, si no, el caso de Punch Kun, un macaco de siete meses cuya madre lo abandonó al nacer y los cuidadores del zoológico de Ichikawa en Japón le dieron un orangután para que extrañara menos el contacto materno, algo que suele hacerse con muchas crías, incluso en la especie humana.
Creo que la pregunta que nos debemos hacer es la razón por la cual dos chicos universitarios, aparentemente de familias relativamente acomodadas, matan a patadas con inusitada crueldad a un pequeño animal indefenso, lo filman y lo publican. ¿Qué están queriendo decir? ¿Cuál es el mensaje? ¿De dónde viene? ¿Adónde nace? En un cerebro que todavía se está formando, el grupo y los “likes” ¿pesan más que la responsabilidad? ¿O sencillamente no aprendieron el concepto de empatía hacia todo ser viviente en sus casas, en la sociedad?
La muerte animal para beneficio del humano está naturalizada. Solo para comida se matan aproximadamente 1700 animales por minuto, 102.000 por hora y 2,5 millones al día. Si sumamos deforestación (probablemente la causa de que nuestro pequeño coipo apareciera en la ciudad), pesca incidental, caza furtiva , atropellos y maltrato, el número real es mucho mayor. Solo por maltrato mueren 60.000 animales al año; por plaguicidas y venenos se matan insectos, aves y pequeños mamíferos por miles de millones anuales. Si sumáramos todas las formas de matanza, la cifra sería aproximadamente de millones a billones por minuto, siendo la sexta extinción masiva. Y esta vez, la causa somos nosotros.
¿Qué tienen que ver todos estos datos con nuestra pequeña víctima bahiense? La naturalización del exterminio animal. Mientras miramos y nos conmovemos ante la imagen de un bambi (en dibujos animados para poder resistirlo) a quien un cazador mata a su madre, se pagan miles de dólares para poder matar muchos de ellos cada día.
¿Por qué entonces Bahía Blanca se conmovió, marchó, y nuevamente se encendió el debate de la Ley Conan para subir urgentemente las penas y llevar a prisión a los autores de maltrato animal, algo que el Congreso se resiste a aprobar en su mayoría?
Sencillamente porque, a través de las pantallas, vimos los ojos aterrorizados de un animal inocente, que a simple vista no significa una amenaza para nosotros, de ningún tipo. Ese reel nos enfrentó con la crueldad gratuita, aquella que nos rebela cuando se le aplica a un niño en la escuela, a un anciano, o a cualquiera sin posibilidad de defenderse. Entonces nos preguntamos qué pasa por la cabeza de alguien que es capaz de semejante acto sin tener absoluta conciencia de lo que hace, pues de lo contrario no lo hubiera exhibido. ¿Frustración? ¿Ignorancia ante la evidencia de que cualquier animal siente y sufre, aunque todavía sean considerados cosas para la ley? ¿El germen, más que reconocido en diversas investigaciones, de futuros asesinos de humanos?
Lejos de sorprenderme, lo considero un acto normal para nosotros, los humanos, que aplastamos a cualquier criatura que se pose sobre nuestra piel, solo porque nos provoca un cosquilleo o por miedo a tener una mínima molestia o dolor. Que fumigamos en nuestras hermosas casas en las que decimos vivir en contacto con la naturaleza y aplicamos venenos alrededor para protegernos de las “alimañas”. Y podríamos seguir con los ejemplos.
En ese contexto, dos seres imbuidos en su inconsciente, acosados por las imágenes violentas de las pantallas, buscando seguramente un lugar para destacarse en la sociedad y sin la amenaza de un castigo... ¿Por qué no deberían cometer semejante acto?
Para terminar con una luz de esperanza, agrego que nuestra pequeña víctima inocente también provocó que cientos de personas se movilizaran para repudiar el maltrato, la barbarie. Y también esto lo debemos a las redes sociales. No queremos más víctimas, pero anhelo que visibilizar el sufrimiento mejore el mundo, si es que se puede.