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Ideas para una nueva sección del diario: El insulto del día

Entre la catarata de habilidades hasta no hace mucho inverosímiles con las que la Inteligencia Artificial se descuelga a diario y el torrente de naderías insultantes, a diestra y siniestra, del p...

Ideas para una nueva sección del diario: El insulto del día

Entre la catarata de habilidades hasta no hace mucho inverosímiles con las que la Inteligencia Artificial se descuelga a diario y el torrente de naderías insultantes, a diestra y siniestra, del p...

Entre la catarata de habilidades hasta no hace mucho inverosímiles con las que la Inteligencia Artificial se descuelga a diario y el torrente de naderías insultantes, a diestra y siniestra, del presidente Milei va a llegar un momento en que los medios tendrán que hacer maravillas para lograr ocuparse de otros asuntos.

Nadie se sorprendería si un día de estos nos desayunamos con la noticia de que la Inteligencia Artificial, para estupor del jurado interviniente, ha obtenido el primer premio de un concurso literario relevante. ¿Qué hacer?

Al cabo del escozor inicial, y sin duda de los efectos espeluznantes de la noticia, vendrían con seguridad las impugnaciones derivadas, si no de la letra, del espíritu de los reglamentos en vigor. En última instancia, algún leguleyo encontraría al fin la forma de dejar off side a Gemini, al Chat GPT, a Copilot o al que fuere, que se hubiera entreverado en una competencia de la mano afiebrada de un escritor de segunda línea.

Lo que nadie lograría borrar sería el escándalo fehacientemente documentado y la humillación consiguiente para los primates humanos.

Se sabe que ha habido antes de ahora intentos de burlar a las personalidades consagradas que es habitual convocar para que dicten sentencias en este tipo de lances. También es conocido que en todo el mundo se estudian los procedimientos precautorios de travesuras potenciales de las maquinaciones algorítmicas temerarias.

Este año, no más, ha habido en el Reino Unido y los Estados Unidos una controversia sobre la validez de uno de los principales galardones discernidos en el Commonwealth Short Story Prize. Ese certamen de prestigio sobre cuentos cortos quedó afectado por el debate sobre si La serpiente en la arboleda, texto presentado por un escritor de Trinidad-Tobago y publicado en la web de la editorial Granta, había sido redactado con la asistencia de algoritmos o no.

No se llegó a ninguna conclusión por falta de pruebas indubitables, pero las sospechas aun vuelan por los aires en la comunidad literaria de Londres y Nueva York.

Ha habido por igual vagas presunciones sobre otros de los 7806 cuentos que aspiraron al premio mayor de 5000 libras en esa competencia anglófona. En enredo aun mayor para lo que se discutía, The New York Times ha informado de las declaraciones de esta semana de la escritora polaca Olga Tokarczuk. La Premio Nobel de Literatura de 2018 admitió que en su última novela había acudido, “como la mayoría de la gente en el mundo”, a la IA para documentarse y chequear datos.

No es un tema fácil. Debe, por lo pronto, evitarse la ruptura de las reglas convencionales establecidas para que la presentación de los candidatos sea anónima, en sobre cerrado o algo que se le parezca. La engañifa de los favoritismos acecha en todas partes a la ardua, y honesta, decisión de a quién premiar y a quién no, según las bases de los premios y el resguardo del principio sagrado de igualdad y no discriminación.

Con todo lo que se ha visto y oído hasta aquí desde el 10 de diciembre de 2023 sobre lenguajes revulsivos nadie se sorprendería, tampoco, si un diario tomara la resolución de publicar de aquí en adelante, todos los días, una sección fija, con el acompañamiento de una interpretación certera y amena del caso, y el título invariable de: El insulto del día. Sería una columna requerida de la regularidad con la cual se informa sobre la temperatura, o la hora en que sale y se pone el sol, y publicada con igual constancia a la que había en el pasado en relación con las farmacias de turno.

Si algo sobra hoy en la Argentina es la materia prima fermentada con voluntad de agraviar al otro y, si es periodista, economista o político, mejor. Hay quienes han dicho que el insulto se utiliza en estos tiempos como estrategia y hay quienes creen que es producto visceral de criaturas de genio incontenible y, para decirlo de forma rotunda, de personalidades enfermizas. Mayor concordancia existe en las estadísticas sobre la asombrosa tendencia de Milei a insultar al prójimo.

Tomemos arbitrariamente una referencia, entre tantas otras que suelen trabajarse en sofisticados centros de datos: a principios de 2025, un paper de la carrera de Comunicaciones, de la Universidad Austral, hacía saber que los agravios de Milei corrían a la velocidad de 2,3 por día, con topes de 5. Es de las menos alarmantes que se hayan difundido.

Con el caudal de las notas que se fueran acumulando se podrían editar antologías si varios medios convergieran en la patriada de destacar el insulto sobresaliente del mes: el que más espanto haya ocasionado entre los lectores, el más original en el encharcamiento de las actividades del vecino de banca, etcétera. Y, ni qué decir, el que haya hundido más hondamente en la perplejidad a los destinatarios de los dicterios brutales y horripilantes que mente alocada alguna pudiera concebir.

Declaramos desde ya fuera de concurso a desafueros de la índole del que cometió el presidente Milei de decir que iban a meter presa a Luciana Geuna, la tan respetada colega de TN que tuvo el candor profesional de hacer filmar para su programa los pasillos más desangelados de este mundo, que son los de la Casa Rosada. Fue acusada al voleo de conspiradora.

Eso derivó en el llanto de uno de sus hijos en el colegio. Ocurrió cuando un compañero le narró que su padre había comentado el denuesto amenazante que la madre había recibido nada menos que del jefe de Estado.

En los celulares y las redes están los hijos, señor Presidente, y con eso no se juega por más que el insulto resulte una manera terapéutica de calmar dolores íntimos como arriesgan los psicólogos. Lo hacen con la prevención de que el exceso en los usos puede ser tan fatal como la excesiva injerencia de drogas.

¿Lo sabe usted, señor Caputo, que se ha quemado la lengua con eso de “mogólico”, modo despectivo para referirse a una característica, que no a una enfermedad con la que podemos nacer según la rueda de la fortuna personal, descripta en el siglo XIX por el médico inglés John Langdon Down?

Eso, señor Caputo, tampoco cabe en un conjeturable insulto del día. Es, lisa y llanamente, una infamia de la que tomamos distancia. En otros tiempos, las islas del Delta y Colonia no se habrían dado a basto, a fin de servir de escenario para lo que estaba penado por nuestras leyes penales y no por las leyes uruguayas: el duelo caballeresco, a sable o pistola, a elección del retador ofendido.

En aquel tren de conjeturas, alguien seguramente avanzará un paso y más hasta proponer un premio especial para El insulto del año.

Colocaría de tal modo a la asociación de diarios y revistas nacionales, Adepa, en la situación de introducir, entre los premios anuales que instauró en 1990, una nueva categoría. Estaría reservada a los periodistas que, habiendo creído encontrar la perla entre las perlas de los insultos de cada año, la hubieran evaluado en significado, repercusión y, tal vez, deliciosa originalidad, a la altura más próxima posible de lo que hubieran alcanzado Borges, Nalé Roxlo, Evelyn Waugh, Nabokov, o el gran hilarante que fue P. G. Wodehouse.

Cualquier experimentado periodista ha de saber que lo ideal sería asignar a El insulto del día ubicación estable en una misma página de diario. Debería ser con formato idéntico y extensión regular, de modo que el lector fuera sin tropiezos directamente al encuentro de la sopa de espanto con la que estuviera familiarizado y quisiera purgarse por enésima vez.

Lo único que debería librarse al azar de lo imprevisible y dejarlo comprometido así, día a día, con el concepto de hallazgo que ha aunado desde hace siglos a periodistas y lectores exigentes, sería lo que concierne a la entidad específica de cada uno de los insultos de hoy, ejemplar por ejemplar.

Qué ha sido hoy, o sea, ayer lo más descomunal, lo más guarango, lo más inaceptable en relación con las buenas formas del lenguaje sin las que no hay conversación posible como para acreditar títulos a una columna que los haya examinado con rigor periodístico. Qué ha provocado el más fuerte eco popular, qué ha escandalizado en mayor grado a la gente bien pensante o, como dice el presidente Milei, “la gente de bien”, en su remedo de una calificación acuñada por la vieja burguesía, entre todo lo que se hubiera descerrajado verbalmente en las veinticuatro horas precedentes a El insulto de hoy.

No es un tema menor. El Instituto Lingüístico de la Real Academia Española atribuye su génesis al latín insultus.

En relación con la acción y efecto de insultar lo mejor de la humanidad ha propendido en todo tiempo a bajarle el tono, pero tanto o más empeño han puesto otros en hallar las formas más precisas e hirientes por las que el insulto se replique en sinónimos numerosos y se regule en su expresividad el grado de voluntad en ocasionar daño o en desarmar al adversario.

La RAE legitima las voces que están vivas en el corpus popular de la lengua. El presidente Milei se atiene en general a la razonabilidad de esa regla con la particularidad de que en las explosiones volcánicas descalifica hasta el límite de lo que es humanamente posible: basura, ensobrado, sorete, mandril, esbirro, puta, extorsionador, asesino, “chancha” (que oí por primera vez de chico en un conventillo, de una mujer a otra), y ese neologismo tan especial: “kuka”.

Convengamos que “kuka” es un acierto lingüístico, si es que en esta clase de ciénagas se pueden detectar aciertos. Al multiplicar por dos esa letra “k” algo extraña a pesar de su encuadramiento en el alfabeto en español, mantiene viva la atención, con solo dos módicas sílabas -sueño de periodistas que deben elaborar títulos- sobre el peligro de un retorno a la Argentina de 2023 que ha explicado la llegada de Milei al poder. También explica ese peligro que para una vasta franja del electorado lo que cabe esperar de los “kukas” es aún hoy de un grado más perverso que todos los errores sumados de este gobierno, a los que agrava un presidente ferozmente deslenguado como no ha habido otro.

Es harto improbable extraer más jugo político del limón ya bastante exprimido en el Caribe de “kuka”. Apela a la noción repelente de cucaracha y pareciera más efectivo que otros vocablos escatológicos que brotan de la boca del Presidente. Sus epígonos lo replican hasta el cansancio en las redes sociales, acaso porque allí fue generado.

Esta semana, la RAE lanzó su primer diccionario de sinónimos en los más de trescientos años de recorrido desde su fundación, en 1713, por Felipe V. Tan pronto lo supe llamé a Elena Zamora, la inspirada máxima responsable en lexicografía de la RAE. Como no podía ser de otra forma le pregunté que habían resuelto respecto de la entrada “insulto”, y en un instante me contestó que anotara los sinónimos consignados sin más pretensión que la de registrar vocablos afines: agravio, injuria, ofensa, afrenta, baldón, denuesto, ultraje, improperio, dicterio, oprobio, vilipendio, invectiva, vituperio, escarnio, apóstrofe y tapeada.

-¿Tapeada? -pregunté- ¿De dónde ha salido eso?

-Es de uso en Honduras -contestó Elena, en una confirmación más de que el español contemporáneo se configura con todos sus hablantes como lengua madre, no importa en qué lugar del planeta.

La RAE prescindió de incorporar como sinónimos de insultos dos voces que había considerado: catilinaria y filípica. La primera refiere, en realidad, a una crítica áspera. Con la segunda ocurre otro tanto desde que Demóstenes, en sus discursos, arremetió contra Felipe II de Macedonia. Pero en la segunda edición de su Diccionario de Sinónimos, que lanzará en noviembre, la RAE agregará, como equivalente de insulto, a “descalificativo”, de connotación, en verdad, bastante insulsa en medio de la atmósfera nuestra.

Salvo sus conocimientos teóricos de la economía y los conocimientos prácticos de cuya ventura estamos notificados por el andar desparejo entre la macroeconomía y la microeconomía, todo indica que Milei carece de cultura en un sentido libresco y social, pero tiene cultura musical y religiosa.

La cuestión comienza por su crítica a que se insista con la “dictadura de las formas” cuando se le demandan mejores maneras y cierta compostura estetizante. Pero eso no es prueba que el presidente carezca de calle; por el contrario, le sobra.

No acude a improperios que los expertos calificarían de estar en desuso. O como antiguallas, que alguien anotó cuidadosamente: petimetre, fantoche, lechuguino, bellaco, badulaque, o tragavirotes. Esta última no es una de las llamadas malas palabras que deleitaban a Roberto Fontanarrosa, sino apenas el indicativo de quien va por la vida marcadamente envarado.

Milei es partidario del insulto duro, que cruza todas las rayas conocidas y penetra despiadadamente en el espacio reservado al aborrecimiento: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”. Al menos en esto, y por decirlo con ecuanimidad, Milei está tan lejos de la hipocresía de quien adula sin razón, acaso porque busca el atajo que turbe en su conciencia a quienes conocen las limitaciones con las que han nacido, como del reproche aparatoso de Celedonio Flores, al que Gardel puso música en Margot: “Me revienta tu presencia, pagaría por no verte”.

Dulce María Dalbosco, relevante investigadora de la poesía ínsita tanto en el tango como en el fado, profesora de la Universidad Católica Argentina, ha estudiado como pocos precisamente el tango del reproche, que tuvo su esplendor en los años veinte no solo con Margot; también con Farabute (1928), Muñeca Brava (1929), y otros.

Fue Edmundo Rivero quien aguzó el oído, sin saber lo que sobrevendría en el país, en el tono fuerte o atemperado del insulto que está ahora en el comentario político de los compatriotas que lo sobreviven. Se le atribuye haber observado, a propósito de cómo cantar Margot, que Gardel racionalizaba la emoción de esa letra, siendo capaz de controlar el desborde sentimental al que invitaba.

Punto interesante porque lleva a uno a preguntarse cómo Milei cantaría Margot. Una guitarra, por favor.

La posibilidad más o menos inminente, pero sin duda, cierta de que la Inteligencia Artificial sorprenda a un jurado constituido por figuras afamadas de tal o cual disciplina, no sería a esta altura, como decíamos, nada de lo que en un sentido ya no estuviéramos preparados antes de ahora.

En LA NACION, hace treinta años, se otorgó la distinción de más fuste en su concurso literario a un ilustre desconocido, que había logrado hacer pasar por propio a un cuento de Giovanni Papini, celebridad de las letras de Italia.

La perdiz saltó casi inmediatamente por la denuncia de uno de esos estudiantes que lo leen todo. Listo al fin, uno de nuestros jurados, y crítico literario eminente como era Jorge Cruz, perplejo por la magnitud del engaño de que se anoticiaba en el imprevisto y mañanero reportaje radial al que lo sometieron, hizo una breve pausa antes de contestar. Y Cruz contraatacó, en el mejor estilo de Oscar Wilde: “Bueno, al menos no se podrá dudar del buen criterio literario del jurado: ha premiado una obra de Giovanni Papini, fíjese usted”.

El premio conferido fue anulado y LA NACION convocó a un nuevo certamen.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/ideas-para-una-nueva-seccion-del-diario-el-insulto-del-dia-nid23052026/

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