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Interrogantes alrededor de un presidente en mameluco

A muchos les resultará indiferente, algunos lo festejarán, pero no son pocos los que sienten alguna incomodidad o alguna duda al ver al presidente de la Nación, en escenarios públicos, vestido ...

Interrogantes alrededor de un presidente en mameluco

A muchos les resultará indiferente, algunos lo festejarán, pero no son pocos los que sienten alguna incomodidad o alguna duda al ver al presidente de la Nación, en escenarios públicos, vestido ...

A muchos les resultará indiferente, algunos lo festejarán, pero no son pocos los que sienten alguna incomodidad o alguna duda al ver al presidente de la Nación, en escenarios públicos, vestido con un mameluco de YPF. ¿Cuál es el mensaje?; ¿qué simboliza, en un jefe de Estado el uso de esa indumentaria concebida para lugares y trabajos específicos?

Lo que podía parecer una ocurrencia casual ha empezado a consolidarse como un rasgo identitario. Hace pocas semanas, el Presidente hasta lució ese overol en su llegada a la capital de Noruega, donde pensaba participar de la entrega del Nobel de la Paz a María Corina Machado y reunirse con otros mandatarios extranjeros. Después ha dado entrevistas con esa misma indumentaria y recibió a todos sus ministros en Olivos, en un encuentro de fin de año, enfundado también en el mameluco.

Podría considerarse una cuestión menor, pero muchos detalles que parecen irrelevantes expresan actitudes y concepciones de fondo. Con este atuendo, como ha hecho antes con su lenguaje, el Presidente desafía normas, límites y convenciones. Hasta sobreactúa cierto desprecio por las formas, que aconsejan a un jefe de Estado el uso de una vestimenta sobria, no necesariamente formal, pero ajustada a los deberes de una función pública que impone un determinado corset.

Con la ostentación del mameluco, el Presidente dice, sin decirlo, “yo hago lo que quiero”. Dice algo más: “soy el único que puede hacer lo que quiere”. ¿Admitiría que un ministro o un embajador use un atuendo de ese tipo en una situación pública y fuera de un contexto apropiado? Es, en el plano gestual y simbólico, una forma de subrayar que se encuentra por encima. Una cosa es diferenciarse, crear un estilo propio y hasta rupturista, pero otra cosa distinta es la extravagancia y la provocación. No reconocer ese límite también puede llevar a confundir otras fronteras: las que separan la audacia de la temeridad, la firmeza de la insensibilidad y la sinceridad de la guaranguería.

En algunos casos, la vestimenta asociada al poder y la política tiende a funcionar como una pantalla distractiva y a esconder el fondo de las cosas detrás de una falsa apariencia. Néstor Kirchner, por ejemplo, intentaba simbolizar, a través de sus modestos mocasines, una austeridad y una sencillez que nada tenían que ver con su propia naturaleza, atravesada por la voracidad económica y la pasión por los bolsos, las bóvedas y las cajas fuertes. ¿El vestuario estrafalario intenta simbolizar ahora una transgresión y un rupturismo que disimula pactos subterráneos con la vieja política y metodologías “clásicas” en el manejo de organismos como la SIDE o la DGI? La pregunta tal vez desentone menos que el mameluco.

Podría suponerse que con ese atuendo el Presidente busca identificarse con el perfil y el estilo de un trabajador, ¿pero no hay cierta malversación en el uso de un uniforme, un hábito o una indumentaria técnica desacoplada del ámbito y la función para la que fue concebida? Cierta vestimenta, cuando es despojada de su utilidad y su sentido, se convierte en un mero disfraz. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando alguien se pone una sotana sin ser monje ni sacerdote. El mismo operario que utiliza el mameluco como elemento de trabajo no se lo pondría –seguramente– para asistir a un evento social o a una ceremonia religiosa. Son elementos específicos para el ámbito laboral, como el casco, el arnés, el guardapolvo o la chaqueta. Cuando no se los utiliza con ese sentido ni en los ámbitos adecuados, quedan fuera de lugar: descolocan y resultan provocadores; tienden a convertirse en el centro de atención y generan murmullos alrededor.

Podría haber, en ese uso inapropiado, también un rasgo de frivolidad y una banalización del propio mameluco. Los uniformes y los atuendos reglamentarios de las distintas actividades no son meros ornamentos ni ropajes lúdicos: invisten, conllevan responsabilidades y hasta implican un núcleo de valores y compromisos éticos. Proclaman una identidad y un conjunto de conocimientos; una autoridad o un expertise en oficios determinados. En el caso del mameluco de YPF, está asociado a una tarea compleja y muchas veces de riesgo, que se desarrolla, por lo general, en geografías inhóspitas. Por eso tiene características y un diseño singular, además de estar confeccionado con un tejido específico.

¿Cuál es el mensaje que intenta transmitir el jefe de Estado con ese atuendo inadecuado para su trabajo y su investidura? La respuesta remite, por lo menos, a un territorio confuso y desconcertante. Si se lo considerara un guiño presidencial –aunque discutible– a los trabajadores petroleros, ¿por qué no hacer lo mismo con los policías, los enfermeros, los repartidores o los obreros de la construcción?

A propósito: ¿qué sienten los operarios de YPF cuando ven al Presidente con la indumentaria que ellos utilizan por la especificidad y el riesgo de su oficio? ¿Lo ven como un gesto hacia ellos o les resulta incómodo? Podría ser un trabajo interesante para alguna encuestadora.

¿Qué pensarían los productores agropecuarios si, de un día para el otro, al Presidente se le ocurriera frecuentar la vestimenta de gaucho, con bombachas batarazas, faja y botas de potro? ¿Se vería como algo genuino o impostado? ¿Sería un gesto amigable o una nota disonante? La gestualidad de un jefe de Estado debe ser muy cuidadosa, prudente y mesurada, porque cualquier alarde de excentricidad o estridencia puede resultar incómodo y hasta ofensivo para algunos sectores sociales.

El asunto podría tener otras aristas más concretas. La intención del Presidente tal vez sea la de mostrar con orgullo una gran empresa argentina. Si así fuera, también aparecen interrogantes y simbolismos equívocos. ¿Un líder que ha enarbolado banderas contra el Estado decide acentuar, al mismo tiempo, un compromiso particular con una empresa estatizada por el kirchnerismo? Algunos han advertido que el uso presidencial de ese overol corporativo hasta podría ser utilizado por los fondos internacionales que litigan contra la Argentina por la expropiación de YPF. Esos demandantes, que ya cuentan con una sentencia a su favor en Estados Unidos por US$16.000 millones, argumentan que YPF y el Estado nacional operan como una sola entidad, y sobre esa base reclaman embargos contra el país. ¿Podrían valerse del “detalle” del uso presidencial del mameluco para reforzar el argumento de la simbiosis entre el Estado y la empresa, y complicar así la defensa de la Argentina? Si así fuera, ya habría que hablar de los altos costos que puede acarrear, en algunos casos, la ligereza con la que se comporta un presidente, sin medir los alcances y los riesgos de determinadas acciones que pueden parecer “personales” y hasta meramente anecdóticas.

Los interrogantes no se agotan ahí. Hay algo, en relación con esta curiosa estética presidencial, que conecta también con la idea de privilegio y que podría contradecir el discurso de austeridad y de extremo rigor presupuestario que sostiene el Gobierno. El propio presidente ha contado que no tiene uno ni dos mamelucos de YPF, sino catorce: dos para cada día de la semana. Y que se los mandó “de regalo” el titular de la compañía, un ejecutivo nombrado por decisión del propio jefe de Estado. Tiene tantos, que el Presidente hasta promovió, en la visita a un canal de streaming, el sorteo de uno de esos trajes entre militantes que lo esperaban en la calle. Un mameluco ignífugo cuesta en Mercado Libre $299.790. Si se lo multiplica por catorce, equivaldría a más de cuatro millones de pesos. Puede parecer insignificante para el presupuesto de la empresa estatal, ¿pero la austeridad y el ajuste no empiezan también por los detalles? ¿No hay algo de exceso en la impactante cifra de catorce mamelucos colgados en el placard? ¿No asoma un rasgo de discrecionalidad en ese regalo displicente de estos trajes al por mayor?

Más allá del aparente afán de diferenciación y de ruptura, también habría que reparar en cierta pasión por los uniformes, que no deja de llamar la atención en una fuerza política que se define como libertaria. Ya se vio el año pasado en la campaña electoral, cuando “el jefe” obligó a sus candidatos a posar para una foto oficial todos enfundados en un buzo violeta, aun a varios dirigentes que venían de otros partidos y confluían en esa lista por una alianza electoral. También parece haber un mensaje subyacente en esa estética asociada a la uniformidad, como si por debajo del Presidente no hubiera lugar para lo policromático, para la diversidad y la discrepancia. Como si el líder fuera el único con derecho a ser distinto.

El Presidente, sin embargo, ha intentado reducir el uso del mameluco de YPF a una mera cuestión de “comodidad”. No habría nada que decir si esa comodidad quedara circunscripta a un ámbito de intimidad y no se pagara con recursos del Estado, pero al trasladarse a la escena pública, esa actitud de privilegiar lo confortable también justifica interrogantes. La comodidad no suele llevarse bien con el deber. Muchas veces, ajustarse a determinadas normas y obligaciones no es precisamente cómodo. Puede ser más liviano usar ojotas en esta época del año, pero ir a la oficina con ese calzado sería algo más que inapropiado. En el caso de un jefe de Estado, esa tensión entre comodidad y deber adquiere una relevancia mayor que en el de un ciudadano común. La responsabilidad y la representación públicas exigen vocación de sacrificio y un apego estricto a determinadas reglas y convenciones, además de un respeto muy cuidadoso por la gestualidad y los símbolos. No aceptar esas obligaciones puede y tal vez deba verse como un síntoma inquietante. La sujeción a las normas también empieza por los detalles.

Se sabe desde Esopo, que lo escribió con simpleza y genialidad en la Antigua Grecia: muchas veces, las apariencias engañan. Pero muchas otras, nos hablan de una forma de concebir el poder, de relacionarse con el mundo, de comprender la importancia de los propios gestos. El Presidente en mameluco quizá sea una mera excentricidad, pero tal vez signifique algo que está ahí, y que de tan evidente y tan superficial, nos cuesta ver. La estética, al fin y al cabo, siempre nos ha dicho algo sobre la cabeza del poder. A veces por lo que muestra, y muchas otras por lo que esconde.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/interrogantes-alrededor-de-un-presidente-en-mameluco-nid07012026/

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