Jacobo Bergareche: “Mis novelas son simplemente un espejo para que el lector se mire”
Acaba de terminar la función de Los días perfectos y Jacobo Bergareche espera para saludar al director en el hall del Teatro Cervantes, vestido informalmente y sin que el público que casi colmó...
Acaba de terminar la función de Los días perfectos y Jacobo Bergareche espera para saludar al director en el hall del Teatro Cervantes, vestido informalmente y sin que el público que casi colmó la sala María Guerrero lo reconozca. Él es el autor de la novela homónima en la que se basó la notable adaptación, en formato de monólogo, dirigida por Daniel Veronese y actuada por Leo Sbaraglia. El escritor español llegó exclusivamente para el estreno de la obra que después de una exitosa gira por España, Rosario y Córdoba se presenta hasta el 1° de febrero en Buenos Aires, de miércoles a domingo.
“La gente sale encantada y luego, cuando se entera de que es la versión de una novela, se interesa por saber más de la historia. Eso genera mucha expectativa por encontrar nuevos lectores”, es lo primero que suelta sobre el libro, publicado en 2021 y reeditado en la Argentina por Libros del Asteroide a mitad del año pasado, en ocasión de su visita a la Feria del Libro. Confiesa que regresó este enero para charlar, también con Veronese, sobre nuevos proyectos teatrales. Antes pasó por La Paloma, en Uruguay: escribió una crónica sobre el festival musical que organizan los hermanos Drexler.
Periodista, productor y guionista, además de autor de novelas y ensayos, Bergareche conoce a varios argentinos, entre ellos a Mariano Sigman, que vivió en Madrid a pocos metros de su casa y con el que escribió el ensayo Amistad (Debate/Del Asteroide 2025), como también a Pedro Mairal, Tute y al director Maxi González, que dirigió la serie En primicia, producida por él. “Tengo una relación íntima con argentinos, que arrancó con los que llegaron por el exilio de la dictadura militar y permanecieron en España. Después del 2001, empecé a trabajar en la tele con otros, exiliados del corralito económico. Pero nunca había viajado a la Argentina hasta que escribí el libro con Mariano y cuando pisé Buenos Aires por primera vez fue como volver a un lugar que, de cierto modo, ya conocía. Caí en la casa del charanguista Jaime Torres, con su viuda y amigos, cantando en la primera noche: fue apoteósico. Hay una suerte de atracción con Argentina, un círculo virtuoso que se retroalimenta. Así que espero que me den la nacionalidad honorífica alguna vez”, bromea en un descanso del calor porteño, compartiendo su tiempo libre entre librerías, bares y teatros.
Nacido en 1976 en Londres, pero español de residencia, vivió en los Estados Unidos –donde estudió literatura y escritura en el Emerson College–, Colombia y Chile, aunque hoy dice que no podría estar afuera de Madrid. “Suelo escribir sobre la pérdida y la insatisfacción, la muerte y el duelo, todos temas universales y no geográficos”, dice quien continuó la temática del amor y el matrimonio de Los días perfectos en su segunda novela Las despedidas (Libros del Asteroide, 2023), precedida del ensayo Estaciones de regreso (Círculo de Tiza, 2019), en el cual narró el asesinato de Roque, su hermano pequeño, en Angola. En el programa de mano de Los días perfectos, se sintetizan unas palabras de Daniel Veronese: “Jacobo Bergareche escribió un bello paisaje que invita a detenerse y a pensar sobre lo inevitable. ¿Quién no teme perder lo más valioso que posee? ¿Quién no ambiciona recuperar lo perdido? ¿Quién no desea volver a vivir esos días en los que la existencia se sentía plena y la felicidad posible?”.
–La versión de Veronese es bastante argentina, incluso porteña. Hay un recorte grande de tu novela, por ejemplo no aparece Camila, la amante del personaje principal…
–Lo mejor que puede hacer un autor cuando autoriza una adaptación es quitarse del medio, desaparecer y dejarle al adaptador que trabaje con esos mimbres, con ese barro, y que de ahí saque él su propia obra. Daniel Veronese quiso centrarse en la cuestión matrimonial, y eso le da la obra de teatro un principio y un cierre, una redondez, se sostiene como pieza autónoma y no precisa del resto de la novela. Ha sido una decisión acertada, en mi novela hay una estructura de dos cartas que tiene el personaje con su amante y luego con su mujer, y ya las dos cartas leídas serían cuatro horas de espectáculo, se haría demasiado largo. Como obra de teatro, necesitas la atención del público, y es mejor elaborar sobre un mismo tema, direccionar y no disipar tanto la acción. Sbaraglia está magnífico, tiene mucha verdad, es capaz de hacer una progresión emocional donde vamos pasando de tonos evocativos a momentos de humor, luego a un sitio oscuro y más tarde a una reflexión, con pausas y naturalidad. Le da oralidad a un texto muy literario, con párrafos enormes, eso es un gran desafío porque el personaje es un escritor de cartas, manipula con el lenguaje. Y todo se revoluciona en él cuando se encuentra con las cartas que William Faulkner le había enviado a su amante Meta Carpenter. Allí este personaje, que es periodista y había ido a Austin para escarbar en los archivos por otra cosa, abre esa caja que lo lleva no sólo a la curiosidad de descubrir algo asombroso sino a mirar con otros ojos su propia realidad emocional.
–En tu última novela, Las despedidas, también hay un hombre maduro en crisis con sus emociones. ¿Te interesa particularmente esa situación de masculinidad?
-No es algo novedoso. Los hombres no hablaron de sus sentimientos en muchos momentos de la historia, pero si lees a Shakespeare sus personajes hablan y los exploran en profundidad, y los antiguos griegos lloraban y no tenían problema en exponerse, y los románticos alemanes se miraban hacia adentro, y también Calderón de la Barca, y así tantos. Disiento en ese pensamiento sobre que los hombres son más pudorosos que las mujeres, todos estos discursos de la renovación de la masculinidad y la toxicidad los cojo cada vez con más pinzas, porque si ponemos la lupa en la historia de la literatura no es verdad. Dependerá de quién y de cuándo, pero también ocurre con las mujeres, no todo es homogéneo y lineal.
-Sí existe una centralidad en torno a la pareja de larga duración, a la institución del matrimonio. Una constante en tu narrativa.
-El matrimonio es algo que tenemos que revisar, cuestionar sus cimientos. En España hasta el año 1981 estaba prohibido divorciarse, y después que se logró la ley del divorcio pasó a ser uno de los países con más separaciones del mundo. Entonces la cosa está mal hace rato, ¿no? Si te vas a comprar una casa, y te dicen que se derrumba en un 60 por ciento, no sé si te atreverías. Aun así, el matrimonio va hacia adelante, porque tampoco las alternativas son buenas. Pero sí me parece que hay que repensarlo, para mucha gente termina siendo una fuente de frustración y de infelicidad. Tal vez una de las claves sea dejar más espacios al otro, dejarlo “ser” en su individualidad y darle libertad, de modo de mirarnos de otra manera y así rescatarnos del páramo en el que se convierten tantas parejas.
-En Los días perfectos hay una trascendencia de la nostalgia. Incluso más allá de infidelidades parece que no todo está perdido, aunque no sin superar el tedio, que resulta el peor de los males.
-No estoy planteando recetas ni fórmulas para que sobrevivan los matrimonios. Lo único que describo es un problema, trato de hacerlo con honestidad, y proyecto la mirada de un personaje, como también lo hago en Las despedidas. Es el problema del deseo y del tedio, que son dos cosas que todos debemos aprender a gestionar en la vida. Sin deseo y apetito nos morimos, es la antesala del fin. Pero el deseo es difícil canalizarlo, es como domar un caballo salvaje, a lo mejor te tira, a lo mejor te lleva adonde tienes que ir o a lo mejor no. El deseo es un caballo desbocado, siento que un gran tema literario es el de amaestrar el propio deseo y no destruirlo. Me consta que hay matrimonios que son jaulas como también es cierto que te podés a volver a enamorar de la persona con la que estás, hay una cierta liquidez en las relaciones de largo recorrido que se van transformando a pesar de toda apariencia. Una señora de ochenta años leyó Los días perfectos y me dijo que le gustó, pero que no se sentía con energías para volver a intentar el amor. Me dejó pensando que si no es entre los cuarenta y los cincuenta donde sentimos que tenemos una última bala en la recámara, que si no es en esa etapa donde están las fuerzas para intentar realmente la conciliación del deseo y los compromisos de la pareja. Mis novelas son simplemente un espejo para que el lector se mire.
-El parentesco con la película Perfect Days, de Wim Wenders, es inevitable. ¿Cómo te tomaste eso?
-La película salió después de la novela y resulta acalambrante lo de las similitudes culturales. El libro que lee el protagonista es Las palmeras salvajes como también se cita el tema de Lou Reed, “Perfect Day”. Aparte, está la coincidencia en el mismo título. Pero hay una diferencia central, porque lo que busca mi protagonista es la búsqueda de esos días excepcionales, de salirse de la rutina y de encontrar días de aventura erótica, donde las personas hacen cosas que no sean caras pero sí extrañas, porque el amor te puede llevar a hacer cosas extravagantes, como tener sexo en un hidropedal con forma de cisne, o ir disfrazados de cowboys a una fiesta. Y la película de Wenders habla de encontrar el asombro en la propia rutina y en la soledad, en la circularidad de la vida, en lo pequeño y en lo que reaparece, como una suerte de liturgia de lo cotidiano, algo contrario a lo que pretende mi protagonista, que se sigue pensando con un otro a quien amar. Wenders quiere que su personaje maneje el tiempo como un alfarero, forma perfecta de hacerlo bello. Pero el mío no es un alfarero, si no que quiere agarrar la cerámica y hacerla pedazos.