Jorgelina Aruzzi: del éxito en la TV a su desafío más íntimo y por qué no volvería a un reality
Entre las butacas vacías del Teatro Astros, a pocos días del estreno de su obra El ser querido, Jorgelina Aruzzi se mueve con la naturalidad de quien conoce todos los pliegues del oficio. Hay alg...
Entre las butacas vacías del Teatro Astros, a pocos días del estreno de su obra El ser querido, Jorgelina Aruzzi se mueve con la naturalidad de quien conoce todos los pliegues del oficio. Hay algo en su manera de hablar, serena, reflexiva, sin énfasis innecesarios, que condensa años de escenario, televisión y una construcción paciente, casi artesanal, de su identidad artística. Viene del humor, de ese territorio muchas veces subestimado, donde forjó una voz propia desde sus primeros pasos en El palacio de la risa y VideoMatch, programas en los que tensó el límite entre la risa y la observación social. Algo que después se volvió su código diferencial.
Desde entonces, su recorrido fue deliberadamente ecléctico. Transitó la televisión popular, el teatro independiente, los grandes formatos y las apuestas más íntimas, siempre con la premisa de no repetirse. Y lo logró. Aruzzi tiene muchas referencias y todas son ciertas. Es la de Chiquititas, también la pediatra de El hombre de tu vida y, por supuesto, la de la comedia 100 días para enamorarse. Un auto varieté que la llevó a escapar del encasillamiento y a moverse con igual solvencia entre los géneros, como lo demostró en El primero de nosotros, una de las últimas ficciones de aire que cautivó transversalmente al gran público.
—Se acerca el estreno de El ser querido, obra que escribiste y codirigís junto a Dalia Elnecavé.
—Sí, es una obra que escribí hace un par de años y tenía ahí en carpeta. Con mis unipersonales, suelo moverme desde la autogestión, acomodándolos a mi agenda. Cuando encuentro un espacio o tiempo donde no hay proyectos ajenos, me tiro a la pileta. En este caso, se lo acerqué a mi amiga Andrea Stivel, con quien tengo un vínculo desde hace tiempo; le interesó y eso activó rápidamente el proceso de producción. Ahí entendí que era el momento de poner el cuerpo y llevarlo a escena.
—La obra transcurre en un hospital, con una mujer que cuida a su marido. ¿Qué te interesaba explorar en esa historia?
—Me conmueve pensar en quienes cuidan durante largos períodos a sus seres amados. Qué pasa con sus vidas, cómo transforman sus vínculos, cómo reorganizan todo alrededor de esa situación. En la obra, ella lleva cinco años en un hospital acompañando a su marido, un músico. Quería contar ese desgaste, esa entrega y también esa identidad que se sostiene en medio de todo, incluso desde la música. Mi directora, Elnecavé me hizo una hermosa devolución, al decirme que yo tenía “una capacidad muy particular para condensar lo humano en pequeños gestos”. “Escenas que en apariencia parecen simples pero que encierran mucha profundidad”. Ojalá el público también lo perciba.
—En el afiche aparecés con una guitarra, casi como una rockera.
—Porque la protagonista cree en el milagro de la música y eso atraviesa toda la obra. Hay momentos en los que canto a capela o toco lo que puedo, porque tampoco soy música. Pero hay algo del rock nacional, de esas canciones que nos marcaron a todos los de nuestra generación, que hoy tenemos 40 o 50 años, que construyen identidad. También habla de quedarse anclado en una época, en una forma de ser, como una manera de resistir lo que está pasando que no nos representa para nada.
—¿Cuánto hay de autobiográfico?
—Hay una mezcla de todo. Experiencias propias, historias de amigas, relatos que fui escuchando. Me interesaba ese punto en común que aparece cuando alguien se enferma. Quién se queda, quién se va, quién ayuda. Es un tema universal. Todos, en algún momento, nos enfrentamos a ese lugar de cuidar o ser cuidados, y eso es lo que quise condensar.
—Fiel a tu trayectoria, la obra parece sobrevolar el drama a través del humor y viceversa.
—Es que a mí me gusta transitar todas las emociones. El tema es muy duro, entonces el humor aparece como una herramienta indispensable. Es la forma que tengo de contar lo doloroso sin que sea insoportable. El público entra desde la risa, y ahí, casi sin darse cuenta, aparece la reflexión. Esa ambigüedad me interesa mucho, como autora y como actriz.
—Un equilibrio que venís forjando desde tus comienzos.
—No suelo pensar en mi carrera porque tengo la sensación de todo el tiempo estar revalidándome. El humor fue mi puerta de entrada y sigue siendo mi forma de vincularme con los demás. Pero también necesito desafiarme, salir de lugares cómodos. La autogestión me permite eso; si no me dan ciertos roles, me los creo yo.
“Una mirada propia”—El humor, históricamente, fue un territorio muy masculino. ¿Cómo viviste ese contexto?
—Sigue siendo bastante machista, aunque hay cambios. En mis comienzos era muy evidente y había que imponer una mirada propia. El humor muchas veces utilizaba a la mujer desde lugares estereotipados y yo intentaba correrme de eso, aportar otra sensibilidad. Hoy hay más espacio, pero también hay choques. Es algo que se sigue disputando.
—¿Programas como Chabonas marcaron el comienzo de un quiebre?
—Fue una propuesta muy potente en su momento. No se hablaba tanto de feminismo como ahora, pero ya había una intención de correrse de lo establecido. Éramos muchas mujeres con mucho talento y eso generó algo distinto en la televisión. Hoy podría considerarse un programa de culto, no muy recordado desgraciadamente. Estaban Mariana Briski, que escribía los guiones, Florencia Peña, María Eugenia Guerty, Paola Barrientos, Mónica Ayos. Tal vez tenga más peso hoy que en su momento. Claro que fue disruptivo pero hoy se explica mejor, ya que todas las que estuvimos, seguimos trabajando, protagonizando, contando nuestras historias.
—La frase “trabajaste con todos los grandes” aplica en tu historia. Desde Susana Giménez hasta Mirtha Legrand. Gasalla, Francella, etcétera. ¿Qué aprendizaje te dejaron?
—Aprendí mucho del oficio, del trabajo constante y del vínculo con el público. Son personas que entienden muy bien cómo sostener ese lazo. Son superestrellas y vigentes. Más allá del talento, tienen disciplina, manejo y cuidado del propio lugar y una intuición muy afinada sobre lo que le pasa a la gente. Nadie improvisa una carrera durante 60 o 70 años. Eso es algo que siempre observo y trato de incorporar.
Irremplazable—Estrenás un unipersonal en una cartelera abarrotada de figuras. ¿Qué te genera integrar ese gran escenario simbólico que es hoy el teatro nacional?
—Siempre aparece el miedo, sobre todo en un teatro de estas dimensiones, con tantas localidades. Pero también entiendo que el verdadero logro es estar haciendo teatro. En un contexto tan complejo, donde producir es difícil, el éxito ya es levantar el telón. Después, claro, está la competencia, que en este momento del país es feroz, pero la preocupación no son los colegas, sino que el público elija salir de su casa, entre tantos problemas y distracciones.
—¿No intimida ese mapa de estrellas conviviendo en la misma temporada?
—No me queda otra que convivir con eso porque es mi trabajo y también mi alimento emocional. Todas esas figuras están ahí porque hay menos espacio en la televisión. El desafío es sostener el vínculo con el público sin esa exposición constante. Pero el teatro tiene algo irreemplazable: el encuentro en vivo y la experiencia compartida que ninguna pantalla puede replicar.
—Es un proceso de causa y efecto. La televisión abierta redujo notablemente su producción de ficción.
—Es un proceso complejo que tiene que ver con un cambio de paradigma en todos los sentidos. Económico, humano y tecnológico. Antes la ficción era un ritual familiar, algo que se compartía. Hoy el consumo es individual, cada uno elige qué ver y cuándo. Eso modificó la industria, los tiempos de producción y también las historias. Ya no existe ese volumen de trabajo que había en la televisión de aire de antes. Y eso lleva a los artistas a resistir, por ejemplo, con el teatro.
—¿Las plataformas no son el equivalente a la televisión abierta?
—No. Parecen, pero no. Las plataformas tienen una lógica distinta, son más acotadas en cantidad, más intensas en tiempo y mucho más segmentadas. Trabajás tres meses y se termina. Además, la llegada es distinta. La televisión tenía una masividad que hoy no existe. Las plataformas dependen de quién esté suscripto, entonces el alcance es mucho menor por más que los medios intenten masificarla.
—Tuviste tu momento de reality, ¿cómo fue tu experiencia en Bake Off?
—Eso, una experiencia. A veces hay que transitar los espacios para saber que no son para uno. Y no me sentí cómoda, pero por algo personal. Me interesa más la exposición cuando tiene un sentido, cuando hay algo para contar. Los realities implican mostrarse desde otro lugar, y a mí eso me genera mucha incomodidad. Prefiero resguardarme y aparecer cuando hay un proyecto que me representa. No volvería a participar de uno.
Para agendarEl ser querido se presenta en el Teatro Astro (Avenida Corrientes 746), todos los miércoles, a las 20.