La autora colombiana que descubre la magia y los milagros que se producen al abrir un libro
“Oye la voz con qué te lees callada esta página. Oye a la persona que lee, que te lee. ¿Es tu propia voz ese rumor? ¿Es como una segunda voz tuya? ¿Eres tú? ¿Somos los dos? (...)”, se pr...
“Oye la voz con qué te lees callada esta página. Oye a la persona que lee, que te lee. ¿Es tu propia voz ese rumor? ¿Es como una segunda voz tuya? ¿Eres tú? ¿Somos los dos? (...)”, se pregunta la escritora colombiana Carolina Sanín en La voz del buey, su nuevo libro publicado por la editorial Ampersand.
La autora, quien tiene un amplio recorrido en el mundo de la literatura, expone en este texto algunas cuestiones que considera centrales sobre el acto de leer y escribir. A lo largo de los capítulos, ella reflexiona sobre los procesos internos que se desatan al abrir un libro; analiza obras clásicas, como la Divina Comedia y Las mil y una noches; y desentraña el origen de ciertas palabras que usamos en nuestro día a día.
“En La voz del buey están mis pensamientos sobre la lectura”, resume Sanín al momento de definir de qué se trata su nueva publicación. La autora lleva más de quince libros editados entre los que se cuelan distintos géneros como novela, poesía, ensayos y cuentos para niños. Algunos de ellos son Todo en otra parte; Somos luces abismales; La gata sola y El ojo de la casa.
“Aquí estamos las dos, lectora y escritora. Nadie nos oye. Nadie nos ve juntas. Estamos unidas en silencio, íntimas y lejanas: para tal milagro se inventó este artefacto (el libro) y este lugar donde podemos saber dónde estamos, fuera de todos los lugares del mundo (…)”, continúa Sanín en su libro sobre el mágico acto de leer.
“Creo que los y las mortales hechos de carne somos quienes, inspirados por el espíritu, escribimos, enviamos y leemos textos literarios y que, para hacerlo, es necesario saberse mortal, ocupar un lugar físico y vivir la ruina del tiempo”
La autora cuenta que su acercamiento a los libros se dio durante su infancia en Bogotá, ciudad colombiana en la que nació en 1973. “Creo que, aunque son impulsos distintos el que nos lleva a querer leer y el que nos lleva a querer que nos lean (en voz alta), ambos obedecen al deseo de contacto con lo que no está presente y con lo que no muere. En mi entorno, había libros y lectores. Mi madre me enseñó a leer y los mayores celebraran que yo leyera y escribiera siendo muy pequeña. Supongo que eso determinó mi dedicación”.
A medida que crecía, surgieron nuevas inquietudes en su vida como joven lectora: “Recuerdo sentir curiosidad con respecto a mi propio pensamiento y a lo que el mundo había podido saber de sí mismo: querer leer la enciclopedia, querer abrir libros de cualquier cosa y ver qué traían. También ver de qué era capaz yo de descubrir”.
Al momento de elegir una carrera, Sanín se inclinó por estudiar Letras en la Universidad de los Andes (Bogotá) y luego realizó un doctorado en la Universidad de Yale, donde se especializó en literatura de la Edad Media. Sobre esta etapa de su vida, recuerda: “(A lo largo de mis estudios) tuve maestros extraordinarios que enseñaban valentía intelectual: la entrega de la imaginación, el pensamiento y la propia fortaleza a la lectura del texto como otro —como la infinitud de lo que no es uno mismo—. En la Universidad de Los Andes, esos maestros fueron Manuel Hernández y Hernando Cabarcas. Por su parte, en la Universidad de Yale (podría nombrar a) Shoshana Felman, María Rosa Menocal y Rolena Adorno”.
Su paso por esta prestigiosa universidad estadounidense la obligó a utilizar el ingenio, ya que, al tomar las clases y exponer en inglés, tuvo que explotar al máximo “los pocos recursos expresivos que tenía” (en ese idioma). “Fueron pocos los trabajos que tuve que escribir en inglés, pero fue importante para mí la experiencia de tener que escribir en ellos lo que podía y no lo que pensaba o quería (decir). Era una especie de pobreza que resultaba siendo sofisticación y a la vez pureza. Por otra parte, la lengua escrita, aunque sea el español en el que uno nació, siempre es una lengua extranjera”.
Arriesgada, Sanín también se desempeñó como columnista y escribió en medios de comunicación como El espectador y Vice. Además, fue traductora, protagonizó la película Litigante, que participó del festival de Cannes; y condujo en la televisión colombiana el programa de entrevistas Dominio Público. Actualmente, dicta cursos de escritura en los que enseña aquellos aspectos literarios que ella considera importantes.
“En este momento doy cursos por mi cuenta, no estoy en ninguna institución. Para la mayoría de estos talleres, me asocio con la librería Lerner, que es una muy buena librería colombiana. Enseño sobre lo que considero importante y que cada vez se lee menos, peor y más sesgadamente. Leemos el Quijote, a Dante Alighieri, Las mil y una noches, a Shakespeare y a Homero. También a Jorge Luis Borges, a Juan Rulfo y a Gabriel García Márquez”, cuenta.
Una de las cuestiones que busca transmitir a sus alumnos es que, desde su punto de vista, el contexto histórico en el que las obras fueron escritas es menos importante de lo que suele pensarse. “Me parece que cada vez se leen los textos literarios como información: como testimonio o evidencia de otras épocas; como si fueran documentos que enseñan costumbres o condiciones históricas ajenas a nosotros; y ‘superadas’, por así decirlo. Considero que eso es negarse a lo literario y empobrecerlo. Yo creo que lo literario muestra nuestros cambios, pero que, en primer lugar, prueba nuestra permanencia, que somos los griegos escribiendo La Ilíada y los griegos que la escucharon. Creo que nos enriquecemos si leemos La Ilíada preguntándonos cómo la escribimos y qué le pusimos dentro. Presto una mínima atención a las circunstancias históricas y biográficas de la producción de un texto literario. No es que me parezca carente de interés esa información, pero me parece que el verdadero contexto de un texto es cada uno de sus lectores, de cualquier época y no las condiciones particulares de su autor o de su escritura. Creo que la función de un texto literario no es informar sobre un momento sino salir del momento. Y creo que la literatura la escribe un espíritu, además de la mano y el ojo de una escritora o un escritor. Y el espíritu está fuera del contexto”.
“Yo creo que lo literario muestra nuestros cambios, pero que, en primer lugar, prueba nuestra permanencia, que somos los griegos escribiendo La Ilíada y los griegos que la escucharon”
Durante su tesis de doctorado, Sanín estudió a fondo los cuentos medievales, temática que aún hoy la desvela y que aborda en La voz del buey. “(Me interesa) la enmarcación de los libros medievales, es decir, el contar cuentos dentro de otros cuentos que están dentro de otros cuentos (como sucede en Las mil y una noches). Eso transmite la posibilidad de salir del tiempo sucesivo y, por tanto, transmite la esperanza y enseña una compasión verdadera, pues demuestra que, para contar la propia historia, hay que contar las historias de otros y, potencialmente, la de toda la humanidad. No se trata de ponerse ‘en el lugar del otro’ sino de darse cuenta de que todos los lugares pueden estar dentro de uno mismo. El libro medieval de cuentos enseña sobre cómo la hospitalidad -imaginarse como una casa o un mundo- lleva a la experiencia de lo infinito, o al menos a su vislumbre”.
A lo largo de los capítulos, la autora nombra una y otra vez al buey, animal que le da nombre al libro. En el texto, señala que proviene de Calila y Dimna, una colección de cuentos morales de origen hindú que datan del siglo XIII. “Creo que uno de los nacimientos de la literatura está en nuestra necesidad de imaginar lo que dicen los animales. En el libro hablo de las fábulas, que escuchamos casi desde antes de aprender a hablar y con las que los animales nos enseñan a ser humanos. Hablo del momento en que Adán lee en los animales los nombres que les da, y hablo de la relación de la escritura con el buey, animal sacrificial y compañero del hombre en la invención de la agricultura. Hablo de las líneas del texto y las líneas del arado. Y hablo de la lectura como un rumiar de animal rumiante, entre otras cosas”.
Sanín también recupera la figura del rey Alfonso X de Castilla, de quien destaca el importante rol que tuvo en el siglo XIII al sellar para siempre el destino de la literatura en español. “Alfonso X hizo una revolución cultural al proponer que leyéramos y escribiéramos prosa no sólo en latín sino en nuestra lengua vernácula. Es decir, en el romance castellano que hablábamos todos los días. Él deseó el ensanchamiento del castellano para que en él cupiera todo el conocimiento humano”.
Si bien a lo largo del libro hace un repaso por algunos textos clásicos que marcaron la historia de la literatura, Sanín también se detiene en algunos temas contemporáneos que aún generan debate, como el lenguaje inclusivo y el futuro de la lectura y la escritura frente al coloso de la inteligencia artificial. Sobre este tema, la autora sostiene: “Creo en la vinculación de la expresión poética con la experiencia de la encarnación y la mortalidad. Creo que los y las mortales hechos de carne somos quienes, inspirados por el espíritu, escribimos, enviamos y leemos textos literarios y que, para hacerlo, es necesario saberse mortal, ocupar un lugar físico y vivir la ruina del tiempo. No siento ningún interés por la escritura de las máquinas, que ni crecen ni mueren ni alimentan gusanos”.
Finalmente, Sanín cuenta que la escritura de La voz del buey fue diferente a la de sus otros libros ya que se produjo a partir de un diagnóstico inesperado: un cáncer de tiroides que la llevó a ser intervenida quirúrgicamente. En sus páginas, ella estableció una serie de puntos de conexión entre la vida y la lectura a los que vale la pena prestar atención. “El libro que abrimos es la vida siguiente. Tampoco es la vida inmortal, pero nos permite la esperanza de que iremos de vida en vida. Lo abrimos para esperar y como gesto de esperanza”, dice en el texto.
¿A quién está dirigido La voz del buey? Sanín sostiene que no piensa en un público específico sino en un lector, que puede ser cualquier persona, un desconocido. “(Es alguien que) está del otro lado de mí; más allá de mí, y que significa mi propia salvación: la posibilidad de mi sonido en otro lado. Pienso en un lector que me contiene y a quien contengo. El libro está dirigido a ese lector y autor que es Dios, supongo. Y al buey, que es la escritura”.