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La aventura de editar “libros que respiran”

La editorial Queequeg Press empezó con un deseo y una imposibilidad: Andrés Hax no podía escribir y se lanzó a la edición. Claro que hace décadas que habita el mundo de los libros, como perio...

La aventura de editar “libros que respiran”

La editorial Queequeg Press empezó con un deseo y una imposibilidad: Andrés Hax no podía escribir y se lanzó a la edición. Claro que hace décadas que habita el mundo de los libros, como perio...

La editorial Queequeg Press empezó con un deseo y una imposibilidad: Andrés Hax no podía escribir y se lanzó a la edición. Claro que hace décadas que habita el mundo de los libros, como periodista cultural trabajó para medios nacionales y extranjeros como Asymptote y Publishing Perspectives. Más adelante publicó su primera novela en 2019, Ol de Pritty Jorses y un año después tradujo los cuentos de William Trevor. “Lo que siempre me fascinó en la vida fue conocer y compartir autores y autoras. Cuando laburaba de periodista cultural me encantaba buscar los autores más inconseguibles y trabajar con ellos de cierta manera en las notas. Entones quise aprender este oficio de la edición y pensé que la mejor forma era haciéndolo”.

Claro que Hax tiene la ventaja de moverse como anfibio entre el castellano y el inglés, y en ese pasaje feliz, es capaz de descubrir las piezas que se vuelven hallazgos literarios. “La editorial se concentra en narrativa, de ficción y de no ficción, específicamente de literatura extranjera traducida. Quiero libros que te den ganas, que digas ‘en este libro me quiero quedar’. Y por una cuestión rara yo estaba en un círculo en Twitter con Jenni Fagan. Había leído diferentes novelas de ella. Le escribí y le dije que me interesaba publicarla”.

El gesto tiene algo de intrépido y lleva a pensar en el personaje que da nombre a la editorial, entre espiritual y heroico. No es difícil imaginar las razones de esa elección: “Se me vino el nombre Queequeg, el personaje de Moby Dick. La leí por primera vez cuando tenía 18 años. Y una de las cosas que más me fascinó de esa novela es Queequeg. En cierta manera es un personaje secundario porque el narrador se llama Ismael, pero yo tengo la teoría que en realidad Queequeg es el protagonista secreto de la novela”.

“La editorial se concentra en narrativa, de ficción y de no ficción, específicamente de literatura extranjera traducida. Quiero libros que te den ganas, que digas ‘en este libro me quiero quedar’. Y por una cuestión rara yo estaba en un círculo en Twitter con Jenni Fagan. Había leído diferentes novelas de ella. Le escribí y le dije que me interesaba publicarla”

Y no solo eso, además “es el santo o el guía espiritual de la editorial”, dice Hax con un entusiasmo que lo lleva por las hazañas del ballenero como si su editorial también fuera ese barco que avanza en búsqueda de la belleza de lo desconocido. “Moby Dick ocurre a mediados del siglo XIX en la industria ballenera. Salen de un pueblo que se llama New Bedford, que está al sur de Boston. Son todos puritanos de Nueva Inglaterra. La primera escena donde aparece Queequeg es impresionante. Ismael termina en un hotelucho, solo hay un cuarto compartido. pregunta “¿con quiénes?”, le contestan “con un caníbal.” Está durmiendo en el cuarto y se abre la puerta, aparece la silueta de este hombre gigante tatuado de pies a cabeza, con un arpón. Es Queequeg. Los dos pegan un grito de terror, el dueño calma todo. Se meten en la cama, Queequeg tiene una pipa como un hacha y empiezan a fumar, hablan, pero ninguno habla el idioma del otro. Se van a dormir juntos y a la mañana se despiertan con los brazos y las piernas entrelazadas. Queequeg arranca siendo un personaje que es el otro, que es el espanto, que es el terror, que es el extranjero, que es el forastero y muy rápidamente se integra, por su bondad y por su solidaridad y por su forma de ser”.

Y para seguir las metáforas del mar, la primera publicación marca el rumbo de la editorial. Luckenbooth, de la autora escocesa Jenny Fagan, es una novela descomunal. Y no solo por el vértigo que provoca leerla, también por una estructura capaz de sostener múltiples y simultáneas maneras de abordarla. “Uno de los protagonistas, fácil decirlo, el gran protagonista es el edificio”. Y por supuesto lo es, en tanto cada historia sucede en uno de los departamentos, a lo largo de todo el siglo, con historias independientes que se enlazan por un detalle, un personaje, una secuencia central que las vuelve una.

“La leí por primera vez de un tirón, pero la volvés a leer y descubrís que esta mujer armó una estructura. Si hacés el mapa hay tres secciones, nueve personajes, nueve pisos y nueve décadas. Ella está muy influenciada por el ocultismo. Le doy vuelta 666, parece descabellado, pero empieza con el diablo”. Y lo dice literalmente, ya que la historia comienza con Jessie McRae, la hija del diablo. Cada década tiene su historia y su protagonista; aún así, ella resulta el personaje central que las va hilvanando. Es una chica con cuernos capaz de encarnar el mal y, al mismo tiempo, darle batalla.

Con esa clave del gótico que permite situar el pasado en el presente, y así abordar el lado en sombras de lo humano, Luckenbooth está escrita con una pasión que desborda en el lenguaje y se aprecia en toda su potencia gracias a la traducción de Micaela Ortelli. Quizás algo de la vida de la autora ayude a entender su mirada. “Fagan nació en el 77, en Edimburgo. Ella nació de una madre que era adicta a la heroína y la depositó en el sistema de orfanatos de Escocia, donde estuvo los primeros 16 años de su vida. Como si no fuera suficientemente espantoso, la adoptaban familias y la devolvían. Y vivió experiencias terribles, sufrió abuso sexual, o sea, la pasó mal, mal, mal. Se fue a las 16 años del sistema de cuidado de menores y vivió múltiples años sin techo. Lo cuenta en una memoria que salió hace poco, se llama Ootlin. En su ficción no hace nada autobiográfico”, explica Hax.

Se nota: Hax tiene una perspectiva capaz de encontrar un lugar sin explorar dentro del universo editorial local

Se ve que la novela y la autora lo cautivaron: “Siempre pensé que era algo frívolo de mi parte, pero me fascinan los autores, las autoras como si fueran estrellas de rock. Y ella tocó en muchas bandas de rock, desde chica sabía que la salvaba la escritura. Y la salvó. Ella tiene una imaginación desesperante, si no fuera tan buena escritora, la odiaría de celos. Es tan prolífica y tiene todos estos mundos adentro. Se recibió en la Universidad de Hamburgo con el doctorado en escritura creativa. Básicamente su tesis es una explicación de cómo escribió Luckenbooth. Es increíble, un análisis estructural de cómo la hizo. Es una novela de terror, es gótica, es queer, es sobre el patriarcado, sobre estructuras, es una novela histórica, es una novela de Edimburgo. Y cuando la ves a ella explicar cómo lo hizo, te das cuenta de que es una orfebre”.

De hecho, Fagan no se limita a la narrativa; adaptó una de sus novelas a la ópera, y actualmente está trabajando en el guion de Luckenbooth porque vendió los derechos a varias plataformas de streaming. No sorprende: la novela tiene un impacto visual extraordinario, las escenas respiran sensualidad, exuberancia y consiguen convocar afectos que van del miedo más visceral a la ternura. Un detalle más: “William Burroughs es un personaje acá. Y se permite hablar del edificio, dice que es un vampiro psíquico”, cuenta con un énfasis lindo el editor. Ya desde la portada del libro se nota la trascendencia del edificio: una fotografía excepcionalmente sobria de Marcos López muestra en primer plano a un hombre en sombras, y detrás un edificio lúgubre que parece deshabitado. “Fue un milagro porque estábamos elaborando una tapa y por algún motivo no funcionó. Teníamos una fecha de entrega para ser aprobada. Pensé ‘¿qué voy a hacer?’ Y mi esposa y socia me dijo que le escribiera un DM a Marcos López”.

Como sea, algo parece unir al personaje de Queequeg con Fagan, cierta independencia respecto de las convenciones, un impulso creativo capaz de desplegar un mundo más allá de lo previsible. Y de alguna manera, ese parece ser el espíritu de la joven editorial que busca voces únicas, libros desconocidos en castellano. De hecho, ya están en marcha las siguientes publicaciones “El próximo libro que vamos a editar se llama Dandelions -Dientes de león-, de Zea Lenarduzzi. Aparece Mussolini, aparecen estructuras de poder, aparece la pobreza, la riqueza, aparece cuál es el hogar. Es una escritora inglesa, pero de padres italianos, una memoria que se lee como una novela”.

A simple vista se nota algo impetuoso en el modo de hablar de Hax, una confianza plena en su proyecto que contagia entusiasmo. “A pesar de la primera impresión de rechazo y miedo, Ismael dice que Queequeg no estaba sobre ningún mapa. Los lugares reales nunca lo están. Y eso es un lema de la editorial: buscar lo que no existe aún, libros que no están en el mapa”. En el fondo, aparece algo lúdico en esa búsqueda. “Un poco con el catálogo armás un mapa, ese es el juego”.

Y esa cartografía propone una itinerario principal a través de traducciones de obras de narrativa, y también algunos desvíos: “La editorial es un juguete, quiero pedir libros que no existen. Entonces el tercer libro es Primero el cuerpo, una crónica breve y un foto reportaje de Kevin Rabalais, un escritor y fotógrafo de Nueva Orleans que lleva como 10 años o más investigando y sacando fotos de unas celebraciones que ocurren en pueblitos chiquitos, digo, de 5000, 10.000 habitantes, y se hacen en la época de carnaval, pero no es el Mardi Gras que uno ve desde afuera, for export”.

Es evidente que no es fácil hallar estos libros. ¿Cómo hizo Hax para encontrar al fotógrafo? “Lo conocí por el azar de la vida. Son lugares donde vos no entrás si no tenés a alguien que te hace entrar. Para mí podría estar dentro de la categoría del gótico sureño con un poquito de True Detective, temporada 1. Este libro es Salgado, es Cartier Bresson. Es un mundo secreto, dentro de un mundo secreto, dentro de un mundo secreto. La idea de la edición es un poco tratar ver géneros que son accesibles, pero están jugando con sus propios límites”.

Y los conexiones invisibles que traman ese mapa parecen multiplicarse. “Quiero que el catálogo sea como una obra en sí misma. Por eso digo que Queequeg termina siendo como una especie de guía y de protector. En la primera escena de Luckenbooth aparece Jessie McRae, la hija del diablo, flotando sobre un ataúd que construyó su padre. Y si hacés conceptualmente un corto continuo, tenés a Ismael, el protagonista de Moby Dick, también flotando sobre un ataúd que lo salva”.

Se nota: Hax tiene una perspectiva capaz de encontrar un lugar sin explorar dentro del universo editorial local. “Una vez que vos entrás en este mundo es como que no podés salir. Te gustan los libros y querés más y más”. Su trayectoria traza un curso continuo que va de los procesos más intelectuales de la escritura a los manuales que implican la confección de un libro. ¿Y qué es lo que más le atrae de la edición? “Siempre quise estar con las máquinas y por primera vez las vi. Aprendo; es como pasar a otro lado del espejo, ver cómo funciona, trabajar con gente, aprender cómo son los traductores. También es soltar el deseo de controlar. Entonces si me preguntas es saber cómo funciona el sistema y compartir lo más lindo de la lectura, la alegría, pero también el desconcierto de estar en la fiesta de los libros y publicar autores que están respirando”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/la-aventura-de-editar-libros-que-respiran-nid30112025/

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