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La caída del régimen de las buenas noticias

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que florecían las ilusiones en la comunicación pública y no se escatimaba el dinero para insuflarlas. Hasta el más modesto de los municipios adoptó con fervor...

La caída del régimen de las buenas noticias

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que florecían las ilusiones en la comunicación pública y no se escatimaba el dinero para insuflarlas. Hasta el más modesto de los municipios adoptó con fervor...

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que florecían las ilusiones en la comunicación pública y no se escatimaba el dinero para insuflarlas. Hasta el más modesto de los municipios adoptó con fervor la receta de “todo comunica” con lo que, en una interpretación forzada del apotegma, se pusieron a comunicar cualquier cosa.

La falacia fue que ese “todo” deliberadamente excluía los mensajes que no fueran propicios. Como el gobernante vanidoso solo admite el beneplácito de sus decisiones, rechaza cualquier crítica como deslealtad. En ese modelo, no hay lugar para un antídoto a la sobredosis de éxitos de gestión que satura los medios y las redes sociales.

Puede parecer raro que países con tan dispares índices económicos y sociales padezcan los mismos males

La comunicación de las buenas noticias tiene muchos cultores porque es un negocio lucrativo para los asesores y una sobada al ego para quienes la contratan. Pero es un modelo que carece de base teórica y tiene demasiadas evidencias en contra en la práctica.

Desde el punto de vista teórico, la atención humana no es un juego de suma cero en el que un mensaje desplaza al otro. El clima social no es un recipiente al que hay que llenar con el líquido de las buenas nuevas oficiales para desplazar la bilis amarga del malestar ciudadano.

Antes bien, la atención se satura más que se compensa. Por eso, el exceso de edulcorante gubernamental suele generar indigestión social en los gobernados. Y una pérdida de realidad para el gobernante. El exceso de comunicación positiva conlleva el riesgo de minimizar los problemas y la tentación de acallar a quien los señala. Que se vuelve literalmente mortal cuando impide solucionarlos en tiempo real.

La necedad y la negligencia de los funcionarios hermanan amargamente la tragedia de los trenes en España en enero de 2026 con la de Argentina de 2012. Aunque, además de catorce años, las separa el hecho de que una involucra trenes punteros de alta velocidad y otra, vagones de descarte que rodaban a marcha forzada.

Las dos administraciones comparten la afición por ese modelo de comunicación pánfila, que se relame de supuestos éxitos mientras persigue a quien intente decir lo contrario. Por eso se obstinan en negar las innumerables quejas de los usuarios y empleados, así como las investigaciones de corrupción que atravesaban el sistema de transporte cuando se produjeron las tragedias ferroviarias de uno y otro lado del Atlántico.

Antes que solucionar problemas de infraestructura, que no invitan a las cámaras que obsesionan a los funcionarios, ambas administraciones priorizaron obras cosméticas más aptas para las fotos que los obligados mantenimientos. Y comunicaron dentro de los millones inversiones, gastos de contratación de militantes leales en puestos en que se necesitan ingenieros y técnicos. Por si fuera poco perfecta la tormenta, agregan al frente de la cartera de transporte a un necio insolente, porque uno solo de esos adjetivos no luce tan bien en la comunicación política como los dos juntos.

Puede parecer raro que países con tan dispares índices económicos y sociales padezcan los mismos males. Pero la impostura del poder es tan atávica que hace dos siglos Hans Christian Andersen escribió un cuento de tradición popular. “El traje nuevo del emperador” narra a un pueblo que no se anima a decir que el rey está desnudo, más por adulación que por engaño.

Los emperadores que prefieren el autoelogio a la verdad caen cuando la realidad se les cae encima. Acostumbrados a rodearse de adulones, suelen señalar como falsarios a quienes dicen lo que no gustan de oír. Su amenaza no es la desinformación que tanto les preocupa, sino su propia negativa a que la información circule libre y pueda inculparlos.

Hasta que llega la crisis como el niño del cuento. La tragedia irrumpe sin permiso para poner crudamente en escena lo que no habían querido ver. Es ahí donde comprueban que no hay una colección de buenas noticias que pueda disimular su propia insuficiencia.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/la-caida-del-regimen-de-las-buenas-noticias-nid01022026/

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