La carnavalización de la protesta: ilusión participativa en tiempos de crisis de representación
La creciente crisis de representación que afecta a prácticamente todos los sistemas democráticos opera, al mismo tiempo, como causa y como efecto. Por un lado, alimenta la irrupción de nuevos l...
La creciente crisis de representación que afecta a prácticamente todos los sistemas democráticos opera, al mismo tiempo, como causa y como efecto. Por un lado, alimenta la irrupción de nuevos liderazgos que desafían las estructuras tradicionales, dando lugar a neopopulismos de izquierda y de derecha. Por el otro, esos liderazgos tienden a erosionar, cuando no a destruir, los canales naturales de participación política. Este hiato, que expone el grave debilitamiento de la institucionalidad democrática y que no logró revertirse ni de manera parcial, alimenta formas alternativas de expresión, en particular artísticas y culturales. Estas constituyen vehículos aptos para visibilizar demandas insatisfechas, malestar social, frustraciones acumuladas con la “vieja política” y también con estas nuevas experiencias que prometían superarla y terminan siendo incapaces de modificar los problemas de fondo que estaban en teoría en mejores condiciones de resolver, por tratarse de fuerzas “antisistema”, desafiantes de los equilibrios políticos y las formas del “antiguo régimen”.
Del teatro romano a los cantares de gesta medievales, de las canciones partisanas de la Guerra Civil Española a los grafitis que desde hace décadas impregnan los muros y los medios de transporte de las barriadas populares de las grandes urbes de una rebeldía desafiante por parte de jóvenes (y no tanto) que pugnan por encontrar un lugar en sus respectivas sociedades donde se respeten sus valores y diversidad, la cultura siempre fue un terreno de tensión creativa en el que se manifiestan a través de múltiples mediaciones las relaciones de poder político y social: los climas de época, con sus conflictos, paradigmas en crisis, bravatas no siempre bien articuladas, simplificaciones por tratarse a menudo de una puja entre facciones que se amoldan, indolentes, a la lógica de la polarización.
Abundan los ejemplos. Impactado por la Gran Depresión y la Década Infame (debemos ser más cuidadosos con la selección de los adjetivos: nos quedamos sin calificativos apropiados para muchas de las siguientes), Enrique Santos Discépolo reinventó a Kierkegaard y a Heidegger, les ganó de mano a Sartre y a Camus, y se adelantó a su tiempo con las fabulosas estrofas de un “Cambalache” que tiene una vigencia ahora global. Desde 1971, “Imagine” de John Lennon se convirtió en un himno que marcó generaciones enteras en todos los rincones de la tierra, como expresión utópica y espontánea de una humanidad saturada por conflictos bélicos y esperanzada en una paz difusa y necesaria. Ya en nuestro vecindario, imposible soslayar las canciones de protesta reactivadas más tarde en el contexto del conflicto de Malvinas y las transiciones a la democracia. Así, “La marcha de la bronca”, de Pedro y Pablo, grabada en 1970, renació doce años más tarde como la mejor expresión de impotencia y frustración de camadas de jóvenes que pretendían romper con las costumbres pacatas de una sociedad resistente a la modernización. Inolvidable ese rezo cívico de León Gieco implorando “que la guerra no nos sea indiferente”: justo él, luego desgarrado por la bestial masacre del 7 de octubre de 2023 perpetrada por Hamas contra la humanidad. La presión para que los militares brasileños permitieran elecciones libres y justas derivó en el movimiento social de las “Directas Ya” a mediados de los 80, en el que se destacaron figuras emblemáticas como María Bethânia, su hermano Caetano Veloso, Chico Buarque, Milton Nascimento o Gilberto Gil.
Convertidas en fenómeno de masas y resignificadas por la industria del entretenimiento, aquellas expresiones de genuina rebeldía se acomodaron a la lógica del capitalismo más dinámico, por no decir salvaje. Desde la pintura y la escultura hasta el cine, el teatro y la música, tanto clásica como vanguardista, la cultura se volvió más fácil de ser consumida gracias a la creciente fragmentación y multiplicación de los medios de comunicación, transformados por las redes sociales. Una paradoja de nuestros tiempos: las plataformas tecnológicas más sofisticadas y que cotizan en bolsa potencian y multiplican los mensajes de protesta que impulsan viejos y nuevos artistas populares. No más off Broadway ni off Corrientes: la rebeldía es cobijada en el corazón del establishment mediático e institucional.
Las próximas elecciones de mitad del mandato en Estados Unidos atraparán la atención del mundo entero. Con el Partido Demócrata sin recuperarse de la paliza sufrida en noviembre de 2024, el legendario Bruce Springsteen con su E Street Band anunció una amplia gira nacional para este verano boreal que, no casualmente, arrancará en Minnesota. Denominada Tierra de esperanza y sueños, muchos observadores esperan que vigorice a un electorado muy amplio, más allá de las tradicionales barreras partidarias. “Vivimos una época dura… no importa de dónde vienes, todo el mundo es bienvenido”, convoca The Boss en el video promocional que circula en las redes.
Un fenómeno singular se generó en torno a Bad Bunny, el popular artista puertorriqueño que acaba de visitar nuestro país y de llenar tres noches el Monumental. Una semana antes había sido la figura en el espectáculo de entretiempo del Super Bowl VX en Santa Clara, California. Frente a los atropellos autoritarios de ICE y la avanzada antiinmigrante de Trump, hizo una reivindicación de lo hispano-latino cantando en castellano y reconociendo las particularidades y matices de las diferentes corrientes inmigratorias. Curiosamente, los dueños de los equipos de fútbol americano son, en su enorme mayoría, simpatizantes de Donald Trump (que varias veces quiso, sin éxito, comprar una franquicia en la NFL).
Hablando de las ligas profesionales más importantes, sorprendió la presencia de Barack y Michelle Obama en el All Star Game de la NBA el fin de semana pasado, con protagonismo mediático por parte del expresidente (que hizo construir una cancha profesional de básquetbol en un enorme complejo a punto de inaugurarse en el sur de la ciudad de Chicago, la biblioteca que lleva su nombre). Se especula que si en 2028 Donald Trump logra un fallo judicial que le permita competir por un tercer mandato, prohibido por la enmienda 22 de la Constitución, podría enfrentar… ¡Al propio Obama!
Es también interesante analizar la protesta social y la politización asociadas a las fiestas de Carnaval. En Río de Janeiro la escuela de samba Académicos de Niteroi le hizo un homenaje a Lula, que volverá a ser candidato presidencial el 4 de octubre. En contraposición, algunas murgas identificadas con los sectores más radicalizados de la izquierda uruguaya criticaron con dureza el equilibrio y la moderación que caracterizan a Yamandú Orsi, poniendo de manifiesto las diferencias internas dentro del Frente Amplio. En la Argentina, Milei busca un vínculo directo con el público (desconfía de las mediaciones) para subirse al escenario y explotar sus virtudes histriónicas abarcando nuevos géneros, como quedó claro en el dúo con el Chaqueño Palavecino, en el festival de Jesús María.
Cuidado: estas expresiones culturales no sirven por sí mismas para mejorar los problemas de representación que explican su impacto y versatilidad. Hasta podría ser contraproducente por un efecto catártico: luego de la protesta, las cosas siguen igual. Se replica el concepto del propio Carnaval: se diluyen las jerarquías, el elemento festivo borra las diferencias y acerca a la gente, se relajan las polarizaciones, pero el día después los problemas de la política seguirán ahí, al igual que las diferencias sociales. Como canta Joan Manuel Serrat en “Fiesta”: “con la resaca a cuestas / vuelve el pobre a su pobreza / vuelve el rico a su riqueza / y el señor cura a sus misas”.