Escuchar artículo

La guerra mundial y una promesa aun pendiente

El autor es Imam (teólogo islámico) y Presidente de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Argentina. En estos tiempos tumultuosos, la mirada hacia el pasado siempre ayuda a entender mejor el ...

La guerra mundial y una promesa aun pendiente

El autor es Imam (teólogo islámico) y Presidente de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Argentina. En estos tiempos tumultuosos, la mirada hacia el pasado siempre ayuda a entender mejor el ...

El autor es Imam (teólogo islámico) y Presidente de la Comunidad Musulmana Ahmadía en Argentina.

En estos tiempos tumultuosos, la mirada hacia el pasado siempre ayuda a entender mejor el presente y a prepararse para el futuro. En este sentido, la retrospectiva hacia la Primera Guerra Mundial nos demuestra la gravedad de la guerra que hoy han lanzado Estados Unidos e Israel contra Irán. Cuando el Archiduque Fernando de Austria y su esposa fueron asesinados el 28 de junio de 1914 en Sarajevo (Bosnia) nadie se imaginaba que ese acontecimiento conduciría hacia la primera guerra mundial. Pero, como Europa ya estaba dividida en bloques, esta chispa generó un efecto dominó y ese “incendio” terminó convirtiéndose en la peor catástrofe de nuestra humanidad ocurrida hasta ese momento. En los siguientes cuatro años, el conflicto bélico causó la muerte de más de 15 millones de personas y dejó cicatrices imborrables en términos sociales, económicos y políticos.

De hecho, la destrucción fue tan grande que se conformó la Liga de las Naciones en 1920 con la misión de evitar en el futuro otros episodios de la misma magnitud. Desafortunadamente, este organismo intergubernamental falló en su tarea y en menos de dos décadas el viejo continente arrastró nuevamente a la humanidad hacia una guerra global. A posteriori de la Segunda Guerra Mundial y como segundo intento, nació, en el año 1945, la Organización de las Naciones Unidas con la idea de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. Gracias a Dios, durante más de ocho décadas se logró cumplir esa meta. No obstante, las recientes olas que se levantaron desde el Medio Oriente nos han llevado como humanidad al borde de un colapso total una vez más.

No quiero entrar en el debate sobre si estos son los primeros episodios de la tercera guerra mundial o aún estamos a unos pasos. De todas formas, el pronóstico no es tranquilizador, sobre todo si uno recuerda las famosas palabras del Papa Francisco. El Sumo Pontífice nos solía alertar sobre una guerra mundial que se veía “en partes”. Asimismo, Su Santidad Mirza Masroor Ahmad, el Jalifa espiritual de la Comunidad Musulmana Ahmadía, ya hace más de una década atrás se dirigió a los líderes políticos y les pidió priorizar la paz mundial sobre sus ambiciones personales o sus intereses geopolíticos. Desgraciadamente, los actores políticos optaron por ignorar o rechazar la advertencia de ambos líderes religiosos.

Vale señalar aquí que la carta de las Naciones Unidas empieza con las palabras “Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas”. Es llamativo que la promesa de preservar la paz mundial no se limitara a los gobiernos o a los estados, sino que la misma fuera expresada en nombre de “los pueblos”. Es decir, proteger la paz mundial es un deber ciudadano y requiere nuestro compromiso absoluto e incondicional.

Por ello, me opongo a la decisión de Estados Unidos e Israel de escalar la violencia en la confrontación contra Irán porque este ascenso en espiral puede convertirse en una guerra prolongada y global. Mi decisión no se arraiga en una simpatía con el gobierno iraní, ni se determina por una cierta preferencia geopolítica o ideológica. Mi llamado hacia un cese inmediato al fuego procede de la defensa de la paz y de la santidad de la vida humana por sobre cualquier otra bandera o causa. Es imprescindible indicar que, como en toda guerra, el precio principal lo pagarán los civiles con su sangre, sus lágrimas y su dolor. Basta aludir al hecho de que el mismo día en que se asesinó al líder supremo de Irán, Alí Jameneí, también más de 150 niñas fueron asesinadas en una escuela en la ciudad de Minab. En mi caso, como musulmán, no encuentro ningún margen para justificar la muerte de civiles, especialmente de niños, porque el Sagrado Corán nos interpela y nos dice que quien asesina una vida inocente es como si hubiera asesinado a toda la humanidad. Al mismo tiempo, Dios nos enseña que quien salva una vida inocente es como si hubiera salvado a toda la humanidad. Aún tenemos la posibilidad de salir del túnel de la guerra y así salvar la vida de millones de personas inocentes en Irán, en Israel, en los países árabes y en toda la región.

A su vez, quiero recalcar que el “no” a la guerra no significa avalar el statu quo de Irán o aceptar que Teherán obtenga armas nucleares. Mi “no” tampoco consiste en respaldar la estrategia de Irán en usar a los grupos armados en la región como su brazo extendido. Este “no” tampoco es un sinónimo de tolerar la violación de los derechos humanos en Irán o la imposición de ciertas interpretaciones religiosas que reprimen a la sociedad y en particular a las mujeres. En primer lugar, no quiero que ningún país desarrolle armas nucleares: ni Irán, ni Israel, ni Argentina, ninguno, sin excepción. Y, al mismo tiempo, ansío que este objetivo se alcance por medio de acuerdos políticos y principios universales de justicia. Por otro lado, es primordial que el combate contra el terrorismo o la defensa de los derechos humanos no se utilice como una falsa licencia para legitimar esta guerra. En otras palabras, si nuestra lucha contra el terrorismo y la violación de la dignidad humana se basa en una elección selectiva e incoherente, mancharemos estas nobles banderas en vez de defenderlas.

En síntesis, propongo la palabra y no el arma como herramienta de diplomacia. Propongo la mesa de diálogo y no el campo de batalla como lugar para llegar a un acuerdo. Propongo elegir “la paz sin victoria” en lugar de “una victoria sin una paz cercana”. Propongo manifestar “el poder del ejemplo” en vez de “un ejemplo del poder”. En este contexto, desescalar el conflicto y lograr una salida pacífica será una señal de grandeza, no de debilidad. Concluyo mi reflexión con la respuesta de Albert Einstein sobre las consecuencias de una posible tercera guerra mundial: “No sé con qué armas se luchará la tercera guerra mundial, pero la cuarta se luchará con palos y piedras.”

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/la-guerra-mundial-y-una-promesa-aun-pendiente-nid08042026/

Volver arriba