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La historia del estafador que puso en vilo a la Argentina con el oro escondido por el virrey Sobremonte

El 5 de agosto de 1938 un hombre se presentó en la División Defraudaciones y Estafas de la Policía de Buenos Aires. Vestía sobretodo gris con las solapas levantadas y un sombrero de ala ancha q...

La historia del estafador que puso en vilo a la Argentina con el oro escondido por el virrey Sobremonte

El 5 de agosto de 1938 un hombre se presentó en la División Defraudaciones y Estafas de la Policía de Buenos Aires. Vestía sobretodo gris con las solapas levantadas y un sombrero de ala ancha q...

El 5 de agosto de 1938 un hombre se presentó en la División Defraudaciones y Estafas de la Policía de Buenos Aires. Vestía sobretodo gris con las solapas levantadas y un sombrero de ala ancha que le agrandaba el rostro anguloso. Dijo llamarse Viernes Scardulla, y que había venido a denunciar un robo. No cualquier robo: 100 kilos de oro y 33 de piedras preciosas, un tesoro que -según él- había pertenecido al virrey Rafael de Sobremonte, escondido más de 100 años antes, cuando los funcionarios virreinales huían de los ingleses.

La historia que contó tenía baches, pero era detallada y convincente a fuerza de detalle. Tres años atrás, dijo, había encontrado tres cofres pesadísimos bajo el lecho del arroyo Las Garzas, cerca de Pergamino. Junto a su cuñado los había sacado del agua, pero no había podido abrirlos. El miedo a una maldición ligada a Pancho Sierra -el legendario curandero de la zona de Rojas, del que Scardulla se consideraba heredero espiritual- lo había llevado a enterrarlos, sin abrir, bajo la cama de su suegra.

Alguien le sugirió avisar al Senado de la Nación, ya que al Estado le correspondería una parte del hallazgo. Scardulla viajó a Buenos Aires y fue recibido por un funcionario de apellido Monti, que se ofreció a gestionar el trámite. En su despacho abrieron los cofres. Había lingotes, monedas, piedras que centelleaban. Le prometieron 380.000 pesos -una fortuna imposible de imaginar para un hombre que hasta entonces había vendido porotos y cosechado maíz- y le entregaron una libreta del Banco de Galicia como constancia. Le dieron un adelanto de 22.000 pesos y le pidieron paciencia hasta la firma presidencial.

La firma nunca llegó. Monti desapareció con los cofres.

Un suicidio que lo hizo creíble

La policía movilizó a sus mejores hombres. La descripción que Scardulla había dado del funcionario era tan minuciosa que lo encontraron enseguida. Pero Monti, en realidad, no existía: detrás de ese nombre se escondía Luis Valdivieso, un estafador chileno con prontuario extenso. Dos días después de su detención, Valdivieso se arrojó desde el segundo piso del Departamento Central de Policía y murió horas más tarde.

Un dato que debería haber sembrado sospechas terminó haciendo exactamente lo contrario. Si el hombre se había quitado la vida, razonó la opinión pública, era porque su culpa era real, y con ella la del tesoro. La noticia explotó. Durante casi una semana, Crítica y otros diarios porteños cubrieron el caso como un folletín, con un dato nuevo -no importaba cuán inverosímil- cada día. Hubo debate en el Congreso. Hubo excavaciones. Scardulla, humilde y golpeado por la mala suerte, se convirtió en un personaje querible: el provinciano al que la gran ciudad le había robado la fortuna.

En ese momento, nadie se detuvo a pensar que el mito no era algo nuevo. Hacía más de un siglo que la Argentina creía que Sobremonte se había escapado con un tesoro: el deán Gregorio Funes escribió que había huido “cobardemente con el único propósito de salvarse con su familia y sus tesoros”, Mitre habló de “cobarde abandono”, y las coplas callejeras hicieron el resto.

Tres carretas, tres rumbos, un solo desenlace incompleto

Volvamos a agosto de 1938. Cuando los historiadores empezaron a desmentir a Scardulla, su argumento sonaba definitivo: el tesoro de Sobremonte se había ido a Londres en 1806. No podía estar bajo un arroyo de Pergamino. Tenían razón en lo esencial. Pero también se quedaban cortos, sin saberlo.

¿Qué sucedió durante la invasión inglesa? La noche del 25 de junio de 1806, dos días antes de que Buenos Aires cayera, Sobremonte ya había mandado sacar el tesoro real de la ciudad. Sabía lo que hacía: venía siguiendo un protocolo de evacuación elaborado un año antes, según documenta el historiador Matías Dib en la Revista Temas de Historia Argentina y Americana (2018). Cuando Beresford exigió la devolución de los caudales como condición de rendición, el virrey cedió solo a medias: ordenó volver las carretas del Rey y de la Compañía de Filipinas, pero dejó una parte -la que estaba a cargo del alcalde de Luján, Manuel de la Piedra- con la orden explícita, por escrito, de que siguiera escondida.

Los ingleses se enteraron igual. Mandaron 30 soldados a buscarla. De la Piedra alcanzó a avisar a tiempo: sus hombres abandonaron el camino real y enterraron barras y cajones en plena pampa, más allá de los Cerrillos, en unos pozos y lagunas que hoy tienen nombre y ubicación exacta: la Cañada de los Leones, junto al nacimiento del río Luján, en el partido de Suipacha, a 130 kilómetros de la Capital. Así lo reconstruyó, expediente en mano, el investigador del Archivo General de la Nación Gustavo Fabián Alonso (Revista Histopía, agosto de 2023), que además fotografió el lugar. Los ingleses tardaron dos días en encontrar las huellas de las ruedas en el barro. Cuando por fin llegaron, sacaron 75 barras de plata y 36 cajones, y se rindieron: quedaron 29 barras y 6 cajones sin desenterrar. Nadie volvió a saber de ellos.

Mientras esa persecución ocurría, otra columna huía por un rumbo distinto. Escoltada apenas por cinco soldados al mando del alférez Fulgencio Azpiazu, escapaba con ocho carretas más hacia Córdoba. Perseguido, Azpiazu enterró 13 barras en la estancia de un tal Gerónimo Pueblas, en la Cañada de Giles, y siguió viaje con el resto. Cuando volvió a buscarlas, alguien se le había adelantado y ya se habían llevado 11. Esa porción del tesoro, a diferencia de todo lo demás, tuvo un final feliz: bajó por el Paraná hasta el puerto de Zárate, lejos ya de cualquier riesgo inglés. Las otras dos carretas de esa columna, alcanzadas en el camino, quedaron directamente en manos del enemigo.

El grueso del botín sí cruzó el océano: más de un millón de pesos plata, embarcados en julio en la fragata Narcissus, desfilados por Londres en septiembre con banderas que decían Treasure. Eso nunca podría aparecer en Pergamino, y los historiadores de 1938 no se equivocaban al decirlo. Lo que no sabían -lo que nadie supo hasta que un archivista lo desenterró casi dos siglos después- es que entre Suipacha y la Cañada de Giles quedó un resto real, documentado, sin recuperar: unas 29 barras de plata y 6 cajones que un puñado de soldados ingleses, cansados de cavar, decidió un día dejar donde estaban. A Scardulla lo desmintieron con un argumento cierto que, sin que nadie lo supiera entonces, no era del todo completo.

La pared que no resistió

A Scardulla, de cualquier modo, no le alcanzaba la sutileza documental: la desmentida lo dejó sin salida. Si no era el oro de Sobremonte, razonó en público, tenía que ser el de Pancho Sierra. Pero la explicación ya no alcanzaba. Un herrero de Venado Tuerto, Pedro Bonfanto, se presentó ante la policía y contó que Scardulla le había encargado, un par de años antes, fabricar unos cofres que parecieran antiguos, rellenarlos con hierros viejos y soldarlos para que no pudieran abrirse. El 10 de agosto, el diario santafesino El Orden tituló en tapa: “El hallazgo del tesoro fue solo una farsa”.

La confesión llegó poco después. Había armado todo, dijo, “a causa de un grave apremio económico familiar”. Con el cuento del tesoro le había sacado dinero a al menos cuatro personas (entre ellas su propia suegra, embaucada por 16.000 pesos) por un total superior a los 100 mil pesos de la época. Se cree, además, que denunciar a Valdivieso fue una manera de sacárselo de encima: el chileno lo perseguía por una deuda real, y nacionalizar el escándalo era una forma de blindarse frente a sus acreedores.

La prensa, que lo había mimado como víctima durante una semana, lo rebautizó “el mentiroso más grande del mundo”. Fue condenado a prisión por falsa denuncia y falso testimonio.

El doctor Herrera

Lo que vino después es menos conocido, y quizás más elocuente sobre el personaje. Scardulla se instaló en San Luis bajo un nombre falso, Juan Herrera, aunque no sabía leer ni escribir. Abrió un consultorio donde ejercía de curandero, y prefería a los pacientes del interior provincial: “Era más fácil sacarles el dinero”. Los viernes por la tarde atendía gratis, como quien construye una reputación.

Una vez, para instalar su prestigio, hizo que un médico verdadero revisara a su esposa, que fingía estar enferma. Cuando el profesional se retiraba, Scardulla lo acompañó hasta la puerta, le estrechó la mano frente a los vecinos y le dijo, con voz firme: “Vaya tranquilo, doctor, yo sé que todo va a ir bien”. El gentío quedó boquiabierto. Un médico de verdad venía a consultar al curandero.

En otra ocasión se hospedó dos días, gratis, en la casa de un hacendado enfermo. Mientras la familia no miraba, enterró cuchillos y tijeras por el campo. Volvió semanas después con una varilla que decía detectar brujerías, y fue “encontrando”, uno por uno, los objetos que él mismo había escondido. Se marchó cargado de dinero y de animales.

Murió en San Luis en 1977, a los 74 años. Décadas antes, cuando se emborrachaba, solía decir una frase que hoy suena casi a epitafio: “Lamento no haber hecho más lindo el cuento del tesoro”.

Un mito que sigue cavando

El eco de la historia no se apagó con Scardulla. En los campos de la cuenca de los ríos Areco y Arrecifes todavía circula el recuerdo de familias que cavaron sus propias tierras buscando el tesoro del virrey, guiadas por mapas que nunca fueron otra cosa que papel viejo y tinta reciente.

Nadie probó jamás que esas barras faltantes hayan llegado tan al sur. Pero en algún punto de esta misma llanura, en 1806, un puñado de soldados enterró de verdad un tesoro y se fue sin desenterrarlo entero. Casi 90 años después de Scardulla, y más de dos siglos después de Sobremonte, el cuento del tío más célebre de la Argentina sigue rindiendo lo único que nunca dejó de producir: ganas de creer.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/la-historia-del-estafador-que-puso-en-vilo-a-la-argentina-con-el-oro-escondido-por-el-virrey-nid20092026/

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