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La historia detrás del “escuadrón suicida” que evitó un desastre nuclear aún mayor en Chernóbil

El 26 de abril de 1986, la explosión de uno de los reactores de la planta nuclear de Chernóbil, Ucrania, marcó una de las ...

La historia detrás del “escuadrón suicida” que evitó un desastre nuclear aún mayor en Chernóbil

El 26 de abril de 1986, la explosión de uno de los reactores de la planta nuclear de Chernóbil, Ucrania, marcó una de las ...

El 26 de abril de 1986, la explosión de uno de los reactores de la planta nuclear de Chernóbil, Ucrania, marcó una de las peores tragedias ambientales y sociales de la historia. Aunque el impacto inicial fue devastador, la intervención de un grupo conocido como el “escuadrón suicida” evitó un escenario aún más catastrófico.

La misión recayó en Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov, quienes se ofrecieron como voluntarios para una tarea de altísimo riesgo. La causa principal de su intervención residía en un problema grave: el núcleo del reactor 4 se había derretido y había perforado la estructura, dirigiéndose hacia unas piscinas de burbujas subterráneas, diseñadas para enfriar el reactor en emergencias y condensar vapor. Estas piscinas se encontraban inundadas tras el accidente y existía el temor de que el material fundido, conocido como corio, entrara en contacto con el agua.

Expertos advirtieron que si el corio a más de 1600 °C chocaba con el agua, podría generar una gigantesca explosión de vapor. Esta detonación, que sería “entre 140 y 230 veces más potente que la causada por Fat Man —la bomba lanzada en Nagasaki—”, según Vassili Nesterenko, director del Instituto de Energía Nuclear en la Academia Nacional de la Ciencia de Belarús, proyectaría “cientos de toneladas de material radioactivo” a la atmósfera. Los periódicos de la época especulaban con la posibilidad de “contaminar el abastecimiento de aguas de más de 30 millones de personas” o de dejar “inhabitable el norte de Ucrania durante más de un siglo”, como mencionó el periodista Stephen McGinty en 2011. Esta potencial segunda explosión no solo liberaría más radiación, sino que podría haber colapsado por completo el edificio del reactor.

Frente a este riesgo inminente, la tarea de los tres hombres era crucial: debían acceder al subsuelo inundado, encontrar y abrir unas válvulas para drenar las piscinas. La serie Chernobyl (HBO Max) popularizó la historia, presentándolos como héroes que asumieron una muerte casi segura. Sin embargo, el relato tiene, como muchas epopeyas post-Chernóbil, elementos de realidad y de fantasía.

Andrew Leatherbarrow, autor del libro Chernóbil 01:23:40, contribuyó a desmitificar algunos aspectos. Contrario a la creencia popular, Ananenko, Bezpalov y Baranov no fueron los únicos en incursionar en las zonas de riesgo. Bomberos y otros técnicos de la central ya habían trabajado para reducir el nivel del agua, la cual incluso se encontraba a la altura de las rodillas o los tobillos en algunas áreas, y otros científicos habían ingresado para medir los niveles de radiación. “Cuando entré en mi turno de trabajo, mi compañero me explicó que la última medición de radioactividad había sido tomada directamente desde el nivel del agua del corredor”, relató Ananenko.

Además, la misión no fue un salto al vacío sin conocimiento. Ananenko y Bezpalov habían participado en la instalación del sistema de seguridad de las válvulas, lo que les permitía conocer el camino que debían recorrer para llegar a ellas y cómo tenían que operarlas. Baranov, el tercero, les acompañaría para iluminar el camino en la oscuridad. Las válvulas, marcadas como 4GT-21 y 4GT-22, se encontraban a tres metros bajo tierra y debían ser operadas manualmente, dado que la explosión había inutilizado los circuitos automáticos.

Sobre las condiciones de radiación, Ananenko ofreció una perspectiva menos dramática de la que a menudo se retrata. “Los números no parecían algo extraordinario. La situación radiactiva era la habitual para las centrales nucleares en mayo de 1986”, afirmó a un medio local. No obstante, sí recordó que durante el trayecto los aparatos para medir la radiación mostraron lecturas “muy preocupantes” y tanto él como sus compañeros comenzaron a sentir en la boca el “sabor a metal” característico de la alta exposición.

La mitología de su destino también fue revisada, ya que si bien muchos relatos los daban por muertos durante la misión o poco después, los tres sobrevivieron. El agua, según explicaciones posteriores, actuó como un “escudo natural a la radiación”. Aunque sus cuerpos sufrieron afecciones no especificadas, vivieron significativamente más.

Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov, con 66 y 68 años, respectivamente, siguen con vida, mientras que Boris Baranov falleció en 2005 por un ataque cardíaco. Su sacrificio, o más bien, el cumplimiento de su deber en condiciones extremas, fue reconocido, ya que Ananenko y Bezpalov fueron condecorados como “Héroes de Ucrania” por el expresidente, Petró Poroshenko, en 2019. Su labor fue crucial porque literalmente salvaron a la población del país y de buena parte de Europa de una catástrofe potencialmente superior a la vivida.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/en-las-redes/la-historia-detras-del-escuadron-suicida-que-evito-un-desastre-nuclear-aun-mayor-en-chernobil-nid08012026/

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