La IA ya no espera: cuando el trabajo empieza a vaciarse
Durante décadas repetimos una idea tranquilizadora: cada revolución tecnológica destruye empleos, sí, pero crea otros. Pasó con la máquina de vapor, con la electrificación, con la computador...
Durante décadas repetimos una idea tranquilizadora: cada revolución tecnológica destruye empleos, sí, pero crea otros. Pasó con la máquina de vapor, con la electrificación, con la computadora. Dolió, pero hubo tiempo. Tiempo para entender, para reconvertirse, para aprender. Tiempo, en definitiva, para que la sociedad metabolice el cambio y cada persona pudiera encontrar su lugar adaptándose y reconvirtiéndose adecuadamente. Desde los primeros descubrimientos relevantes de la electricidad hasta su adopción masiva pasaron aproximadamente 100 a 130 años. Y si tomamos solo desde la generación eléctrica moderna (Faraday) hasta su uso generalizado, igual estamos hablando de 40 a 50 años.
Esa narrativa nos calmaba porque implicaba una transición, un proceso. Un intervalo entre lo viejo que muere y lo nuevo que nace. Pero, esta vez no hay intervalo. La inteligencia artificial no está pidiendo permiso, está entrando rompiendo todas las puertas. Y lo está haciendo más rápido de lo que el mundo del trabajo puede procesar.
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Un dato alcanza para entender la magnitud del fenómeno: hacia fines de 2024, la inteligencia artificial ya estaba automatizando o modificando aproximadamente el 25% de las tareas laborales en múltiples profesiones. Esto surge de un análisis citado por The Washington Post basado en un estudio de Anthropic en más de 700 profesiones
No hablamos de trabajos enteros, todavía, hablamos de algo más inquietante: tareas que desaparecen dentro de los trabajos, como piezas que se desprenden de una estructura que todavía sigue en pie, pero ya no es la misma. El problema no es que el empleo desaparezca de golpe. Es que empieza a vaciarse, a perder densidad, a erosionarse desde adentro. Y eso es mucho más difícil de ver, de medir y, sobre todo, de gestionar.
Hay una escena que se repite en Silicon Valley —y que debería preocuparnos más de lo que nos tranquiliza—: empresas con ganancias récord, inversiones multimillonarias en inteligencia artificial y, al mismo tiempo, despidos masivos. En 2025, las tecnológicas anunciaron más de 141.000 despidos, incluso mientras invertían hasta US$375.000 millones en IA. Durante años, el sector tecnológico fue el gran generador de empleo calificado. Hoy, ese viento de cola se convirtió en un viento en contra. No es una crisis, es un rediseño, dicen. Durante años, el sector tecnológico fue el gran generador de empleo calificado. Hoy, ese “viento de cola” se convirtió en un “viento en contra”. Y eso es más que un dato sectorial: es una señal. Porque lo que empieza en tecnología suele terminar en todos lados, primero como tendencia, después como norma.
Durante décadas, desde Schumpeter en adelante, la teoría económica sostuvo una narrativa relativamente ordenada: la tecnología destruía tareas manuales y, con el tiempo, creaba trabajo más complejo, más cognitivo, más calificado. Había pérdida, sí, pero también una promesa de sofisticación. La inteligencia artificial vino a incomodar esa narrativa. Hoy, los trabajos más expuestos no son necesariamente los más rutinarios, sino los más “intelectuales”: programación, análisis de datos, redacción, diseño. Profesiones que creían estar a salvo y están en zona de riesgo. La ansiedad ya no es patrimonio de los trabajos manuales, se democratizó. Y cuando la incertidumbre se vuelve transversal, deja de ser un problema sectorial para convertirse en un problema social.
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Hay otra diferencia clave respecto de las revoluciones anteriores: la velocidad. La revolución industrial tardó décadas en desplegarse. Incluso internet necesitó años para convertirse en lo que es hoy. La inteligencia artificial, en cambio, evoluciona en ciclos de meses. No hay generación intermedia que amortigüe el golpe. No hay transición suave. Hay shock. Y en ese shock, las organizaciones toman decisiones más rápido de lo que las personas pueden adaptarse.
Pero sería un error quedarse solo con la narrativa apocalíptica. La historia nunca es tan lineal. La misma tecnología que elimina tareas también crea otras. Nuevos roles empiezan a aparecer en empresas que hace cinco años no sabían que los necesitarían. El problema no es la desaparición del trabajo, el problema es la transición. Porque entre el trabajo que muere y el trabajo que nace hay un espacio incómodo, incierto y muchas veces cruel: el espacio del desajuste, donde quedan atrapadas personas que todavía son valiosas, pero ya no encajan.
Ese desajuste ya se empieza a ver con claridad. Los puestos iniciales, el primer empleo profesional, los que históricamente permitían aprender, son los primeros en ser automatizados. Es una paradoja inquietante: nunca fue tan fácil hacer el trabajo y nunca fue tan difícil conseguirlo. La puerta de entrada al mercado laboral se está achicando justo cuando más gente necesita cruzarla. Las empresas tienen la tentación de automatizar y ahorrar o incorporar gente joven para formarla a futuro. Al fin de cuentas, el talento humano sigue siendo indispensable. Por ahora.
Entonces la pregunta deja de ser tecnológica y pasa a ser profundamente humana: ¿qué va a pasar con nosotros? Una hipótesis posible es que el trabajo se polarice aún más. Por un lado, una élite que sabe usar la inteligencia artificial y multiplica su productividad. Por otro, una masa creciente de trabajadores cuyas tareas son progresivamente reemplazadas o degradadas. La tecnología no solo reemplaza. También amplifica desigualdades que ya existían, pero que ahora se vuelven más visibles y difíciles de revertir.
Otra hipótesis es más radical: que estemos frente a una redefinición del trabajo mismo. Si la inteligencia artificial puede hacer gran parte de las tareas cognitivas, el valor humano podría desplazarse hacia el juicio, la empatía, la creatividad y la capacidad de lidiar con la ambigüedad. Todo aquello que durante años las organizaciones consideraron “blando”. Tal vez el futuro del trabajo sea, paradójicamente, menos técnico y más humano. Pero no por elección sino por descarte. El problema es que las organizaciones todavía no están preparadas para ese mundo. Siguen evaluando con métricas del pasado, promoviendo por criterios que no necesariamente predicen adaptación y diseñando estructuras pensadas para una estabilidad que ya no existe. La inteligencia artificial no solo desafía al trabajador, también desnuda a la organización, mostrando con crudeza sus rigideces, sus inercias y sus zonas de confort.
Tal vez la pregunta correcta no sea si la inteligencia artificial va a destruir trabajos. Tal vez la pregunta sea otra, mucho más inquietante: cuánto de lo que hoy llamamos trabajo va a seguir teniendo sentido. Y, sobre todo, qué vamos a hacer nosotros cuando eso pase.