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La incorporación de la IA en la educación universitaria

Como parte de la tendencia natural del ser humano a polarizar cualquier debate, el arribo de la IA a la educación desató visiones dispares. Los detractores, movilizados por los riesgos del uso ab...

La incorporación de la IA en la educación universitaria

Como parte de la tendencia natural del ser humano a polarizar cualquier debate, el arribo de la IA a la educación desató visiones dispares. Los detractores, movilizados por los riesgos del uso ab...

Como parte de la tendencia natural del ser humano a polarizar cualquier debate, el arribo de la IA a la educación desató visiones dispares. Los detractores, movilizados por los riesgos del uso abusivo, no controlado, sin transparencia ni responsabilidad, que temen que reemplace al docente, y quienes la consideran una aliada para expandir la capacidad pedagógica en la medida en que se preserven la dignidad y la grandeza del ser humano.

En este escenario, la IA emergió con una capacidad asombrosa de almacenamiento, de búsqueda de información a velocidad supersónica y un poder extraordinario de síntesis para resumir textos. Para aquellos docentes que durante toda su vida se dedicaron solo a trasmitir información, este fue un golpe mortal. Pero están los otros, los que educan, inspiran, trasmiten valores, los “maestros” que guían al alumno, que reúnen las competencias pedagógicas necesarias para identificar la potencialidad y los riesgos de la IA. Algunos profesores universitarios, aun cuando son excelentes profesionales, con experiencia en áreas empresariales o sociales, que complementan su actividad principal con un cargo docente, no tienen una formación específica sobre cómo “educar” y menos aún con esta revolución tecnológica. Es vital reimaginar la docencia universitaria con un nuevo profesor que sume capacidades pedagógicas y digitales, que olvide los procesos sumativos y se concentre en los formativos. Será necesario en esta capacitación docente identificar los riesgos de la IA y la forma correcta de aplicación en el aula.

¿Será una nueva forma de esclavitud?

Diferentes autores han documentado el poder adictivo y la dependencia del alumno de las pantallas, que casi llega a fenómenos de abstinencia. ¿Será una nueva forma de esclavitud? La pérdida del pensamiento crítico hace que no construyan su propia expresión de la verdad, que no consulten otras fuentes, que pierdan la capacidad de duda, “que se apague el deseo de plantear preguntas” (León XIV, Magnifica humanitas, 140). El vínculo con la pantalla va en detrimento de la relación con otros humanos. El aislamiento social no se correlaciona con un dato antropológico fundamental y es que el ser humano siempre necesitó la mano de otro humano para crecer y desarrollarse desde el mismo momento de su nacimiento. La plétora de información que hay detrás de internet es tanta que el alumno no consigue diferenciar por sí mismo qué es lo realmente importante. Casi como el personaje de “Funes el memorioso” de Borges, el estudiante no fija ni retiene lo sustantivo de lo que lee. La inmediatez y la sobreestimulación alimentan el cansancio, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que supone la búsqueda de la verdad (Ibíd, 139). Finalmente, el mayor riesgo de la IA no es el algoritmo, sino las personas que la programan y que están moldeando las mentes y la conciencia de las generaciones futuras. La IA carece de valores propios, carece de conciencia moral: no juzga el bien y el mal, no capta el sentido último de las situaciones ni asume el peso de las consecuencias (Ibíd, 99). Solo es un repositorio de valores que promueven sus propietarios.

Se requieren competencias técnicas, pedagógicas y éticas

Entonces, ¿qué clase de docente necesitamos para evitar o por lo menos reducir los daños que puede generar la IA? ¿Qué habilidades debe adquirir? Se requieren competencias técnicas, pedagógicas y éticas. Debe tener capacidad de escucha, sólida formación académica dentro de su disciplina, dominar las nuevas técnicas pedagógicas y de evaluación, preservar la dignidad de la vida humana, impulsar al alumno a “pensar” buscando la verdad, alejarlo de la inmediatez y encaminarlo hacia la trascendencia y, especialmente, pasión por educar, porque el arte del docente es un don de Dios que se expresa en su vocación de educar como gesto de amor (Bergoglio, Jorge, Educar: elegir la vida, 5). El objetivo final no debe ser formar técnicos ni tampoco individuos útiles a la sociedad, sino educar personas que puedan transformarla haciendo posible un mundo en que merezca la pena vivir.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-incorporacion-de-la-ia-en-la-educacion-universitaria-nid23062026/

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