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¿La Inteligencia Artificial nos está haciendo dependientes?

Cada vez me asusta más la IA. Y no me asustan tanto sus errores, sus sesgos o “alucinaciones” (esto de no saber decir “no sé” y tirar cualquier cosa). Lo que más me preocupa es nuestra d...

¿La Inteligencia Artificial nos está haciendo dependientes?

Cada vez me asusta más la IA. Y no me asustan tanto sus errores, sus sesgos o “alucinaciones” (esto de no saber decir “no sé” y tirar cualquier cosa). Lo que más me preocupa es nuestra d...

Cada vez me asusta más la IA. Y no me asustan tanto sus errores, sus sesgos o “alucinaciones” (esto de no saber decir “no sé” y tirar cualquier cosa). Lo que más me preocupa es nuestra dependencia.

Hay personas que ya no escriben un WhatsApp sin pedirle ayuda. Adultos que, antes de preguntarse “¿qué pienso yo sobre esto?”, le preguntan a la IA qué decir o responder, o que ya no escriben un mail sin pedírselo a ChatGPT, porque el chat lo hace más rápido y mejor.

En las aulas pasa algo parecido. Un estudiante recibe una consigna y su primer movimiento ya no es pensar: es copiarla en alguna herramienta de IA. Universitarios que entregan textos impecables pero no pueden explicar oralmente qué quisieron decir.

No creo que la inteligencia artificial nos esté volviendo tontos. El problema es más sutil: puede estar evitándonos algunos de esos momentos incómodos en los que aprendemos a pensar.

Y claro, pensar incomoda. Es mirar una hoja en blanco y no saber cómo empezar. Es escribir una oración, borrarla y volver a escribirla. Es buscar una palabra que no aparece. Es sostener una duda. Equivocarse. Ensayar una explicación. Descubrir que una idea no funciona y tener que buscar otra. Ese cursor titilando frente a una pantalla vacía no es una falla del proceso: es el proceso.

La inteligencia artificial puede completar el vacío antes de que aparezca una idea propia. Y lo hace tan bien que la pregunta del alumno resulta comprensible: si la IA lo escribe mejor que yo, ¿para qué lo voy a escribir yo? Pensar lleva tiempo y esfuerzo. Y ahora tenemos delante una herramienta capaz de evitarnos ese esfuerzo en segundos. Pestañeamos y está resuelto.

La psicología cognitiva tiene un concepto para esto: descarga cognitiva. Trasladar a un recurso externo parte del trabajo mental que deberíamos hacer nosotros. Lo hacemos desde siempre: anotamos un teléfono para no memorizarlo, usamos una calculadora para una cuenta. El problema aparece cuando descargamos justamente lo que necesitamos entrenar.

Algunas investigaciones recientes empiezan a encender alarmas. Cuando dejamos demasiado trabajo mental en manos de la inteligencia artificial, podemos involucrarnos menos en la tarea, recordar menos lo que hicimos y ejercitar menos nuestro pensamiento crítico. Y hay algo más: la IA también puede regalarnos una peligrosa ilusión de competencia, creer que sabemos hacer algo porque obtuvimos un buen resultado, cuando en realidad gran parte del trabajo lo hizo la herramienta. Todavía es pronto para afirmar que la IA deteriora el cerebro. Pero sí vale la pena preguntarnos qué capacidades dejamos de entrenar cuando delegamos demasiado pronto.

Ahí aparece otra consecuencia menos visible: la inseguridad. Si cada vez que tengo que escribir algo recurro a una máquina que lo expresa mejor que yo, empiezo a sentir que mi propia escritura nunca alcanza. Entonces la consulto más. Cuanto más la consulto, menos practico. Y cuanto menos practico, menos confío en hacerlo por mi cuenta. El círculo es perfecto.

¿Qué puede hacer la escuela? Prohibir la inteligencia artificial no sirve de mucho. Lo que hace falta es enseñar a decidir cuándo usarla y, sobre todo, cuándo no.

Habrá momentos de “cerebro primero”: pensar, escribir, resolver, argumentar o crear una primera respuesta sin asistencia. Recién después podrá entrar la IA, para comparar, cuestionar, mejorar o detectar errores. También habrá que volver a valorar los borradores, las tachaduras, las preguntas sin respuesta inmediata. Pedir que un alumno defienda oralmente lo que escribió. Preguntarle cómo llegó a una conclusión.

Y ahí está la clave: si evaluamos solamente el producto final -el texto impecable, la presentación perfecta, la respuesta correcta- corremos el riesgo de premiar a quien mejor delega. Si evaluamos también el proceso -los borradores, las decisiones, la explicación oral de cómo llegó a una conclusión-, el pensamiento propio vuelve a ser indispensable.

La escuela tendrá que enseñar una competencia nueva: saber qué pensamientos no conviene tercerizar.

¿Y si el gran desafío educativo no fuera que nuestros alumnos aprendan a usar la inteligencia artificial, sino que no dejen de usar la propia?

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-inteligencia-artificial-nos-esta-haciendo-dependientes-nid24082026/

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