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La intimidad, entre mirar y ser mirados

La película se llama Ojos extraños, transcurre en Singapur y, como suele ocurrir, habla de quienes habitan allí pero también de todos nosotros. Puede verse hasta el jueves en la Sala Lugones de...

La intimidad, entre mirar y ser mirados

La película se llama Ojos extraños, transcurre en Singapur y, como suele ocurrir, habla de quienes habitan allí pero también de todos nosotros. Puede verse hasta el jueves en la Sala Lugones de...

La película se llama Ojos extraños, transcurre en Singapur y, como suele ocurrir, habla de quienes habitan allí pero también de todos nosotros. Puede verse hasta el jueves en la Sala Lugones del Teatro San Martín y, luego, en el cine Cosmos-UBA: dos enclaves cinéfilos sobre una Avenida Corrientes donde insisten ciertos pequeños oasis.

A quienes se les hace esquiva la idea de oasis es a los personajes de Ojos extraños. Filmada por Yeo Siew Hua, (autor de la premiada Una tierra imaginada), la película deja de lado las luminosas postales que acostumbramos ver de Singapur y se mete, podría decirse, en su contraparte: los enormes complejos de edificios donde vive la gente común; colmenas humanas en las que basta asomarse a una ventana para acceder a la intimidad de los otros.

Ahí está el eje de la película: la intimidad, hoy. Los personajes de Ojos extraños hacen su vida frente a ventanas físicas –cristal, marco, herrajes– expuestas a la mirada casual, fisgona o perversa de los otros. A su vez, se exponen en esas ventanas virtuales que son las redes sociales. Y son observados por miles de cámaras de seguridad cuyas imágenes, tanto sean visualizadas en una sala del departamento de policía como en el visor de una computadora, asemejan a pequeñas ventanitas: un cuadriculado donde puede seguirse el tránsito de alguien que sale de un ascensor, recorre un pasillo, abre una puerta.

Son observados por miles de cámaras de seguridad cuyas imágenes, tanto sean visualizadas en una sala del departamento de policía como en el visor de una computadora, asemejan a pequeñas ventanitas: un cuadriculado donde puede seguirse el tránsito de alguien que sale de un ascensor, recorre un pasillo, abre una puerta

“El gesto íntimo hace una brecha en esa frontera invisible mediante la cual cada uno se conserva y se apropia de sí”, escribe François Jullien en un ensayo dedicado al concepto de intimidad. Porque no solo se trata de abrirse a las fronteras visuales; hay una intimidad amorosa, un modo de ejercer la maternidad, la paternidad, que también circulan en ese cuadriculado infinito. Y entre imagen e imagen, por entre el desborde de tanta cámara y píxel, lo que asoma es una particular variante del vacío.

La propuesta de Yeo Siew Hua no es solemne; más bien todo lo contrario. La película comienza con todos los rasgos de una típica intriga policial: hay una pareja joven, una niñita –su hija– que desaparece, misteriosos videos que revelan que alguien los está filmando todo el tiempo, un policía que se ocupa de la investigación.

Muy pronto, la pesquisa importará menos que la asfixia y los abismos emocionales a los que se asoma cada personaje. “Tres generaciones viviendo en la misma casa”, dice, más burlón que inescrutable, el detective a cargo del caso. Es que la joven familia vive con la madre del muchacho, en uno de los centenares de departamentos que integran un complejo de edificios. A poco de avanzar la trama descubriremos que el hombre de mediana edad que los filma obsesivamente desde la ventana de un edificio cercano vive, a su vez, con la madre. Y que –apenas es una frase que se desliza y recién cobrará entidad hacia el final de la película– hay alguien que se fue de esa casa. Una ausencia que pesa. Primer hallazgo: el fisgón, más que perversión, transmite fragilidad.

“Una vez vi a un hombre en un parque. Era algo mayor, no particularmente llamativo. Mientras lo observaba, comencé a inventarle una historia. Más tarde me di cuenta de que estaba proyectando en él mis propias aspiraciones. Incluso pensé que tal vez ese hombre era yo. Debo haber sentido cierto placer al hacerlo en secreto”, cuenta el director en una entrevista.

Lo cierto es que, más allá del interés en indagar en las múltiples consecuencias de tanta mirada multiplicada (“En una ciudad-Estado pequeña como Singapur, no hay un ‘afuera’ del sistema. El acto de mirar y ser mirado se convierte en parte de un ritual cotidiano”, dirá), Yeo Siew Hua termina hablando de los vínculos humanos y de la desesperada indefensión que a veces encarnan.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/la-intimidad-entre-mirar-y-ser-mirados-nid12052026/

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