La misteriosa muerte del espía británico del MI6 que paralizó al mundo hace 15 años y sembró todo tipo de dudas
La muerte de Gareth Wyn Williams se convirtió en uno de los casos más inquietantes de la historia reciente del espionaje británico. El 23 de agosto de 2010, el cuerpo del matemático de 31 años...
La muerte de Gareth Wyn Williams se convirtió en uno de los casos más inquietantes de la historia reciente del espionaje británico. El 23 de agosto de 2010, el cuerpo del matemático de 31 años fue hallado dentro de una bolsa deportiva herméticamente cerrada en el baño de su departamento de Pimlico, una de las zonas más exclusivas de Londres. Llevaba ocho días muerto.
El hallazgo desató una conmoción internacional y reavivó comparaciones con otros asesinatos emblemáticos del mundo del espionaje, como el del disidente búlgaro Georgi Markov, envenenado en 1978 con la punta de un paraguas en el puente de Waterloo, o el del exagente ruso Alexander Litvinenko, asesinado con polonio en 2006.
Según la información que se pudo recabar sobre su perfil en aquel momento, Williams era un talento excepcional. Trabajaba como criptógrafo para el GCHQ, la agencia británica de inteligencia dedicada al descifrado de códigos, y desde hacía meses cumplía funciones en comisión dentro del MI6. Llevaba una vida tranquila, sin quejas por ninguno de los vecinos que había tenido, entrenaba diariamente y tenía una dieta cuidada, sin consumo de alcohol ni sustancias. Sus compañeros lo definieron como una persona “disciplinada” y “muy reservada”, por lo que les llamó la atención que se hubiera ausentado a varias reuniones sin avisar y había comenzado a dejar de contestar a sus mensajes.
El misterioso caso de Gareth WilliamsAl octavo día desde su trabajo decidieron alertar a la policía. Cuando los investigadores ingresaron al departamento, se encontraron con una escena aterradora. La calefacción estaba encendida al máximo en pleno verano, lo que aceleró la descomposición del cuerpo y arruinó evidencia crucial. Gareth estaba dentro de una bolsa de lona cerrada con un candado, cuya llave apareció dentro de la misma bolsa junto al cadáver. No había señales de forcejeo ni huellas en la bañera. Tampoco se encontraron sus huellas en el cierre, los tiradores de velcro ni el candado. Solo apareció ADN de una persona no identificada en dos de esos elementos. A su vez, el departamento estaba cerrado por fuera, por lo que alguien podría haber ingresado sin dejar rastros.
Sin pistas claras, los detectives comenzaron a reconstruir sus últimos días y recurrieron a su círculo íntimo. Su hermana Ceri, fisioterapeuta, y su cuñado, el doctor Chris Subbe, contaron a la policía que lo habían visto por última vez en junio, cuando Gareth los invitó a tomar el té en el Ritz para celebrar su aniversario de bodas. Llevaba ya meses de trabajo en Londres, pero no podía detallar en qué consistía su labor.
Según relataron, se comunicaban con frecuencia hasta que, el 11 de agosto —poco después de que él regresara de un breve viaje a Estados Unidos—, hablaron por última vez. Gareth les contó allí que tenía previsto dejar Londres y volver a Cheltenham, sede del GCHQ, el 3 de septiembre. Ese dato coincidió con el testimonio de Jenny Elliot, su antigua casera, quien le alquiló una habitación durante los diez años que trabajó para GCHQ.
Williams la había llamado días antes para preguntarle si podía regresar a su casa. “Era el mejor inquilino que se podía tener. Nunca hacía ruido, no tenía televisor ni tocadiscos. Era discreto, educado y siempre cumplía”, contó Elliot en una entrevista a The Guardian.
Las teorías sobre el posible asesinoA medida que avanzó la investigación, la atención de los detectives se centró en la bolsa de viaje donde apareció el cuerpo y en las inusuales características de la escena. Los especialistas confirmaron rápidamente que Gareth Williams no había sido apuñalado, baleado ni sometido a ningún tipo de mutilación. Sin marcas externas, el misterio se volvió aún más complejo.
El 25 de agosto, el patólogo del Ministerio del Interior, Dr. Ben Swift, realizó la autopsia. El resultado, sumado a la primera batería de estudios toxicológicos, fue “no concluyente”. La descomposición avanzada, que se aceleró por estar la calefacción al máximo, dificultó cualquier hallazgo definitivo. Un científico forense que también trabajó en el caso Litvinenko lo describió con crudeza: “Si no sabemos qué buscar, no podemos encontrarlo. Investigamos 50 venenos comunes, 50 raros, analizamos isótopos… pero sin una dirección específica, las posibilidades son tan amplias como la imaginación de un asesino”.
Frente a este escenario, los detectives comenzaron a trazar hipótesis. La interpretación más inquietante apuntaba a un sicario altamente entrenado, alguien con profundo conocimiento forense y experiencia en escenas controladas. Gareth Williams, que medía de 1,70 metros y tenía complexión delgada, fue colocado dentro de una bolsa North Face roja, casi hermética, cuyos cierres aparecían impolutos. Para algunos expertos, el conjunto de detalles sugería un mensaje claro: si alguien lo mató, sabía exactamente cómo hacerlo sin dejar rastro.
Aunque algunos propusieron la hipótesis de un suicidio, la misma era casi imposible, ya que al examinar nuevamente el bolso, la policía aseguró que jamás el hombre podría haberse metido dentro y desde allí cerrar la cremallera. Luego, algunos psicólogos criminalistas hablaron de un ritual masoquista, aunque los padres del difunto remarcaron que no coincidía para nada con su personalidad estar envuelto en circunstancias de ese tipo.
Pasado el tiempo, una de las cosas que llamó la atención de sus seres queridos es que, al mismo tiempo que la policía local y los investigadores estudiaban a fondo sus últimos días de vida, la prensa inglesa comenzaba a hablar paralelamente de la supuesta vida sexual de Gareth, un tema que según afirmaron buscaba desprestigiarlo. El diario británico The Sun llegó a decir que se trataba de un travesti secreto que pudo haber sido asesinado por un amante gay, también que habían encontrado ropa de mujer de su talla, pornografía homosexual y un pequeño arsenal de parafernalia sadomasoquista.
A principios de septiembre de 2010 salieron a la luz las últimas imágenes de Gareth Williams con vida. Las mismas databan del 15 de agosto a las 14:00, cuando quedó filmado al retirar dinero de un cajero automático, en una visita a Harrods y al caminar a las 14:30 por Hans Crescent en Knightsbridge hacia Sloane Street. Poco después, desapareció. A finales de septiembre se realizaron las últimas muestras toxicológicas al cuerpo que fueron “inconcluyentes” y el día 26 del mismo mes sus familiares pudieron realizarle el esperado entierro.
En este acto celebrado en la capilla Bethel de Holyhead se acercó el círculo íntimo del espía británico, a excepción de una sola persona, Sir John Sawers, jefe del MI6, donde trabajaba Williams. “Quería estar aquí hoy como la única cara visible del Servicio Secreto de Inteligencia. Mi más sentido pésame a la familia. Gareth era una persona de enorme talento, además de muy modesto y generoso. Realizó una labor muy valiosa con nosotros en defensa de la seguridad nacional”, exclamó el hombre, quien buscaba limpiar la imagen de su difunto trabajador después de casi dos meses de todo tipo de rumores.
El veredicto final de la investigación fue que la muerte de Williams fue “antinatural y probablemente con mediación criminal”. A su vez, el cuerpo forense se mostró “convencido de que, según el balance de probabilidades, Gareth fue asesinado”, aunque no existían pruebas suficientes para emitir un veredicto de homicidio ilícito.