La muerte de Eugenio Zanetti: el adiós a un artista que escapó de las etiquetas y se enamoró del cine
Cuando faltan tan solo tres semanas para la reposición de la puesta de 2019 de Los cuentos de Hoffmann de Jacques Offenbach, en el Teatro Colón, fue esa sala la que que brindó la triste noticia....
Cuando faltan tan solo tres semanas para la reposición de la puesta de 2019 de Los cuentos de Hoffmann de Jacques Offenbach, en el Teatro Colón, fue esa sala la que que brindó la triste noticia.
“The Servant fue su primera colaboración con el Teatro Colón en la temporada del Centro de Experimentación en 2011. En 2015 dirigió la ópera Don Carlo de Verdi y en 2016 estuvo a cargo de la dirección escénica de Fidelio de Beethoven. En 2019 lo hizo con la puesta de Los Cuentos de Hoffmann, ópera con la cual se encontraba ensayando para reestrenar”, resumía el comunicado que anunciaba el fallecimiento del gran escenógrafo, pintor, director y autor argentino Eugenio Zanetti.
Fue su marido y compañero de años, el también escenógrafo Sebastián Sabas, que confirmó la noticia a LA NACION. Un infarto dejaba a los amigos y admiradores del maestro Zanetti con una mezcla de dolor y sorpresa.
Porque él, consagrado como uno de los más grandes artistas argentinos contemporáneos, buscaba escapar de las etiquetas y los adocenamientos del mundo del arte al que representó de manera impar. Siempre buscaba con su interlocutor el diálogo franco y directo, y la conexión que le permitía en inolvidables tertulias reunir a los amigos más imposibles y a su vez olvidar las etiquetas, para muchos tan necesarias como inservibles, dentro del ámbito cultural. “Nosotros tenemos prurito en definirnos como artistas, esperamos que los demás lo hagan por uno, pero eso es lo que hacemos: trabajo artístico. El siglo XX fue un empujón hacia lo que la gente llama ‘la realidad’ cuando solo accedemos a su parte exterior. Lo subyacente es reflejado por los artistas, y eso es lo más importante de la labor que hacemos”, declaraba en una entrevista a este cronista sobre su enorme capacidad artística.
Zanetti había nacido en Córdoba el 19 de octubre de 1946 en el seno de una familia de intelectuales ligada a la Reforma Universitaria de 1918, en donde descubre de la mano de su padre el atelier de Lino Enea Spilimbergo y el Cine Club Sombras. En 1964 cursa el primer año de arquitectura en la universidad nacional y se involucra con la escena independiente local, poco antes de marcharse a Europa adonde fue testigo del Mayo Francés: “Si lo decís ahora es un anticlímax, porque todo el mundo dice ‘ah, el gran momento’, pero en realidad parte de esa energía fue la que se radicalizó en los 70. Pero todo suena poco interesante cuando no sostiene al mito”, aseguraba sobre esos días de tumulto en París que precedieron el primer hito de su carrera, la participación en el rodaje de Medea, de Pier Paolo Pasolini. “Tenía 25 años. Cuando me fui de acá, pasé por Europa y de ahí fui a Afganistán. No me preguntes por qué, porque no tengo la menor idea. Al volver, en Roma, hice en teatro una versión de Medea con reminiscencias afganas. Pasolini fue a verla y nos pusimos a charlar. Le recomendé algunos escenarios en Turquía y me invitó a estar en el departamento de arte que dirigía Dante Ferretti. No me daba cuenta entonces de que Pasolini era un gran poeta, era muy reservado pero tan amable. Gracias a Medea, haber conocido a María Callas me trajo muchas cosas”, recordaba sobre un momento que fue revelador y que le permitió asimismo asistir a la filmación del Satiricón de Federico Fellini.
Su periplo prosigue por Pariís y Nueva York de la mano de las artes plásticas y de un proyecto de Pasolini que no consigue filmarse hasta que en 1971 por el fallecimiento de su padre regresa a la Argentina y del arte pasará a la puesta en escena para obras de Alberto Ure, Rodolfo Graziano, Agustin Alezzo, Hedy Crilla, Hugo Urquijo, Emilio Alfaro y en el recordado Drácula, que llevó a escena Sergio Renán y en la década del ’80 otro gran éxito como Están tocando nuestra canción, con Víctor Laplace y Valeria Lynch.
Entre 1979 y 1980 tendrán lugar sus primeros trabajos para el cine argentino con El poder de las tinieblas, de Mario Sábato y Los pasajeros del jardín, de Alejandro Doria.
Pero el clima de censura imperante lo decide a emigrar a los Estados Unidos, donde desde mediados de década, comenzará una marcha ascendente que coronará con el premio Oscar. Sin vía de escape (1987, Wayne Wang); La tierra prometida (1987) y Some Girls (1988), ambas de Michael Hoffman, le permiten hacer un pie en Hollywood donde en la década del noventa encarará los proyectos que lo convierten en una celebridad mundial: Línea mortal (1990, de Joel Schumacher), El último gran héroe (1993, de John McTiernan con Arnold Schwarzenegger) y, singularmente, Restauración, de Michael Hoffman que le brinda el premio de la Academia de Hollywood en 1996.
“El agua es una de las más perfectas metáforas sobre el fluir de la vida. En Restauración, la película por la que gané el Oscar, había que inventar una atmósfera con muy poco presupuesto. Entonces dije: ‘todo transcurre sobre el río’, pese a que nunca ocurrió eso en Inglaterra, pero contribuyó a reflejar una problemática”, confiaba en diálogo con LA NACION. Por entonces realizaba publicidades junto a David Lynch y participaba del documental Masters of Production, junto a los ganadores del Oscar Gene Allen (My fair lady), Dean Tavoularis (El Padrino), Patrizia von Brandenstein (Amadeus), y Richard Sylbert (Dick Tracy).
Esas películas, coronadas de premios, además definirán su poética en relación con el cine y con buena parte de la creación artística: lo real y lo imaginario, la vida y la muerte planteados en una mirada existencial y metafísica que asimismo estaba consustanciada con sus lecturas del sufismo que había abrazado en su juventud y cuya mirada también se reflejará en la dirección de arte de Mas allá de los sueños, que con dirección de Vincent Ward y el protagónico de Robin Williams, le otorga una nueva nominación al Oscar.
Sus proyectos con el cine proseguirán de la mano de Jan de Bont, Alfonso Arau y Roland Joffé con Encontrarás dragones, rodada entre España y la Argentina. Luego de Quantum Project (2000), dirige Amapola (2014) con un elenco internacional: “Vivimos en los últimos veinte años una enorme decadencia, pero no apocalíptica. Es el fin de una etapa y todavía no comenzó la nueva. Ojalá pudiera definir la próxima, porque sería el Da Vinci del próximo Renacimiento . Pero podemos intuir lo siguiente: con los griegos, la filosofía; en la Edad Media, la religión; con el Renacimiento, el arte y, en el mundo contemporáneo, la ciencia. Si esta situación fuera rotativa, el próximo estadio sería la filosofía, pero no la griega. La tecnología no va a ser el centro sino la búsqueda de la conciencia profunda. Miremos el cine, es una imagen en la oscuridad que no existe materialmente, pero posee peso de realidad, tiene mucho que ver con una visión cuántica del universo. Existen situaciones que pueden intuirse mucho más que describirse. Estamos transitando ese momento y espero poder realizar mi aporte desde el cine. Por eso el guión de la primera película que voy a dirigir en la Argentina, que por ahora se titula Amapola, reflexiona sobre el tiempo no lineal. En parte, estos pensamientos son tributarios de mis lecturas en la niñez, de las obras de John Boynton Priestley”, confiaba Zanetti sobre ese proyecto mientras realizaba varias muestras sobre su relación con el cine, incluidas las galerías de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood donde exhibe Film dreams and Hauting Visions. En Buenos Aires trabaja en la puesta en escena de varias obras teatrales y en la ópera que le otorga enorme reconocimiento y grandes satisfacciones.
A lo largo de su carrera aquilata además la Medalla Ives Lavette del Salón de Montreal; la Mención de Honor del Festival de Moscú; el Premio a la Mejor Dirección de Arte en el Festival de Toronto; los Premios Trinidad Guevara, Florencio Sánchez, ACE, Estrella de Mar y María Guerrero.
Cuando el 25 de marzo de 1996, Emma Thompson depositó en sus manos el Oscar, Zanetti expresó al final de su agradecimiento que: “Mi único consejo es seguir a tu corazón”. Ese corazón enorme, creativo y generoso falló en la noche del último viernes de improviso y solo queda el aplauso final que en los próximos días reciba el tributo a Eugenio Zanetti cuando el Teatro Colón vuelva a exhibir parte de su inolvidable talento convertido inexorablemente en perpetuo legado.