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La música recuerda lo que la sangre olvida

Decía César Tiempo que la patria verdadera no es un territorio sino un pulso, una vibración que insiste incluso cuando el suelo debajo de los pies ya no nos reconoce. En esa intuición, más po...

La música recuerda lo que la sangre olvida

Decía César Tiempo que la patria verdadera no es un territorio sino un pulso, una vibración que insiste incluso cuando el suelo debajo de los pies ya no nos reconoce. En esa intuición, más po...

Decía César Tiempo que la patria verdadera no es un territorio sino un pulso, una vibración que insiste incluso cuando el suelo debajo de los pies ya no nos reconoce. En esa intuición, más poética que histórica, parece cifrarse el destino de quienes heredan un linaje atravesado por el viaje, la pérdida y la reconstrucción. Hay nombres que no pertenecen a un solo país, sino al movimiento, al trayecto, a la memoria que se resiste a quedarse quieta.

Tiempo nació como Israel Zeitlin en una aldea de Ucrania marcada por la persecución y la pobreza. Llegó a la Argentina siendo niño, empujado por el exilio familiar. En su destino encontró un hogar en el idioma español. Lo convirtió en un instrumento y una forma de reinventarse. Poeta, periodista, dramaturgo y traductor, fue una de las grandes voces de la cultura argentina del siglo XX, aunque su identidad siempre estuvo trazada por esa línea invisible que separa el origen de la pertenencia. Cambiar su nombre fue más que un gesto literario: fue un modo de negociar con la historia, de dejar atrás una vida sin renunciar del todo a ella.

Su obra está atravesada por la nostalgia, la ironía, la conciencia del desarraigo y la pregunta insistente por la identidad. En cada texto, la memoria aparece como una fuerza inquieta que empuja, que incomoda, que interroga. Tiempo escribió para entender qué se pierde cuando se deja un lugar y qué se crea cuando uno logra, finalmente, habitar otro.

En Bruselas, lejos de la Buenos Aires que lo consagró, la saga familiar volvió a encender una luz de un pasado que sigue transformándose

Esa pregunta, lejos de apagarse con su muerte, siguió viajando en la sangre de su familia. Como una corriente secreta, como un eco que se transmite sin necesidad de palabras, fue atravesando generaciones y territorios. Hasta reaparecer en Bélgica, donde su apellido, su historia y su sensibilidad encuentran un destello nuevo, una forma distinta de nombrarse y de persistir. Allí, en Bruselas, lejos de la Buenos Aires que lo consagró, la saga familiar volvió a encender una luz de un pasado que sigue transformándose.

La herencia invisible de Lyl

El apellido Tiempo no llegó a la música de manera lineal. Todo le corresponde a Lyl. Nació en Buenos Aires dentro de una casa donde el arte no era una excepción, sino una ley natural. “Llegué a una familia artística -relata-. Tanto mi padre, Antonio de Racco, como mi madre, Elizabeth Westerkamp, eran pianistas y docentes de grandes maestros”. Los dos habían pasado por la formación rigurosa de Vincenzo Scaramuzza, un profesor mítico cuya influencia alcanzó a figuras que marcarían la historia del piano en el siglo XX. Ese entorno moldeó su oído incluso antes de que pudiera comprenderlo. “Yo no estudié el piano -recuerda-, lo toqué desde que era una niña muy pequeña”. No hay en su relato una instancia iniciática puntual, un momento de revelación. Hay, en cambio, una continuidad casi biológica entre la vida y el sonido.

Su recuerdo más antiguo no es una imagen, sino una sensación corporal ligada a los teclados. “A los dos años yo todavía no podía subirme a la banqueta del piano pero tocaba parada y repetía todo lo que sonaba en las teclas de mis padres”, sigue. Esa escena, mínima y poderosa a la vez, resume un modo de aprendizaje que no responde a la técnica sino a la absorción total de un clima. Pero incluso antes de esa edad, la música ya la habitaba. “La verdadera partida en ese mundo estaba probablemente en el espacio fetal -asegura-, cuando mi madre durante todo su embarazo tocaba, daba clases, iba a los conciertos”. La música fue, literalmente, su primer paisaje.

Desde ese origen, su mente comenzó a organizarse de una manera particular. “Hoy se sabe que los cerebros de los músicos son diferentes”, afirma Lyl. Ella lo intuyó mucho antes de que la ciencia lo confirmara. “Cuando yo escuchaba música en mi cerebro estaba transportada inmediatamente hacia otro mundo”, completa. Esa capacidad de desplazamiento, de salir de la realidad sin abandonar el cuerpo, se parece mucho a la que César Tiempo perseguía con la escritura. Uno se trasladaba con las palabras, la otra con las notas, pero ambos compartían la misma pulsión: escapar de los límites de un mundo demasiado estrecho.

La casa de Lyl siempre tuvo un piano, a veces más de uno. “Casi no puedo decir cuál fue el primero”, indica. Esa presencia constante construyó una normalidad distinta, donde el sonido no era un evento sino un estado. Así, su historia se enlaza con la familia Tiempo por una forma compartida de entender la vida como una obra en movimiento, atravesada por el arte y la memoria. En lugar de cargar el peso de un apellido ilustre adquirido por matrimonio, Lyl lo convirtió en una partitura abierta, en una posibilidad de seguir diciendo, sin palabras, aquello que aún necesita ser expresado.

Los pianos del gran salón ocupan un lugar central en esa geografía íntima. Allí se buscan los matices más profundos, la sonoridad más plena

A los 21 años, Lyl contrajo matrimonio con Jorge Lechner, quien además de ejercer como abogado se desempeñaba como pianista, maestro interno del Teatro Colón y director de orquesta. De esa relación nació su hija Karin, que más tarde desarrolló su propia carrera como pianista. Tras su separación de Jorge Lechner, Lyl contrajo matrimoniocon Martín Tiempo, diplomático e hijo de César, además de destacado pianista de jazz. De esa unión nació Sergio, quien siguió la tradición familiar al dedicarse al piano. El ofreció su primer recital como solista en el Concertgebouw de Ámsterdam a los 14 años y, desde entonces, desarrolla una intensa actividad en escenarios internacionales.

La calle de los pianistas

En un rincón de Bruselas que no figura con ese nombre en los mapas oficiales, pero que circula de boca en boca entre músicos, críticos y vecinos curiosos, existe una cuadra donde el sonido es una forma de identidad. No es una metáfora ni un guiño literario, sino la descripción de una convivencia real, sostenida a lo largo del tiempo por horas de estudio, ensayo y entrega absoluta a un mundo que se mide en compases. “La calle de los pianistas es un nombre que le puso un crítico musical francés a esta cuadra donde tenemos dos casas, la de Marta al lado y la mía, llena de pianos”, explica Lyl. En esa frase se concentra una ubicación, pero también una manera de estar en el mundo, de habitar el tiempo a través de la música.

Las casas se miran, se escuchan, se responden. Son dos universos paralelos unidos por una misma pulsación. Dentro de la casa de Lyl hay seis pianos de cola distribuidos como si cada uno guardara una atmósfera particular, un tono emocional distinto para cada momento del día. Del otro lado, en la vivienda de Marta Argerich, otros instrumentos esperan su turno. No se trata de un despliegue caprichoso, sino de la necesidad concreta de que el sonido encuentre siempre un cuerpo disponible para cobrar vida. La calle entera funciona entonces como una gran caja de resonancia, donde cada vibración parece quedar suspendida en el aire, repitiéndose, transformándose, fusionándose con la siguiente.

En las horas diurnas, ese espacio se convierte en un territorio de aprendizaje y trabajo constante. “Durante el día todos nosotros estudiamos, tocamos -dice Lyl-. Yo tengo mis alumnos, Karin estudia, a veces Sergio viene a estudiar también”. Natasha Binder, hija de Karin, ya tiene una carrera internacional; y Mila, hija de Sergio, estudia con Lyl desde los 3 años. No hay una estructura rígida, sino una dinámica orgánica que se va armando según las necesidades de cada uno. Los niños, los jóvenes y los adultos comparten el mismo ecosistema sonoro, y en esa superposición de generaciones se produce algo que va más allá de la pedagogía tradicional: una transmisión viva, directa, sin solemnidad, donde el oído se educa casi por contagio.

Los pianos del gran salón ocupan un lugar central en esa geografía íntima. Allí se buscan los matices más profundos, la sonoridad más plena. A veces una misma obra atraviesa varias manos en un mismo día, como si necesitara ser interpretada desde distintas sensibilidades para completar su significado. La música se desliza por las escaleras, roza las paredes, sale por las ventanas entreabiertas y se mezcla con los ruidos cotidianos de la ciudad, hasta volverlos parte de la misma partitura invisible.

Cuando cae la noche, la calle no se apaga por completo. “Cuando Marta está en la casa de al lado en Bruselas, la música llena la velada porque ella estudia de noche -explica Lyl-. Eso es bien sabido, que empieza tarde y pasa a veces toda la noche estudiando”. En ese horario en que el mundo exterior parece detenerse, el interior de esas casas sigue en movimiento. Las notas adquieren otra textura, más íntima, más contenida, pero no menos poderosa. No hay aplausos ni espectadores, solo la fidelidad a un oficio que no entiende de relojes.

Para Lyl, esa experiencia no resulta nueva ni extraña. “Mientras vivía en la casa de mis padres escuchaba música todo el día”, rememora. Lo que hoy sucede en esa cuadra de Bruselas no es más que una nueva forma de aquella escena originaria, como si la vida se encargara de reconstruir, en otro país y con otros nombres, el mismo paisaje sonoro. Por eso define ese conjunto de casas como un “islote musical en medio de la cuadra”, un pequeño territorio donde el silencio casi no tiene espacio, y donde cada sonido confirma que la historia, cuando se convierte en música, no se detiene nunca.

La intimidad sonora de Bruselas

La vida de Lyl en Bélgica no está marcada por la grandilocuencia ni por la espectacularidad de una carrera entendida en términos convencionales, sino por una trama cotidiana donde la música se mezcla con los gestos simples de cada día. Hay en su rutina una serenidad construida con años de viaje, de mudanzas, de distintos idiomas y paisajes. “Fundamentalmente me siento muy bien en Bruselas, he vivido en varios países”, dice, como si esa certeza fuera el verdadero anclaje después de tantas geografías recorridas. Argentina, Venezuela, Inglaterra y finalmente Bélgica aparecen en su memoria como estaciones de una misma partitura en movimiento.

En el último destino, atravesado por lenguas diversas, encontró un ritmo que le resulta natural. “Es un país donde se habla francés, flamenco, alemán, inglés y español -enumera-. Hay distintas mentalidades y eso significa apertura”. Esa pluralidad resuena con su propia historia, con una identidad que nunca fue de un solo lugar ni de una sola tradición. Bruselas, además, le ofreció algo práctico y simbólico a la vez: la cercanía con el resto de Europa, la posibilidad de que la música circule sin obstáculos, la sensación de estar en un punto donde todo converge y nada se cierra del todo.

En esa atmósfera cosmopolita creció también su familia. Sus hijos, sus nietos, las parejas que fueron sumándose a la trama cotidiana forman parte esencial de ese universo que hoy la rodea. “Me gusta mucho además que mis dos hijos estén acompañados”, confiesa, enumerando con orgullo una red afectiva sólida, diversa, multicultural. No es sólo la música la que configura su hogar, sino ese entramado humano que se fue construyendo a lo largo de los años, casi con la misma paciencia que exige una obra compleja.

La pregunta acerca de si ser pianista es un destino dentro de su familia aparece, entonces, como una tentación fácil, casi inevitable. Sin embargo, Lyl la desarma con una claridad tranquila. “Primero tendríamos que ponernos de acuerdo sobre lo que es el destino -sugiere-. Yo no creo en esa palabra”. Para ella no hay un mandato invisible ni una marca ineludible. Lo que existe es otra cosa, más sutil y más libre. “Para mí es una extraordinaria posibilidad que se abre para aquellos que se sienten inclinados y con la necesidad de hacer música”, propone. La diferencia no es menor: no hay obligación ni peso, solo surge una invitación que puede ser aceptada o no.

En su caso, esa convocatoria se volvió una elección que se profundiza con el tiempo. “Mi vínculo con el piano hoy es el mismo que fue siempre -indica-, una parte indivisible de mi ser, pero más que el piano es la música”. Esa afirmación desplaza el centro desde el instrumento hacia algo más vasto, más abstracto y a la vez más esencial. La música como espacio interior, como refugio, como forma de pensamiento. “El vínculo sólo ha ganado en intensidad -aporta-, en convicción y en un infinito placer que me permite navegar por la dimensión de la música”.

Quizás allí, en esa idea de fluidez, se encuentre la imagen más justa para cerrar su historia. No hay puerto definitivo ni trayectoria predeterminada. Hay un movimiento constante, un avanzar guiado por el oído, por la intuición, por una memoria que no pertenece al pasado sino que también empuja hacia adelante. En Bruselas, lejos de la tierra donde nació César Tiempo, Lyl sigue navegando, deambulando por una calle donde las notas se parecen a los mejores adoquines del mundo.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/la-musica-recuerda-lo-que-la-sangre-olvida-nid18012026/

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