Generales Escuchar artículo

La nueva alfombra roja: la renovación del ritual que transformó la moda en un fenómeno de masas

“Estar mejor vestido no tiene tanto que ver con lo que vestís, sino con cómo lo vestís. No se trata de la riqueza ni de perseguir el rastro de una tendencia, sino de cómo te movés, pensás y...

La nueva alfombra roja: la renovación del ritual que transformó la moda en un fenómeno de masas

“Estar mejor vestido no tiene tanto que ver con lo que vestís, sino con cómo lo vestís. No se trata de la riqueza ni de perseguir el rastro de una tendencia, sino de cómo te movés, pensás y...

“Estar mejor vestido no tiene tanto que ver con lo que vestís, sino con cómo lo vestís. No se trata de la riqueza ni de perseguir el rastro de una tendencia, sino de cómo te movés, pensás y vivís con tu ropa día a día, idealmente con una sensación de libertad”, reflexiona Carolina Herrera sobre la etiqueta del “mejor vestido”. Es una idea que se siente tan obsoleta como de una vigencia total, pero la moda, por naturaleza, siempre es una contradicción elegante. Mientras tanto, la industria del entretenimiento despliega su liturgia. De enero a marzo, la temporada de premios recorre desde los Critics Choice Awards hasta culminar, el 15 de marzo, en la 98.ª edición de los Premios Óscar. Estas galas llegan escoltadas por la Red Carpet Season, una alfombra que es mucho más que un sendero decorativo. Se trata del evento que transformó la moda en un espectáculo de masas, un escenario donde el juicio sobre los looks otorga al crítico especializado y al espectador el control absoluto sobre la imagen de la estrella.

En estos tiempos de espejos digitales y ritmos acelerados, ¿qué relevancia sobrevive en el acto de ser el mejor o el peor vestido? El foco ahora ilumina la dimensión que han ganado los comentaristas, quienes lanzan sus máximas de estilo con igual autoridad desde el sillón del living o en un panel de televisión. La noción parece un anacronismo: en un mundo globalizado y segmentado, donde cualquier mortal tiene potencial de influencer, el término parece vacío, al igual que las viejas categorías del buen y mal gusto. Todo es subjetivo. Sin embargo, ahí es donde la moda ejerce su magia. Su fachada es siempre superficial porque refiere al acto de cubrir un cuerpo, pero su discurso, el por qué elegimos lo que elegimos, es una línea mucho más profunda.

Entre el panelismo y las redes sociales, nuestra época puso en agenda el fenómeno de los ránkings, seguidos de minuciosas descripciones de atuendos y veredictos sobre lo que no funcionó. Cabe decir que este ejercicio tiene más de 80 años y nació como una refinada herramienta de marketing. El hito fue La Lista Internacional de los Mejores Vestidos, operativa desde 1940 con una relevancia que muta según el clima de la época. Tuvo su momento de exaltación performática con Fashion Police, el programa de TV donde Joan Rivers ayudó a construir la idea de un séquito para las celebridades. Su pregunta eterna, “¿qué estás vistiendo?”, era el disparador para una mirada crítica y despiadada que, al centrarse en el diseñador, convirtió la alfombra roja en una pasarela comercial y un mercado donde emergieron profesiones nuevas, como la del estilista. No es coincidencia que, desde la década de 1990, las casas de moda fundaran unidades de negocios destinadas exclusivamente a vestir a las estrellas para estos rituales de cobertura global.

Entonces, si este espectáculo es tan central, ¿por qué no nació junto con la industria de Hollywood? En su autobiografía de 1985, Marlene Dietrich analiza los asuntos de la apariencia desde las entrañas de los estudios cinematográficos, esos laboratorios donde se fabricaban los estereotipos del star system. La Dietrich cuenta que, para que los artistas brillaran en las películas, los diseñadores de vestuarios debían ser expertos en fotografía por “la gran diferencia entre el ojo humano y el objetivo de la cámara”. Del espectador activo, ni una palabra. La santidad de Hollywood aún estaba intacta. Hubo que esperar al final del siglo para humanizar a las estrellas. Marlene, habitué a la primera fila de los desfiles de Coco Chanel y Christian Dior, diseccionaba el glamour, esa categoría donde ella reinaba, como algo inexplicable pero visible en figuras como Mae West, Jean Harlow o Greta Garbo. Decía que el arquetipo del sex symbol llegó con Marilyn Monroe, la única que disfrutaba de su rol “porque le gustaba serlo y lo demostraba”, a diferencia de aquellas leyendas que nunca fueron tan extraordinarias como la imagen que les crearon. Para la actriz alemana, el glamour era un paraíso irreal, inaccesible para la mujer ordinaria, “definitivamente fuera de su alcance”. Resultaba imposible pronosticar que, apenas diez años después de publicar sus memorias, esa mujer ordinaria podría contratar a un estilista para construir su propio estilo y tener una cámara siguiendo su rutina. ¿El encanto del misterio? Habría que preguntárselo a Instagram.

Los orígenes de la Lista de las Mejor Vestidas

La tarea de generar listados, esa idea de sucesión y el gusto por la variación sobre un mismo tema que Umberto Eco llamaría una “lista abierta”, da lugar a un ciclo infinito. Cada semana nacen nuevas referencias y nombres con el potencial de corporizar el próximo objeto del deseo. Pero en el origen de la International Best-Dressed List se esconde la historia de cómo fue decantando este gusto por los ránkings. Lo que parece una contradicción (por qué un asunto tan serio se toma tan a la ligera?) se explica en la naturaleza misma del vestir: todos lo hacemos cada mañana. Eso nos da el impulso para que, frente a un dispositivo, dictar veredictos sobre lo bien o mal que se vistió alguien, ya sea mirando un programa de TV o en las hipnóticas galerías de la web. Lo interesante de este gesto, más cercano al chisme entre vecinos que al rigor del especialista, tiene un trasfondo orquestado en la alta sociedad con un objetivo noble: sostener los engranajes de la industria de la moda. Y basta con mirar el tamaño del negocio hoy para saber lo bien que funcionó.

Aunque la iconografía moderna prefiere la estampita de Anna Wintour, la moda estadounidense le debe casi todo a Eleanor Lambert, la publicista que, a lo largo de ¡75 años! de carrera, trabajó a sol y a sombra para posicionar a los diseñadores de Estados Unidos en el mapa global y legitimar a Nueva York como capital de la moda. Lambert no solo fundó la Semana de la Moda para proteger a la industria durante la Segunda Guerra Mundial, también lanzó los Premios Coty (1942), ese estándar de oro de la Séptima Avenida que precedió a los actuales premios del CFDA (1962), otra de sus invenciones. En 1948, presentó “La fiesta del año” para recaudar fondos en el MET, que luego florecería en la Gala del Metropolitan Museum bajo el mando de Diana Vreeland y convertido en suceso en manos de Wintour. Pero su gran golpe de efecto fue en 1973 con “La batalla de Versalles”, una gala benéfica para recaudar fondos para restaurar el palacio francés donde nació la moda, que terminó por derrocar la hegemonía parisina y consagrar la audacia estadounidense. Resulta que seis modistos locales vencieron por goleada a los franceses en su propio terreno. Fue ella, además, la arquitecta del estilo de Jacqueline Kennedy. Cuando el diario Women ‘s Wear Daily la crucificó por su romance con la moda francesa, Lambert gestionó la crisis de relaciones públicas sugiriéndole a su cliente, Oleg Cassini, para construir la imagen de Primera Dama que hoy es leyenda.

En 1939, mientras Alemania invadía Polonia, la Séptima Avenida sufría su propio colapso ante el pánico de una caída estrepitosa en la venta de vestidos. En medio de ese clima, fabricantes y sindicatos formaron el Dress Institute y, buscando una estrategia promocional que tuviera tanto filo como sofisticación, contrataron a la infalible Eleanor Lambert. Con su instinto habitual, ella visualizó que la guerra silenciaría pronto “La Encuesta de las Mujeres Mejor Vestidas de las Modistas de París”. Basándose en los artículos anónimos que filtraban los resultados de aquel sondeo francés, Lambert decidió que Estados Unidos debía “llevar la antorcha” de París “hasta que los franceses pudieran retomarla”.

Fue en el otoño de 1940 cuando Eleanor orquestó aquel primer cónclave de expertos, transformando el juicio estético en una nueva forma de autoridad: contactó a 50 expertos en moda para que emitieran su voto y envió el veredicto como un comunicado de prensa. El New York Times lo imprimió casi textualmente, entronizando a una tal “Sra. Williams a la cabeza de la lista de las mejores vestidas”. Durante sesenta años, Lambert fue la soberana absoluta de la Lista Internacional de las Mejor Vestidas. En 2002, un año antes de su muerte, entregó su legado a un comité de confianza en la revista Vanity Fair, integrado por Graydon Carter, Amy Fine Collins, Reinaldo Herrera (esposo de Carolina) y Aimée Bell. La revista sostuvo el estandarte desde 2004 hasta 2017. En el libro de la lista, Amy Fine Collins asegura que este ranking de elegancia ha logrado adaptarse a los sismos culturales, mantenimiento la mística por su historia y sus métodos de selección, donde la lista consagra a sus elegidos como ganadores, una distinción que sigue siendo codiciada por las celebridades. Desde 2019, la lista se imprime en el newsletter Air Mail, donde Collins la defiende porque “refleja la situación sociocultural del momento”, a pesar de que la duda de cómo un inventario de estilo puede ser relevante en cada nueva época la acompañó desde su fundación. Como dato de color, Argentina también dejó su huella cosmopolita en la ILBD: el embajador Carlos Ortiz de Rozas ingresó en 1984 con su distinción diplomática, seguido en 1991 por el polista franco-argentino Comte Paul de Ganay.

Cuando la alfombra roja perdió la inocencia

En un plano simultáneo a la pulcritud de las listas de Lambert, Joan Rivers irrumpió en la escena para inyectar cinismo y despojar de solemnidad al Olimpo de Hollywood. En 1994, cuando se le encomendó cubrir la alfombra roja de los Premios Óscar, Rivers no solo tomó el micrófono, inventó un género. Hasta ese momento, la red carpet era un ejercicio de cortesía lánguida, un gesto más voyerista que periodístico. Aunque la primera cobertura se remonta a 1961 y el ritual de filmar la llegada de las limusinas comenzó en 1964, una performance que aún hoy se mantiene intacta, la moda seguía siendo tema para pocos. No fue hasta que Giorgio Armani colonizó la alfombra en 1990, seguido por el desembarco de Prada en el ‘95, que el terreno estuvo listo para la pregunta letal de Rivers: “¿Qué estás vistiendo?”

La comediante no temía al insulto, dado que su arte era el bombardeo de humor negro. Con observaciones hirientes, dinamitaba la perfección construida por los estudios, convirtiendo un vestido feo en un delito que se pagaba con un chiste ácido. Ese castigo cómico alimentó a la audiencia durante décadas hasta la muerte de Rivers en 2014, momento en que Fashion Police, el tribunal donde dictaba sentencia, desvaneció casi en silencio tres años más tarde. La pregunta flotaba en el aire: ¿era rentable producir televisión cuando en Twitter ya existía una comunidad de críticos gratuitos? La astucia de Rivers fue comprender, antes que nadie, que el público encontraba más placer en la crítica cruel que en la alabanza. Gracias a aquella transmisión pionera, la llegada a las galas se transformó en un fenómeno que eclipsó a la propia ceremonia. Así, bajo su impronta, la moda dejó de ser un secreto de expertos para convertirse en un deporte extremo, televisado y, finalmente, viral.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/la-nueva-alfombra-roja-la-renovacion-del-ritual-que-transformo-la-moda-en-un-fenomeno-de-masas-nid18012026/

Volver arriba