La palabra, víctima fatal del nuevo caos global
Donald Trump, en la mañana del martes pasado: “Una civilización entera morirá esta noche, para nunca más ser recuperada”.Trump, en la noche del mismo día: “Al igual que estamos ex...
Donald Trump, en la mañana del martes pasado: “Una civilización entera morirá esta noche, para nunca más ser recuperada”.
Trump, en la noche del mismo día: “Al igual que estamos experimentando en Estados Unidos, esta podría ser la edad dorada de Medio Oriente”.
El engaño en una situación de guerra no alcanza ni sirve como atenuante. Ni aun así es una justificación. Día a día, el presidente de los Estados Unidos devalúa el rigor de la palabra como código básico y universal para nombrar hechos, ideas e intenciones.
Trump, en su irrupción desesperada por recuperar el orgullo perdido de los Estados Unidos, avisa con vulgaridad que rige un tiempo de caos y desconcierto
Tampoco puede ser entendido bajo el llamativo color de la ocurrencia que en otras épocas podía ser celebrado como una pintura que dibujaba la realidad desde la caricatura o la ironía. Winston Churchill hizo escuela en esas artes para convencer y seducir desde el humor aun en las horas más oscuras.
Es precisamente el consenso global construido por hombres con el premier británico luego de la última gran guerra lo que fue destruido. Sobre esas ruinas, Trump, en su irrupción desesperada por recuperar el orgullo perdido de los Estados Unidos, avisa con vulgaridad que rige un tiempo de caos y desconcierto.
Las palabras nunca fueron inocentes. Por poco creíble e impostado que pueda resultar el personaje, escuchar a un presidente de los Estados Unidos amenazar con destruir una civilización es asumir que los hechos están siempre condenados a ser distintos de las palabras que pretenden anticiparlos.
Si es difícil prestar atención a los anuncios y validarlos sin esperar a que se cumplan, es todavía menos posible creer que presidentes como Trump abandonen su estilo luego de llegar dos veces a la cumbre de su ambición con más de 80 años cumplidos.
Las armas verbales que utiliza Trump saltaron de las viejas páginas de comic a las películas de superhéroes con el sencillo recurso de enfrentar a malos dispuestos a destruir el mundo con buenos empeñados en salvarl
Trump no inventó una forma nueva de comunicar. Tampoco es un recién llegado a ese nivel de insultos y anuncios sin el electorado promedio de los Estados Unidos, cada vez más ajeno a los destellos intelectuales que iluminaron la historia de las libertades públicas de ese país.
Trump le habla a un pueblo desencantado y rencoroso que busca culpables a su enojo. Y llega profundamente a millones de ciudadanos que perdieron la ilusión del progreso social por la vía del esfuerzo propio.
Las armas verbales que utiliza el presidente estadounidense saltaron de las viejas páginas de cómic a las películas de superhéroes que dieron vida a aquellos dibujos con el sencillo recurso de enfrentar a malos muy malos dispuestos a destruir el mundo con buenos muy buenos empeñados en salvarlo.
Es tan grande el despliegue pirotécnico de Trump que a veces cuesta establecer para qué bando juega.
La distancia entre el discurso y los hechos se vuelve en un drama irremediable para quien abusa de la exageración y el agravio sin ocuparse de cambiar la realidad a sus palabras
A los iraníes les habló como a uno de esos monstruos a vencer por el héroe de la historieta, con el inconveniente de que el régimen de los ayatollahs ha sido y seguirá siento una fuente de terrorismo y de sometimiento, pero el pueblo persa representa a una de las culturas más antiguas y ricas del planeta.
Trump cree que la reposición del liderazgo norteamericano frente al desafío chino puede ejecutarse diciendo lo que antes se callaba por vergüenza.
Cada vez que anuncia un propósito de conquista, por caso, no repara en la soberanía de Dinamarca sobre Groenlandia. Ni tampoco pone bajo términos ambiguos su vocación de gobernar mediante títeres Venezuela, Irán o la Franja de Gaza.
Para completar una secuencia que siempre se repite, Trump incluye el irrefrenable deseo de ganar dinero en cuanta operación política o militar inicie frente a enemigos o amigos. Dijo que esperaba rentabilizar la guerra en Irán, la detención de Nicolás Maduro en Venezuela y la hipotética reconstrucción de Gaza. También cuando hizo su providencial salvataje cambiario en la Argentina lo presentó como un gran negocio para el Departamento del Tesoro.
En ese deseo de cazar ganancias anida la justificación más extendida sobre el estilo de Trump de llevar sus discursos al extremo de lo amenazante. Es, se explica, un negociador que usa el clásico recurso de tratar de acorralar a su contraparte para luego negociar con ventaja.
El empresario Trump utilizaba como herramientas datos privilegiados del mercado, amenazas de juicios, intimaciones de abogados y ofertas hostiles. El presidente Trump usa aranceles exorbitantes para forzar tratativas hasta con los amigos históricos, despliega portaaviones, desplaza tropas, dice que barrerá un país con misiles y bombas. Concrete o no sus amenazas de destrucción, trata de sacar una ganancia mediante una negociación forzosa para su adversario.
En los primeros 14 meses de su segundo mandato ha entrado y salido varias veces de esos entreveros. Hasta ahora nunca había tenido tanta dificultad para desenredarse como luego de atacar a Irán durante cinco semanas en una acción concertada que involucró a Israel y extendió su impacto bélico en varios países de Medio Oriente.
La tregua abierta el martes pasado tiene por ahora la precariedad de una decisión más forzada que deseada. Al final de dos días de un ultimátum al que Trump alimentó con los recursos cinematográficos de una bomba a punto de estallar, el supuesto vencedor del conflicto debió soportar que Irán celebrara el acuerdo como una victoria y una imposición de condiciones. De hecho, la reapertura del estratégico estrecho de Ormuz es un tema pendiente que Estados Unidos no logró remediar, por lo mismo que tampoco Israel acató la tregua y siguió sus ataques contra los grupos proiraníes en El Líbano.
La distancia entre el discurso y los hechos se vuelve en un drama irremediable para quien abusa de la exageración y el agravio sin ocuparse de cambiar la realidad a sus palabras.
Trump no es el único que corre ese riesgo.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/la-palabra-victima-fatal-del-nuevo-caos-global-nid10042026/