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La pintoresca ciudad que es punto de partida a la Antártida y otras aventuras náuticas

Hay muchas ciudades que pueden contarse desde una plaza. Punta Arenas se entiende mejor desde su cementerio. Lleva el nombre de una figura fundamental en la historia, Sara Braun, y tiene algo de ra...

La pintoresca ciudad que es punto de partida a la Antártida y otras aventuras náuticas

Hay muchas ciudades que pueden contarse desde una plaza. Punta Arenas se entiende mejor desde su cementerio. Lleva el nombre de una figura fundamental en la historia, Sara Braun, y tiene algo de ra...

Hay muchas ciudades que pueden contarse desde una plaza. Punta Arenas se entiende mejor desde su cementerio. Lleva el nombre de una figura fundamental en la historia, Sara Braun, y tiene algo de raro y de perfecto. La geometría de un parque, la solemnidad clásica que traduce el deseo de trascendencia y un orden que revela, sin necesidad de explicarlo, el espíritu de supervivencia de estas latitudes. Nació cuando la ciudad empezaba a consolidarse, hacia fines del siglo XIX, en paralelo al auge de la producción de lana y al crecimiento de una Punta Arenas que dejaba de ser un lugar de paso para transformarse en una sociedad estable. Es una obra pensada, diseñada como espacio público.

Apenas se cruza el ingreso, aparecen los llamativos cipreses recortados hasta el piso, que se han convertido en un emblema del lugar: son más de 600 y fueron plantados en 1902 por Esteban Navarrete, el segundo administrador del predio. La traza interna es clara, simétrica, caminable. Nada parece dejado al azar. En vez de cruces dispersas o tumbas anónimas, aparecen mausoleos que se suceden como pequeñas casas –algunos son verdaderas capillas–, reflejo directo de una ciudad construida por familias que llegaron para quedarse.

Los apellidos funcionan como capítulos de una misma historia: croatas, británicos, chilotes; nombres asociados al comercio marítimo, a las estancias, a los frigoríficos, a la administración del territorio. Están enterrados acá pioneros, empresarios, políticos y figuras centrales de la vida magallánica, entre ellas Sara Braun, gran protagonista del período de expansión regional, o José Menéndez, ligado de manera inseparable al desarrollo económico y a las tensiones de la Patagonia austral.

El viento atraviesa el lugar con la misma persistencia con la que atraviesa la ciudad. Nunca se aquieta. Apenas se vuelve más parejo, más constante, como si incluso aceptara ciertas reglas. Gabriela Mistral, la escritora chilena que ganó el premio Nobel en 1945 y que vivió en Punta Arenas entre 1918 y 1920, lo escribió con exactitud: la tragedia –y la fiesta a la vez– de la región magallánica es el viento. Y también: el recuerdo de Magallanes es, sobre todo, auditivo.

Esa convivencia –pasado y presente rozándose constantemente– aparece también en la calle, en un busto dedicado a Antonio Pigafetta, cronista de la expedición que cruzó el estrecho en 1520. El lema grabado en bronce funciona como una llave para todo lo demás: “No hay en el mundo un estrecho más bello y mejor que este”. Pigafetta celebraba la belleza por encima de las proezas colonizadoras. Como si hubiera entendido, antes que nadie, que Magallanes es un paisaje que exige palabra.

Cuatro siglos después, Gabriela Mistral describiría en sus Cuadernos del Sur a esta región como las “grises postrimerías chilenas”, una “zona dura de vivir, pero materia fascinante”, donde el “viento arrullador y aullador” es ley. Y una frase que parece salida del cementerio-jardín: “Una ciudad en pleno desarrollo, surco ancho y ávido para cualquier simiente honrada”. El sur como intemperie, sí, pero también como terreno fértil.

Es 14 de diciembre de 2025 y en el periódico local El Magallanes conviven inversiones públicas, la puja internacional por el futuro Centro Antártico, un nuevo muelle para ampliar la capacidad logística de la región y la historia de un guasquero (el que trabaja el cuero crudo) que conserva el arte de la talabartería, un oficio en vías de extinción. Más páginas dedicadas a la historia de la escuela pública, a la masonería, a huelgas obreras reprimidas en la Patagonia argentina. Punta Arenas discute el futuro con tono de obra pública y pujanza económica y, al mismo tiempo, guarda oficios y duelos como si fueran parte de la misma conversación. Ahí está la clave: esta ciudad no avanza dejando nada atrás. Avanza apilando su memoria.

La estepa como idioma común

La estepa copia el paisaje a ambos lados de los extremos continentales. Lo que más al norte de Chile es verde, acá se vuelve achaparrado y seco, como si la vegetación hubiera aprendido a economizar el gesto. En esa continuidad sin frontera aparece Ricardo Galindo Vázquez, nuestro chofer y guía, que se define “por siempre patagónico”. Su familia lleva generaciones en Punta Arenas. Conoce la geografía en la que vive y ese conocimiento lleva las marcas de la necesidad. En estas latitudes, leer el territorio es una forma discreta de sobrevivir.

Ricardo habla del lago Sarmiento, que cruzamos en el camino entre Torres del Paine y Punta Arenas, como quien habla de un organismo. Menciona cianobacterias y trombolitos –estructuras antiguas que crecen como piedras vivas–; explica cómo el lago se alimenta de la lluvia y de las napas; deja caer, con voz calma, que la introducción de la trucha alteró la fauna íctica local. A su alrededor, la estepa se multiplica hasta el horizonte.

Ricardo recita de memoria un poema de Pepe Grimaldi, El ovejero de mi tierra, que habla del arriero como “un símbolo viviente del empuje y la paciencia, frente al viento que lo curte y al silencio que lo aprieta”. Para él, es una muestra del carácter del hombre patagónico: el silencio que empuja a la contemplación. Después aparecen los animales en su relato. El puma, que acá es presencia constante, pero para nosotros esquiva; el ñandú y los machos que empollan los huevos. Los caiquenes que se sacrifican por sus crías cuando los ataca un zorro. Una biología contada como parte del ADN local. La Patagonia como manual de comportamiento.

La ciudad desde arriba

El recorrido urbano empieza en el mirador del Cerro de la Cruz. Desde ahí, Punta Arenas baja hacia el mar con una claridad casi pedagógica. El puerto aparece activo, funcional. Barcos que entran y salen del estrecho sin pausa. Entre ellos, pesqueros chinos que atraviesan la bruma marina y sobre los que pesan infinidad de historias incomprobables, muy propias de todas las ciudades-puerto.

Vista desde arriba, se nota que Punta Arenas no nació de un gesto solemne. Tiene una rareza administrativa que explica mucho de su carácter: no fue fundada por decreto presidencial, a diferencia de la mayoría de las ciudades chilenas. Su origen se fija a partir de un oficio administrativo fechado el 18 de diciembre de 1848, enviado por el gobernador José de los Santos Mardones desde el entonces Destacamento Norte hacia la Gobernación de Chiloé. Fue una decisión práctica y burocrática. Instalarse, hacer pie en el estrecho.

Bajando las escaleras, entre cuadras de casas de madera y ventanales amplios, coloridas y cuidadas, se llega al centro: la plaza, la municipalidad, la catedral, el Club de la Unión, el Palacio Sara Braun. La arquitectura ecléctica no responde a un estilo único, sino a una acumulación de épocas y procedencias. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, Punta Arenas vivió su gran boom económico, impulsado por el auge lanar, el comercio marítimo y su condición de paso obligado entre el Atlántico y el Pacífico. Antes de la creación del Canal de Panamá, inaugurado en 1914, el mundo –mercaderías, personas, noticias– cruzaba por acá.

Ese período de prosperidad dejó huellas visibles: edificios sólidos, instituciones, clubes sociales, palacios privados. También dejó una composición demográfica particular. Llegaron familias del mundo que encontraron en este extremo una oportunidad económica y se quedaron. Punta Arenas se convirtió en una ciudad cosmopolita a escala austral, con vínculos comerciales que la conectaban más rápido con Europa que con Santiago.

Ese crecimiento, sin embargo, tuvo un costo que el trazado urbano no siempre muestra. La expansión del modelo ganadero y la consolidación del Estado chileno en la región implicaron el desplazamiento violento de los pueblos originarios, en particular de los selk’nam y otros grupos fueguinos, expulsados, perseguidos y diezmados en nombre del progreso. Ningún integrante de estos pueblos está en el cementerio local.

Punto de encuentro

En el Mercado Municipal del Puerto se despliegan las llamadas “cocinerías” que fríen pescado fresco del día. Hay mesas ocupadas por tandas de trabajadores que pasan por su ración caliente y un ir y venir constante en horario laboral. En la planta baja, las pescaderías se abastecen directamente de los barcos que amarran a pocos metros, una cadena corta y visible que hace innecesaria cualquier explicación sobre origen o trazabilidad. Noelis, oriunda de Maracaibo, Venezuela, muestra una centolla recién llegada con una sonrisa y una elocuencia caribeña a prueba del frío austral.

Arriba, en el primer piso, el ambiente cambia apenas entre las mesas. En Anita, una de las cocinerías más conocidas y con más de 35 años de historia, el menú se sostiene sobre esa misma lógica directa. Recalamos ahí para probar empanadas de centolla que condensan bien el carácter local: masa dorada, relleno generoso, sabor limpio, sin especias que distraigan ni artificios de puesta en escena. La centolla, tan codiciada, aparece como lo que es en esta ciudad: un producto cotidiano, parte del repertorio habitual del puerto.

El mercado funciona como un espacio de cruce. Conviven pescadores, empleados municipales, vecinos del centro y turistas que llegan sin demasiadas expectativas estéticas. Nadie parece actuar para la mirada ajena. El valor está en esa naturalidad: comida caliente frente al mar frío, consumo inmediato, mesas compartidas. En una ciudad marcada por ciclos de auge y repliegue, el Mercado del Puerto conserva algo del Punta Arenas productivo, el que se organiza alrededor del trabajo y del abastecimiento diario.

Volviendo hacia el casco histórico, una muchedumbre se agrupa en el ingreso del Kiosco Roca, un ocal pequeño que desde 1932 funciona como refugio cotidiano frente al frío y al apuro. El menú es mínimo y casi innegociable: choripán y licuado de plátano. A no confundirse: el choripán acá no tiene nada que ver con el argentino. No hay parrilla ni chorizo entero, sino una pasta de carne condimentada, caliente, calórica, pensada más como combustible que como ritual gastronómico. Durante décadas fue parada de trabajadores, estudiantes, empleados públicos; un lugar de paso rápido, sin sobremesa ni formalidades. Con el tiempo, el turismo sumó curiosos y cámaras, pero el kiosco no se movió ni un centímetro de su lógica original. No amplió la carta, no cambió el formato, no negoció su identidad. Esa persistencia casi obstinada explica su lugar en la ciudad: una escena diaria donde Punta Arenas se muestra sin relato y sin traducción.

En otro extremo de la ciudad, la Zona Franca de Punta Arenas, en cambio, expone una capa diferente del presente. Un predio enorme, organizado en galpones, donde el consumo se reparte entre electrónica, indumentaria, perfumería, automóviles: de todo. Creada en 1977 como régimen especial para compensar el aislamiento geográfico de Magallanes, funciona hoy como una pieza clave de la economía regional y como heredera tardía del antiguo puerto libre.

En fechas cercanas a las fiestas, el movimiento es intenso, casi caótico. Familias completas recorren los pasillos, comparan precios, cargan mercadería. Hay ofertas tentadoras, productos globales y también imitaciones de procedencia difusa, un paisaje reconocible en cualquier periferia del comercio mundial.

Para muchos habitantes de Punta Arenas es parte de la vida cotidiana. Para visitantes de la Patagonia argentina, un punto de cruce habitual. Para el viajero ocasional, una escena desconcertante: un gran centro de consumo en uno de los extremos del continente.

Punta Arenas también es eso. No hay contradicción con el mercado, el kiosco o el cementerio-jardín. Todo es parte de las capas de una ciudad que pasó del comercio marítimo global al consumo masivo sin perder del todo la conciencia de su aislamiento.

Dos salidas por el estrecho

Uno podría quedarse en la ciudad y aun así sentir el peso de Magallanes. Pero basta salir a navegar para entender algo más profundo que no se explica sólo desde la tierra firme. Las excursiones desde Punta Arenas funcionan como una ampliación natural. Solo Expediciones es una empresa local que diagramó una serie de experiencias para entender a fondo la potencia natural de estas latitudes.

La salida de medio día hacia Isla Magdalena e Isla Marta empieza temprano, a las seis de la mañana, cuando la ciudad todavía está medio cerrada. El traslado hasta el punto de embarque es breve. La navegación impone otro ritmo. Cuarenta y cinco minutos sobre el agua alcanzan para que el cuerpo se reacomode: el ruido del motor, el balanceo irregular, el aire frío que corta la cara. Isla Magdalena aparece como una mancha baja en el horizonte. El desembarco es simple. Apenas se baja, el suelo empieza un sendero marcado por miles de idas y vueltas, huellas mínimas, un murmullo permanente que no se apaga nunca. Más de 60.000 pingüinos magallánicos ocupan la isla durante la temporada reproductiva y la cifra deja de ser abstracta cuando se empieza a caminar.

El recorrido es corto –apenas 1,1 kilómetros–, pero exige atención plena. Se avanza mirando el suelo, aprendiendo a no interrumpir una rutina que no está pensada para visitas. Los pingüinos cruzan, se detienen, observan con curiosidad. Los albatros, en cambio, parecen más amenazantes: están en plena etapa reproductiva y harán cualquier cosa para defender sus crías. Sólo es posible estar una hora, lo suficiente para entender que acá la fauna lo es todo.

La navegación continúa hacia Isla Marta. Si Magdalena es suelo vivo, Marta es roca pura. Acá no se desembarca: se circunnavega. Más de 1.500 lobos marinos apilados como un solo cuerpo múltiple: vapor, respiración, movimientos mínimos, una lógica colectiva que recuerda a una ciudad sin arquitectura. En el trayecto, el guía menciona la posibilidad de avistar delfines australes, toninas overas o ballenas sei. Esa palabra –posibilidad– es central. No es una promesa. A veces sucede. A veces no. El estrecho decide.

Ballenas y glaciares

La excursión de día completo hacia el Parque Marino Francisco Coloane es otra cosa. Ya no se trata del estrecho como pasillo, sino como territorio mayor. El día empieza antes del amanecer, a las cuatro de la mañana, cuando Punta Arenas todavía duerme. El traslado terrestre hasta el punto de embarque suma una primera capa de distancia. Luego viene lo principal: alrededor de diez horas de navegación.

La ruta es una letanía geográfica que, dicha en voz alta, parece un poema áspero: Punta Carrera, Punta Santa Ana, Fuerte Bulnes, Faro San Isidro, Cabo Froward. Después, los nombres se multiplican: cabos, islas, pasos angostos, canales que obligan a corregir el rumbo. Mistral lo escribió sin rodeos: “infierno de golfos y cabos y sartal de archipiélagos”. Los nombres sirven para no perderse.

Cabo Froward funciona como un quiebre mental. Es el punto más austral del continente. El dato importa menos como récord que como sensación: a partir de ahí, todo se vuelve más elemental. Más agua. Más viento. Ninguna referencia humana. Las ballenas jorobadas emergen sin aviso. El soplido se escucha antes de verse. Luego el lomo, la cola, la inmersión lenta. Delfines australes acompañan tramos del recorrido. Petreles y cormoranes sobrevuelan el barco con una naturalidad absoluta.

Los glaciares Helado y Sarmiento descienden hasta el mar como lenguas antiguas. A veces, el hielo se desprende. El sonido es seco, profundo, imposible de registrar en una foto. El famoso whisky con hielo milenario podría ser un gesto, un lugar común del turismo masivo, pero acá funciona a la perfección como corolario.

El cansancio no es un problema. Se puede dormir en el catamarán o tomar café en forma libre. El frío, la espera, el silencio hacen que el tiempo se vuelva físico. Cuando el barco emprende el regreso, el cuerpo está salado, cansado, atento. Punta Arenas reaparece de noche. Todo parece más pequeño después de esa exposición prolongada.

Mirada antártica

Hay una dimensión de Punta Arenas que organiza buena parte de su presente y de su futuro: su condición antártica. Desde hace décadas, la ciudad opera como plataforma logística, científica y humana hacia el continente blanco. Puerto, depósitos, vuelos, laboratorios, hoteles discretos que alojan investigadores.

En El Magallanes, esa proyección aparece mezclada con naturalidad entre otras noticias: el proyecto del Centro Antártico Internacional, la ampliación de muelles, la competencia entre empresas chilenas, españolas y chinas por obras públicas. Punta Arenas discute su futuro en términos técnicos, casi administrativos, como si supiera que la épica ya ocurrió y ahora toca sostener.

Esa relación con la Antártida no es abstracta. Está en el clima, en la luz, en la conversación cotidiana. El viento que atraviesa la ciudad es el mismo que barre los canales fueguinos y sigue hacia el sur. Mistral lo intuía cuando hablaba del “caso magallánico antártico” como un nudo difícil, duro de vivir, pero intelectualmente fascinante.“Me iré cualquier día y me llevaré estos paisajes y desolaciones”, escribió Mistral, en el libro que encuentro en Vieja Patagonia, una especie de museo involuntario, que alguna vez fue una casa de remates, abierta en 1982, hasta que hace cinco años su dueña, Mónica, decidió cambiar de rubro, tras la muerte de su marido. Un depositario desordenado de la historia magallánica, desde viejas guías de turismo, revistas del corazón, hasta libros incunables.

El cementerio vuelve al final como vuelven los lugares que ordenan lo visto. Después de pingüinos, lobos marinos, glaciares y ballenas; después de mercados, zonas francas y archivos improvisados, ese jardín de cipreses parece el punto donde todo se asienta. Donde se confirma la certeza de que, en este extremo, el tiempo se acumula en capas, como si la única forma de durar fuera seguir sumando para protegerse del frío.

Datos útilesDónde dormir

Hotel Estancia Río de los Ciervos. Av. Río de los Ciervos, km 5.5. +56 61 227 7710. @estanciariodelosciervos. A orillas del Estrecho de Magallanes y a pocos minutos del centro de Punta Arenas, esta antigua casona patronal −levantada entre las décadas de 1920 y 1940− conserva intacto el espíritu de las grandes estancias ovejeras. Maderas nobles, mobiliario original y objetos de época convierten al hotel en una suerte de museo vivo que recorre la historia ganadera de Magallanes. Las habitaciones, cálidas y bien equipadas, miran al jardín y ofrecen el reparo perfecto frente al viento patagónico. La cocina es otro de sus grandes atributos: cordero magallánico al palo, centolla fresca, salmón del Estrecho y una repostería con impronta centroeuropea (kuchenes, pan amasado y mermeladas caseras de calafate y ruibarbo) completan una experiencia profundamente local. La doble, con desayuno, desde u$s 160.

Dónde comer

Cocinería Anita. Av. Costanera del Estrecho 1466, 2° piso (Mercado Municipal). Platos abundantes, cocina casera y producto fresco que llega directo desde las aguas frías del Estrecho: ceviche mixto, chupe de mariscos, pescados fritos y cazuelas.

Wake Up Café. Federico Errázuriz 944. @wakeupcafe Una de las grandes sorpresas cafeteras del sur. Este proyecto fue incluido en el ranking The South America’s 100 Best Coffee Shops, donde alcanzó el puesto 14 en 2025. Trabajan con su propia tostaduría (Kosmos) y ofrecen filtrados precisos y bebidas con leche de gran calidad. La carta suma marraquetas crujientes (la de salmón y palta es favorita), croissants y cuidada pastelería. De lunes a viernes, desde las 7 a 20; sábados y domingos, de 8 a 19.30.

Kiosco Roca. Julio A.Roca 875. @kioskoroca Fundado en 1932 por la familia Harambour, es parte del ADN de Punta Arenas. La propuesta es simple y ritual: choripán y leche con plátano. El choripán, aquí, no es el clásico argentino sino un pan pequeño untado con pasta de choricitos regionales (receta familiar), que puede pedirse con queso caliente. No hay mesas: se come de pie o en banquetas. De lunes a sábado, desde las 7. Es el desayuno favorito de generaciones de magallánicos.

Sotito’s Restaurant. Libertador Bernardo O’Higgins 1138. @sotitosrestaurant Un emblema de la gastronomía patagónica con más de 40 años de tradición. Este restaurante es una parada obligatoria para quienes buscan los sabores más auténticos en un entorno elegante y acogedor. Destacan la centolla magallánica y el cordero al palo, preparado con técnica lenta y fuego de leña. También erizos al pil-pil, locos y merluza austral. De lunes a sábado de 12 a 15 y de 18:30 a 23.

Paseos y excursiones

Solo Expediciones. José Nogueira 1255.+56 9 7553 2170 @soloexpediciones. Operador especializado en navegaciones por el Estrecho de Magallanes y los canales patagónicos. Entre diciembre y marzo organiza travesías a Isla Magdalena −donde habita una colonia de más de 60.000 pingüinos de Magallanes− y a Isla Marta (u$s 118 por adulto). También realiza salidas full day al Parque Marino Francisco Coloane (u$s 365 por adulto), con avistaje de ballenas jorobadas, delfines australes y glaciares en el Seno de Agostini. Incluyen guía bilingüe, traslados al muelle y, en navegaciones largas, alimentación a bordo. Las salidas dependen del clima.

Museo Nao Victoria. Ruta Y-565, Km 7.5 Norte. +56 9 9640-0772 @museo_nao_victoria_ Museo al aire libre con réplicas a escala real de embarcaciones históricas: la Nao Victoria, el HMS Beagle, la goleta Ancud y el bote James Caird de Shackleton. Se puede subir a bordo, recorrer cubiertas y bodegas y experimentar las condiciones de navegación de los exploradores.

Museo Regional de Magallanes. Frente a la Plaza Muñoz Gamero. @museoregionaldemagallanes www.museodemagallanes.gob.cl Construido entre 1895 y 1899 por encargo de Sara Braun y diseñado por el arquitecto francés Numa Mayer, este palacio neoclásico es uno de los símbolos del auge económico patagónico de fines del siglo XIX. Conserva salones originales con mármoles, espejos y mobiliario traído desde Europa. CLP 2.000.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/la-pintoresca-ciudad-que-es-punto-de-partida-a-la-antartida-y-otras-aventuras-nauticas-nid12042026/

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