La posibilidad de transformación del nuevo humanismo
La historia de la humanidad no avanza siempre de manera lineal, mucho menos pacífica. Se despliega, en cambio, a través de tensiones, rupturas y profundas crisis que señalan el agotamiento de un...
La historia de la humanidad no avanza siempre de manera lineal, mucho menos pacífica. Se despliega, en cambio, a través de tensiones, rupturas y profundas crisis que señalan el agotamiento de un orden y la gestación de otro. Hoy asistimos a uno de esos momentos liminares. El orden mundial surgido tras la modernidad industrial y consolidado en el siglo XX parece haber alcanzado su punto máximo de entropía: esa fase de desorganización creciente en la que las estructuras políticas, económicas, sociales y simbólicas ya no logran sostener coherencia ni sentido.
El término “entropía”, tomado de la física, no alude únicamente al caos, sino al desgaste interno de los sistemas cerrados. Un sistema que no intercambia energía, información ni sentido con su entorno está expuesto a la descomposición. El actual orden global asentado con arrogancia en la acumulación ilimitada, la fragmentación del conocimiento, la supremacía del poder técnico y financiero, y la desconexión entre humanidad y naturaleza, ha operado durante décadas como un sistema cerrado sobre sí mismo. Hoy, sus contradicciones están a la vista: guerras recurrentes, crisis ecológica, colapso de los relatos compartidos y una profunda pérdida de orientación ética. Caos existencial.
Sin embargo, la entropía no es el final. Fue el Premio Nobel Ilya Prigogine, padre de la Teoría del Caos, quien me dijo: “La entropía es la oportunidad de la libertad y de la superación”. Claro, depende de nosotros.
En los momentos de máxima inestabilidad, emergen lo que el pensamiento científico denomina “estructuras disipativas”: nuevas formas de organización que nacen precisamente del caos, capaces de transformar la crisis en creatividad. Estas estructuras no niegan el desorden, sino que lo atraviesan y lo transmutan. Aplicado a la civilización, esto implica reconocer que el nuevo orden no puede construirse con las herramientas conceptuales imperantes que generaron la crisis. Pero también implica comprender que el futuro no puede edificarse sin la sabiduría acumulada del pasado.
Son estas estructuras lo que debemos preservar del orden que perece. Las grandes civilizaciones entendieron algo que la vertiginosa modernidad olvidó: que el conocimiento no es solo técnico, sino también ético, espiritual y relacional. Confucio lo expresó con claridad, hace más de 2000 años: “La armonía es el valor supremo”. Para el sabio chino, una sociedad justa no se sostiene en la imposición de la ley, sino en la virtud, el equilibrio y la responsabilidad moral de cada individuo dentro del tejido social. Esta visión relacional resulta hoy sorprendentemente contemporánea frente a la fragmentación del mundo globalizado.
En esta misma tesitura se devela el pensamiento de Marie Curie, la primera mujer en recibir el Premio Nobel y la única persona en recibirlo dos veces. Sus estudios descubrieron la radiactividad y permitieron comprender que la estructura atómica era más compleja de lo que se creía. Dijo Marie Curie: “No se puede esperar construir un mundo mejor sin mejorar a los individuos”. Y añadió: “El esfuerzo personal no basta si no se acompaña de una responsabilidad colectiva”. Cada individuo comparte una responsabilidad para con la humanidad en su conjunto. Y no se puede esperar que individuos deplorables construyan un mundo mejor.
En este año en que conmemoramos los 40 años de su partida, no podemos soslayar el pensamiento de Jorge Luis Borges. Borges abominaba del hecho de relacionar la maldad con la inteligencia. La identificaba en cambio con la estupidez, y a la bondad con la inteligencia. Para Borges, la cultura es inseparable de esta postura ética. Acaso se fortaleció su convicción en las relecturas de uno de sus filósofos preferidos: Schopenhauer, para quien la bondad es la más admirable de todas las virtudes, y fácilmente reconocible en la capacidad empática y en la compasión.
Aristóteles, por su parte, comprendió que el fin último de la vida humana no es la acumulación de bienes, sino la “eudaimonia”: una vida plena y floreciente en armonía con la razón y la virtud.
“El todo es más que la suma de sus partes”, afirmó, anticipando de este modo una comprensión sistémica de la realidad que hoy reaparece en las ciencias de la complejidad y en la física cuántica.
Esta intuición de totalidad se manifiesta con fuerza en el pensamiento de David Bohm, físico y filósofo norteamericano que desafió la visión mecanicista del universo. Bohm propuso la idea del orden explícito y del orden implicado. El primero es la realidad que emerge en la superficie, la realidad visible que creemos única y definitiva. El segundo es una realidad profunda, subyacente, en la que todo está internamente relacionado, más allá de la fragmentación aparente del mundo visible. Para Bohm, la crisis de la humanidad no era solo política o económica, sino esencialmente una crisis de pensamiento: una forma fragmentada de percibir la realidad que genera sistemas igualmente fragmentados. Una crisis de sentido.
En concordancia con esta crítica de la fragmentación, la filósofa española María Zambrano ya había señalado que la crisis de Occidente no es solo estructural, sino también espiritual. Según ella, la razón moderna devino insuficiente al separarse de la vida interior. Frente a esto, propuso la razón poética: una forma de conocimiento que no domina la realidad, sino que la escucha, la contempla y la revela. Al igual que Prigogine, Zambrano supo ver el lado positivo del caos: “Toda crisis es un despertar”.
Desde esta perspectiva ampliada -científica, filosófica y espiritual-, el orden actual no colapsa por azar, sino porque ya no responde a la coherencia profunda del universo –al orden implicado-. La separación radical entre sujeto y objeto, entre humanidad y naturaleza, entre individuo y comunidad, ha llevado al sistema global a un estado de entropía extrema.
En la década del 70, el fundador del Club de Roma, Aurelio Peccei, en diálogo con el filósofo japonés Daisaku Ikeda, expresó la previsión de que, en un futuro no lejano, la humanidad deberá enfrentar la necesidad de reflexionar sobre qué significa ser ser humano. No alcanzará el avance tecnológico ni el conocimiento científico para responder a esa pregunta. Llegará el día en que la humanidad deberá ahondar en un nuevo humanismo: en la relación del ser humano con la naturaleza, con el otro, con la vida. Hoy, el Club de Roma impulsa esta reflexión que implica el coraje de reconocer errores y de rescatar valores largamente sacrificados.
La tarea del nuevo humanismo consiste, entonces, en actuar como una estructura disipativa consciente: integrando ciencia, arte, ética, filosofía y espiritualidad en una nueva síntesis civilizatoria.
Las estructuras disipativas que construirán el nuevo orden, no serán impuestas desde el poder, sino surgidas desde la cultura, el pensamiento profundo, el arte, la ética y la educación. Donde la antigua lógica se obstina en el caos, el nuevo humanismo debe aprender a ver la posibilidad de una transformación.
El cambio de era que atravesamos no es simplemente tecnológico, aunque la inteligencia artificial y la digitalización lo aceleren. Es esencialmente un cambio de conciencia. O bien persistimos en estructuras agotadas, aumentando la entropía hasta el colapso final, o asumimos la responsabilidad existencial de crear nuevas formas de organización basadas en la interdependencia, la sabiduría y la dignidad humana.
Dijo Lao Tsé: “Cuando el mundo está en confusión, el sabio actúa con simplicidad”.
Es en esa simplicidad profunda que integra lo antiguo y lo nuevo, lo científico y lo espiritual, lo humano y lo planetario, donde reside la semilla del nuevo orden que aún no conocemos pero que podemos hacer germinar en un futuro redentor. Podemos. Y debemos.
Zimmermann del Castillo res co-presidente del Club de Roma Internacional
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/la-posibilidad-de-transformacion-del-nuevo-humanismo-nid07032026/