La reactivación tras el cristal de la confianza
No hay reactivación posible si no hay dinero fluyendo para hacer andar las máquinas, las calderas, los camiones, los generadores, las heladeras, las carretillas, las mezcladoras, las góndolas y ...
No hay reactivación posible si no hay dinero fluyendo para hacer andar las máquinas, las calderas, los camiones, los generadores, las heladeras, las carretillas, las mezcladoras, las góndolas y las líneas de cajas. Ese circuito de capital de trabajo, que se plasma en demanda de insumos, más personal y mayores ingresos populares no puede activarse por decreto y requiere que aparezca el dinero verdadero. Como dice la expresión en inglés, “show me the money”, pues sin el aliciente en metálico, ningún engranaje se pone en marcha, la mercadería no se entrega y nadie quiere trabajar. Pero no con los pesos que los argentinos repudian desde 1975, sino con dólares, la moneda que adoptaron para ahorrar y contar desde entonces. Medio siglo más tarde es imposible reactivar con líneas de crédito blandas, ni con aumentos salariales masivos, ni con subsidios selectivos, ni con planes de papel pintado, ni imponiendo aranceles. Ahora la Tesorería está exhausta y el Banco Central es impotente pues la hiperinflación acecha siempre si la población prefiere la divisa extranjera a la propia.
El dinero verdadero está afuera y mira nuestras vicisitudes tras el cristal de la confianza o la desconfianza, valga la paradoja, cuando es sabido que el dinero es ciego. Ciego, pero no tonto. Pues no debe haber otro país con tal potencial que se haya infligido igual daño por decisiones colectivas que expulsaron los ahorros de sus costas (“offshore”) y extrañado tantos jóvenes en busca de un futuro mejor.
Sorprende que con el fuerte crecimiento del PBI durante el año pasado (4,4%), del consumo privado (7,9%), de la inversión (16,4%) y de las exportaciones (7,6%) todavía no haya una reactivación importante de las actividades que configuran la trama industrial y comercial de los principales cinturones urbanos. Ocurre que esos porcentajes promedian situaciones desiguales. Los mayores ingresos de capitales benefician provincias donde el desarrollo de hidrocarburos, la reactivación minera y la pujanza agropecuaria tienen incentivos o marcos legales diferentes a las Pymes suburbanas. En esos sectores super competitivos, el riesgo país se morigera por la protección del RIGI y con la rentabilidad de commodities que se demandan en forma creciente.
En contraste, las Pymes que aún flaquean no tienen ese perfil y en general, están diseñadas para un mercado interno jaqueado por la apertura, el comercio online, las economías de escala y el bajo costo del capital de los competidores externos. Son estas pequeñas empresas las que necesitan que el ahorro local reingrese, demande pesos y expanda el crédito. Agobiadas por un “costo argentino” que toleraron mientras crecía bajo el manto del proteccionismo, ahora necesitan contar con recursos financieros abundantes para reconvertirse y adaptarse al nuevo contexto mundial.
Por culpa de nuestro pasado, la reactivación solo puede ocurrir con flujos de moneda ajena, la que hemos elegido mediante tácito consenso: el dólar estadounidense, que la Argentina no puede emitir pero que nuestros connacionales tienen, y en cantidades. Otra paradoja. Somos el país con más dólares billetes per capita del mundo y con 400.000 millones de dólares fuera del sistema. Bastaría que ingresase solo una fracción para gastar en bienes durables, refacciones o para invertir en campos, industrias, construcción, comercio o servicios y la recuperación pronto sería realidad. Los “dólares del colchón” o dolarización endógena que procura la gestión económica.
Aquella suma sideral se acumuló a través de años con remesas al exterior para inversiones o atesoramiento, registradas en cuentas oficiales. Pero también con maniobras ilegales en tiempos de controles de cambios, sustrayendo divisas al Banco Central mediante sobrefacturación de importaciones, subfacturación de exportaciones, pagando regalías artificiosas, honorarios por asesorías fraguadas, con tejes y manejes futboleros, compras de barcos y aviones a precios inflados (el hit de la última gestión kirchnerista) y otras múltiples formas de aprovechar diferencias de cambio que tan bien conocen pícaros y operadores, dentro y fuera del Estado.
La lenta recuperación de actividad en los conurbanos y el perezoso despertar de los bolsillos, pone bajo la luz un problema que no surgió de un repollo, sino que es parte de nuestra historia populista. La falta de competitividad industrial provocó un desequilibrio crónico en la balanza comercial, con crisis recurrentes de balanza de pagos, devaluaciones y shocks inflacionarios. Sin ahorro interno se abusó de la banca oficial, de las promociones fabriles y de otros artilugios fiscales que nunca impulsaron nada, salvo la inflación y la desconfianza. Las sumas fugadas al exterior son la contracara del rezago fabril que ahora las necesita para revitalizarse y poder competir.
Nadie debe sorprenderse de aquellos 400.000 millones de dólares fuera del sistema, pues se acumularon a sabiendas de empresarios, profesionales, políticos y sindicalistas. Nadie que haya manejado cifras importantes ignora cómo lo hacían otros e incluso ellos mismos. Y el común de la gente, necesitada de proteger sus ingresos en pesos de la licuación inflacionaria, completaron esa cantidad con el saldo de sus pequeñas cuentas en el exterior o con billetes físicos metidos en el colchón.
El dinero verdadero está afuera y observa nuestras vicisitudes tras el cristal de la desconfianza. La estructura productiva argentina está alimentada por un circuito sanguíneo que se encuentra seco y necesitado de crédito para funcionar. Esa realidad es el primer desafío que tuvo el actual gobierno y que tendrá cualquier otro que intente sucederlo. Por más que se formulen otras propuestas para acelerar el despegue, nada podrá sustituir a la confianza como condición precedente e ineludible para recrear la existencia de moneda. Esta restricción no fue inventada por Javier Milei para intimidar con su motosierra, sino que es un hecho empírico, herencia de nuestro pasado.
Y la confianza es de naturaleza política. La convicción de que las reglas de juego –en particular, la estabilidad de precios– se mantendrán firmes luego de 2027. La renuencia a la baja del riesgo país refleja, como telón de fondo, el temor a que la población, por convicción o por ignorancia, regrese a las mismas ideas y creencias que han gravitado en la Argentina desde 1943, durante gobiernos civiles y militares.
En su último informe, el Banco Mundial estima que la Argentina, tras crecer el 4,4% en 2025, crecerá el 3,6% en 2026 y el 3,7% en 2027, siendo una de las excepciones positivas en la región. Este será un hito en 20 años pues el país no acumula tres años consecutivos de expansión desde 2008. Estos son números reales, las quejas por el bolsillo no son toda la población, sino crujidos inevitables de una transición virtuosa.
A pesar de las críticas que ponen la lupa sobre esas protestas, no se debe cambiar el rumbo y echar por la borda el esfuerzo realizado. La continuidad de las reformas estructurales, la firmeza en mantener el superávit fiscal y el acompañamiento del Congreso Nacional permitirán afirmar los resultados del programa en curso y, sobre esas muestras favorables, la veleta política debería alinearse a los vientos de cambio.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/la-reactivacion-tras-el-cristal-de-la-confianza-nid12042026/