Lecturas. La humanidad, ante el silencio del cosmos
Que tenga algún sentido todo esto o que no lo tenga en absoluto: esa es la cuestión.El viejo asunto de la angustia cósmica, respecto de qué sentido tienen la vida y el universo para el s...
Que tenga algún sentido todo esto o que no lo tenga en absoluto: esa es la cuestión.
El viejo asunto de la angustia cósmica, respecto de qué sentido tienen la vida y el universo para el ser humano en medio de la indiferencia estelar, merecía renovarse con lo más actual de la ciencia: física y cosmología de vanguardia. Ese es el plan, sencillo solo a la hora de la síntesis, del ex decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona Norbert Bilbeny (Barcelona, 1953) en Universo y sentido. En busca del sentido en la inmensidad: compendiar las preguntas históricas de la filosofía existencial (que se dejan resumir en la fórmula “por qué el ser y no la nada”), pero bajo un tamiz científico que lo ancla en el siglo XXI y le da certidumbres.
De entre varias, la primera angustiante certeza que anota es que se trata de un universo particularmente grande, pero grande en serio: como mínimo hay 100.000 millones de estrellas como el Sol únicamente en la Vía Láctea (una de miles de millones de galaxias). El verdadero significado de la palabra inconcebible. Y llega la segunda, no menos afligida, certeza: la posibilidad de que haya formas de vida en otros planetas, e incluso lo que conocemos como inteligencia, es tan alta como la virtual imposibilidad de comunicación o contacto dadas las enormes distancias, donde no alcanzan los plazos de la vida para llegar a ninguno de esos otros sistemas planetarios, o meramente establecer una comunicación básica (suponiendo además un traductor universal). En definitiva: el menos que minúsculo ser humano está solo (con los otros seres vivos de este mismo planeta: no es poco) en medio de ese universo absoluto, enorme, despreciativo, indiferente. La sensación no es grata. Tercera angustia.
Además, se agrega el dato del movimiento universal: nada está quieto. Por ejemplo, escribe Bilbeny, el conjunto de las treinta galaxias al que la nuestra y Andrómeda pertenecen, el llamado Grupo Local, se desplaza atraído por el supercúmulo galáctico de Virgo, a 600 kilómetros por segundo. En medio de estos datos duros, de paper científico, asoma el recurso narrativo del autor para asociar la ciencia con la vasta filosofía y creencias milenarias: “El ser humano”, escribe, “aunque no lo perciba, es un auténtico pasajero cósmico y nada está inmóvil a su alrededor. El hinduismo nos habla de la danza de Shiva, el dios cósmico bailarín. Es una imagen acertada, porque todo está en danza en el firmamento: danzan la Tierra, el Sol, la Vía Láctea, las galaxias atraídas por su gravedad, las nebulosas y todos los astros, en un baile infinito de danzantes unidos”.
Pero por más filósofos y sabidurías varias que se citen es la cosmología la que ordena la búsqueda del sentido del título del libro (alerta spoiler: no lo hay; el tema justamente es cómo se busca algo que no existe). Porque es la cosmología la que dio un mapa del cosmos, una historia con la explosión inicial conocida como Big Bang (ese momento inconcebible que dio origen a todo lo demás), una ética y una estética con las imágenes de la Nasa y otras agencias espaciales, y la mística de ser polvo de estrellas. A la que se suma la epistemología, que permite evaluar qué se puede comprender y qué no, y en todo caso cómo.
La lista de filósofos convocados por Bilbeny para esta “búsqueda de búsquedas” es amplia, con tendencia a recostarse sobre Kant y Nietzsche, pero con escalas en Blas Pascal tanto como en Bertrand Russell. Lo mismo se apela como ejemplo de búsqueda histórica a las distintas religiones que dan por sentado un creador y otorgan un cierre aparente a la cuestión del sentido universal (solo desde la perspectiva científica el enigma aún no se devela). De todos modos, si tuviera que volcarse el texto por una entre todas las miradas filosóficas sería la de Baruch Spinoza, el elegido. Porque sus traslúcidas manos en el confín del gueto consiguieron una visión en apariencia insuperable, la de que todo forma parte de la divinidad, el universo y Dios son lo mismo, una sustancia única, indivisible, infinita y eterna; Dios y Naturaleza son uno. Por tanto, en su tiempo Spinoza fue tenido por ateo y perseguido pese a ser una de las almas más nobles y más amables entre los grandes filósofos, “éticamente supremo” (Russell dixit). Pero, lo dicho, tampoco Spinoza termina de ser una solución entera a la cuestión del título de la obra de Bilbeny. La búsqueda continúa.
Y son otros dos libros, curiosamente con el mismo nombre aunque separados por más de tres décadas, los que complementan la lectura de este Universo y sentido que sin embargo resulta tan inabarcable como la literatura misma. La referencia es el Cosmos de Carl Sagan (1980), donde el célebre astrónomo y comunicador científico norteamericano explora los conocimientos que la física ha generado sobre el universo. “Un viaje personal” era el subtítulo que apenas escondía esa búsqueda también de sentido y trascendencia, por otra parte desatada en la obra de ficción de Sagan, Contacto (que ameritó una película homónima de Robert Zemeckis).
Pero hay otro Cosmos, el del filósofo francés materialista Michel Onfray, que en 2015 como parte de una trilogía expuso una mirada profunda sobre cómo ha de verse el mundo sin religión. El libro de Onfray es más filosófico que científico, pero tiene sobre el de Bilbeny la ventaja de estar actualizado respecto de cómo ver al resto de la vida en la Tierra; allí donde el catalán es antropocéntrico, el francés incorpora realmente las enseñanzas darwinianas de la hermandad de todas las formas de vida en el planeta para desechar la singularidad humana.
Otro autor muy citado por Bilbeny es Steven Weinberg, premio Nobel de Física, que sirve de resumen a la infructuosa búsqueda por vía científica: “Cuanto más comprensible parece el universo, más sin sentido aparece a nuestro intelecto. Cuanto más conocemos, más da la impresión de que no tiene significado”; el universo, así, simplemente carece de sentido, simplemente es algo que sucede o ha sucedido (aquí es donde las nociones de “explicarlo” y “darle sentido” lucen como opuestas y chocan).
En síntesis, Universo y sentido es una obra ambiciosa en sus objetivos, con obsesión divulgativa (y por eso los veloces sobrevuelos por algunos autores que los especialistas lamentarán) con tantas referencias a la Nasa como a Kant. Una originalidad necesaria, que no calma las más férreas angustias metafísicas, pero que les da un orden y un cierto camino explicativo ya que un sentido final-final es demasiado pedir, incluso para una criatura tan, pero tan soberbia como el Homo sapiens.
Universo y sentido
Por Norbert Bilbeny
Anagrama
740 páginas
$ 54.000
Cosmos
Una ontología materialista
Por Michel Onfray
Paidós
Trad.: Alcira Bixio
489 páginas
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/lecturas-la-humanidad-ante-el-silencio-del-cosmos-nid17012026/