Los médicos de la ciudad antigua
Distintas circunstancias me han llevado en los últimos días a frecuentar médicos y centros de salud. Más allá de que mi situación no viene al caso, me llama la atención lo mediadas que está...
Distintas circunstancias me han llevado en los últimos días a frecuentar médicos y centros de salud. Más allá de que mi situación no viene al caso, me llama la atención lo mediadas que están todas estas ciencias sanitarias por la tecnología: turnos online, app de los pacientes, entrega de estudios por mail, recetas electrónicas.
Ni hablar de los avances en los métodos e intervenciones médicas, a caballo de la inteligencia artificial, la cirugía robótica, la decodificación del genoma humano y otras maravillas.
Pero como a mí me tira mucho el pasado, decidí indagar acerca de cómo eran los primeros tiempos de la medicina en esta urbe en la que vivo. Y lo primero que debo decir es que, al menos en la segunda fundación de la ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, en 1580, esta aldea nació sin médico, ni boticario ni cura, algo muy extraño para una localidad con pobladores españoles.
Según cuenta Felipe Bosch en su adorable libro Historia del antiguo Buenos Aires, fue un portugués de nombre Manuel Álvarez el primer médico que se presentó al Cabildo para ofrecer sus conocimientos en el arte de curar. Esto ocurrió en enero de 1605. Pero el paso de este galeno luso, que también era cirujano, por el poblado situado a orillas del Río de la Plata fue bastante fugaz. El pago otorgado por las autoridades distaba de ser el que le habían prometido.
Jerónimo de Miranda, también portugués, fue otro de los primeros “cirujanos barberos” que se ocuparon de la salud de los porteños. Raúl Molina, en Los primeros médicos en la ciudad de la Santísima Trinidad, cuenta que este hombre se ocupaba de “sangrar, echar ventosas y sacar muelas”. En aquel tiempo se estimaba que, a través de la pérdida de sangre, el paciente equilibraba sus humores internos y recuperaba la salud. Estas sangrías podían producirse con pequeñas incisiones con lancetas o bien a través de sanguijuelas.
Al igual que su antecesor, y que otros que llegaron más tarde, el dinero que Miranda recibía de los vecinos por su labor sanadora no era suficiente y algunos pacientes le adeudaban el pago de sus servicios. Por eso era frecuente que los médicos quisieran marcharse de ese villorrio poco generoso para ir a ganarse la vida en otros horizontes más redituables.
Pero los porteños no solo encomendaban su protección a la ciencia. También recurrían a la religión. Así, San Sabino y San Bonifacio fueron elegidos para combatir las hormigas que destruían los sembradíos; San Simón, para luchar contra las plagas de ratones y hormigas; San Roque ponía a salvo a los pobladores de la viruela y el tabardillo (insolación), y las Once Mil Vírgenes eran las patronas contra el acoso de las langostas.
Porque si bien los santos podían alejar de la población las pestes y los malestares físicos, también era creencia entonces que el diablo, suelto por las barrosas calles de la aldea, podía provocar todos esos males. Así por ejemplo en la enorme biblioteca de Francisco Xijón, importante médico español que estuvo casi dos décadas en Buenos Aires, los más modernos libros de medicina también hablaban del maligno y sus contactos carnales con las brujas.
Otras supersticiones atribuían a “un aire corrupto” el hecho de que al gobernador Hernandarias se le hubiera paralizado la cara. Por otra parte, la muerte de otro gobernante, Diego Negrón, se explicó en que había sido “hechizado de un veneno mortífero” y el primer gobernador de la ciudad, Diego de Góngora, había fallecido, según uno de sus subordinados, por unas “calenturas o pesadumbres causadas de las calumnias que en estas partes se usan”.
En el primer siglo de la Ciudad de Trinidad hubo un total de 36 profesionales de la salud. Con sus insuficientes conocimientos y sus métodos a veces brutales, estos pioneros de la medicina porteña abrieron a su modo el camino a los que vinieron después. Y lo que mantiene a esta ciencia en evolución sigue siendo, desde las sanguijuelas a la cirugía robótica, el afán de curar. 0
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/los-medicos-de-la-ciudad-antigua-nid12012026/