Los mensajes del barco chino
A veces una discusión sobre modelos viene acompañada de tecnicismos tales como sistema económico agroexportador, industrialización por sustitución de importaciones, términos de intercambio ne...
A veces una discusión sobre modelos viene acompañada de tecnicismos tales como sistema económico agroexportador, industrialización por sustitución de importaciones, términos de intercambio netos, proteccionismo, matriz productiva. Y la cosa se complica. Pero los chinos acaban de tener la gentileza de representarnos de manera corporizada una de las abstracciones de los economistas habitualmente impalpables mediante un transatlántico de dos cuadras de eslora que trajo de un saque cerca de seis mil autos eléctricos de una sola marca, los cuales fueron bajados en Zárate a razón de 150 autos por hora.
Eso sí que es teatralizar las importaciones chinas. A los volúmenes torrentosos de Shein y Temu hay que imaginarlos, aprender a reconocer los domingos en el club las carteras, blusas o trajes de baño de dos con cincuenta que hacen furor y sumar. Imposible. Acá vienen seis mil autos a veinte centímetros uno del otro. Parque que no suele verse ni cuando se pasa por el costado de una gran terminal en el Gran Buenos Aires y sólo unos cientos de cero kilómetros recién salidos del horno pastorean prolijamente estacionados.
Lo del barco es algo imponente, un incitador de preguntas llanas sobre las lógicas subterráneas de nuestro país, del tipo de las que a veces condensan los taxistas en los semáforos. ¿Adónde irán a parar esos seis mil autos traídos desde el otro lado del planeta? ¿A la Panamericana, donde entre marzo y diciembre ya no existen horas pico porque los insufribles atascamientos son a toda hora?
Cuando el barco chino con su importación colosal completaba tres semanas y media en el océano, dejaba el Rio de la Plata y empezaba a navegar por el río Paraná, el diputado Miguel Ángel Pichetto arrancaba un interesante contrapunto con el ministro de Economía Luis Caputo acerca del impacto que la carga producirá en la industria local. Pichetto sostiene que queda a la vista una política comercial totalmente desfavorable para la producción argentina. Se quejó de la subvención que incluye la industria automotriz china y luego corrió al gobierno libertario por derecha al decir que Trump tiene razón, que el libre comercio con China es un límite y que así vamos a tener problemas con Estados Unidos. En el medio recordó con suspicacia a los diputados libertarios que recientemente viajaron a Pekín.
Caputo le respondió que esta política fue consensuada con los fabricantes locales, que para autos híbridos y eléctricos hay un cupo de 50 mil por año y que sólo la mitad pueden ser de China. También dijo que en la Argentina sólo se fabrican dos modelos de autos y que la producción se concentra principalmente en camionetas, de las cuales el 70 por ciento se exporta.
Lo más llamativo de esta polémica fue la prescindencia de insultos y de descalificaciones recíprocas, una excepción en Twitter. Cuando hay un debate normal se nota más la falta de debates normales.
Pero el temario innovó poco. Se movió dentro del dilema clásico de proteger a la industria propia o abrir la importación sin miramientos y que los locales aprendan cómo se hacen productos buenos y baratos si quieren competir. O que se dediquen a vender autos fabricados por otros. O un poco y un poco.
Cuando estaba Martínez de Hoz los argumentos cruzados no eran muy distintos, si bien bajo la dictadura no existía el férreo alineamiento de la Casa Rosada con Estados Unidos. Todo lo contrario. Tras la invasión a Afganistán de 1979, mientras la política interna se centraba en combatir por los métodos que fueran a quienes pretendían “hacer flamear el trapo rojo en vez de la celeste y blanca”, los militares hacían buenas migas con el Kremlin y convertían a la Unión Soviética en principal comprador de cereales, desafiando el embargo impuesto por la Casa Blanca. Los pruritos ideológicos suelen tener para los gobiernos la cualidad de las retenciones agrarias de Martín Lousteau: son móviles.
Pero delante del barco chino nuestro taxista no se ciñe a la discusión clásica. Va un paso más allá. Lo que sugiere su pregunta, he aquí lo interesante, se refiere al mediano y largo plazo, conceptos tabúes en nuestra cultura política. En el fondo quiere saber en clave popular si existe, más allá de los aullidos diarios de la retórica política, un modelo integral de país.
¿Alguien se dio cuenta de que si el país se sigue llenando de autos llegará un día en que los caminos y las calles estarán colapsados y sean eléctricos, híbridos, a hidrógeno, a nafta, a pila o a kerosene ya no se podrán mover ni para atrás ni para adelante? Bueno, no el país. Digamos, por ahora, la gran ciudad y sobre todo la Panamericana. Se sabe que la mayor parte de estos seis mil autos chinos se venderá en Buenos Aires y es posible suponer que en breve estarán haciendo su modesto aporte al colapso rutinario del acceso urbano más caudaloso de la Argentina, por el que circulan cerca de 400 mil vehículos diarios. Claro, dirá alguno, que le hacen seis mil más. Estos por lo menos no recalientan.
Desde ya que los cero kilómetro nacionales que se incorporan mes a mes al parque automotor (24 mil en diciembre último, la mayoría fabricados en el país) contribuyen a perfeccionar los embotellamientos con más método que este lote novedoso. Los del barco le aportan al fenómeno, digamos, impacto coreográfico.
¿Alguien unió el dato de la falta de desarrollo del transporte público con el de la descentralización de la población en el área metropolitana y a estos dos con el deterioro de la infraestructura, la retracción de la obra pública y la reciente demostración de que agregar carriles ya no soluciona la congestión de tránsito? ¿Alguien estudió el clasismo cada vez más notorio del transporte público, sobre todo ferroviario?
La cantidad de pases en los peajes de las autopistas está aumentando mientras el uso de la tarjeta SUBE, inevitable decirlo así, baja. ¿Síntoma de empobrecimiento? Albricias, celebra la visión populista unidimensional, es la famosa movilidad social ascendente (nunca más apropiada la palabra movilidad), las personas dejan el colectivo y acceden al sueño del auto propio. Claro, uno se pregunta por qué será que el que vive en Escobar y trabaja en Palermo no prefiere tomarse el tren aéreo que va por el costado de la Panamericana, tiene aire acondicionado y wi-fi, cumple religiosamente los horarios que están en la app, tarifa accesible y demora en hacer el trayecto apenas dieciocho minutos. Algún día será.
Tal vez los planes quinquenales de Perón, asociados con la economía planificada de Stalin en cuanto a la supremacía del Estado, dejaron un estigma para los modelos de desarrollo más allá de la retórica. Retórica es lo que sobra. Durante los primeros gobiernos kirchneristas se hablaba con asiduidad de “el proyecto” como si todo el mundo supiera qué era, aunque nunca hubo un paper siquiera de veinte líneas. Parece ser que a veces “el proyecto” podía hablar. “Voy a hacer lo que ‘el proyecto’ me pida, pero opino que las (listas) colectoras no son positivas”, dijo en una oportunidad un intendente. La plataforma electoral del Frente para la Victoria (igual que todas las demás) era un conjunto de generalidades. Tenía ocho carillas, la mitad de ellas dedicadas a hablar del pasado. En esa época junto con “el proyecto” se hablaba del “modelo”. Tampoco se lo precisó demasiado, pero siempre se lo prometía “profundizar”.
De tan reacia que es la dirigencia argentina (¿y el argentino medio?) a salir del aquí y ahora, del modo emergencia y prepararse en términos concretos para el futuro, la improvisación, buena para el jazz pero no para manejar un país, llegó a ser tomada con humor. A la gestión del superministro Sergio Massa se la llamaba -incluso en el propio Ministerio de Economía- “Plan Vamos viendo”.
En las antípodas tuvimos un planificador de larguísimo plazo que prometía cambiar el país, el general Juan Carlos Onganía. Pero no le fue bien cuando se le ocurrió decir en 1970, cuatro años después de haber derrocado a Arturo Illia, que organizaría su misión autoasignada en tres turnos. Primero sería el “tiempo económico”, dedicado a resolver el problema de la inflación y a generar crecimiento sostenido, después vendría el “tiempo social” para acabar con los conflictos sociales, y por último llegaría el “tiempo político”, con nuevos partidos, un sistema totalmente renovado y, entonces sí, elecciones.
Enterados de la idea, los altos mandos hicieron comparecer al general de los bigotes poblados bautizado “La Morsa” por Landrú y le preguntaron cuántos años pensaba tomarse para desplegarla. A vuelo de pájaro Onganía calculó que serían más o menos veinte. Él era un ferviente admirador de José Antonio Primo de Rivera y en España gobernaba Francisco Franco, quien moriría en ejercicio del poder después de 36 años de dictadura.
Al parecer lo único que Onganía no calculó fue que su falta de ansiedad por jubilarse no le caería bien a los jefes militares, a quienes también les quiso explicar que como cabeza de la “Revolución Argentina” a él le gustaba tomar como referencia el tiempo transcurrido entre la Revolución de Mayo y la sanción de la Constitución, 43 años. Lo destituyeron en cuestión de horas. Tuvo que llevar personalmente su renuncia al comando en jefe del Ejército.
Es curioso que Trump también haya pensado ahora en tres tiempos para quedarse a cargo de Venezuela. Los tres de Trump, según expuso el secretario de Estado Marco Rubio, son: estabilización (léase petróleo), recuperación económica y por fin una transición política, lo que supuestamente significa elecciones.
Por supuesto que Trump y Onganía no se parecen en nada, pero ambos planes de tres tiempos tienen dos cosas en común. La primera, obviamente, es que las elecciones van de postre. La segunda es todavía más determinante: no hay plazos. The New York Times le preguntó a Trump hace unos días si pensaba estar un año en Venezuela. “Diría que mucho más”, respondió. Se le atribuye a Antoine Saint-Exupéry haber dicho que una meta sin un plan es sólo un deseo.
Milei, quien lleva 25 meses en el gobierno, también habló de tres etapas, aunque fue cuidadoso respecto del requisito de que el año próximo la sociedad lo revalide. En la primera se propuso bajar la inflación y alcanzar el déficit cero. En la segunda, la actual, lograr la estabilización y hacer reformas estructurales. Y en la tercera, conseguir el crecimiento genuino. Pero su discurso suele estar ornamentado con fraseología grandilocuente, fanfarronería trumpeana, en la que incluso habla de la meta de la Argentina potencia, expresión que por lo visto a él no le trae recuerdos de López Rega.
Mientras tanto, no es mucho lo que se sabe sobre el futuro de la educación, de la ciencia, del sistema previsional, de los medios públicos, de las empresas del Estado, entre otros asuntos, ni del transporte público. Mucho menos de cómo se quiere que sean las grandes ciudades. Sí se sabe que llegarán más barcos chinos llenos de autos y que cada vez llamarán menos la atención.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/los-mensajes-del-barco-chino-nid21012026/