Los secretos de Henry Winkler, mucho más que el tipo más genial de la cuadra
Henry Winkler nunca tuvo una carrera lineal. Antes de convertirse en uno de los rostros más reconocibles de la televisión mundial fue, según sus propios maestros, un mal alumno. Hijo de refugiad...
Henry Winkler nunca tuvo una carrera lineal. Antes de convertirse en uno de los rostros más reconocibles de la televisión mundial fue, según sus propios maestros, un mal alumno. Hijo de refugiados judíos alemanes que escaparon del nazismo y se instalaron en Nueva York, creció durante años sin saber que su dificultad para leer tenía nombre: dislexia. Sus padres querían que continuara el negocio familiar de importación de madera; él insistió en estudiar actuación y terminó graduándose en la escuela de drama de Yale. Esa combinación de tenacidad personal con adaptación constante terminaría definiendo toda su trayectoria.
La fama llegó temprano y fue abrumadora. Arthur “Fonzie” Fonzarelli, el personaje que interpretó en Happy Days, no solo dominó la televisión norteamericana de los años 70, sino que moldeó el lenguaje cultural al crear desde el arquetipo del rebelde simpático hasta el concepto industrial de jump the shark . Pero el éxito tuvo una consecuencia clásica en Hollywood: el encasillamiento. Durante años, Winkler dejó de conseguir papeles importantes mientras aprendía otra parte del negocio, la producción. De ese período nació MacGyver, una de las series más exportadas de la televisión de aventuras, que poca gente sabe que vio la luz gracias a Winkler.
Décadas más tarde volvería a reinventarse cuando, ya adulto, decidió escribir libros infantiles inspirados en su propia experiencia escolar. La saga Hank Zipzer, protagonizada por un chico con dificultades de aprendizaje, superó los 40 títulos publicados y lo convirtió en autor best-seller. Hank Zipzer también fue adaptada entre 2014 y 2016 para la TV inglesa con varios especiales navideños, algo usual en ese país. La televisión, vieja y estigmatizante aliada, también redescubrió a Winkler como actor dramático -le dio un Emmy por Barry- y finalmente como narrador: una figura confiable capaz de explicar historias al público masivo.
Ese recorrido explica su presente en The History Channel. En Historias arriesgadas (Hazardous History), Winkler conduce una serie que reconstruye inventos, productos comerciales, prácticas médicas y entretenimientos del pasado que alguna vez fueron considerados progreso hasta revelar su carácter peligroso. El programa se inscribe dentro de la evolución reciente del canal: menos documental académico tradicional y más narrativa histórica basada en curiosidades verificables, combinando recreaciones, expertos y la conducción de una figura fuerte de Hollywood. El eje no es la catástrofe, sino la conducta humana y cómo la sociedad repite errores aun cuando la tecnología cambia. La elección de Winkler no es casual: su propia biografía está marcada por la capacidad de adaptarse, equivocarse y volver a empezar.
-¿Pensaste en cuáles eran tus costumbres de la infancia, cosas que se hacían en esa época que eran peligrosas para nosotros y hoy básicamente están prohibidas?
-Yo tenía un set de química con un mechero Bunsen y me quemé los dedos; era demasiado chico para saber cómo usarlo. También tenía dardos, esos que tirabas al aire y después caían y te daban en el dedo del pie. No tuve el peine de celuloide. Ese que, cuando te peinabas, se prendía fuego porque estaba hecho del mismo material que la película, el celuloide. ¿Qué tal eso de que podías mandar a tu hijo “por correo” con el cartero, por lo menos diez cuadras, hasta la casa de los abuelos? ¿No es una locura? Es muy divertido escuchar estas historias. Es muy divertido ver lo que los seres humanos creían que iba a ser un gran paso hacia adelante y luego aprender qué es lo que no hay que hacer. En Massachusetts fabricaban sombreros y usaban un químico para darle forma al fieltro. La razón por la que existe la expresión “sombrerero loco” es porque los fabricantes de sombreros se volvían literalmente locos por el químico que usaban. Así nació la idea del Sombrerero Loco.
-Después de contar tantas historias de excesos y peligros, ¿hubo alguna que realmente te hiciera replantear cómo entendemos hoy la seguridad y el cuidado?
-El dinero parece ser el factor motivador, más que la población. Entonces, no creo que la seguridad haya sido una preocupación. Solo pensaban: “Veamos si este producto va a ser exitoso”. Hasta que se daban cuenta de que era una locura. Hubo una mezcla que creó una mujer en un frasquito porque los bebés no dormían. Cuando la tomaban, dormían como angelitos… Al poco tiempo eran adictos a la morfina.
Distopías-¿No es raro que, a medida que progresamos en ciencia y tecnología, también comprendemos que la estupidez humana es infinita?
-Yo siempre vuelvo a la película 2001 . Al final del film, el capitán de la nave le dice a la computadora: “¿No vas a abrir la puerta?”. Y la computadora contesta: “No lo creo, Dave”. Y te digo que la inteligencia artificial nos va a borrar de la faz de la Tierra.
-¿De verdad creés eso?
-Sí. Creo que es peligrosa y que va a avanzar y a aprender tan rápido de sí misma, que nunca vamos a poder encerrarla o controlarla.
-Hoy vivimos en una era con mucha más regulación y conciencia sobre la seguridad. Después de sumergirte en estas historias arriesgadas, ¿pensás que encontramos un buen equilibrio entre seguridad y aventura?
-Voy a decirte dónde creo que está hoy el peor problema de seguridad. El peor problema es que, de alguna manera, hemos entrenado a nuestros hijos para que estén casados con una pantalla. En esa pantalla, sin que los padres lo sepan, pueden meterse en situaciones de muchísimo peligro. También disminuye su capacidad de socializar. Anoche, en el avión de regreso a Los Ángeles, había dos amigos de unos 16 años, sentados uno al lado del otro. Los vi también en el aeropuerto. No se dijeron ni una palabra. Estaban completamente absorbidos por sus pantallas. Eso es peligroso y triste.
-Sos hijo de refugiados de Alemania. ¿Cómo te moldeó ser hijo de inmigrantes judíos?
-Mis padres eran increíblemente estrictos e increíblemente inconscientes de quién era yo como persona, y ni que hablar de quién era yo como su hijo, desde muy chico hasta que me convertí en una estrella, momento en el cual pasaron a ser “los coproductores” de Henry Winkler. Admiraba su tenacidad, y la tenacidad es un modo de vida para mí hoy. Me asombraba que pudieran aprender un nuevo idioma y formar una vida completamente nueva en otro país, y darles a mi hermana y a mí una vida bastante fantástica a nivel material. Me impactó mucho lo dañada que estaba mi madre por no haber podido nunca regresar a su casa, por no volver a ver a su familia. Y estaba seguro de que no volveríamos a vivir algo así como humanidad. Hasta hoy.
-¿Hoy te preocupa eso?
-Me preocupa que eso esté volviendo a pasar.
-¿Por qué?
-Por la situación en el mundo y por la retórica de mucha gente.
-¿Fuiste a Alemania con tus padres?
-Estuve en Alemania dos veces. Una vez trabajé en un aserradero- porque mi padre quería que yo me hiciera cargo del negocio que había traído de Alemania. Y otra vez fui por un gran programa de televisión, llamado Better Late Than Never. Bill Shatner, Terry Bradshaw, el jugador de fútbol americano, George Foreman, el campeón mundial de peso pesado, y yo viajamos juntos por todo el mundo, experimentando cosas por primera vez que no teníamos idea de que íbamos a conocer.
-Hay muchos actores, celebridades y productores en Hollywood que tienen dislexia, al igual que vos. ¿Creés que hay un vínculo entre esa condición y el arte?
-Yo creo que Dios da y Dios quita. Tengo dislexia, que es hereditaria. Mis hijos fueron o son disléxicos. Pero aprendés a rodearlo. Aprendés a trabajar con la manera en que ves el mundo, con cómo lo experimentás. Y eso te obliga a volverte fuerte de maneras que no sabías que podías.
Paciencia-En retrospectiva, ¿cómo pasaste de reinventarte después de Fonzie, que era un personaje tan identificado con vos?
-Otra vez: con paciencia. Tenés voluntad. Tenés voluntad sin ninguna duda. Y llegás a donde querés llegar. Lo que no sabés es cuándo. Cuando hice Happy Days, el mundo era un regalo para mí. Pero al mismo tiempo, no me contrataban, porque decían: “Bueno, es tan gracioso, es un tipo tan fantástico”, pero solo es eso. Fui a ver a un amigo y le dije: “Tengo un problema, no consigo trabajo”. Él respondió: “Escribí libros para chicos acerca de tu dificultad de aprendizaje”. “Bueno, no puedo hacer eso porque tengo una dificultad de aprendizaje”, le contesté. Y entonces me dijo: “Te voy a presentar a Lin Oliver, que sabe todo sobre literatura infantil”. Almorzamos juntos. El pescado era horrible, pero la reunión resultó fantástica. Y ahí nació Hank Zipzer, the World’s Greatest Underachiever (Hank Zipzer, el peor fracasado del mundo). Armamos una propuesta y llamé a la mejor agente literaria de ese momento, Esther Newberg, de CAA. Le dije: “¿Podrías mirar esta propuesta?”. Me respondió: “No hago libros infantiles”. Contesté: “Siempre hay una primera vez”. Insistí hasta que dijo: “Mandamela”. La envió a cinco editoriales. Tres dijeron que no, una dijo que tal vez y otra, porque yo era una celebridad, respondió: “Les damos un contrato por cuatro libros”. Así empezamos. Esos cuatro libros se convirtieron en 40 libros infantiles publicados.
-También sos productor de varias series de televisión y creaste uno de los mayores regalos de la historia de la TV, MacGyver.
-Yo estaba haciendo Happy Days, y parte de mi compensación fue que obtuve dos series al aire en ABC, algo que ya no dan más, salvo a Taylor Sheridan, o alguien así. La primera serie que vendí en mi vida fue a ABC, y fue MacGyver. Y después estuvo al aire durante 12 años en total. Y entendí que hay personas que saben lo que vos no sabés, y vos aportás lo que sí sabés, y creás lo que te gustaría ver, porque en el fondo todos somos iguales. Y por eso The History Channel funciona tan bien, porque todos estos hechos son tan raros, pero resultan interesantes para la mayor cantidad de gente.
-Desde Ripley’s Believe It or Not, que empezó como una historieta y después fue un programa de TV, los hechos fascinantes sobre personas y sobre la historia siempre captan audiencia, superan el medio en el que estén y tienen éxito. ¿Por qué creés que pasa eso?
-Lo tengo clarísimo. Hay personas que no tienen el coraje, o no tienen el conocimiento para cambiar y perseguir lo que realmente quieren. Tienen miedo, no se creen merecedores, no creen saber lo suficiente. Conozco a un hombre que tuvo que rechazar trabajo tras trabajo en la misma empresa porque no sabía leer. Hasta que fue, tomó un curso, aprendió y lo ascendieron rapidísimo. Pero estaba tan avergonzado y tan asustado por no saber leer, que se perdió de muchísimos pasos en su vida. Y así es la naturaleza humana. Cuando vemos este programa, Historias arriesgadas, nos asombramos con la imaginación de los demás, con la precisión de los demás sobre lo que creían que iba a ser mágico.
-¿Se aplica también a la actuación, por ejemplo, y a tus personajes? ¿El público te ve como una especie de canalizador de sueños frustrados?
-Con los años aprendí lo siguiente: cuando un programa es un éxito, es porque la gente quiere que estés en su casa. En el cine tenés 12 metros de alto, sos inalcanzable. Pero en la televisión sos un miembro de la familia. Cuando Happy Days estaba al aire, todos miraban un solo televisor. Ahora cada uno tiene el suyo, o una pantalla. Esa experiencia comunitaria ya no existe, pero miran porque los hacés sentir cómodos. Mi hijo ahora tiene más de 40 años y es director, pero cuando tenía 14, un día entré a su cuarto y estaba mirando dibujos animados. Los apagó enseguida porque estaba avergonzado. “No tenés que apagarlos. ¿Por qué los mirás? ¿Qué es lo que te gusta de eso?”, le dije. Él contestó: “El mundo está tan loco… Me calma". Y hay otra razón: nosotros somos el antídoto para las vidas del público en el mundo real.
-¿Qué cambió en la televisión en términos de filmar ahora en digital -que es más rápido, más fácil, con luces LED- comparado con la época dorada, cuando había que montar la cámara, cargar todo y demás?
-Lo único que cambió es la tecnología. Cómo se filma, dónde se filma, dónde se muestra. Pero necesitás un director, necesitás primero un guionista, necesitás un productor, necesitás actores, necesitás a alguien que haga el vestuario, que prepare la comida. Todo eso sigue siendo exactamente igual. El proceso es exactamente el mismo. Cuando hacíamos Happy Days, filmábamos con cámaras Mitchell, con esos grandes rollos de película, latas enormes. Solo podías filmar 11 minutos y después tenías que cambiar. Ahora, con cinta, podés filmar 45 minutos sin parar. Es increíble.
-Trabajaste con Wes Anderson en La crónica francesa. ¿Cómo fue la experiencia?
-Voy a contar una gran historia. Gano el Emmy. Al día siguiente, me subo a un avión con mi esposa y volamos a París. Bajamos del avión, tomamos un tren, viajamos tres horas por Francia hasta un pueblito. Wes Anderson había tomado el pueblo. Vamos al hotel. Antes de ir al hotel voy a la prueba de vestuario, porque esa famosa diseñadora italiana ajusta cada traje a tu cuerpo. Me quedo ahí otras tres horas mientras me ajusta el vestuario. Me pregunta: “¿Te gusta esta corbata?”. Y yo le digo: “¿Si me gusta esta corbata? No importa si me gusta. ¿Te gusta a vos? Si a vos te gusta, a mí también”. Después estás en el set. Preparan el plano durante dos horas. Y de repente aparece Wes Anderson y simplemente dice: “Henry, ¿podés moverte dos centímetros hacia la izquierda?”.
-Además te gusta pescar y estuviste en la Argentina.
-Primero estuvimos en Buenos Aires. Aterrizamos ahí. Comimos bife con puré de papas. Fue fantástico. Después volamos hasta la Patagonia y luego viajamos tres horas más en auto. Los guías eran increíbles. Hacía calor y llovía. Los peces eran tan grandes que podría haberme vuelto montado en uno hasta Los Ángeles. Yo pesco todo el tiempo en Idaho. Nada se compara con lo que pesqué en la Argentina..
-La cultura pop le debe mucho a los fans. ¿Cómo se creó el concepto de "jumping the shark"?
-Cuando en un episodio de Happy Days salté un tiburón con unos esquíes y se emitió ese episodio, había diarios y la gente realmente los leía. Cuando mencionaban "jump the shark" (literalmente, saltar el tiburón) ponían una foto mía haciendo esquí acuático. A mí me parecía fantástico. Alguien en una universidad inventó la frase , pero el programa siguió siendo número uno durante cuatro o cinco años después de eso, así que nunca nos molestó. Soy el único actor del universo que saltó el tiburón dos veces, porque lo hice otra vez en la sitcom Arrested Development, salté por encima de un tiburón en el muelle de una marina. Siempre lo tomé como un cumplido.