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Luis Ovsejevich: “No puedo pasar indiferente por este mundo”

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Luis Ovsejevich: “No puedo pasar indiferente por este mundo”

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Abogado, empresario, mecenas, emprendedor y administrador de la cultura. Docente, padre y abuelo. Coleccionista y viajero incansable. ¿En cuál de todas esas facetas se representa más cabalmente la esencia que lo define? ¿En la afectuosa imagen de la familia? ¿En los programas de la ópera, en los souvenirs de los viajes o los diarios de vida? ¿En la biblioteca jurídica o en los trofeos Konex? ¿En el escritorio que tan simbólicamente mira sobre la Plaza Lavalle, la plaza donde confluyen los Tribunales, el Teatro Colón y la primera sinagoga de Buenos Aires, el Templo Libertad?

¿En cuál de esas imágenes se cifra un espíritu tan vasto? En todas ellas y en otra en particular que permite ilustrar la fórmula de su éxito, la síntesis arquetípica del Quijote y Sancho Panza que representa las dos filosofías opuestas y complementarias que conviven en sus proyectos. Dos esculturas que sobresalen de una colección que acumuló durante más de medio siglo de viajes por más de ciento veinte países. Dos tallas de madera de entre una cantidad de muñecos traídos de los lugares más remotos del planeta que no por casualidad se imponen sobre el resto: Don Quijote y Sancho Panza. La metáfora del ingenioso hidalgo y su fiel escudero representando las fuerzas que se aúnan en la sola persona de este argentino singular. El Quijote filántropo que se consagra a las utopías y su ayudante Sancho Panza que se apega a la realidad. El hombre desinteresado que siembra valores y el hombre de acción que les da vida. El que sueña con cambiar el mundo y el que trabaja para lograrlo. El de mirada idealista, el de mirada material. Dos caras inescindibles de una misma moneda que se expresan en una frase: “Porque considero que cada persona que tiene la posibilidad de hacer algo por la sociedad en la que vive, debe hacerlo, no puedo pasar indiferente por este mundo.”

La metáfora del ingenioso hidalgo y su fiel escudero representando las fuerzas que se aúnan en la sola persona de este argentino singular. El Quijote filántropo que se consagra a las utopías y su ayudante Sancho Panza que se apega a la realidad

Tras la entrega del Konex de brillante a Charly García en su reciente edición de Música Popular y a pocos días de que la Universidad Maimónides le otorgara el título de Doctor Honoris Causa en reconocimiento a sus méritos académicos, científicos y profesionales (lo recibió el miércoles pasado), conversamos con el presidente de la Fundación Konex, creador del premio que recompensa el mérito en la Argentina.

Historia de familia

–Estás rodeado de colecciones de todo tipo, ¿qué representa el coleccionismo?

–Una práctica que me remite a la infancia cuando iba al Parque Rivadavia con mi mamá a cambiar monedas y estampillas. De chiquito ya coleccionaba cosas. Después, de grande, me dediqué a estas tallas que traigo de mis viajes por el mundo. Y también cuadros, pero eso es algo común. Miniaturas de porcelana de las que después no me ocupé tanto. Y juegos de ajedrez. Tengo más de cincuenta ajedreces exhibidos en una mesa. Hace treinta años, cuando armé la decoración de este estudio, hice colocar las tallas de esta manera que sorprende a todos y hasta Marta Minujín me dijo “¡pero esto es una instalación!”.

–¿Cómo empieza la historia de tu familia en la Argentina?

–Con mi padre, que llegó de Polonia en el año 30. Él vivía en una ciudad del noreste polaco llamada Białystok, a 200 km al norte de Varsovia. Su casa había quedado a 20 o 30 metros del gueto. Yo tenía la dirección, la busqué en el mapa y vi que quedaba en ese límite. Entonces, en 2000 viajé con mi hijo y fuimos a visitarla. El primer hermano de mi padre vino en 1927. El segundo en el 28 y mi papá en el 30. Después vinieron otro hermano y una hermana en el 34, todos solteros, y la madre. Dos hermanos más, que ya estaban casados y tenían hijos, se quedaron allá. En el año 39, cuando Polonia fue dividida entre Alemania y Rusia, Białystok quedó del lado ruso como parte de Lituania. En el 40, con unos trámites de locos, lograron sacarlo al hermano que estaba casado y ya tenía dos hijas. Un cónsul japonés, que en Israel está considerado Justo de las Naciones por salvar gente judía, le dio las visas. Se fueron con su familia a Japón y recién en el 41 llegaron a la Argentina. Ese hermano se salvó. Y la única hermana que se quedó en Europa murió en un campo de concentración con su esposo y sus tres hijos.

–¿Por qué optaron por la Argentina?

–La gente huía de la pobreza y las opciones de destinos que encontraban eran Estados Unidos, Australia y la Argentina. Cuando empecé a armar el árbol genealógico descubrí que el primero de los hermanos quería ir a Palestina. Pero los británicos no le dieron la autorización, así que en 1927 se vino para este lado y los demás lo siguieron.

–¿Y la familia materna?

–Mi abuelo vino de Odessa. Llegó a la Argentina el 17 de mayo de 1908. Él siempre nos contaba la anécdota de que ese 25 de mayo estuvo para la inauguración del Teatro Colón. Venía de Odessa, que era todo música y no sé ni cómo, sin entender una sola palabra, se enteró de que había una ópera y fue a ver la función. Cuando se hizo un libro sobre intelectuales judíos en la Argentina se rescató la anécdota: ¿Se podría haber imaginado aquel señor que estuvo en el paraíso en 1908 que un día su nieto sería el director de ese teatro? Ni en sueños… Mi abuela materna vino de Chisinau, Moldavia. Se conocieron aquí, se casaron, tuvieron una primera hija de nombre Amelia y una segunda en 1912 que fue mi madre y le pusieron de nombre Aída, en honor a la ópera de Verdi con la que se inauguró el Teatro Colón.

–¿Qué recordás de la visita a la casa de tu padre en Polonia?

–Después de haber ido a Auschwitz, tomamos el tren de Cracovia. Cuando llegamos a Białystok dejamos el equipaje en el hotel y de inmediato nos fuimos a buscar una intérprete que nos acompañara. El temor de todos allí es que la gente vuelva a reclamar la propiedad que había sido de sus ancestros. ¡Y a mí jamás me hubiera interesado semejante cosa! Yo solo quería ver la casa donde vivía mi papá. Nos atendió una mujer. Había cuatro o cinco más en el jardín. Eran todas bielorrusas que venían a trabajar a Polonia y les alquilaban una cama. Entramos a la casa, la recorrimos y allí me quedé conversando un par de horas con la mujer que estaba a cargo. Saqué fotos con las que más tarde armé un álbum para todos mis primos con la historia de nuestros abuelos y nuestros padres, los siete hermanos. Después de allí nos fuimos a unos 50 km a ver la única sinagoga que había sobrevivido. A continuación, la guía nos propuso ir a un restaurante a otros 50 km más de ese lugar. Llegamos ¡y lo encontramos a Lech Wałęsa! Recién a la mañana siguiente pudimos recorrer Białystok, la ciudad de donde vino la familia de mi padre, la ciudad de Zamenhof, creador del esperanto. El segundo día, cuando ya nos volvíamos, mi hijo, que en ese entonces tenía 20 años, me pidió que el auto que nos llevaba a la estación de tren pasara otra vez por la casa de mi papá. Volvimos a ver su casa por afuera, de camino a Varsovia. Y eso me emocionó profundamente…

Conociendo el mundo

–¿Tiene algo que ver con tus orígenes el espíritu viajero?

–Es una inquietud mía porque me gusta conocer de todo.

–¿Qué es lo más exótico o extraño que has llegado a conocer?

–Corea del Norte fue uno de los países más extraños. Lo visité con un amigo poco antes de la pandemia en 2019. Organicé el viaje a través de una agencia china en Beijing. Cuando nos dieron los documentos para viajar nos explicaron que no podíamos llevar ningún libro, ningún mapa, nada de nada. Llegamos al aeropuerto en Pyongyang y nos revisaron los teléfonos, pero después tuvimos libertad para ver lo que queríamos y sacar fotos en todos lados. Lo que nunca pudimos hacer, ni por un instante, fue caminar solos. Seis días viviendo en un país completamente cerrado, acompañados todo el tiempo por dos guías. Nos dejaban en el hotel y nos buscaban las mismas personas. Lo que me llamó mucho la atención fue la edificación tan moderna de Corea del Norte (al estilo Puerto Madero), creada para los científicos, donde vivían 30 mil personas. En otros países pobres no se encuentra nada parecido. El otro destino que me llamó la atención fue Yemen. En el interior se vive como en la época de Jesucristo. Realmente. Como hace más de 2000 años: la gente tirada en el piso rodeada de cabritos y lo único que indica que estamos en el tiempo actual es una botella de Coca Cola o una caja de sopas Maggi que vi por ahí. Otro lugar extraño fue Turkmenistán, donde estuvo Niyazof, el dictador que quedó después de la caída de la Unión Soviética en un país de fantasía con una ciudad nueva hecha toda de mármol. ¡Locuras que se ven en el mundo! El próximo viaje que hago es en enero con mis nietos. Tengo una relación excepcional con ellos, ¡la gente siempre me dice que, siendo adolescentes, es algo asombroso! Vamos a Kenia y Tanzania. Este año ya estuvimos en Marruecos, y si bien yo prefería ir a la India para darles cultura, ellos eligieron los animales. ¡Quieren ver gorilas!

–¿Qué es lo que más te gusta mostrarles en esos recorridos?

–Una cierta inquietud por las culturas, por conocer el mundo. Tengo tres hijos y cinco nietos. Mi nieta mayor tiene 19 años y ya conoce más de 40 países. Y los más chicos, que tienen 13 y 14, ya han visto 34, incluidos algunos de los más raros.

Un legado a la sociedad

–Hablando de los jóvenes, has creado programas ejemplares dentro de los ciclos Konex (¡Vamos a la música, a la ópera, al ballet, al concierto!) ¿Sentís que tenés una misión por cumplir respecto de la juventud?

–No diría que una misión porque eso sería asumir un carácter religioso. Pero sí considero que cada persona que pasa por este mundo, si tiene la posibilidad de hacer algo por la sociedad en la que vive, debe hacerlo. No puedo pasar indiferente por este mundo. Tengo mucha gente amiga a la que le interesa ir a jugar al golf, a navegar, a tomarse un whisky… Y a mí esas cosas de verdad no me mueven en absoluto, no me importan. A mí lo que me interesa es la cultura y dejarle algo a esta sociedad.

–¿Cómo descubriste esa vocación tan definida?

–Lo traigo de la infancia porque mi padre fue un hombre destacado que se preocupó por la comunidad y participó de varias instituciones. Él tenía esa inquietud. Criaba a sus hijos, pero también dedicaba tiempo a la labor institucional. Ver ese ejemplo de chico, me dejó algo. Después, no sé si yo hice bien o mal, pero terminé muy pronto mi carrera. Entré al Cangallo Schule a los 5 años porque ya sabía leer y escribir, y hacer las operaciones matemáticas. Después nos mudamos y pasé a una escuela del Estado porque mi mamá quería tenerme a tres cuadras de casa. Resulté ser el mejor alumno de ese año y me dieron un premio. Siempre le agradecí a mi madre llevarme en la enseñanza pública para el primario porque conocí aspectos diferentes a los del colegio privado. La secundaria la hice en el Manuel Belgrano. Di el 2º y el 4º año libres. A los 13 hice el bar mitzvá, a los 15 estaba en la Facultad y a los 19 años me recibí de abogado. Entré a la carrera docente con una persona que me marcó: Federico Videla Escalada. Entré a su cátedra y a los 20 estaba dando clases en un primer curso donde tuve de alumna a Elena Highton , que fue miembro de la Corte Suprema ¡Los alumnos eran todos mayores que yo! A los 24 era adjunto en la Facultad de Derecho y en la de Ciencias Económicas. Hoy todavía algunos me recuerdan y me dicen: “Fuiste el mejor profesor que tuve”.

–¿Cómo tenés repartido el tiempo según tus prioridades entre el Derecho, la docencia, la empresa, las instituciones, los viajes y la familia? ¿Cómo dividís tanta variedad de intereses y propósitos?

–El centro de mi vida es la familia: mis hijos y nietos. Como te decía, tengo con una relación excelente con ellos, con hijos y nietos. Todos los años los llevo de viaje por el mundo en veinte días que compartimos totalmente. A esos viajes les doy una enorme trascendencia. Otro centro de mi vida, como si fuese un cuarto hijo, es la Fundación Konex, porque estoy pensando permanentemente en las actividades. Después la música, a la que también le doy relevancia. Debo ir unas 20 o 30 veces por año al Teatro Colón: al abono de la ópera, el ballet, los conciertos y varias funciones extraordinarias.

Sembrando el porvenir

–¿Cómo nació la idea de crear la Fundación Konex?

–Como un reemplazo de la docencia. En el 69 armé una empresa comercial que representaba a Canon y se llamó Konex-Canon. Cuatro o cinco años después, dejé la profesión y la docencia, pero necesitaba cubrir esa vocación de alguna manera. Y la forma que encontré de hacerlo fue creando la fundación con la idea de reconocer a aquellas personalidades que sirven de ejemplo para la juventud. De allí el lema, que es “sembrar el porvenir”.

–¿Qué recuerdo te viene a la memoria de la primera edición?

–Un día se me ocurre inventar este premio para destacar veinte disciplinas con veinte jurados y una estructura por la cual, cada diez años, se repite la actividad. Esto es para que se premien trayectorias y no lucimientos fugaces. El primero fue al Deporte, en el año 80. ¿Dónde iba a encontrar los veinte jurados? En ese momento era muy importante el círculo de periodistas deportivos. Hablé con su presidente y le pedí que convocara a veinte periodistas para integrar el jurado. Entregamos la primera etapa en el Automóvil Club y la entrega final, que era sorpresa, en el Luna Park con una cena para 1800 personas que fue transmitida por el canal 11. En el momento en que los premiados estaban en el escenario, el jurado votó el Konex de brillante, que eligió como máxima figura a Juan Manuel Fangio que dijo: “Espero que no me falle el de la zurda (por el corazón). ¡Es la primera vez que me premian en la Argentina!”. Así empezaron los Konex.

–A lo largo de estos años que tienen los premios el país ha atravesado situaciones de lo más diversas. ¿Cómo has logrado mantener esta institución autónoma y estable, al margen de los vaivenes políticos?

–Empezando por la dictadura... Al año siguiente del premio de Fangio (Deportes) venía la categoría de Espectáculos. Era 1981. Se iba a transmitir en directo por el canal 13, pero 48 horas antes de la entrega me dicen que no se va a transmitir porque estábamos premiando a gente de izquierda. Ese año la votación dio un empate entre Luisa Vehil y Alfredo Alcón. El jurado dijo que no se podía desempatar, así que se le entregó el trofeo a Vehil y se mandó a hacer otro para Alcón. Y en mi discurso me animé a criticar esa decisión que le había quitado a tanta gente la posibilidad de ver a sus máximos actores y actrices. Hubo gente que me dijo “cómo te animás a hablar así ¡te van a meter adentro!”. Pero dije lo que tenía que decir y no pasó nada. Yo no tengo compromiso con nadie y nunca lo tuve. Eso es la independencia.

–¿Te has identificado con alguna línea de pensamiento o brindaste apoyo o adhesión a algún espacio?

–Nunca participé de la política. Fernando de la Rúa me convocó para ser director general del Teatro Colón, pero nunca estuve afiliado al partido radical. Y si tengo que elegir entre todo lo que viví en este país, como presidente lo rescato a Arturo Frondizi, la personalidad que más se aproxima al ideal de mi pensamiento: un intelectual con ideas de avanzada.

–Con De la Rúa tuviste un vínculo importante.

–Nos conocíamos de la facultad porque ambos éramos docentes en Derecho y porque fue Premio Konex como legislador en 1988. Él venía a visitarme con frecuencia. Cada tres meses venía a esta oficina, nos sentábamos en estos sillones y manteníamos una larga conversación sobre todos los temas. Me decía: “quiero escuchar la opinión de una persona inteligente que no está en la política”. En febrero del 92 vino a verme y le dije: “¡Presentate como candidato a senador!”. Me respondió que no le convenía, que era presidente del bloque radical en diputados. “Si voy al senado, soy un senador más —decía—. Pero en diputados, presido la bancada”. Y le insistí. “Te estás equivocando. Si querés ser presidente…”. Y a las 24 horas aceptó la candidatura. Pasaron unos meses y nos encontramos en una fiesta en la casa de Fortabat. Se me acercó y me agradeció el consejo: “Por vos voy de senador”, me dijo. Y de allí quedó una relación entre nosotros. Siguió visitándome regularmente para mantener esas conversaciones y cuando vino la elección para la Capital Federal, me preguntó qué hacer con el Teatro Colón. Le recomendé que lo dejara a Sergio Renán porque el teatro estaba funcionando, pero que, si quería cambiarlo a toda costa, entonces lo convocara a Miguel Ángel Veltri, que era el director de orquesta argentino más conocido y prestigioso del mundo, y además, lo conocían todos los grandes cantantes de la ópera. Finalmente terminó sacando a Renán y poniendo a Kive Staiff de director general y a Veltri de artístico. Pero se llevaban a las patadas y se pelearon a muerte sobre todo porque Kive Staiff no sabía nada de música. No tenía ni idea. Veltri terminó muriéndose. Era diciembre de 1997. Estábamos en la embajada de Uruguay, salió de allí, le dio un ataque y a la semana se murió.

Teatro Colón

–En ese momento delicado De la Rúa te convocó para la dirección.

–Había quedado el hueco de la dirección artística y se armó un comité del que formé parte. Pasaron los meses y lo despidieron a Kive Staiff. Teresa Anchorena fue quien me llamó para transmitirme el mensaje de De la Rúa. Yo estaba vendiendo mi empresa a Canon y era todo una locura, pero asumí el riesgo. Me propuso ser director general y artístico, pero solo acepté la dirección general porque sé manejar una institución, pero para ser director artístico hay que tener otra capacidad y otra formación. Entonces propuse a Renán como director de programación, que después se fue y en su lugar vino Mario Perusso como director artístico. Cada vez que venían a hacerme una nota periodística, me pedían ir a la sala principal para hacerme las fotos, ¡algo que nunca acepté! Porque como les decía: “Soy un director general, así que las fotos me las sacan en mi escritorio que es mi lugar de trabajo”. Y fíjate que lo primero que hace cualquiera que va de director al Colón es sacarse la foto con la sala detrás como si fuera un gran artista.

–¿Qué destacás de tu labor en esas dos temporadas en que estuviste a cargo entre 1998 y 1999?

–Asumí el 5 de mayo del 98 con una temporada que venía armada por Veltri y me fui el 10 de diciembre del 99 cuando De La Rúa asumió como presidente. Una creación de mi gestión fue el abono nocturno nuevo. En el Colón siempre existieron tres abonos tradicionales: el gran abono, el vespertino y el nocturno. A los 60 días de hacerme cargo inauguré un cuarto abono porque la gente estaba desesperada por conseguir localidades. ¡Si hasta salían los avisos de compraventa de entradas en La Nación! Lo saqué a la venta con total prolijidad y se agotó. Otra cosa positiva fueron los programas de mano con los argumentos en cinco idiomas. Conseguí 3 millones de dólares de espónsores, trabajé ad honorem ¡y me volvieron loco durante 9 meses hasta que me sacaron la resolución que permitía que un funcionario no cobrara sueldo! Y todos los viajes que hice al exterior durante mi gestión, pasajes y hoteles, los pagué de mi bolsillo.

–¿Qué hitos artísticos fueron los más memorables?

–Armamos la temporada siguiente empezando con Otello. Lo traíamos a José Cura en su máxima plenitud para inaugurar el año… ¡y Mario Perusso me dice, ya con el abono armado, que la consigue a June Andersson! No podíamos, porque ya habíamos arreglado con Cura, una figura de primer nivel. Pero hablé con él, le expliqué la situación y le propuse mantener la inauguración con su título, pero largar el año con Andersson. Y lo aceptó. Fui a verlo a Zúrich. Al salir de una función me acerqué y le agradecí. Me lo habían pintado como un monstruo y sin embargo me encontré con un tipo bárbaro, un artista genial que después vino al Colón y tuvo un éxito impresionante cantando Otello. Otro hito fue la ópera Aurora patrocinada por la Fundación Konex con el debut de Darío Volonté que cantó el primer bis (en un gran abono) de toda la historia del teatro. Fue idea de Mario Perusso, que lo había visto cantar a Volonté y le propuso esta ópera que terminó siendo fabulosa. ¡Histórica! Finalmente, la anécdota de Plácido Domingo que vino en su momento de esplendor a cantar Fedora con Mirella Freni. Domingo había sido convocado por Veltri para agosto del 98, era parte de la programación heredada. ¡Y me piden 200.000 dólares por tres funciones! ¡Una locura! porque lo máximo que se pagaba, por ejemplo en el Met para las primerísimas figuras, las super top del mundo, eran 20.000 dólares y aquí me pedían casi 70.000 por función. Un delirio. Porque además no habían pactado nada, no habían firmado contrato. Una informalidad total. Terminé arreglando por algo así como 150.000 dólares con la condición de una cuarta función, que la cantó a las cuatro de la tarde del mismo día que se tomaba el avión de regreso. En la puerta lo esperaba el remise que lo llevaba a Ezeiza. Y con la venta de esa cuarta función extraordinaria recaudé los 150.000 dólares que pagaron la totalidad de su contrato. ¡Este es el tipo de cosas que resuelve un director general!

–Sos un gran lector de La Nación y nos consta a quienes escribimos las páginas de este diario que empezás el día con la lectura minuciosa de la edición en papel

–¡Y les mando temprano las fotos de las notas a cada uno! .

–¿Qué importancia reviste ese hábito en un hombre de acción y de cultura?

–Yo le presto mucha atención y mucho tiempo porque leo y exprimo todas las secciones, todos los días. Es una educación que aprendí de chico viendo cómo leían las noticias mis padres. Incluso recibíamos el diario en idish, el Yiddishe Zeitung. Por otra parte, en los canales de televisión se ven siempre los mismos diez personajes que deambulan de un canal a otro. Y a mí me interesa estar informado de todo, de lo que pasa acá y en el mundo, y sigo apreciando el papel porque en las redes hay un nivel de agresión insoportable.

–De todo lo extraordinario que has vivido y creado, ¿hay algún sueño que te queda por cumplir?

–Me gustaría ver un país que funcione. Un país donde los chicos no tengan que pensar en cómo irse. Que se queden acá, que continúen sus carreras y tengan un futuro valioso en la Argentina.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/luis-ovsejevich-no-puedo-pasar-indiferente-por-este-mundo-nid30112025/

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