Generales Escuchar artículo

Manuel Crespo. “Casi morirse puede transformarse en una experiencia muy vital”

Manuel Crespo (Buenos Aires, 1982) acaba de publicar Un vidrio (Ninguna Orilla), una novela dolorosa, física, atravesada por un accidente real –la ingestión involuntaria de un vidrio que lo dej...

Manuel Crespo. “Casi morirse puede transformarse en una experiencia muy vital”

Manuel Crespo (Buenos Aires, 1982) acaba de publicar Un vidrio (Ninguna Orilla), una novela dolorosa, física, atravesada por un accidente real –la ingestión involuntaria de un vidrio que lo dej...

Manuel Crespo (Buenos Aires, 1982) acaba de publicar Un vidrio (Ninguna Orilla), una novela dolorosa, física, atravesada por un accidente real –la ingestión involuntaria de un vidrio que lo dejó en coma–, pero escrita deliberadamente a contramano de la autoficción.

En lugar de narrar lo ocurrido desde el yo confesional, Crespo eligió el camino más arduo y literario: transformar esa experiencia límite en ficción, con personajes, escenas, tensiones y una estructura pensada como novela, no como testimonio.

La conversación ocurre después de un homenaje a Marcelo Cohen en el Centro Cultural Recoleta, a tres años de su muerte. No es un dato menor. Cohen fue una figura importante en el recorrido de Crespo: editor, traductor, escritor, fundador de la revista Otra Parte, y, sobre todo, un referente intelectual con el que compartió años de trabajo y de conversaciones. “No sé si fue un maestro en el sentido clásico –dice Crespo–, pero sí alguien que te enseñaba a mirar el mundo, la literatura y la lectura”. En Otra Parte, Crespo escribe reseñas y edita la sección “Otras literaturas”, un espacio que condensa su doble pertenencia: la del escritor y la del periodista cultural.

Ese cruce entre ambos mundos no es casual. Crespo cuenta que tuvo siempre la certeza de que quería ser escritor. “Desde chiquitísimo, desde que empecé a leer quería escribir. Y escribía todo el tiempo. Tengo cuentos de chico y un intento de novela cuando tenía 13 años. Imaginate: imposible”.

Aquello que tenía en mente no lo abandonó nunca. Y encontró en el periodismo una herramienta más. “Hice el máster en Periodismo que compartimos porque no sabía qué hacer con mi vida, pero lo que sí sabía era que quería escribir ficción”, cuenta, en la mesa de un bar al que vendrá el recuerdo de aquella entrañable camada de compañeros de maestría de hace 20 años de LA NACION/Universidad Torcuato Di Tella.

Cuando se anotó en el máster pensó que podía ser periodista de día y escritor de noche, hasta que en la redacción descubrió que el periodismo exige una vocación total. No la encontró en el periodismo generalista, pero sí en el trabajo de reseñista: un género que reivindica como estrictamente periodístico, aunque atravesado por la literatura. Informar sobre un libro, situarlo, valorarlo, escribir desde una subjetividad informada: ahí, dice, sigue haciendo periodismo.

Un vidrio, su última novela, nació de una experiencia que se resistía a ser narrada. Un amigo cronista le sugirió escribirla como crónica en primera persona, entrevistar médicos, reconstruir hechos; así podría simplificar el camino, le dijo. Pero Crespo lo rechazó. “Nunca lo pensé como crónica o autobiografía”, dice. Lo que le interesaba era escribir una novela: pensar un personaje –lo llamó Pedro–, construir subtramas, escenas, tensiones, y someter la experiencia a las convenciones del género.

Pedro vive algo idéntico al autor –comerse un vidrio y casi morir–, pero no es Manuel Crespo. Tiene otras relaciones, otras dudas, otras soledades. Cuando el autor estuvo acompañado, el personaje está solo; cuando Crespo tenía certezas, Pedro duda y así. Esa operación creativa fue consciente y radical: no poner la ficción al servicio de la experiencia, sino la experiencia al servició de la ficción.

Esa decisión también define la estructura del texto. Desde el comienzo se anuncia lo que va a pasar, pero la novela trabaja con un delicado juego de tiempos, avanza y retrocede, va reponiendo la información. Crespo habla más de “suspensión” que de “suspenso”: el lector sabe el desenlace, pero la narración lo obliga a habitar el antes, a olvidar momentáneamente el hecho central, hasta que este reaparece con toda su violencia física.

Cuando llega la escena del accidente, el texto no escatima detalles: sensaciones, dolores, el cuerpo llevado al límite. “Justo antes de tragar, supe que estaba por cometer un error para siempre”, escribe, antes de revivir ese instante que le cambió la vida. “Casi morirse es una experiencia muy vital”, dice Crespo, y esa vitalidad extrema atraviesa la novela.

Hay una dimensión particularmente ardua en Un vidrio, que tiene que ver con el propio acto de escritura. Para Crespo, escribir la novela no fue solo una operación estética, sino también una forma –no terapéutica, pero sí inevitable– de volver al accidente. Dice en un momento que se “lo tenía que sacar de encima”. Crespo habla de una vivencia difícil de nombrar y elige una imagen: “Tengo la experiencia de haber sido acuchillado por dentro. Sé lo que es sentir algo que te desgarra”.

Ese recuerdo no desaparece, pero con el tiempo se transforma. Durante años, el accidente fue una presencia diaria, un recuerdo que se actualizaba cada mañana. Hoy ya no. Quedaron las cicatrices, físicas y simbólicas, pero también una distancia que le permitió convertir esa experiencia en material literario.

La tensión que recorre todo el libro se traslada al lector a través de imágenes insistentes: el hambre, el acto de comer sin saciarse, la repetición casi mecánica de un gesto que no conduce a ningún placer. Comer un guiso de lentejas sin gusto, devorar y no poder parar. De esa idea surge una de las figuras más inquietantes de la novela: el payaso. Un personaje cínico, que habita una zona turbia entre lo real y lo imaginario. No se sabe si es un sueño, una alucinación o una presencia concreta. Está ahí porque Pedro lo ve, aunque no sepa si los demás también lo ven.

Crespo quiso preservar deliberadamente esa ambigüedad. El payaso funciona como un espejo deformante: devuelve lo que el personaje –y el lector– no quiere o no puede ver. “Si uno le aplica una lógica psicológica, es Pedro de otra manera”, sugiere. Y cuenta que la figura está inspirada, en parte, en la película En presencia de un payaso, de Ingmar Bergman. En su novela este personaje funciona como espejo, como doble, como encarnación de una ansiedad que no se nombra.

La novela dialoga también con una tradición literaria amplia: la literatura del enfermo, los médicos-filósofos, el existencialismo, la poesía de Omar Khayyam, el tango, la amistad como territorio vital, que muta con el tiempo. “Si de mi juventud es hoy la fiesta,/ la ofrendaré del alba hasta el…" recita versos del poeta persa un personaje en medio de una noche de farra.

Aparece, en retrospectiva, una vida de excesos, de noches compartidas, de vínculos intensos que el tiempo y la edad transforman. Como señala Crespo, parafraseando a Héctor Tizón, envejecer también es empezar a tener problemas con los amigos, con la relación que se tuvo en algún momento. Llegan las distancias de aquello tan cotidiano. “Yo todo ese verano que ocurre ahí en la novela, en mi propia existencia con mis amigos nos veíamos cuatro noches por semana. Era un exceso también en un punto, porque costaba trabajar, después costaba levantarse a la mañana. El cuerpo pasa factura, sí. Y es un poco eso también: hay como una vida en barra que un poco se terminó ahí”. Un vidrio y su primera novela, Los hijos únicos, comparten de algún modo esa mirada: la celebración de la amistad y, al mismo tiempo, la conciencia de sus vicisitudes.

El final de Un vidrio es deliberadamente abierto. Tal vez entonces valga releer el epígrafe de Clarice Lispector que Crespo eligió para su novela. “Habla más de los bordes de la novela que de la novela misma, y me interesó por eso, por el final que tiene mi texto”, dice, sobre los versos de una de sus escritoras predilectas. “Pero voy a esperar./ Voy a esperar comiendo con delicadeza/ y recato y avidez controlada/ cada migaja de todo”.

Crespo decidió no narrar la recuperación completa. Pedro queda suspendido: no está curado, sigue siendo un convaleciente. Esa ambigüedad es ética y estética. No hay relato de resiliencia ni moraleja. Hay literatura.

La escritura de esta novela de 120 páginas fue larga y ardua. Años de borradores, de abandonarla y retornar, de amigos escritores leyendo resmas enteras con nuevas versiones. Recién al trabajar el texto con la editorial Ninguna Orilla la novela encontró su forma definitiva. Crespo escribió atravesando su propio estrés postraumático, una experiencia que hoy no recomienda, pero que terminó de sellar el carácter de su libro.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/manuel-crespo-casi-morirse-puede-transformarse-en-una-experiencia-muy-vital-nid17012026/

Volver arriba