Manuel Martín-Loeches, neurocientífico: “La inteligencia aparece justo en el momento en que dejamos de saber qué hacer”
El hecho de cavilar suele imaginarse como una actividad limpia, casi quirúrgica, aislada del ruido de las emociones. Una especie de laboratorio interior en el que las ideas se ordenan solas, como ...
El hecho de cavilar suele imaginarse como una actividad limpia, casi quirúrgica, aislada del ruido de las emociones. Una especie de laboratorio interior en el que las ideas se ordenan solas, como si el cerebro fuera una máquina racional que funciona mejor cuanto más se parece a un algoritmo. Sin embargo, esa imagen resulta tan seductora como incompleta. La mente humana se parece más a un ecosistema que a un engranaje, a una conversación que a una ecuación.
En ese territorio híbrido, en el que conviven impulsos, recuerdos, intuiciones y razonamientos, trabaja Manuel Martín-Loeches desde hace décadas. Catedrático de Psicobiología y responsable de la sección de Neurociencia Cognitiva del Centro Mixto UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humanos, su trayectoria combina más de cien publicaciones científicas con libros que buscan traducir la complejidad del cerebro a preguntas cotidianas como ¿para qué sirve ser inteligentes?, ¿por qué emociones y razón parecen inseparables? o ¿qué define realmente la inteligencia?
Las respuestas importan más de lo que parece. Según datos de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), el desarrollo cognitivo temprano se encuentra fuertemente condicionado por el entorno en los primeros años de vida, con impactos que pueden extenderse durante toda la trayectoria educativa. A su vez, investigaciones en neurociencia cognitiva muestran que las áreas cerebrales vinculadas a la emoción y al razonamiento se encuentran estrechamente conectadas.
Qué significa para la psicología que una persona eleve la voz constantemente cuando habla
Estudios de Antonio Damasio, como los desarrollados en Descartes’ Error, demostraron que la toma de decisiones se ve profundamente afectada cuando se alteran los circuitos emocionales. En la misma línea, trabajos publicados en Nature Reviews Neuroscience evidencian la interacción constante entre redes emocionales y cognitivas.
A partir de allí, el debate científico avanza entre mitos y evidencias, desde la discusión sobre las inteligencias múltiples hasta el rol del entorno, la maduración cerebral y el vínculo entre conocimiento y bienestar.
–¿Ha cambiado la definición de inteligencia con el tiempo?
–Quizás durante el último siglo y medio, pero más o menos se lleva siendo unánime a este respecto desde prácticamente el principio. Una definición actual dice que la inteligencia es la capacidad para aprender, tomar juicios y solucionar problemas de una manera general. Esa sería una definición con la que más o menos todos los psicólogos estarían de acuerdo. Existe otra que me gusta más, atribuida al psicólogo Carl Bereiter, que dice que la inteligencia es aquello que usás cuando no sabés lo que tenés que hacer. Aplicar un estereotipo o algo ya aprendido responde a un conocimiento previo. La inteligencia aparece con claridad en situaciones nuevas, sin precedentes, en las que surgen ideas originales y soluciones creativas.
–Ud. no está de acuerdo con la idea de las inteligencias múltiples. ¿Por qué?
–El autor de esa idea, Howard Gardner, plantea la existencia de ocho en muchas de sus versiones, pero ese número carece de una base empírica clara. Surge más como una clasificación conceptual que como un resultado del método científico. Los datos disponibles muestran que las distintas capacidades cognitivas se encuentran relacionadas entre sí. Una persona que destaca en un área suele presentar un buen desempeño en otras, con matices y variaciones, pero con correlaciones evidentes. Resulta más apropiado hablar de capacidades o aptitudes que de inteligencias independientes. La inteligencia funciona como un factor general que integra esas capacidades, y por eso un único índice, como el cociente intelectual, suele ser suficiente para describirla en términos globales.
–Ha indicado que la inteligencia y la madurez van de la mano; entonces, ¿se puede decir que las nuevas generaciones que se ven más inmaduras que sus padres serán más inteligentes más tarde de lo esperado?
–Desde un punto de vista evolutivo, los cerebros que tardan más en madurar alcanzan niveles de complejidad mayores. El cerebro humano, que puede completar su maduración entre los 21 y los 25 años, constituye un ejemplo claro de ese proceso prolongado. Ese tiempo extendido responde a la necesidad de incorporar aprendizajes complejos, especialmente en el ámbito social y emocional. Pero un desarrollo más lento no garantiza automáticamente un mejor resultado. Existe una ventana temporal en la que deben adquirirse determinadas habilidades. Si durante ese período no se desarrollan las competencias necesarias, el cerebro alcanzará la madurez, pero con limitaciones que acompañarán a la persona a lo largo de su vida.
–¿Cuál es el efecto que produce en nuestra inteligencia la vida digital?
–Forma parte de las experiencias que moldean el cerebro. Como cualquier otro estímulo, su impacto dependerá de la calidad y diversidad de las interacciones que proponga. El cerebro humano se ha desarrollado en contacto directo con el entorno físico. La experiencia sensorial, el movimiento y la interacción tangible con el mundo constituyen pilares fundamentales para construir conocimiento. Una vida excesivamente mediada por pantallas puede empobrecer ciertos aspectos de esa experiencia, especialmente si desplaza el contacto directo con la realidad.
–¿Qué impacto tiene el ambiente o las condiciones de nacimiento en la inteligencia posterior?
–Enorme. Existe una base genética, pero el desarrollo posterior depende en gran medida de las experiencias, especialmente en los primeros años de vida. Durante los tres o cuatro primeros años se desarrollan las áreas primarias de la corteza cerebral, vinculadas a la percepción y al movimiento. Estas áreas constituyen los cimientos sobre los que se construyen las funciones cognitivas más complejas. La calidad de los estímulos, visuales, auditivos, táctiles y motores, junto con una alimentación adecuada, resulta determinante. Carencias en estos aspectos pueden afectar el desarrollo de manera profunda y duradera. Las áreas de asociación, responsables de los procesos más abstractos, dependen de esos cimientos iniciales. Un desarrollo deficiente en las primeras etapas condiciona el potencial posterior.
–Si la inteligencia parece no habernos servido demasiado para evitar las guerras o reducir la violencia, ¿qué habilidades deberíamos trabajar para mejorar?
–La inteligencia permite comprender mejor la realidad, incluidas nuestras propias limitaciones. Ese conocimiento facilita reducir comportamientos dañinos, aunque su eliminación completa resulta compleja. La humanidad ha mejorado muchos indicadores de bienestar a lo largo del tiempo, lo que sugiere un avance progresivo en la comprensión de sí misma. El desarrollo de habilidades relacionadas con el autoconocimiento y la regulación emocional aparece como un complemento clave para que la inteligencia contribuya de manera más efectiva al bienestar colectivo.
–Las habilidades blandas, como las emociones, se han convertido en las nuevas reinas de la formación. ¿Qué vínculo establece entre inteligencia y emociones? Muchas personas muy inteligentes no gerencian bien sus sentimientos…
–La relación resulta estrecha y compleja. Las áreas cerebrales implicadas en ambos procesos se encuentran conectadas de forma directa, lo que implica una influencia mutua constante. Las personas con mayor inteligencia suelen mostrar un mejor conocimiento de sus emociones y una mayor capacidad para regularlas, aunque existen excepciones. Un aspecto relevante consiste en la llamada granularidad emocional, es decir, la capacidad de identificar y nombrar con precisión distintos estados emocionales. Contar con un vocabulario más amplio permite comprender y gestionar mejor la experiencia interna. Desde una perspectiva funcional, la inteligencia se encuentra al servicio de las emociones. El comportamiento humano se orienta hacia la búsqueda de estados positivos y la evitación de los negativos, y la inteligencia actúa como una herramienta para lograr ese objetivo.