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“Mi hija subió una foto de sus vacaciones y enseguida explotó el bullying”. Por qué el acoso entre pares se intensifica en el verano

Cuando terminaron las clases, Maca sintió alivio. Tiene 14 años y el año había sido difícil: en varias oportunidades había sufrido situaciones de exclusión y burlas dentro del aula, sobre to...

“Mi hija subió una foto de sus vacaciones y enseguida explotó el bullying”. Por qué el acoso entre pares se intensifica en el verano

Cuando terminaron las clases, Maca sintió alivio. Tiene 14 años y el año había sido difícil: en varias oportunidades había sufrido situaciones de exclusión y burlas dentro del aula, sobre to...

Cuando terminaron las clases, Maca sintió alivio. Tiene 14 años y el año había sido difícil: en varias oportunidades había sufrido situaciones de exclusión y burlas dentro del aula, sobre todo por parte del grupo “de las más populares”, reconstruye Valeria, su mamá.

La adolescente, que vive en Vicente López y va a un colegio privado, pensó que el verano iba a ser distinto. Que con las vacaciones, el descanso y la distancia, todo iba a calmarse. Que iba a tener una tregua de las miradas, de estar siempre atenta a no desentonar.

La sorpresa llegó después de Navidad. Esas mismas chicas que durante el año la habían dejado afuera la sumaron a un grupo de WhatsApp. Se llamaba “Modo verano” y tenía tres emojis: una bikini, un sol y un corazón. También había otras chicas que sí eran amigas de Maca.

“Enseguida, la líder de las populares, que era la administradora del grupo, escribió el primer mensaje diciendo que la idea era seguir conectadas durante las vacaciones. Mi hija se entusiasmó, sintió que era un nuevo comienzo”, cuenta Valeria.

A comienzos de enero, Maca viajó con su familia a Pinamar. Una tarde, mientras caminaba por la playa, se sacó una selfie en el atardecer. Está en bikini, con la piel bronceada, sonriente, el pelo suelto. La subió al grupo esperando algún corazón, un “qué linda”, un comentario cómplice. Algo. No pasó nada.

Al principio creyó que era casualidad, que quizás ninguna había visto la foto. Después notó que el chat seguía activo, pero sin ella. Nadie reaccionó a la imagen. Nadie respondió sus mensajes posteriores. El grupo continuó, pero Maca quedó afuera.

“El mensaje fue claro: no querían verla pasándola bien. De alguna forma, querían castigar su felicidad. A partir de eso que pasó, explotó el ciberbullying en otras redes, donde empezaron a llegarle comentarios de cuentas anónimas”, dice su mamá y sigue: “Se deprimió mucho. Volvió a sentirse excluida. Ahora no para de pensar en marzo, en qué va a pasar cuando vuelva al colegio. Tiene ansiedad, miedo de que todo vuelva a repetirse”.

“No paran de llegarme casos”

María Zysman, psicopedagoga y fundadora de Libres de Bullying, escucha testimonios como el de Maca a diario. Aunque enero suele ser su mes de descanso, este verano recibió más consultas que nunca.

“No paran de llegarme casos. Existe la idea de que el bullying se termina cuando cierran las aulas, pero eso no es así. En verano lo que se sostiene y muchas veces se intensifica es el ciberbullying”, advierte.

Este año, señala, hay un fenómeno que se repite con fuerza: chicos y adolescentes que “aguantaron hasta diciembre”, pero que decidieron cambiarse de escuela por los maltratos recibidos. En marzo empiezan en un colegio nuevo.

“Tengo consultas de nenes de cuarto grado y de adolescentes que van a último año del secundario. Están en la previa del colegio nuevo y eso les genera muchísimo dolor y ansiedad. La pregunta es siempre la misma: ‘¿Y si me pasa lo mismo que antes?’”, describe Zysman.

Lejos de lo que creen muchos adultos, los especialistas coinciden en que el bullying no se toma vacaciones. Con más tiempo libre, menos rutinas y mayor uso de dispositivos, el hostigamiento escolar encuentra nuevos escenarios para sostenerse. “El aula se muda al celular: a los grupos de WhatsApp, a las redes sociales, a los juegos online. Y ahí el maltrato sigue activo”, resume Zysman.

“No quiero subir nada”

Durante el verano aparecen modalidades específicas de hostigamiento. La exposición del cuerpo —fotos en traje de baño, en la pileta o en la playa—, la comparación de destinos, consumos y experiencias, y la presión por mostrar una vida idealizada en las redes funcionan como disparadores de burlas, desprecios o exclusiones.

“Muchos chicos me dicen: ‘De mis vacaciones no quiero subir nada’. Si lo que muestro es muy bueno, me maltratan; si es una porquería, me desprecian”, cuenta Zysman. En ese clima, mostrarse implica exponerse, pero no mostrarse también puede convertirse en motivo de exclusión.

Esa presión no recae solo sobre los adolescentes. “Hay familias que sienten que tienen que ir a determinadas playas porque todo el curso va ahí. No porque quieran, sino para que el hijo ‘esté’ y no quede afuera”, explica la especialista. “Hay madres que se van solas con sus hijas a esos lugares solo para que se encuentren con las compañeras del colegio. Es una forma de forzar la inclusión o evitar la exclusión. Todo eso duele y tiene consecuencias durante el año”.

“El aburrimiento potencia todo”

Para Adrián Dall’Asta, creador de la Fundación Padres y autor de Adultescentes, ¿Y si el problema somos nosotros?, el verano tiene dos caras: el descanso y el aburrimiento. “Ese aburrimiento es un gran aliado del bullying. En el mundo digital, la comparación y la agresión se potencian”, señala.

La tecnología suma otro factor clave: la inmediatez. “Antes, si alguien se iba de vacaciones, lo contaba en marzo en el patio del colegio. Hoy lo muestra en tiempo real y la respuesta también es inmediata. Esa combinación de aburrimiento, tecnología y falta de registro del otro es explosiva”, reflexiona el especialista.

Y agrega un punto que considera clave: “El bullying es, sobre todo, falta de registro del daño que se provoca en el otro. Y eso también lo vemos en muchos adultos”.

A diferencia del hostigamiento explícito, Dall’Asta advierte que el bullying encubierto es una modalidad cada vez más frecuente: “Se expresa a través de gestos sutiles: dejar de responder, sacar a alguien de un grupo, no invitarlo, ignorarlo de manera sistemática. No hay insultos directos, pero el daño es profundo”.

“Es un bullying silencioso que muchas veces pasa inadvertido para los adultos”, explica el profesional. “No deja marcas visibles, pero genera muchísima angustia”.

Por su parte, Zysman describe escenas que empiezan cada vez más temprano: “Tengo nenas de 7 u 8 años que inventan chismes para que las dejen entrar al grupo de WhatsApp de las más cancheras. Eso empieza a circular y alguna queda afuera. Es una forma de intentar incluirse a través de la exclusión. Eso es lo que hay que cambiar”.

“Los chicos sí hablan, pero dejan de hacerlo”

Para Zysman, el problema no es el espacio físico. “El bullying aparece en la escuela, pero no es una problemática generada exclusivamente ahí. Si mandás a un chico tres meses a una colonia y no lo escuchás, pasa lo mismo. El eje está en la escucha adulta”.

Contrario a lo que muchos creen, los chicos suelen contar lo que les pasa. El quiebre aparece cuando sienten que del otro lado no hay respuesta: “No es tanto el miedo a los compañeros, sino la sensación de que hablar no tiene sentido. Que no hay lugar en el mundo adulto para contar lo que les pasa”, advierte la psicopedagoga.

Esa percepción tiene consecuencias graves. “Veo chicos muy chicos con ansiedad, angustia, autolesiones, y respuestas adultas como ‘la adolescencia es así’ o ‘es muy sensible’. Cuando minimizamos, el daño crece”, advierte.

¿Castigar alcanza?

Dall’Asta es crítico de las respuestas que buscan “sancionar en lugar de educar”: “El bullying nunca se soluciona con castigo. Pretender sancionar a los padres, como ocurrió en Mendoza, no solo es inaplicable: es absurdo. No resuelve nada. La solución no es tan sencilla”.

Los países que lograron reducir las tasas de bullying, sostiene, lo hicieron por otro camino. “Dinamarca tardó nueve años en bajar sus niveles, que eran de los más altos del mundo. Lo hizo enseñando empatía, habilidades socioemocionales. Definieron que era tan importante aprender matemática como aprender a registrar al otro”.

En esa línea, afirma: “La empatía no surge sola. Se entrena. Y es muy difícil pedirles a los chicos algo que los adultos no tenemos desarrollado”.

Qué pueden hacer los adultos (y qué no)

Los especialistas coinciden en que el abordaje del bullying —y especialmente del ciberbullying— exige tiempo, presencia y formación emocional. Algunas de las recomendaciones que dan para los padres son:

1) Explicarles a los chicos que salir del grupo también es una opción

Para Zysman, uno de los aprendizajes más difíciles —y más necesarios— es cuestionar la idea de pertenencia a cualquier precio.

“Lo primero que hay que hacer es hablar con el chico: qué pasa en ese grupo, qué le gusta, por qué se queda”, señala. Y agrega un punto clave: “Tenemos que enseñarles que se pueden ir de los grupos. Pertenecer no es un valor en sí mismo”.

Según su experiencia, muchos grupos digitales se sostienen exclusivamente para hablar mal de alguien. Los chicos, dice, saben perfectamente qué está mal: mandar stickers ofensivos, compartir información íntima, humillar. “El problema es que nadie se anima a ser el primero en correrse. Administrar un grupo da poder, y salirse genera miedo a quedar afuera”, describe.

Por eso, propone abrir preguntas necesarias: “¿De verdad querés pertenecer a un grupo donde se intercambian chismes o se lastima a alguien? ¿Qué te perdés si te vas?”.

2) Acompañarlos sin invadir

Otro error frecuente, advierte la psicopedagoga, es responder por los hijos. “Si vemos que en un chat lo están insultando o excluyendo, nunca hay que contestar por él. Tenemos que enseñarles que nadie puede usar la identidad del otro para responder”, afirma.

Acompañar no es invadir ni exponer. Tampoco es reaccionar de manera impulsiva. “El escrache no educa en empatía. Reproduce la misma lógica de daño que queremos frenar”, coincide Adrián Dall’Asta.

3) Pedir ayuda conectando con el dolor

Para Dall’Asta, la forma en que los adultos comunican estas situaciones es central. “No recomiendo decir ‘mi hijo está sufriendo bullying’. Eso suele generar rechazo o defensiva. Lo que hay que hacer es ayudar a que los otros padres registren el dolor”, explica.

¿Cómo? Contando lo que le pasa al chico: “Ayer volvió llorando, le dolía la panza, hace días que no quiere salir, no lo invitan, no le responden en los grupos”. Y pedir ayuda. “El bullying es, en esencia, falta de registro del dolor del otro. Si logramos que ese dolor se vea, algo empieza a moverse”, señala.

Por eso insiste en que estas conversaciones, siempre que sea posible, sean cara a cara. “La empatía se construye en el encuentro. Mirándonos a los ojos. No por WhatsApp”, remarca.

4) Dar tiempo, bajar la ansiedad adulta

Zysman también advierte sobre la intervención excesiva de los adultos. “Ante la primera pelea no hay que salir a resolver todo entre grandes. A veces los chicos se arreglan solos y los adultos ya encendimos un conflicto innecesario”.

Lo mismo ocurre con los grupos paralelos de padres. “No todo lo que le pasa a un hijo tiene que exponerse en un chat de mamás. A veces el chico no quiere que se sepa, y eso también hay que respetarlo”, señala.

Además, diferencia situaciones de bullying de experiencias propias del crecimiento. “No siempre los van a elegir, no siempre van a ser protagonistas. Eso no es bullying: es parte del aprendizaje. La autoestima no se construye diciéndoles que son los mejores, sino acompañándolos cuando ganan y cuando pierden”.

5) El verano como oportunidad

El verano puede ser una oportunidad. “Con menos rutina, más tiempo compartido y menos presión escolar, es un momento ideal para frenar, escuchar y hablar del registro del otro”, señala Zysman.

Conversaciones en el auto, caminatas, momentos sin pantalla. “No se trata de interrogar, sino de mostrarse disponible”, dice. De estar ahí cuando el chico decida hablar.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/comunidad/mi-hija-subio-una-foto-de-sus-vacaciones-y-enseguida-exploto-el-bullying-por-que-el-acoso-entre-nid13012026/

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