Monarquía o república, siempre convivencia
Cuando tuvimos el honor de hablar en las Cortes de España, allá por 1985, comenzamos la alocución afirmando que llegaba hasta allí un viejo republicano que no se declaraba monárquico, pero sí...
Cuando tuvimos el honor de hablar en las Cortes de España, allá por 1985, comenzamos la alocución afirmando que llegaba hasta allí un viejo republicano que no se declaraba monárquico, pero sí “realista”. Realista por partidario del rey y realista por la convicción de que esa monarquía española, en los hechos, había demostrado su valor como sostén de las libertades públicas. Las imágenes del 23-F, con el general Gutiérrez Mellado, Adolfo Suárez y Santiago Carrillo enfrentando al Tejerazo de pie y a viva voz, como la del rey uniformado afirmando su autoridad constitucional, fueron la expresión de la fuerza simbólica de la tan discutida “utilidad” de la monarquía.
Menciono “utilidad” porque, con un pragmatismo de poca altura, a veces no se advierte el valor de las “instituciones invisibles”, como ha llamado Rosanvallon a esas que, sin materialidad evidente, son sin embargo esenciales. La primera de ellas es “la confianza”, decisiva en la vida de las repúblicas democráticas y no menos decisiva en una monarquía constitucional como la del Reino de España. Más en estos tiempos en que todas las instituciones enfrentan el desafío demagógico de los populismos, que –de izquierda o derecha, da lo mismo– ponen en jaque la convivencia estimulando resentimientos o identidades exacerbadas.
Todo viene a cuento de la reciente ceremonia en que el rey Felipe VI, celebrando el cincuentenario del retorno de la monarquía, otorgó la máxima distinción pública que puede conceder la corona de España. En el caso, el Toisón de Oro, nacido en el siglo XIII, fue conferido a la reina Sofía; a los padres de la Constitución Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y Miquel Roca Junyent, y al presidente Felipe González, que gobernó en 14 años fundamentales para la consolidación de una España moderna, la que inspiró todas nuestras transiciones democráticas de los años ochenta del siglo pasado.
Nos detenemos especialmente en las palabras de Felipe, porque se trata de un republicano de origen socialista. Por supuesto, “socialista a fuer de liberal”, como decía el gran Indalecio Prieto. Al recibir la distinción, expresó su “gratitud” al rey que otorgaba la distinción, tanto como su satisfacción de compartirla con la reina Sofía, “mujer admirable” que “se ha ganado para siempre el respeto y el afecto del pueblo español”.
Destacó el enorme valor de la Constitución y sus “padres”, para detenerse luego en Adolfo Suárez, en el comunista Carrillo y, sin nombrarlo, en el rey Juan Carlos, “que incluso antes del pacto constitucional renunció a cualquier forma de ejercicio absolutista de la jefatura del Estado”. Sin ellos, “no habría sido posible la conquista pacífica de la democracia para los españoles”.
Entró luego a lo medular: “La gran cuestión histórica de España, la que la atraviesa longitudinalmente desde el origen de la nación hasta nuestros días, es la de la convivencia entre los españoles. No es cierto, nunca lo fue, que tengamos un problema con España como tal. Con quien lo hemos tenido, de forma latente o expresa, es entre nosotros”.
Ese “nosotros” es el tema. Nosotros y ustedes. “Ustedes los rojos, ustedes los fachas…”. Los hubo desde siempre, bajo otros nombres, en una historia que vivió primero los desgajamientos nobiliarios hasta ese siglo XX que sufrió la dramática Guerra Civil. En ella, una vez más, esa pasión tan española, ese coraje ilimitado amasado con la consigna del honor, dividieron en profundidad a una sociedad que se hundió en una dictadura militar y religiosa de trágico aire medieval. Esos 39 años de Franco asfixiaron a España y dividieron a los que hablamos y pensamos en español, a los que no veíamos en España a la madre que nos vio nacer, sino a una vieja ajada y malhumorada que nos abandonó…
La transición española fue la reconquista de esa unidad cultural, de ese enorme espacio unido por la lengua. Con la incorporación de España a la Comunidad Europea, lo español retornó a Europa y volvió a América Latina. La América republicana de habla española regresó a su vez a España con la vanguardia de sus grandes escritores: Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti…
Felipe González entona un himno a la convivencia, a superar la confrontación, “dañina para todos los pueblos, pero ha demostrado serlo en su grado más extremo para el nuestro”. La paz civil es el norte. La paz asentada en la libertad política, la equidad social y la diversidad cultural dentro de un proyecto común, ligazón imprescindible.
Termina su discurso dirigiéndose a la España joven, a la princesa Leonor, anhelando que ella “sepa sentir orgullo por ser hija de la democracia más que por ser nieta de la Guerra Civil”.
Nuestra región también ha padecido el daño infinito de la confrontación dañina. Un tiempo fueron las guerrillas guevaristas que se creyeron iluminadas para “tomar el cielo por asalto”, como dijo Marx. Para enfrentarlas, brotó el mesianismo militar.
La historia de España –la nuestra– nos deja la misma lección: discutir no es pelear, debatir no es confrontar, triunfar no es aplastar, cambiar no es olvidar, competir no es descalificar… Mucho de eso aún vivimos y nos retrasa, nos frena. Felizmente, asoman luces y no son pocas. Chile está eligiendo libremente. Bolivia acaba de hacerlo. Ecuador, también. La Argentina, oteando un nuevo horizonte. México, administrando su siempre controvertida vecindad. Nos afligen Venezuela y, tanto o más, esa Cuba solitaria y abandonada, hija de un tiempo de emocionantes equivocaciones y desnorteadas pasiones.
Monarquías o repúblicas, lo que importa es la libertad y la convivencia pacífica. Como decía Popper, solo hay democracia cuando se dispone de un medio pacífico para sacudirnos un gobierno que no nos gusta.
Un rey como Felipe VI, desde la monarquía, revalida la democracia. Es un símbolo de la España toda y el titular de un poder moderador que ha usado con prudencia.
Un discurso como el de Felipe González nos habla de que la política, aun hoy, puede ser fuerte en el concepto y elegante en las formas. Y de que un republicano puede legitimar una monarquía constitucional.
Por suerte, todos podemos mirar en YouTube el episodio histórico que comentamos. Cumplo con recomendarlo.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/monarquia-o-republica-siempre-convivencia-nid29112025/