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Muchas veces las democracias mueren en los recursos humanos

Ni siquiera los autócratas más capaces pueden gobernar solos. En Rusia, Vladimir Putin necesita a su círculo de oligarcas elegidos a dedo; en Irán, la Guardia Revolucionaria y sus aliados en el...

Muchas veces las democracias mueren en los recursos humanos

Ni siquiera los autócratas más capaces pueden gobernar solos. En Rusia, Vladimir Putin necesita a su círculo de oligarcas elegidos a dedo; en Irán, la Guardia Revolucionaria y sus aliados en el...

Ni siquiera los autócratas más capaces pueden gobernar solos. En Rusia, Vladimir Putin necesita a su círculo de oligarcas elegidos a dedo; en Irán, la Guardia Revolucionaria y sus aliados en el mundo empresarial protegen el poder del régimen; Viktor Orban transformó Hungría en una “autocracia electa” con la ayuda de unos cuantos jueces cruciales, ejecutores políticos y magnates amigos. Pero para llevar a cabo realmente el trabajo sucio de consolidar y mantener el poder, este tipo de líderes cuenta con la ayuda de un número mucho mayor de personas de nivel inferior y medio: oficiales militares, policía secreta y burócratas.

Hasta hace poco, los investigadores apenas prestaban atención a cómo los líderes convencen y reclutan a los trabajadores de base para que accedan a sus exigencias. Los incentivos para que las élites se mantengan leales se han estudiado ampliamente, pero las bases han seguido siendo una especie de caja negra. A falta de datos reales, los investigadores han tendido a suponer que cooperan por extremismo ideológico, miedo a la persecución o alguna combinación de ambos.

Una nueva investigación, basada en un extraordinario conjunto de datos sobre la guerra sucia argentina de las década de 1970, sugiere una explicación muy diferente. Resulta que las aspiraciones profesionales conocidas por los empleados de todo el mundo -el deseo de reactivar una carrera estancada u obtener un ascenso menor- pueden bastar para incentivar a los funcionarios o agentes de nivel inferior y medio a violar las obligaciones profesionales, las normas fundamentales e incluso la moral básica. Las personas que toman esas decisiones, sugiere la investigación, no son ni extremistas ni víctimas. A menudo no son más que trabajadores de nivel medio que buscan una manera de salir adelante.

Making a Career in Dictatorship, un nuevo libro de dos politólogos alemanes, Adam Scharpf y Christian Glassel, se parece a lo que obtendrías si cruzaras las ideas de Hannah Arendt sobre la “banalidad del mal” con una guía de una escuela de negocios sobre cómo sacar el máximo provecho de los trabajadores de bajo rendimiento.

Su estudio en profundidad sobre los militares argentinos durante la época de golpes de Estado y desapariciones forzadas descubrió que los individuos de bajo rendimiento -a quienes se refieren como individuos con “presiones de carrera”- llenaban las filas de la policía secreta. Ese servicio les permitió “desviarse” de la jerarquía militar ordinaria, según muestra el libro, y conseguir ascensos que nunca habrían logrado de otro modo.

Orban se apoyó en unos pocos leales elegidos a dedo en la cúpula

Resulta que los aspirantes a autoritarios no necesitan dotar a sus regímenes de verdaderos creyentes ideológicos, ofrecer incentivos extremos ni imponer castigos draconianos para hacerse con el poder. Simplemente tienen que averiguar cómo captar a su mano de obra ideal: los frustrados y los mediocres. Este fenómeno tiene implicaciones para países de todo el mundo que luchan por la estabilidad de sus democracias, incluido Estados Unidos.

Mano de obra

Scharpf estaba realizando su tesis doctoral en Buenos Aires cuando un funcionario del gobierno soltó un fatídico comentario casual durante una conversación en un café. Durante la dictadura militar, dijo el funcionario, los oficiales de inteligencia que hacían el peor trabajo sucio del régimen eran “esencialmente tontos”. Al principio, Scharpf pensó que el hombre solo los estaba insultando. Pronto se dio cuenta de que el funcionario quiso ser literal: la policía secreta de la junta militar había sido conformada, en su opinión, por gente incompetente.

Cuando regresó a su universidad en Alemania, mencionó la discusión a su colega Glassel. Ambos vieron un atisbo de posibilidad en las ciencias sociales. Decidieron aprender más. Resultó que la Argentina había publicado información sobre todos los rangos de graduación, ascensos y jubilaciones de sus oficiales militares desde finales del siglo XIX, lo que significaba que era posible identificar y rastrear a los de bajo rendimiento. Y como el trabajo de la policía secreta durante la guerra sucia fue realizado principalmente por el Batallón 601, la unidad de inteligencia del ejército, los investigadores pudieron rastrear con precisión qué oficiales se unieron a la unidad, cuánto tiempo permanecieron en ella y qué ocurrió con sus carreras.

Los datos demostraron que el comentario casual del funcionario había sido acertado. En su mayor parte, el ejército argentino funcionó según un sistema meritocrático de “ascenso o despido”. Los oficiales que no rendían bien quedaban rezagados respecto a sus compañeros y, finalmente, se veían obligados a jubilarse. Pero el Batallón 601 ofrecía un camino alternativo a esa meritocracia: los de bajo rendimiento podían ser transferidos a la policía secreta, para ganar ascensos allí. Los hombres que tomaban este desvío acababan teniendo carreras más largas, salarios más altos y mejores pensiones que sus pares que permanecían en las unidades militares regulares.

Una vez dentro, los de peor rendimiento eran asignados a las unidades más brutales, con acciones tan moralmente repugnantes que conllevaban un grave riesgo tanto de estigma social como de trauma psicológico. Pero eso significaba que las recompensas por hacerlo eran las más valiosas.

Por supuesto, es muy difícil obtener información completa sobre quiénes son los “trabajadores sucios” de un régimen o qué les motivó a aceptar esos empleos. Así que no existen conjuntos de datos completos con los que comparar la investigación de Glassel y Scharpf sobre la dictadura argentina.

Trump buscó leales cuyos antecedentes difícilmente les habrían permitido conseguir puesto en otro gobierno

Sin embargo, la información disponible sugiere que otros países pueden haber seguido una pauta similar. Por ejemplo, Glassel y Scharpf descubrieron que los superiores de la burocracia nazi explotaron las presiones profesionales para reclutar comandantes para los Einsatzgruppen, los escuadrones móviles de la muerte que llevaron a cabo el “Holocausto a balazos” en Europa oriental. Muchos de los reclutas tenían antecedentes que les colocaban en desventaja, como expedientes manchados por procedimientos disciplinarios, una “pureza racial” poco clara o falta de experiencia militar y policial. El servicio ferviente en los escuadrones de la muerte les ayudó a impulsar sus carreras.

En la Unión Soviética, la NKVD, la policía secreta que asesinó a cientos de miles de personas durante el llamado Gran Terror de 1937, “reclutaba deliberadamente a individuos con escasas aptitudes y conocimientos formales”, escriben Glassel y Scharpf, a menudo sin más educación que la primaria.

En la era moderna, los líderes autocráticos a menudo ganan el poder mediante elecciones, y luego desmantelan los controles y equilibrios para concentrar el poder en sus propias manos. Ese proceso suele ser mucho menos violento que los actos de la junta militar argentina o de la NKVD de Stalin, pero, con el tiempo, recorta drásticamente la competencia política y la libertad de expresión.

Aunque cada país tiene su propia idiosincrasia, ese proceso suele seguir un patrón, dijo Erica Frantz, politóloga de la Universidad Estatal de Míchigan, quien estudia el actual retroceso democrático. Al principio, los aspirantes a autócratas electos suelen nombrar a “perdedores leales” en puestos clave para que les den el visto bueno a sus intentos de hacerse con el poder, dijo Frantz. “El líder sabe que es más probable que la gente sea leal si no tiene muchas más opciones profesionales, así que cuando digo perdedores, lo digo literalmente”.

Por ejemplo, la Hungría de Orban. Fue elegido por primera vez en 2010. En 2022, el Parlamento Europeo aprobó una resolución en la que declaraba que Hungría había dejado de ser una democracia y se había convertido en una “autocracia electoral”.

Para lograrlo, se apoyó en unos pocos leales elegidos a dedo en la cúpula, además de un pequeño porcentaje de ambiciosos emprendedores en los niveles medios que veían en la política la vía hacia el éxito, dicen los expertos. “Había ciertas oficinas que hacían el trabajo sucio”, dijo Kim Lane Scheppele, profesora de la Universidad de Princeton que ha estudiado la ruptura democrática en Hungría. Señaló a la Oficina Judicial Nacional, que seleccionaba a los jueces y controlaba sus ascensos, como especialmente crucial. Estaba dirigida por un leal a Orban.

En los niveles inferiores del sistema judicial, un pequeño porcentaje de individuos ambiciosos llevaba a cabo la agenda del gobierno. “El cinco o el 10 por ciento de los jueces, los arribistas, solo hacen el ‘trabajo sucio’ para seguir con su carrera”, dijo Attila Vincze, investigador de estudios judiciales en la Universidad Masaryk de la República Checa, quien ha estudiado cómo Orban se apropió de los tribunales.

Venezuela inició una trayectoria similar tras la elección de Hugo Chávez en 1999, pero finalmente él y su sucesor, Nicolás Maduro, recurrieron a medios más violentos para preservar su poder. Para aplastar las protestas y otras formas de oposición pública, el gobierno recurrió a la Guardia Nacional, una rama del ejército encargada de preservar la seguridad interna, y a bandas armadas de civiles conocidas como “colectivos”.

La Guardia Nacional se considera “el escalón más bajo de las fuerzas armadas” en términos de prestigio, dijo Alejandro Velasco, historiador de América Latina en la Universidad de Nueva York. Los colectivos surgieron a partir de grupos informales de vigilancia vecinal, pero a medida que crecían sus vínculos con el gobierno, a muchos de sus miembros se les dio trabajo en las comitivas de seguridad de los ministerios gubernamentales.

Con el tiempo, estos líderes se vuelven demasiado impopulares para que la mera manipulación pueda mantenerlos en el poder, y pierden las elecciones. Esto les deja una alternativa: abandonar el cargo, como hizo Orbán tras perder las elecciones de abril, o recurrir a una represión más violenta para aferrarse al poder.

Los líderes que toman este último camino, como hizo Maduro en Venezuela en 2024 tras fracasar en sus esfuerzos por inclinar las elecciones presidenciales a su favor, necesitan disponer de unidades leales de las fuerzas de seguridad para hacer el trabajo sucio de una represión violenta. Maduro recurrió en gran medida a la Guardia Nacional y a los colectivos.

El caso estadounidense

Para los estadounidenses, no se trata solo de una cuestión académica. A muchos expertos les preocupa que la decadencia democrática parezca avanzar con especial rapidez durante el segundo mandato de Donald Trump.

Frantz ve paralelismos entre la presidencia de Trump y algunos de los líderes autoritarios electos que ha estudiado en otros lugares. Varios miembros de su gabinete y cargos políticos, sobre todo en su segundo mandato, parecen encajar en el paradigma de leales cuyos currículos difícilmente les habrían permitido conseguir puestos en cualquier otro gobierno.

Por eso, los aparentes intentos del gobierno de Trump de asegurarse el control político de las fuerzas armadas, así como del FBI y del ICE, resultan preocupantes incluso en comparación con otros casos, dijo Frantz.

A Glassel y Scharpf les preocupa que la ampliación del ICE prevista por Trump, en particular, que pueda convertirlo en un lugar ideal para la “ruta alternativa” de ambiciosos de bajo rendimiento que podrían ser desplegados con fines antidemocráticos. La preocupación es especialmente profunda dado el asalto al Capitolio al final del primer mandato de Trump, aunque por una banda menos organizada de leales.

El manual para que un dirigente cree un servicio de seguridad leal, dijeron, consiste en crear o reconvertir una institución que pueda convertirse en una “segunda escalera” para los ascensos profesionales, dotarla de recursos y asegurarse de que las barreras para ser contratado allí sean bajas. A continuación, la dirección señala que habrá impunidad para las personas de esa segunda escalera, a fin de asegurarles que no enfrentarán consecuencias por actuar mal.

El gobierno estadounidense parece marcar esas casillas, aunque las intenciones de Trump no estén claras. El ICE sigue siendo una fuerza antiinmigración, pero se va a ampliar radicalmente, con un presupuesto que empequeñecería a otros organismos federales encargados de hacer cumplir la ley si se aprueba el actual proyecto de ley de financiación. El gobierno de Trump ha recortado el empleo en otras agencias federales, dejando a miles de personas desempleadas. Y altos funcionarios del gobierno, como el vicepresidente JD Vance y Stephen Miller, jefe adjunto de personal de Trump, aseguraron explícitamente a los agentes del ICE que tendrían “inmunidad” después de que los agentes de inmigración mataran a una manifestante en Mineápolis en enero.

Al mismo tiempo, ahora es más fácil que nunca convertirse en agente del ICE. Los reclutas del ICE deben realizar solo nueve exámenes prácticos para graduarse en la academia de formación, frente a los 25 que figuraban en un programa de formación fechado en julio de 2021. En suma, una buena oportunidad profesional para quien quiera avanzar.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/muchas-veces-las-democracias-mueren-en-los-recursos-humanos-nid11072026/

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