Mucho más que una fiesta: Lincoln, la ciudad que trabaja todo el año para brillar en Carnaval
Sin lugar a dudas, cuando de carnavales se trata, Lincoln se destaca. A solo 320 kilómetros del Obelisco se encuentra una ...
Sin lugar a dudas, cuando de carnavales se trata, Lincoln se destaca. A solo 320 kilómetros del Obelisco se encuentra una ciudad de 50.000 habitantes que, con la llegada del segundo mes del año, se prepara para lo que para ellos es la gran celebración: los carnavales. Para los linqueños, los primeros dos fines de semana de febrero no son una fecha más en el calendario, sino que es cuando el alma de todo el lugar se enciende tras un año entero de manos repletas de pegamento y cartón, piernas cansadas de tanto ensayo y manos con callos por tocar los tambores. A lo largo de la calle principal, el ritmo y los cantos de batucadas se mezclan con años de tradición para convertir a este sitio en la Capital Nacional del Carnaval Artesanal.
Los carnavales de Lincoln cuentan con más de 130 años de historia y se consolidan como uno de los más importantes del país, ya que no solo asisten locales, sino que convoca a turistas de Uruguay y Brasil. Salvador Serenal, intendente de la ciudad, contó a LA NACION que durante los carnavales cerca de 70.000 personas llegan para disfrutar de esta celebración. Y, cuando la edición anual llega a su fin, lejos de tomarse un descanso, los locales no se quedan quietos: “Termina el fin de semana de carnaval y a la semana siguiente en los talleres comienzan con el armado de la próxima temporada”.
La cronología de un día de corso en LincolnCon la caída del sol, la gente sale a las calles para dejar atrás uno de los rituales más característicos de las ciudades pequeñas: el horario de siesta. Los vecinos comienzan a reunirse en las esquinas, mientras que las parrillas se encienden y el olor a asado mezclado con el de la fritura invade el aire.
La Avenida Massey, que atraviesa la ciudad cabecera de punta a punta, se consolida como la gran protagonista de la noche al lucirse con sus renovadas guirnaldas de colores. En solo unas horas, este corredor se transformará en el escenario perfecto para que el ritmo de las batucadas y el despliegue de las comparsas den inicio a una nueva jornada de tradición.
A los costados de la avenida, las vallas bloquean el acceso y son rodeadas por mesas y sillas que requieren de una reserva con anticipación, ya que es mucha la gente que desea observar el espectáculo muy de cerca. Detrás se ubican quienes traen sus propias reposeras y conservadoras. Nadie tiene excusa: todos forman parte del festejo y no se quieren perder ningún detalle.
En el momento cúlmine de la noche, las veredas se vuelven intransitables. Ante la llegada de turistas, los comercios —sin importar el rubro— aprovechan para instalarse en la calle con mostradores improvisados para ofrecer desde bebidas hasta la tan característica espuma artificial. “Para nosotros, además de un festejo muy característico de la ciudad, es un evento que genera movimiento económico y social. Porque, por ejemplo, los clubes recaudan dinero para hacer su actividad social durante todo el año”, explicó el intendente. Además, cuentan con un patio de comida, donde se encuentran alrededor de 20 foodtrucks con opciones para todos los gustos.
Si bien este festejo no se limita a edades, cada generación habita la avenida de una manera particular. A lo largo de todo el desfile, los vecinos mayores se asoman a los balcones para tener una vista privilegiada del espectáculo y saludar a la comparsa desde arriba, mientras que los más jóvenes suelen ubicarse en las tribunas o bien, se reservan una mesa para disfrutar de manera más tranquila.
Lo que no conoce límite de edad es la espuma artificial que caracteriza a los corsos. No solo los más pequeños juegan y se divierten con ella, sino que todos los asistentes quedan en algún momento de la noche cubiertos -o al menos salpicados- por estos aerosoles.
Cuando llega el momento del desfile, comienzan a pasar una a una las reconocidas comparsas que no solo cuentan con el ritmo y música de las batucadas, sino que visten coloridos disfraces para deslumbrar la vista de los presentes. De a poco, las bailarinas hacen su entrada triunfal al ritmo de los tambores y los bombos. Su performance, que se ve durante las noches de carnaval, es el resultado del trabajo de todo un año.
Una de las características que hace a los carnavales de Lincoln diferentes son los muñecos de cartapesta, hechos con una técnica de papel y engrudo.
Los artesanos encargados de confeccionarlos trabajan a lo largo de todo el año para lucirlos y sorprender al público. Claro que tanto esfuerzo tiene un reconocimiento porque, una vez terminados los carnavales, un jurado vota a los mejores y los premia.
Cuando el reloj marca las 2 de la madrugada, el desfile parece llegar a su fin. Detrás de la última carroza se encuentra una hilera de oficiales que da cuenta de que la celebración está por terminar, aunque quede mucha noche por delante. La gente de a poco se acerca al escenario principal dispuesto para el carnaval para disfrutar de un show musical que puede ir desde el cuarteto hasta la cumbia o el folklore.
View this post on InstagramLas calles están colmadas para el show de la noche. Quienes viven cerca se asoman a los balcones para disfrutar el espectáculo con una vista privilegiada. Los vidrios de las casas retumban y los cantos de la multitud se oyen cada vez con más fuerza. Todo es una fiesta, pero, como toda fiesta, tiene un fin. Cerca de las cuatro de la mañana, la música comienza a bajar, el artista de turno dice adiós y las luces de la avenida Massey se apagan. Todos se van a descansar porque saben que, si al otro día siguen allí, tendrán otro día histórico de carnaval.