Netflix: La bestia en mí, un thriller atrapante con muy buenos trabajos de Claire Danes y Matthew Rhys
La bestia en mí (The Beast in Me, Estados Unidos/2025). Dirección: Antonio Campos, Lila Neugebauer, Tyne Rafaeli. Guion: Gabe Rotter, Erika Sheffer, Daniel Pearle, Mike Skerrett, Howard Gordon, C...
La bestia en mí (The Beast in Me, Estados Unidos/2025). Dirección: Antonio Campos, Lila Neugebauer, Tyne Rafaeli. Guion: Gabe Rotter, Erika Sheffer, Daniel Pearle, Mike Skerrett, Howard Gordon, C.A. Johnson, Ali Liebegot. Fotografía: Lyle Vincent. Edición: Ralph Jean-Pierre, Philip Carr Neel, Kane Platt, Shelby Siegel. Elenco: Claire Danes, Matthew Rhys, Brittany Snow, Natalie Morales, Tim Guinee, Hettienne Park, Jonathan Banks, David Lyons, Aleyse Shannon. Cantidad de capítulos: 8. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: buena
Hay una escena clave en esta serie de Netflix que reúne los talentos de un buen guionista (Gabe Rotter, conocido por su trabajo en Los expedientes secretos X) y Howard Gordon (el mismo showrunner de éxitos como Homeland y 24): cerca de su epílogo, nos enteramos de que alguien ha violado la privacidad de la atribulada escritora que es una de las protagonistas de la historia (Aggie Wiggs, interpretada por Claire Danes) y está intentando terminar un complicado libro biográfico.
La intrusión tuvo el claro objetivo de amedrentarla con un mensaje truculento y terrorífico que conviene no adelantar para evitar el spoiler, pero también ha dejado una huella más sutil: el cambio del nombre original de ese borrador (La bestia y yo) que una editorial espera con ansiedad por el del título de la serie: La bestia en mí, que realmente sintetiza muy bien el espíritu de esta ficción que atrapa de principio a fin con los fundamentos más convencionales del thriller calibrados con precisión y nos sugiere que en lugar de ver la paja en el ojo ajeno, es mejor ver la viga en el propio, como bien dice la conocida parábola bíblica.
Ganadora de un Pulitzer, Aggie se embarca en un proyecto que le traerá muchos dolores de cabeza pero también revelará, a la manera de una terapia psicológica eficaz o un ejercicio serio de introspección, cómo su personalidad está atravesada por la soledad, la culpa y la obsesión.
Desde hace un tiempo vive aislada en una casa de Oyster Bay (un enclave elegante y acomodado de Long Island) que le queda demasiado grande. Notamos muy pronto que algo la perturba, más allá de algunos desperfectos en las cañerías de esa mansión de estilo victoriano que provocan inquietantes gorgoteos que encajarían muy bien en una ficción gótica. Danes es una actriz con muchos recursos y sabe cómo transmitir la fragilidad del personaje.
La trágica muerte del hijo de 8 años de Aggie en un accidente provocado por un conductor ebrio alteró por completo su estabilidad emocional y destruyó su relación de pareja con Shelley (Natalie Morales), una artista plástica que, agotada de lidiar con su furia mal procesada, decidió dejarla y mudarse a Bushwick, una zona bohemia y popular de Brooklyn. También la sumergió en un bloqueo que le impide continuar normalmente con su carrera, hasta que la aparición del otro gran protagonista del relato produce un quiebre en su vida y en la narrativa de La bestia en mí.
Nile Jarvis (Matthew Rhys, conocido por su muy buen trabajo en The Americans, una serie que de hecho tiene algunos puntos de contacto con La bestia en mí en términos de ambigüedades morales, falsedades y ocultamientos) es un multimillonario del sector inmobiliario con un pasado oscuro: hace unos años, su esposa desapareció sin dejar rastro y él fue considerado el principal sospechoso, aunque nunca se pudo probar su responsabilidad. Y ahora es también el nuevo vecino de Aggie. Su llegada a Oyster Bay no es para nada discreta. Desembarca en otra lujosa propiedad con un par de perros guardianes nada amigables, y uno de sus primeros gestos revela su estatus de rico con ínfulas: pretende talar parte del frondoso bosque de la zona para construir un sendero que haga más cómoda su rutina de running.
La única vecina que se atreve a oponerse es Aggie, lo que producirá un choque inicial que él, muy hábil para las manipulaciones, transformará en otra cosa. La relación entre ellos estará siempre cargada de tensiones -incluso eróticas, más allá de la identidad sexual del personaje de Danes-, pero lo que el guion de La bestia en mí plantea como núcleo es un inteligente juego de espejos en el que la escritora empieza a descubrir sus debilidades y zonas oscuras a partir de investigar con la mayor profundidad posible las miserias de un villano tan sagaz como escurridizo.
Danes contó en algunas entrevistas que parte de la matriz argumental de La bestia en mí estuvo inspirada en The Journalist and the Murderer, libro de la escritora y periodista de The New Yorker, Janet Malcolm, que aborda el espinoso tema de la ética periodística a partir del caso de la demanda de Jeffrey MacDonald (un ex integrante de los Boinas Verdes que asesinó a su esposa embarazada y sus dos hijas) contra Joe McGinniss, autor de un exitoso non fiction titulado Fatal Vision que mantuvo con MacDonald una relación de aparente amistad y le hizo creer que estaba convencido de su inocencia cuando en realidad estaba escribiendo un retrato demoledor que lo presentaba como un feroz criminal.
La relación entre los protagonistas de La bestia en mí se perfila, justamente, como un juego de gato y ratón en el que se vuelve difícil discernir quién es la presa y quién el depredador. Aggie, agobiada por una carrera que corre el riesgo de estancarse por un dolor interno que no cesa, y Nile, cuya palpable ambigüedad moral desconcierta, establecen una interdependencia tóxica que nos alerta sobre un peligro inminente que esta ficción mantiene vivo hasta su desenlace.
“Los dos personajes han enfrentado traumas y cierto tipo de expulsión de la sociedad que los ha empujado a aislarse. Y cuando coinciden dos personas que han pasado por algo así y tienen poco que perder se puede armar entre ellas un vínculo inesperado”, ha explicado Rhys con buen tino.
En la trama también son importantes algunos personajes secundarios, especialmente Brian Abbott (David Lyons), un agente del FBI que investigó la misteriosa desaparición de la esposa de Nile y advierte oportunamente a Aggie sobre el peligro que representa su flamante e indescifrable vecino. Pero también juegan roles decisivos la nueva esposa de Nile, Nina (Brittany Snow), una galerista de arte que previamente fue asistente de su exmujer, su padre (Jonathan Banks, de muy buena labor) y además el inescrupuloso creador del negocio familiar en el que participa, y su tío Rick (Tim Guinee), el intimidante líder del equipo de seguridad de la poderosa empresa Jarvis Yards, que crece vorazmente en base a movimientos al borde de la legalidad y con la permanente complicidad de políticos corruptos.
Aunque no sea el corazón de la historia, el perverso entramado de dos negocios con fachadas diferentes pero lógicas similares en varios aspectos (el inmobiliario y el del arte) aparece más que insinuado en la serie, una alegoría que induce a pensar en el recorrido de magnates como el famoso marchante californiano Larry Gagosian, ejemplo paradigmático del “turbocapitalismo” del arte a través de la creación de un complejo de galerías, edificios y metros cuadrados de espacios expositivos y oficinas que lo ha posicionado como un actor muy significativo en el sector de los bienes raíces de ciudades como Nueva York, Londres, París y Hong Kong.
Es el telón de fondo del asunto principal que devela aquella escena clave comentada en el inicio de esta reseña: el encuentro fortuito entre dos narcisistas (y por lo tanto, neuróticos) que tienen en común bastante más de lo que se puede inferir a primera vista.
En una de sus primeras apariciones en la serie, Nile está bebiendo un jugo de remolacha cuyo color se asemeja nada casualmente al de la sangre. Aggie, por su parte, ha sufrido algunos brotes espamódicos de violencia: un oportuno flashback la delata apedreando la vidriera de un local donde trabaja el joven que conducía borracho aquel día de la fatal colisión en la que perdió la vida su hijo.
La dinámica entre estos dos personajes protagónicos también remite a la establecida entre otro magnate inmobiliario, Robert Durst, y Andrew Jarecki, el director de la elogiada serie The Jinx, alto exponente del true crime que cuenta la espeluznante historia en la que Durst estuvo involucrado.
En la ficción, Nile evade sus responsabilidades con la pericia y el cinismo del que hace gala el protagonista del caso real del documental de HBO Max, incluso al punto de incriminarla en un horrible asesinato. Pero lo más relevante en La bestia en mí no son en verdad sus maléficas artimañas en busca de la impunidad (una opacidad sostenida a lo largo de los 8 episodios que Rhys encarna a la perfección), sino cómo su ingreso en la vida de Aggie le permite a ella y a los espectadores de la serie detectar esa ambición un poco patológica que la lleva a ignorar todas las señales prematuras de la toxicidad del sujeto con el que se obsesiona en aras de la proyección de su carrera, una falencia que quizás también haya ensombrecido su rol como pareja y como madre, dos líneas que La bestia en mí amaga explorar pero deja curiosamente en suspenso.