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“No me gusta faltar a la escuela”: cuando llueve va descalza para cuidar las únicas zapatillas que tiene

Cuando llueve fuerte o el río sube, las calles de La Villita se borran bajo el agua. A Brisa no le importa. “No me gusta faltar a la escuela, así que voy descalza hasta la parada del colectivo...

“No me gusta faltar a la escuela”: cuando llueve va descalza para cuidar las únicas zapatillas que tiene

Cuando llueve fuerte o el río sube, las calles de La Villita se borran bajo el agua. A Brisa no le importa. “No me gusta faltar a la escuela, así que voy descalza hasta la parada del colectivo...

Cuando llueve fuerte o el río sube, las calles de La Villita se borran bajo el agua. A Brisa no le importa. “No me gusta faltar a la escuela, así que voy descalza hasta la parada del colectivo“, dice risueña, como si contara una travesura.

Ya en el colectivo, se calza. Es su manera de cuidar las zapatillas que se compró después de trabajar como niñera todo el verano. Es el único par que tiene.

“Trato de que mis notas sean por arriba de 8, pero a veces me va mal y me saco 7”, cuenta esta adolescente que acaba de cumplir sus tan ansiados 16 años. Entonces se le dibuja una sonrisa enorme cuando cuenta por qué esperaba tanto cumplir años:

—Ya puedo trabajar en alguna casa de comidas rápidas y además me puedo anotar para ir adelantando materias del CBC.

Brisa vive en un barrio popular que, a falta de nombre, se conoce como La Villita. Es parte de Rincón de Milberg, en Tigre, y queda encajonado entre los paredones de algunos barrios cerrados de la zona.

Sus padres se separaron hace siete años y desde entonces comparte cuarto con Carolina, su mamá, y con sus dos hermanos en la casa de su abuela materna, donde también viven dos de sus tíos.

En la puerta de madera de su habitación están pegados el nombre de Jairo, su hermano de tres años, y un dibujo infantil coloreado por su hermana Lara, que tiene 19 años y un diagnóstico de microcefalia. En la mesa del comedor hay un equipo de mate sobre una bandeja.

Sentada frente a su hija, Carolina la observa con orgullo, quizás recordando lo duro que fueron los primeros años de vida de esa chica que ahora sueña con ser contadora. O tal vez esté pensando en su propia historia y en los sueños que tenía a esa edad.

La mujer de 36 años tenía dos años más que Brisa cuando fue mamá por primera vez. Un año más tarde nacía su segunda hija. Entonces estaba en pareja con el papá de las niñas. Los cuatro vivían en una casa ubicada en el terreno de sus suegros.

Ella trabajaba como empleada doméstica para complementar las changas de su marido, pero los ingresos no alcanzaban para que sus hijas no pasaran hambre. Mucho menos para comprarles una cama. Dormían los cuatro juntos.

“Un día, una vecina me cuenta que había abierto una fundación que tenía médicos y ayudaba con la leche, así que me acerqué”, cuenta Carolina. La institución era la Fundación Más Humanidad, que trabaja con poblaciones atravesadas por la pobreza estructural, haciendo foco en el desarrollo de la primera infancia y en cuatro ejes clave para cualquier familia: salud, educación, vivienda y trabajo.

“A los 5 ya sabía leer y escribir”

En aquel momento, tanto Brisa como su hermana tenían desnutrición. En Más Humanidad no solo recibieron atención pediátrica y ayuda alimentaria, sino que, a partir de los 3 años y hasta los 5, asistieron a una sala de jardín de infantes que trabaja con el modelo Montessori para estimular el desarrollo neuronal de los chicos.

La sala funciona a contraturno del jardín para replicar una especie de doble escolaridad. “Cuando nació Lara, me habían dicho que no iba a poder caminar y salió caminando. Brisa terminó sabiendo leer y escribir”, recuerda Carolina.

Mientras sus hijas iban al jardín, Carolina estudiaba en la fundación. Primero terminó la secundaria, que había abandonado a los 15 años.

“Mi mamá no me llevó mucho el apunte cuando dejé. Yo era la más chica de siete hermanos y ella estaba luchando con algunos de ellos, que tenían problemas de drogas”, cuenta.

Al dejar la escuela, pasó a estar todo el día en la calle. Un año después se fue a vivir con quien sería el papá de sus hijas.

Carolina es tímida y de pocas palabras. De a poco, toma confianza y cuenta que, de adolescente, soñaba con ser diseñadora de moda. Por eso se entusiasmó mucho cuando en la fundación le ofrecieron hacer un taller de costura. Ahora sabe coser y hace ropa para sus hijos. “Gracias a la fundación aprendí que mi vida vale. Hoy puedo ser una mamá distinta con mis hijos”, dice.

Los niños que van a la Fundación Más Humanidad suelen ser blanco más fácil para que las diarreas a repetición en verano o las enfermedades respiratorias en invierno sean cosa de vida o muerte. Por la desnutrición que padecen, tienen las defensas extremadamente bajas.

“En esos casos, el cuerpo se concentra en que el niño sobreviva y el desarrollo neuronal queda en segundo plano y se va atrofiando”, explica Adriana Manzur, directora general de la organización.

Esa deuda en el desarrollo cognitivo se cobra en el presente del niño, pero también en su futuro. En lo inmediato, cuenta la especialista, puede tener impacto en los vínculos, en la motricidad o en el aprendizaje.

A futuro, le puede resultar tan difícil sostener la secundaria que termine abandonándola. “Ni hablar de sostener la rutina de un trabajo estable. En muchos casos solo podrán vivir de changas esporádicas”, alerta Manzur.

Más Humanidad tiene 15 años de historia. Cuenta con dos sedes ubicadas en Rincón de Milberg, una en Derqui y otra en Lima. En total, ya pasaron más de 2500 niños de hasta 5 años provenientes de unas 900 familias.

En esa población, el 66% de los chicos tiene o tuvo desnutrición, el 62% de los adultos no completó su educación escolar, el 62% no tiene acceso a un baño ni espacio de higiene personal, el 69% de los hogares no dispone de agua caliente y el 59% de las familias viven en condiciones de hacinamiento.

La falta de una vivienda adecuada y de una alimentación saludable es la realidad de millones de niños, niñas y adolescentes del país.

Según datos de la UCA de 2025, unos 4,3 millones de chicos vieron reducirse sus porciones en cantidad o calidad o, directamente, pasaron hambre. Por otra parte, el 18,1% vive en viviendas precarias y el 20,9% en condiciones de hacinamiento. El acceso a servicios básicos continúa siendo una deuda importante: el 42% reside en hogares sin saneamiento adecuado.

“Se morían por sus casas inseguras”

“Inicialmente nuestro foco no estaba puesto en las viviendas. Pero empezamos a ver que los chicos ya no se morían por desnutrición, pero sí porque sus casas eran inseguras”, explica Manzur.

Los profesionales de la organización tienen infinidad de historias que duelen, como la de un bebé que no tenía cuna y murió de asfixia por dormir con sus padres, de niños que mueren electrocutados porque las instalaciones eléctricas son precarias, o de niños que viven con parásitos porque hacen sus necesidades en un tacho de basura.

Pero la fundación también atesora historias de esperanza, producto de intervenciones que llegan a tiempo. Por ejemplo, la de A., un bebé que pudo superar totalmente su diagnóstico inicial de retraso cognitivo cuando su mamá contó con las herramientas necesarias para estimularlo. O también la de M., otro bebé que está superando un cuadro de desnutrición severa por el que tuvo que permanecer tres meses internado.

“En todos los casos, la clave fue educar a las madres con pautas de crianza. Por lo general, no tienen herramientas para criar a sus hijos porque no vivenciaron esas herramientas cuando fueron hijas”, dice Manzur.

—¿Qué rol cumplen los padres?

—En la mayoría de los casos, los jefes de hogar tienen changas esporádicas. Hay muchos casos de consumo problemático. Casi siempre, en los hechos, la jefa de hogar es la mamá. Ella es la que maneja la batuta de la crianza.

“Quebró el círculo de la pobreza”

Desde esta perspectiva, cuando la madre tiene su secundario completo, promueve la escolaridad de sus hijos. Y si tiene alguna habilidad técnica que le permita sentirse más empoderada y hasta insertarse en el mundo laboral así sea con un emprendimiento, empieza a generar cambios estructurales en su familia.

“Brisa es el ejemplo de que el cambio es posible. Ella es la primera generación de su familia que se proyecta con un título profesional. Quebró el círculo de la pobreza estructural”, sostiene Manzur convencida.

En su casa de La Villita, Brisa enumera qué se compró con la plata que ganó por cuidar a una nena de 7 años durante el verano: ropa, un par de zapatillas y los útiles para la escuela.

Muestra orgullosa su cartuchera gris y sus dos carpetas. En la que tiene un estampado rosa coloca sus materias favoritas. En la que es lisa y de color negro, van las que no le gustan.

Su escuela queda a 10 minutos en colectivo desde su casa. Está cursando 5° año de bachillerato con orientación en Economía. “Yo no sabía lo que hacían los contadores, pero cuando nos vinieron a dar charlas para optar por diferentes orientaciones, Economía fue la que más me gustó”, explica con mucha gestualidad y facilidad de palabra.

De cara al CBC, hay un tema que la desvela: necesita un celular para estudiar. “En la escuela nos pasan los libros por PDF, que se pueden imprimir o trabajar desde el celular. Como yo no tengo celu, trabajo con el de mi compañero”, dice. Aunque todavía no sabe cómo va a resolver ese problema en la universidad, ya está haciendo planes para inscribirse y arrancar el próximo cuatrimestre.

Carolina la escucha con impotencia. Con su sueldo de empleada doméstica, más la pensión por discapacidad de Lara y la AUH de Brisa y Jairo llega justa para cubrir la comida. “Me encantaría tener un emprendimiento propio de arreglo de ropa para juntar unos pesos más y ayudarla. Pero no tengo máquina de coser”, se lamenta.

A pesar de este nuevo desafío que la vida le impone a su hija, Carolina está convencida de que Brisa va a encontrar la manera de cumplir su meta. Lo reconfirma cada vez que la ve irse descalza a tomar el colectivo rumbo a la escuela para que la lluvia no le arrebate sus sueños.

Más información:

Si querés conocer más sobre el trabajo de la Fundacióbn Más Humanidad, podés hacer clic acá. Entre el 5 y el 7 de junio, 80 artistas exhibirán sus obras a beneficio de la organización en La Herencia Eventos, en Pilar. Si querés asistir a su evento aniversario el 6 de junio, podés comprar tu entrada acá.

Vidas Desiguales

Esta nota forma parte de Vidas Desiguales, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca promover oportunidades reales para adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/comunidad/no-me-gusta-faltar-a-la-escuela-cuando-llueve-va-descalza-para-cuidar-las-unicas-zapatillas-que-nid12052026/

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