Otra vez Suiza: el Mundial volvió a encontrar a Messi en el mismo lugar que hace 12 años
Lionel Messi es otra vez el dueño del Mundial. Aparece por todos lados: en las camisetas argentinas que tiñen las tribunas, en los carteles de las ciudades que reciben a la selección y, sobre to...
Lionel Messi es otra vez el dueño del Mundial. Aparece por todos lados: en las camisetas argentinas que tiñen las tribunas, en los carteles de las ciudades que reciben a la selección y, sobre todo, en cada ataque de un equipo que necesita cada vez más de él. Uno de los goleadores del torneo no sólo aporta soluciones en la red. También conduce, asiste, lidera y vuelve a asumir el papel de salvador que lo pone en la tapa de todos los portales. Podría ser una descripción de este Mundial. O también de Brasil 2014. Porque otra vez Argentina se metió en el tramo decisivo con Messi como bandera. Y otra vez enfrente aparece Suiza.
Como aquella tarde en San Pablo, aunque 12 años después y en otro escenario: el Arrowhead Stadium de Kansas City. Hay 8500 kilómetros entre una ciudad y la otra, pero bastante menos dentro de la cancha. Messi es otra vez el gran protagonista de la película y Argentina, ahora con una nueva generación de estrellas, también aprendió a convivir con el sufrimiento. De golpe, todo empieza a parecerse. Y el objetivo también: que Messi levante otra Copa del Mundo.
En aquel Mundial que parecía ser suyo, y que se frustró en la final ante Alemania en el Maracaná, con apenas 27 años, Messi aún tenía por delante buena parte de su carrera. Era campeón de todo con Barcelona, pero todavía cargaba con la mochila de no poder consagrarse en la selección, más allá de la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Beijing. Llegaba después de un Mundial flojo en Sudáfrica 2010, donde llamativamente no había convertido goles y la comparación con Diego Maradona todavía era una constante. Fue, sin embargo, el torneo en el que terminó de agrandar su mito. Marcó siete goles y dio cuatro asistencias; la más recordada, justamente ante Suiza, para el inolvidable gol de Ángel Di María en el tiempo suplementario.
Aquel Messi también parecía resolverlo todo solo. Este, a los 39, juega sin ese peso, pero con la misma exigencia. Cambió su físico, su rol, creció su figura en el vestuario y también son otros los compañeros: ningún otro futbolista de aquel plantel de Alejandro Sabella sobrevivió al paso del tiempo, y del otro lado apenas dos volverán a estar: Granit Xhaka, con pasado en Arsenal y Bayer Leverkusen, hoy en Sunderland, principal referente del equipo europeo, y el lateral izquierdo Ricardo Rodríguez, con trayectoria en Alemania, Italia y España. “¿Enfrentar a Messi? No sé si podremos controlarlo durante 90 o 120 minutos. Para mí, y creo que para todos, haber jugado en su era es un privilegio”, dijo el mediocampista.
Las lágrimas de Messi tras la agónica victoria sobre Egipto, luego de jugar sus peores 78 minutos del Mundial y sus mejores 12 de toda la Copa, demuestran que ese espíritu competitivo permanece intacto. El fútbol le debía una revancha a uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, pero un solo Mundial en una carrera de más de dos décadas en la élite parece demasiado poco. Desde hoy, cada partido puede marcar su despedida con la selección.
Messi es el futbolista más añejo de los que siguen en competencia y, a la vez, uno de los más determinantes: con un partido menos, lidera la tabla de goleadores junto con Kylian Mbappé, posible rival en la final, 12 años más joven, y le lleva uno a Erling Haaland, 14 años menor, con quien Argentina podría enfrentarse en semifinales. Messi trabajó muchísimo para que esa diferencia no se note. Desde la Copa América 2024, en la que el título le devolvió las ganas de seguir y un nivel más bajo de lo esperado lo empujó a querer cerrar con otra imagen su historia en la selección. Para lograrlo siguió una rutina específica junto a Rodrigo de Paul, a contraturno de los entrenamientos con Inter Miami, una dieta balanceada seguida de cerca por profesionales y un plan físico diseñado especialmente para él. En ese proceso también se sumó Walter Insaurralde, kinesiólogo de la selección, enviado por la AFA para instalarse en Miami y acompañarlo prácticamente a diario en las recuperaciones posteriores a los partidos. La idea era que el capitán llegara a este Mundial como si los años no hubiesen pasado. Y lo consiguió.
Como en Brasil, Messi vuelve a ser el líder indiscutido de una selección repleta de talento que, guiada por un técnico que con métodos distintos y cada uno con su propio libreto supo sacar lo mejor de él -antes Alejandro Sabella y ahora Lionel Scaloni-, va por otro paso rumbo a la final con una de las mejores versiones de su capitán en una Copa del Mundo. Autor de ocho goles en cinco partidos y decidido a seguir batiendo récords, ya es el goleador histórico del torneo, con 21 tantos, y ahora busca convertirse también en el jugador con más asistencias. Lleva ocho y podría superar a Pelé, que, según distintos registros, terminó su carrera mundialista con entre ocho y diez.
Pero más allá de los números, su influencia va mucho más allá de las estadísticas. En este Mundial volvió a ser decisivo como en Brasil 2014, el torneo que terminó de convertirlo en el gran referente de la selección. Ahora, en otra etapa de su carrera, otra vez aparece Suiza en el camino. Un rival al que ya le marcó tres goles en Berna, en un amistoso de 2012, su primer hat-trick con la selección, también en el contexto de un equipo que no terminaba de convencer, pero que siempre encontraba en el capitán la respuesta a todas sus dudas.
Pero tener a Messi siempre representa un plus. Desafió al tiempo como pocos y mantuvo viva una ilusión: que el último partido siempre sea el próximo, y nunca el de hoy.