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Overtake educativo, un salto adelante

El sistema educativo global atraviesa un punto de inflexión que ya no admite diagnósticos tibios. No se trata de una crisis coyuntural ni de un problema corregible con más recursos o reformas pa...

Overtake educativo, un salto adelante

El sistema educativo global atraviesa un punto de inflexión que ya no admite diagnósticos tibios. No se trata de una crisis coyuntural ni de un problema corregible con más recursos o reformas pa...

El sistema educativo global atraviesa un punto de inflexión que ya no admite diagnósticos tibios. No se trata de una crisis coyuntural ni de un problema corregible con más recursos o reformas parciales. Se trata del cierre silencioso de un ciclo histórico. El sistema educativo, tal como fue concebido y legitimado durante los siglos XIX y XX, continúa funcionando, pero cada vez explica menos el mundo que habitamos y prepara peor para actuar en él.

Durante gran parte del siglo pasado, la educación formal fue el principal dispositivo de integración social. Escolarizarse equivalía, en términos generales, a aprender, acceder al empleo y mejorar la posición social. Esa ecuación sostuvo la legitimidad del sistema durante décadas. Hoy, sin embargo, muestra fisuras estructurales. Nunca hubo tanta escolarización y, al mismo tiempo, nunca fue tan débil el vínculo entre escolaridad y aprendizaje real. La acumulación de títulos convive con la obsolescencia acelerada de los saberes, la incertidumbre laboral y el estancamiento de la movilidad social. Este fenómeno no es ideológico ni local: atraviesa países ricos y pobres, sistemas públicos y privados, instituciones de elite y de masas.

Este momento puede describirse, sin estridencias, como game over. No porque la escuela o la universidad hayan dejado de existir, sino porque el mundo para el cual fueron diseñadas ya no existe. El sistema educativo moderno nació para sociedades industriales relativamente estables, con trayectorias previsibles, escasez de acceso al conocimiento y fuerte centralidad del Estado. Hoy vivimos en sociedades heterogéneas, aceleradas y atravesadas por tecnologías que modifican la forma misma de aprender. El sistema no colapsa: sigue produciendo títulos y administrando trayectorias, pero pierde progresivamente su promesa.

Frente a este diagnóstico, la reacción dominante ha sido defensiva. Muchos sistemas incorporan tecnología sin alterar su lógica de fondo. Digitalizan contenidos y virtualizan clases, pero conservan intactas sus estructuras centrales: edades fijas, programas uniformes, trayectorias lineales y evaluación estandarizada. El resultado suele ser mayor complejidad, más costos y un impacto limitado en el aprendizaje. El tranvía sigue avanzando, pero el entorno cambia mucho más rápido.

En este escenario emergen los overtakes. Por un lado, las mejoras incrementales: reformas curriculares, enfoques por competencias, aprendizaje basado en proyectos y evaluación formativa. Iniciativas impulsadas, por ejemplo, desde la Unión Europea han producido avances reales, pero su alcance suele verse limitado por regulaciones rígidas y culturas institucionales resistentes. Mejoran el sistema, pero no lo redefinen.

Por otro lado, aparecen overtakes radicales que cuestionan el monopolio escolar del aprendizaje. Plataformas digitales, comunidades de práctica, formación intensiva, educación no formal y aprendizaje autodirigido redefinen dónde ocurre el aprendizaje y quién tiene autoridad para validarlo. La inteligencia artificial actúa como catalizador de este proceso. No introduce el cambio de época: lo acelera. Al permitir una personalización inédita a gran escala y modificar la relación entre costo, seguimiento y precisión pedagógica, la IA tensiona de manera estructural el modelo educativo tradicional y redefine el rol del docente como orientador, formador de criterio y acompañante del proceso de aprendizaje.

En este nuevo escenario, también se transforma de manera profunda la figura que acompaña el aprendizaje. El tutor propio de los modelos de overtake no es simplemente un “nuevo docente” con más tecnología, sino un rol cualitativamente distinto. Ya no se define por la transmisión sistemática de contenidos ni por el control del ritmo y la evaluación, funciones que hoy pueden ser asumidas parcial o totalmente por plataformas inteligentes. Su valor reside en otras competencias: la capacidad de orientar trayectorias singulares, ayudar a formular buenas preguntas, desarrollar criterio, sostener la motivación y acompañar los momentos de frustración y deriva que todo aprendizaje significativo implica. Este tutor opera más como curador, mentor y referente ético que como expositor. Necesita leer contextos, integrar saberes dispersos, conectar aprendizajes con problemas reales y ofrecer sentido en un ecosistema saturado de información. En lugar de administrar la homogeneidad, trabaja con la diversidad; en lugar de asegurar cumplimiento, cultiva autonomía. El desafío no es capacitar al docente tradicional para “usar” nuevas herramientas, sino reconocer que el cambio de época exige habilidades relacionales, cognitivas y culturales distintas, acordes a un aprendizaje más abierto, personalizado y distribuido.

A esto se suma la globalización del conocimiento. El acceso a saberes de alta calidad es hoy transnacional. El desafío ya no es acceder a la información, sino interpretarla críticamente y construir sistemas capaces de reconocer aprendizajes adquiridos por múltiples caminos.

El nudo más crítico es la ruptura entre aprendizaje real y acreditación formal. Millones de personas adquieren competencias valiosas fuera del sistema tradicional, mientras el sistema sigue certificando trayectorias donde el aprendizaje efectivo puede ser frágil. La pregunta deja de ser “dónde estudió” una persona y pasa a ser “qué sabe hacer realmente”.

Reconocer este cambio de época no implica demoler la educación existente. Implica aceptar que un ciclo histórico se ha cerrado. Game over no es una consigna rupturista, sino una constatación. Los overtakes –incrementales y radicales– señalan caminos posibles para reconfigurar el sentido de aprender y certificar en el siglo XXI. Los sistemas que se aferren a su forma cuando el sentido ha cambiado corren el riesgo de volverse irrelevantes. Los que se animen a abrirse podrán encontrar una segunda vida en un ecosistema global de aprendizaje en permanente transformación.

Miembro de la Academia Nacional de Educación

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/overtake-educativo-un-salto-adelante-nid14012026/

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