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Palabras que se vuelven a escuchar

Leo la frase y sé que habla, más que de mí, de mis orígenes. Pertenece al libro Tocan a muerto, de la escritora española Laura Vivar (Guadalajara, 1986), y dice: “En mi casa siempre fuimos p...

Palabras que se vuelven a escuchar

Leo la frase y sé que habla, más que de mí, de mis orígenes. Pertenece al libro Tocan a muerto, de la escritora española Laura Vivar (Guadalajara, 1986), y dice: “En mi casa siempre fuimos p...

Leo la frase y sé que habla, más que de mí, de mis orígenes. Pertenece al libro Tocan a muerto, de la escritora española Laura Vivar (Guadalajara, 1986), y dice: “En mi casa siempre fuimos pobres, pero a mis hermanos y a mí no nos faltó nunca para comer”. No es solo lo que afirma, sino también el tono, el modo en que se enlaza con otros dichos, el sustrato del que emerge: algo así como un orgullo, como si todo el tiempo también estuviera diciendo: “nada nos fue fácil, la vida nos tocó áspera. Y así y todo nos fuimos armando, sin quejas, con las manos cada vez más gruesas, los cuerpos cada vez más rotos, la frente siempre alta”.

Editado en la Argentina por Blatt & Ríos, Tocan a muerto es el primer libro de Laura Vivar. La autora construye una voz narradora, la de una mujer crecida en la posguerra, que va hilando, en cada capítulo, recuerdos de infancia, acontecimientos de la adultez, historias que le fueron contadas por madres, tías y abuelas, pequeños retratos de lo que alguna vez fue la vida en un pueblo (nunca se aclara ni qué pueblo es ni en qué zona de España estaría), y que recién hacia el final, como quien gana confianza para las confesiones difíciles, se animará a hurgar en la memoria de lo no dicho, abrirá la caja de los susurros, le pondrá nombre a las heridas más hondas.

Siempre están los méritos que de por sí tiene un libro (en este caso, la escritura límpida, la estructura, la capacidad de Vivar para recrear un estilo del habla muy específico, ligado a una generación en particular, a un lugar, una historia, un género). Y están los ecos que cada libro despierta en uno. Por caso, en la voz de Milagros, la narradora de Tocan a muerto, yo escucho la voz de las mujeres de mi familia. “(...) En los pueblos no se llora”; “(...) la abuela María nunca fue buena, lo que se dice buena, en la cocina, no se lo dio Dios, pero limpia era, vaya, limpísima”; “(...) en cuanto una era moza, ya estaba más que lista para ponerse a servir en casa de alguna señora de dineros”.

Mujeres hechas a golpes de austeridad y de esfuerzo. En su gran mayoría, mujeres que, a diferencia quizás de algún hermano varón, nunca pisaron la escuela. Laura Vivar dedica su libro “A todas las mujeres que no supieron escribir su nombre”; Milagros habla de la humillación al marcar, con pulso tosco, una X cada vez que, por el trámite que fuera, le pedían una firma.

Las mujeres de mi familia no firmaban con una X, pero la sombra de la palabra “analfabeta” (pronunciada varias veces en Tocan a muerto) las perseguía. No había habido escuela formal para ellas; solo alguna transmisión –muy a las apuradas– de los rudimentos de la escritura. Y con eso se las arreglaron, leyendo lo que podían, escribiendo como podían, y haciendo del orgullo un escudo compacto, tan férreo como enorme era la herida. Entre lo mucho que no tuvieron, la falta de escuela era lo que más dolía. Aún más que las manos lastimadas de tanto fregar la casa o de tanto trabajar la tierra.

“Después de veinte, treinta años, no íbamos a llorar, no niña, la dignidad era eso, haber tirado palante como las mulas”, dice Milagros en relación a un padecimiento muy específico: los vejámenes que, tras el fin de la Guerra Civil, sufrieron las mujeres del bando perdedor. Porque si ser “rojo” era malo, ser “roja” (o viuda de “rojo”) podía ser incluso peor. “Si esto lo sabía la Isidra y lo sabíamos todas, hija, que estábamos solas en el mundo, quién te iba a amparar, si encima era roja, que eso le decían lo poco que salía a la calle, decían roja, puta, miserable”. Leo esos párrafos y sé a qué mujer de mi familia se lo habrán gritado, en la calle y en el pueblo, una y mil veces. Como Milagros, ella también habrá dicho “de tanto callármelo, lo olvidé”. Lo olvidó ella y lo olvidaron todos. Pero hay cosas que se transmiten sin palabras. Y un día, un libro las vuelve a hacer presentes.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/palabras-que-se-vuelven-a-escuchar-nid03032026/

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