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Para mayores de 40: con mente de principiante, la revolución de los que se animan a ser novatos

Hernán Olivera (43 años) dirige una empresa de logística con 300 empleados a cargo, toma decisiones de varios millones de pesos por semana y, los martes a las siete de la tarde, desafina. Canta....

Para mayores de 40: con mente de principiante, la revolución de los que se animan a ser novatos

Hernán Olivera (43 años) dirige una empresa de logística con 300 empleados a cargo, toma decisiones de varios millones de pesos por semana y, los martes a las siete de la tarde, desafina. Canta....

Hernán Olivera (43 años) dirige una empresa de logística con 300 empleados a cargo, toma decisiones de varios millones de pesos por semana y, los martes a las siete de la tarde, desafina. Canta. Intenta cantar en una clase grupal donde la mitad del curso tiene una fracción de su edad y el doble de oído. “La primera vez salí colorado como un tomate –reconoce–. La segunda, empecé a divertirme”.

Él forma parte de un fenómeno que crece con una lógica curiosa: cuanto más éxito acumula alguien en su campo, más atractivo le resulta buscar, deliberadamente, el terreno exacto donde ese éxito deja de servirle.

El movimiento tiene nombre en inglés, beginner’s mind o mente de principiante, y coordenadas concretas: talleres de canto, clases de mandarín, cerámica avanzada, surf para adultos, improvisación teatral. Crece entre ejecutivos, médicos, abogados y arquitectos, gente que construyó una identidad sólida alrededor de aquello que domina y decide, en la mitad de la vida, plantarse frente a un desafío donde carece por completo de autoridad.

Conviene marcar la diferencia con la búsqueda tradicional de un hobby, esa idea instalada de encontrar una pasión nueva para llenar las tardes libres. Acá el eje cambia de posición: la meta pasa a ser, con toda la intención, el lugar donde a la persona le sale mal. Diego Yannuzzi, abogado corporativo de 47 años, resume la diferencia: “En mi trabajo tengo que tener razón todo el tiempo. En la clase de mandarín, la profesora me corrige cada dos minutos y es un alivio total”.

Desde la Fundación Navarro Viola, que impulsa una agenda cultural orientada a personas mayores, observan el mismo movimiento entre adultos que superan los 60 años. “Lo que genera bienestar es animarse a asumir un desafío nuevo, descubrir que todavía se puede aprender y experimentar la satisfacción de desarrollar nuevas habilidades, incluso cuando el proceso requiere esfuerzo”, explica Magdalena Saieg, directora ejecutiva de la fundación. Bajo su gestión, la agenda alcanzó este año a más de 1100 personas inscriptas en 14 provincias argentinas, con veintitrés talleres entre encuentros presenciales y virtuales.

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La zona de mejora

Durante décadas, la ciencia sostuvo la idea de un cerebro adulto prácticamente fijo, con una ventana de plasticidad que se cerraba junto con la infancia. Esa hipótesis envejeció. La psicóloga Denise Park, del Center for Vital Longevity de la Universidad de Texas en Dallas, dirigió un experimento que marcó un antes y un después: durante tres meses, adultos de entre 60 y 90 años aprendieron fotografía digital o costura de patchwork, 16 horas semanales, mientras otros grupos socializaban sin sumar habilidades nuevas o resolvían tareas cognitivas sencillas.

Únicamente quienes enfrentaron el desafío genuino, el que exige salir con torpeza del propio terreno conocido, mostraron mejoras medibles en la memoria episódica y en la eficiencia neuronal, sostenidas hasta un año después. “Cuando permanecés dentro de tu zona de confort, quizá quedes afuera de la zona de mejora”, resume Park.

La evidencia acompaña la intuición también del lado de las ciencias sociales. “El aprendizaje continuo se asocia con beneficios que exceden la actividad específica –señala Julieta Valiente Noailles, psicóloga y líder de la agenda cultural de la Fundación Navarro Viola–. Aprender ajedrez, practicar teatro o un deporte no solo desarrolla esa habilidad particular; también fortalece funciones cognitivas como la atención, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva”.

El error ocupa, en ese proceso, un lugar central, aunque distinto del que suele imaginarse. El psicólogo Jason Moser, de la Universidad Estatal de Michigan, midió con electroencefalogramas la actividad cerebral de un grupo de estudiantes frente a sus propios fallos y encontró una diferencia clara entre dos mentalidades. Quienes creían que la inteligencia se entrena mostraban mayor actividad en la zona vinculada con prestarle atención al error, la que permite aprender de él. Quienes la creían fija de fábrica apagaban esa señal casi por completo. Moser explica que la diferencia entre ambos grupos aparece “sobre todo en la manera de procesar el tropiezo, más que en la magnitud del traspié mismo”.

Adriana tiene 62 años y es abogada. Está jubilada “después de una actividad laboral muy intensa”, según sus propias palabras, y atraviesa el duelo reciente por la muerte de su madre. En ese momento se anotó en un taller de italiano. “Esta actividad disparó que haya tomado conciencia de cuánto sabía de francés”, cuenta, y aclara que “jamás había estudiado ese idioma de manera formal, sino que lo tenía guardado desde el secundario, dormido bajo capas de memoria”. Dos meses de italiano bastaron para empujarla a anotarse en clases nocturnas de francés. El cerebro, entrenado otra vez en el esfuerzo de comparar sonidos y estructuras, reabrió archivos que llevaban décadas cerrados.

La diferencia entre aprender de chico y de grande, entonces, tiene menos que ver con la capacidad bruta que con el terreno emocional que rodea al aprendizaje. Los chicos tropiezan sin testigos ni currículum que defender. Los adultos cargan, además de la tarea nueva, la memoria de todo lo que ya saben hacer bien en otro lado, y esa memoria puede convertirse en aliada o en obstáculo según cómo se la use.

La incomodidad productiva

Esa sensación de pisar terreno desconocido tiene una definición precisa en la clínica: la distancia justa entre la comodidad total y el pánico, el punto exacto donde el desafío exige esfuerzo real sin desbordar los recursos de quien lo enfrenta. “La ansiedad que paraliza nos hace sentir que no contamos con recursos para afrontar una situación y, por eso, evitamos actuar –explica la psicóloga Yasmin Bellani, especializada en gerontología y diplomada en neuropsicología aplicada a adultos mayores–. La incomodidad productiva aparece cuando aceptamos el desafío sabiendo que será difícil, pero también confiando en que podemos atravesarlo”.

Bellani señala, además, que “buena parte de la identidad adulta se construye alrededor de la competencia. Somos el profesional que sabe, la persona resolutiva, la que siempre puede. Eso nos da seguridad, pero también puede volvernos rígidos”, describe.

Julieta Beraldi, médica clínica de 42 años acostumbrada a diagnosticar bajo presión, empezó hace ocho meses un taller de improvisación teatral. En la primera clase terminó en llanto. “Me paralizaba la idea de decir algo estúpido frente a extraños. Tardé semanas en entender que ahí estaba, justamente, el ejercicio”, reconoce.

La neurociencia del bienestar respalda esa hipótesis desde un ángulo distinto. Catherine Hartley, psicóloga de la Universidad de Nueva York, rastreó con geolocalización y resonancias magnéticas la vida cotidiana de un grupo de voluntarios y encontró que la diversidad real de experiencias, ir a lugares nuevos, romper la rutina de los recorridos habituales, se correlacionaba con estados de ánimo más positivos, sobre todo entre quienes mostraban mayor conexión funcional entre el hipocampo y el estriado, las regiones asociadas con la novedad y con la recompensa. “La gente se siente más feliz cuando hay más variedad en su rutina diaria”, resume Hartley.

El perfeccionismo, agrega Bellani, rara vez tiene que ver con la voluntad de hacer las cosas bien. “No se relaciona con querer hacer todo perfecto, sino con el miedo a equivocarse –sostiene–. Exponerse a ser malo en algo puede convertirse en un excelente entrenamiento para flexibilizar la autoexigencia. Además, poder decir ‘esto todavía no me sale’ es una señal de salud psicológica, no de debilidad”.

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Valeria Duprat, arquitecta de 45 años, empezó a surfear el verano pasado en la costa de Mar del Plata. La tabla la tira al agua, en promedio, 12 veces por sesión. “Al principio comparaba cada intento con la versión de mí misma que hacía snowboard a los 20 –cuenta–. Después entendí que ese ejercicio de comparación era el verdadero problema, mucho más que las caídas”. Soltar esa vara ajena, coinciden los especialistas consultados, resulta tan determinante como la técnica misma.

Cómo hacerlo

La lista de disciplinas elegidas por quienes se suman a este movimiento crece cada temporada: canto, mandarín, cerámica avanzada, tango, surf, chelo, patín artístico, improvisación teatral.

La profesora de educación física Lucrecia Artigue, que trabaja con adultos que arrancan actividad desde cero, insiste en un primer paso ineludible: “Es importante siempre, antes de comenzar a realizar actividad física, indagar sobre cuál es el objetivo que tiene cada uno, además de saber sobre su historia clínica y sus características personales –explica–. Preguntar sobre su historia en relación a su pasado en el movimiento del cuerpo determina cómo será el camino que emprenderá cada uno”.

Sostener el compromiso, superada la vergüenza inicial, resulta asunto de tiempo, más que de talento puro. La psicóloga Phillippa Lally, de University College London, siguió durante 12 semanas a un grupo de personas que intentaban instalar un comportamiento nuevo y encontró que la automatización de un hábito demanda, en promedio, 66 días, con variación enorme: algunas lo lograron en 18 días, otras necesitaron casi un año. Faltar a un encuentro de práctica, según su investigación, difícilmente arruina el proceso completo.

Ricardo Fontán, contador de 53 años, lleva dos años de clases de tango y calcula que tropezó, literalmente, con su pareja de baile más de 200 veces antes de lograr un giro completo sin perder el eje. Martín Sosa, ingeniero (44), practica chelo media hora antes de que su familia despierte, porque asegura que ese horario evita testigos y, con ellos, la autoexigencia. La artista visual Laura Yussen, creadora del Laboratorio de Proceso Creativo, coincide en que la palabra funciona como sostén clave frente a la frustración adulta. “La principal estrategia para sostener a una persona frente a la frustración es la palabra –afirma–. Acordamos que no estamos buscando un resultado como primera cuestión, sino que eso llega dentro del camino que transitamos”

Tamara Lichtmann, psicóloga de la Fundación Aiglé, aporta el marco que sostiene todo el recorrido: “Al alcanzar la adultez, muchos descubrimos que no buscamos vidas perfectas ni impecables: estamos detrás de sentirnos vivos. La vitalidad nace del deseo y de la valentía de ir tras él, aun cuando eso implique desafiar las historias que nos veníamos contando sobre nosotros mismos. Es un giro liberador, en lugar de marcar el error en rojo, encontrar la madurez para capitalizarlo como una oportunidad”.

Leandra (64), divorciada, y Susana (72), participan por separado de talleres y llegan, cada una desde su propia experiencia, a una conclusión parecida: “Al participar en los talleres culturales, vemos cómo nuevos vínculos y miradas nos ayudan a caminar esta etapa”, aporta Leandra. Susana, por su parte, recuerda: “Descubrí la agenda cultural en el 2023, por una voluntaria. Socialicé de inmediato y desde entonces encontré un propósito estupendo al levantarme todos los días”. El grupo, sugieren ambos testimonios, sostiene lo que la voluntad individual, tarde o temprano, deja caer.

Hernán sigue yendo los martes a las siete de la tarde, y sigue desafinando, aunque cada vez un poco menos. La última clase, la profesora eligió una canción que la mitad del curso ya conocía de memoria y él, todavía, tropieza con la letra. Pero ya dejó de darle vergüenza hace rato. Descubrió, en incontables intentos de una nota que se le escapa, algo que ningún ascenso ni ninguna negociación millonaria le había regalado: “El permiso de hacer algo mal, en voz alta, frente a otros, sin que eso derrumbe nada de lo construido en 40 años de carrera”, admite. Esa es, en definitiva, la promesa silenciosa del movimiento: en algún momento, con paciencia, la torpeza deja de doler y empieza a parecerse, sospechosamente, a la libertad.

Diez claves para animarte a ser principiante

1. Elegí el terreno por deseo, jamás por currículum. “Vienen a realizar algo que siempre desearon y postergaron”, describe Yussen sobre quienes llegan a su taller.

2. Indagá tu propia historia antes de arrancar. “Si hizo deporte o si hace mucho que no hace nada determina cómo será el camino que emprenderá cada uno”, recomienda Artigue.

3. Sostené el proceso con palabras, además de con práctica. “La principal estrategia para sostener al adulto frente a la frustración es la palabra”, sostiene Yussen.

4. Dale un propósito claro a la incomodidad. “El proyecto nos guía, nos sostiene y nos llena de orgullo”, indica Lichtmann.

5. Distinguí entre sentirte incapaz y estar aprendiendo algo nuevo. “Hay una diferencia fundamental entre ambas cosas”, aclara Valiente Noailles.

6. Buscá un entorno cuidado, ajeno a la exigencia de rendimiento. “Esa incomodidad inicial se transforma en curiosidad, confianza y disfrute”, detalla Saieg.

7. Convertí el error en información, jamás en condena. “En lugar de marcar el error en rojo, es preciso encontrar la madurez para capitalizarlo como una oportunidad”, propone Lichtmann.

8. Permitite decir todavía me sale mal. “Es una señal de salud psicológica, no de debilidad”, subraya Bellani.

9. Sumá compañía: el grupo sostiene lo que la voluntad individual, sola, suelta tarde o temprano. “Favorece el sentido de pertenencia”, detalla Valiente Noailles.

10. Calculá tiempo real, ajeno al de la fantasía. “La constancia, más que el talento inicial, define el resultado”, concluye.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/salud/para-mayores-de-40-con-mente-de-principiante-la-revolucion-de-los-que-se-animan-a-ser-novatos-nid23082026/

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