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Para volver a ver Niños del hombre

Cuando la vi, alrededor de 2006, ni se me ocurrió pensar en el año en que esa película de ciencia ficción ubicaba su trama. Veinte años no es nada cuando, sobre todo a partir de cierta edad, s...

Para volver a ver Niños del hombre

Cuando la vi, alrededor de 2006, ni se me ocurrió pensar en el año en que esa película de ciencia ficción ubicaba su trama. Veinte años no es nada cuando, sobre todo a partir de cierta edad, s...

Cuando la vi, alrededor de 2006, ni se me ocurrió pensar en el año en que esa película de ciencia ficción ubicaba su trama. Veinte años no es nada cuando, sobre todo a partir de cierta edad, se mira hacia atrás... pero hacia adelante la cosa funciona distinto.

Hablo de Niños del hombre, película dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón, basada en una novela de la británica P.D. James, y cuya historia se ubica en un -para el tiempo de su estreno- futuro cercano: 2027. Faltan unos meses para que ingresemos en ese año, y supongo que algo de eso habrá influido para que Mubi subiera el film a su plataforma. Una feliz coincidencia, en lo que a mí toca: por diversas razones, venía pensando en la película y hete aquí que este fin de semana me di el gusto de volver a verla.

Confirmé que Cuarón realmente sabe contar historias, que Clive Owen, Julianne Moore y Michael Caine son tremendos actorazos, que la película es un gran y virtuoso relato de acción. Pero -me estoy volviendo vieja- no recuerdo que en 2006 me haya resultado tan excesiva la sucesión de peripecias propias del thriller. Tampoco que en aquel momento la película me haya dejado un sabor tan agridulce como el que sentí esta vez.

Niños del hombre habla de una era que agoniza. Por razones desconocidas, la humanidad se volvió estéril; de hecho, el film abre con la noticia de que murió “la persona más joven del planeta”, un chico (curiosamente, nacido en la Argentina) de 18 años. En ese contexto terminal, reinan el autoritarismo político, la violencia, el derrumbe de los acuerdos, la crisis civilizatoria. En su gran mayoría, las sociedades están colapsadas y para el gobierno británico -la historia transcurre en un Londres derruido y militarizado-hay dos grandes enemigos: los inmigrantes y los activistas que los defienden (y que, en esa “defensa”, cada tanto recurren a atentados terroristas).

Theo, el personaje que interpreta Owen, es un hombre que, en cierto modo, se retiró. Años atrás, durante una pandemia global, perdió a su hijo, un niño pequeño. Desde ese día, Theo se declaró harto de una humanidad a cuyo final, ahora, asiste con tosco desapego. Hasta que algo ocurre.

Theo el desencantado asume una misión que exige una esperanza extrema: sin certezas a mano, llevar a la madre y su criatura a un lugar donde podrían estar seguras.

En un granero, entre parvas de heno -escenario donde se filtra la imaginería de cierto notable Nacimiento- descubre que hay una mujer embarazada. Kee, una chica que jamás en su vida había visto un bebé, se encuentra a días de dar a luz. En un mundo que acelera hacia un paredón mortífero, alguien espera un niño. Y Theo el desencantado asume una misión que exige una esperanza extrema: sin certezas a mano, llevar a la madre y su criatura a un lugar donde podrían estar seguras.

Todas las historias futuristas hablan del presente. En Niños del hombre, además, se habla de la paternidad. O, más precisamente: del cuidado del otro, del que viene, del que nos continuará -más allá de la épica de Theo, habrá todo un encadenamiento de pequeños gestos y manos anónimas que protegerán la vida que porta Kee- como gesto último y definitivo de la humanidad. El tema estará presente también en La carretera, película igualmente distópica pero mucho más cruda, basada en una novela de Cormac McCarthy y estrenada en 2009. Allí, tras un colapso planetario que arroja a los sobrevivientes a un virtual salvajismo, un hombre se aferra al núcleo de lo humano cada noche, cuando le lee un cuento a su hijo.

Por cierto, el mundo arrasado de La carretera no se parece al mundo presente. Pero el 2027 que imaginaron los guionistas de Niños del hombre logra un eco inquietante con esta época. No se necesita vivir en un Londres en ruinas para empatizar con el escepticismo inicial de Theo. Así y todo, tenemos una ventaja: más allá de las estadísticas, los niños siguen naciendo. Y, con cada uno de ellos, en cada rincón del mundo, la posibilidad de que la condición humana continúe mereciendo ese nombre.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/para-volver-a-ver-ninos-del-hombre-nid31102026/

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