Paradas colapsadas por el paro de colectivos: “Estoy hace más de una hora y no pasa nada”
“Revisé y mi colectivo no estaba en la lista, por eso vine confiada. Pero estoy hace más de una hora esperando y no pasa nada. Hace frío, tengo que ir a trabajar y no tengo otra opción”, di...
“Revisé y mi colectivo no estaba en la lista, por eso vine confiada. Pero estoy hace más de una hora esperando y no pasa nada. Hace frío, tengo que ir a trabajar y no tengo otra opción”, dijo Carolina Peralta, de 34 años, con las manos escondidas en los bolsillos y la mirada fija en la calle. “Hace media hora pasó uno, pero no paró. Era imposible, con la cantidad de gente. Ya sé que voy a llegar tarde”, agregó a LA NACION, sin moverse de una fila que ya había dado varias vueltas sobre sí misma en el nodo de Liniers.
La escena se repitió desde temprano en distintos puntos del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). La mañana de este jueves comenzó con el impacto de la retención de tareas anunciada por la Unión Tranviarios Automotor (UTA), en rechazo a la falta de pago de los salarios de marzo en determinadas empresas. Con menor circulación de colectivos, las paradas se llenaron y las demoras se profundizaron. LA NACION realizó un recorrido para observar cómo se vivió una jornada atravesada por la espera, el frío y la incertidumbre.
En Liniers, el panorama se había vuelto crítico desde las primeras horas. A las 7 de la mañana, las filas no avanzaban: crecían. Sobre la calle Francisco de Viedma, la cola se extendía desde la parada, ingresaba por la salida de la estación y llegaba hasta los molinetes. Quienes bajaban del tren se encontraban con una escena completamente saturada y, en muchos casos, debían volver a ingresar a la estación para ubicarse al final de una fila que no tenía un límite claro y que, en algunos tramos, llegaba a dar hasta tres vueltas.
“Estoy desde las 6.23 y no avancé casi nada”, contó a LA NACION Mariano Funes, de 41 años, empleado de comercio. “Ayer ya fue complicado, pero hoy es peor. Ayer por lo menos pasaban colectivos, llenos, pero pasaban. Hoy directamente no aparecen. Y cuando aparece uno, sigue de largo. Es desesperante porque dependés de esto para todo”, agregó.
A unos metros, otra escena sumaba matices. Lucía, de 18 años, estudiante, esperaba con los auriculares puestos, pero sin música. “Sabía del paro, salí antes, pero igual no alcanza. Estoy hace 40 minutos y la fila no se mueve. Encima se desordena, hay gente que se mete. Ya asumí que voy a llegar tarde”, dijo a LA NACION. No estaba enojada, pero sí resignada: “Es lo que hay”.
El contraste aparecía a pocas cuadras. Sobre la misma traza, pero más cerca de la avenida Rivadavia, las filas eran más cortas y el movimiento, aunque lento, existía. Allí, los colectivos circulaban con demoras de unos 20 minutos, pero llegaban.
“Yo sabía del paro, pero mi línea no estaba afectada directamente”, explicó a LA NACION Diego Fernández, de 29 años. “Vienen más espaciados, pero vienen. Las filas se arman y se desarman rápido. No es cómodo, pero se puede viajar. Igual, se entiende el reclamo. Si no les pagan, es lógico que pase esto”, sostuvo, con un tono más comprensivo que es el que predominaba en otras paradas.
La comparación con el miércoles surgía en cada conversación. El día anterior ya había estado marcado por una reducción en la frecuencia de los colectivos, vinculada al aumento del costo del gasoil y a problemas de abastecimiento. Sin embargo, este jueves la situación se agravó: a las demoras se sumó la incertidumbre. “Ayer esperé, pero sabía que en algún momento iba a pasar. Hoy no sabés nada”, resumió un pasajero mientras miraba la calle vacía.
En la zona de Once, el escenario cambiaba de forma, pero no de fondo. Algunas paradas aparecían inusualmente despejadas, no por la ausencia de usuarios, sino por la falta de colectivos. Los pasajeros se agrupaban en pequeños núcleos, atentos a cualquier movimiento.
“Es raro, porque no hay tanta gente como ayer, pero tampoco hay colectivos”, dijo a LA NACION Daniel Sosa, de 51 años. “Ayer era un caos de gente, pero había movimiento. Hoy es como que está todo frenado. Prefiero lo de ayer, aunque suene raro”, agregó.
A unos metros, una familia miraba el celular tratando de entender qué estaba pasando. “Nos estamos enterando ahora”, dijo Mariana Maidana, de 37 años, que estaba junto a su pareja y su hijo. “Salimos como todos los días, sin saber nada del paro. Recién vimos la lista y el 19 está. Ese es el que tomamos siempre”, explicó a LA NACION.
Su pareja, Jorge Acosta, de 40 años, intervino: “Ayer ya fue complicado, pero hoy directamente no hay nada. Si lo sabíamos, nos organizábamos distinto, salíamos antes o buscábamos otra opción. Ahora estamos medio varados”. El hijo de ambos, de 10 años, escuchaba en silencio mientras sostenía una mochila escolar. “Tenemos que llegar al colegio y al trabajo. Pero así es imposible”, cerró Mariana, mientras volvía a mirar la calle vacía, a la espera de que apareciera un colectivo.
El recorrido de LA NACION continuó hacia Constitución, donde la postal volvía a ser la de filas extensas. Se desplegaban y ocupaban varias paradas al mismo tiempo. Allí, el flujo de pasajeros era constante, pero la llegada de colectivos no acompañaba esa demanda. A diferencia de otros puntos, el clima estaba más cargado: bocinazos aislados, discusiones por el lugar en la fila y quejas en voz alta marcaban el ritmo de la espera.
“Estoy desde las 8 y no pude subir a ninguno”, contó después de las 9 a LA NACION Verónica Salvatierra, de 52 años. “Ayer tardé, pero llegué. Hoy no sé si voy a llegar. Ya avisé en el trabajo, pero igual es un problema”, explicó, visiblemente cansada.
Detrás suyo, un grupo de pasajeros reaccionaba con enojo cada vez que un colectivo pasaba de largo. “¡Es una vergüenza! ¡Siempre lo mismo, siempre perjudicando al laburante!”, gritó un hombre, que prefirió no dar su nombre. Otro, más atrás, sumó insultos dirigidos tanto a las empresas como al sistema en general, en una mezcla de bronca e impotencia.
A pocos metros, Javier, de 24 años, ofrecía una mirada más moderada. “Sí, es un lío, pero se entiende. Estoy de acuerdo con el paro, no solo por ellos, sino también por los usuarios, que cada vez pagamos más y el servicio sigue siendo igual de malo”, dijo a LA NACION. “Obvio que te afecta, pero también es lógico. El problema es que siempre termina cayendo en la gente”, agregó, mientras la fila avanzaba apenas unos pasos, en medio de murmullos y quejas.
El último punto del recorrido fue Retiro, donde el impacto se mantenía. Algunas paradas concentraban filas largas aún después de la hora pico, mientras que en otras el problema era directamente la ausencia de unidades. Quienes llegaban desde distintos puntos del conurbano se encontraban con una segunda espera para completar sus viajes.
“Salí de casa a las 7.45. Ya tomé un tren y ahora estoy acá hace 40 minutos”, relató a LA NACION Silvia Domenech, de 72 años. “Uno se acostumbra a viajar mal, pero esto es demasiado. Igual, no queda otra que seguir”, dijo, con resignación. Más atrás, Tomás, de 22 años, estudiante, relativizaba: “Es un caos, pero viene de ayer. Ayer ya estaba complicado por lo del combustible. Hoy se sumó el paro y explotó todo. Es como la continuidad, pero peor”, explicó.
A lo largo de la mañana, la sensación fue esa: la de un problema que no empezó ese jueves, pero que encontró en la retención de tareas un nuevo punto crítico. Si el miércoles había mostrado un sistema tensionado por la reducción de frecuencias, el jueves evidenció un escenario más frágil, donde la espera se volvió más larga y la certeza, más escasa.